2 de noviembre de 2017
Una historia de adicción al juego que demuestra que el amor de los seres queridos y la terapia, son fundamentales para volver a conectarse con uno mismo.
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Hasta el año 2004 María P. tenía una vida “absolutamente normal”. Había quedado viuda y tenía dos hijos: la mayor, que ya se había ido de la casa, y el menor, que vivía con ella pero que tenía sus propias actividades. Para ese entonces comenzó una relación con un hombre, que hoy es su marido. Al poco tiempo se trasladaron un fin de semana a Punta del Este y, entre otros paseos, fueron al casino. Esa noche, la adrenalina de la ruleta le había resultado “divertida”. Sin embargo, al poco tiempo esa diversión de lo novedoso se iría convirtiendo lentamente en una adicción. En una enfermedad.
A los pocos meses, se quedó sin trabajo y sin tener la certeza sobre qué hacer con el tiempo libre, una mañana salió a caminar por el barrio de Palermo y pasó por el Hipódromo. Entró al casino y comenzó a jugar a la ruleta. “Desde ese día dejé de ir a caminar, me vestía para salir pero entraba siempre al casino. Lo que más me atrapó era lo accesible que costaba la ficha para apostar, una podía jugar y perder la noción del tiempo. Una de las cosas que me seducía era la inmediatez de la respuesta: si una juega a la ruleta tiene la respuesta a los 20 segundos”, cuenta.
Descontrol
A partir de ese momento comenzó a ir casi todos los días al casino. Y también en ese momento empezaron las mentiras. Para ocultar su vicio decía que tenía que salir con amigas, que debía acudir a una entrevista de trabajo o que tenía turno con algún médico. Pero el destino final siempre era el mismo. Y, muchas veces, regresaba de madrugada a su casa. “Vivía a unas 12 cuadras del casino, volvía caminando con frío o con lluvia porque no me quedaban ni 10 de centavos en la cartera. Y como no tenía justificación alguna para llegar a mi casa a las 5, cuando entraba lo hacía muy despacito, me arrastraba por debajo de la persiana para que no me escuchara mi hijo que dormía en su habitación, son cosas de las cuales hoy me avergüenzo profundamente”.
Por aquellos años, los casinos tenían cajeros automáticos para que las personas pudieran retirar dinero para seguir jugando. Pero cuando a María P se le acababa el efectivo, si era de día, se trasladaba a los bancos de la zona para extraer plata en descubierto. También solía utilizar los anticipos de las tarjetas de crédito, pero cuando llegaban las cuentas no tenía como abonarlas. Como si eso fuera poco, también había utilizado parte del dinero del auto que ya tenía vendido.
Sin embargo, hasta ese momento no sentía culpa por el modo de vida que llevaba. “Lo vivía con infinito placer, no me generaba angustia, me encantaba ir al casino. En un momento había conseguido trabajo y me llevaba los paños de la ruleta y en el viaje en colectivo hacía los cálculos y estadísticas de que números podían salir y el dinero que podía ganar, según la cantidad de horas que estuviera en el casino. No tenía otra cosa en la cabeza, era como que el casino se había apoderado de toda mi vida”.
La hora de la sinceridad
Llegó un momento en que literalmente se quedó sin plata y con muchas deudas por cubrir. Una noche citó a sus hijos en su casa. Estaban los tres sentados en la cocina. Era el momento de abrirse, de sincerarse. Era la hora de pedir ayuda. “Les dije que estaba en un problema muy serio, les pedí perdón porque de alguna forma les estaba pidiendo que se hicieran cargo de mí y eso no es de mamá, las cosas debían ser al revés. En ese momento sentí mucha culpa, no encontraba salida, les tuve que pedir plata prestada, tenía todas las cuentas sin pagar, ellos se hicieron cargo de las deudas. Ellos no tenían ni la más mínima sospecha”, recuerda.
En ese momento su hija decidió quitarle las tarjetas y dejarle un mínimo de dinero para los gastos del día que hoy sería equivalente a $ 100. Pero lo más importante fue que le recomendó que asistiera a un centro de investigación y asistencia de la adicción al juego con orientación psicoanalítica. (La Nación)
EL DATO
Por definición, la ludopatía viene a ser un trastorno de la personalidad que se caracteriza fundamentalmente porque existe una dificultad para controlar los impulsos, y que en cierto sentido tiende a manifestarse en practicar, de manera compulsiva, uno o más juegos de azar. Puede afectar en la vida diaria de la persona que se ve afectada por esta adicción, de tal forma que la familia, la alimentación o incluso el sexo pasa a ser algo totalmente secundario. Por todo ello, no se debe de confundir la ludopatía con un vicio, ya que en estos casos nos encontramos ante una grave enfermedad crónica, una adicción. Las personas que sufren de ludopatía muchas veces se sienten avergonzadas y tratan de evitar que otras personas se enteren de su problema.
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