EJEMPLOS DE VIDA
María Adriana Huaiquimilla y Rolando Antilef y dos historias de vida cargadas de esfuerzo, optimismo y sencillez. FOTOS NACHO CORREA
Por Augusto Meyer
ameyer@diarioeltiempo.com.ar
María Adriana Huaiquimilla, de 72 años, y su marido Rolando Antilef, de 77, nacieron en Chile. De cuna llevaron una vida difícil: él trabajó desde niño y ella se crió en un hogar muy humilde. Aún así, pudieron formar una familia y criar siete hijos. En Azul, donde llevan radicados dos décadas, culminaron la escuela primaria y, cerrada esa etapa, ella inició la secundaria, escribió un libro autobiográfico y proyecta sumar otros conocimientos. La pareja habló con EL TIEMPO. --
“La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”. (Eduardo Galeano)
Para una persona adulta no es sencillo hacer la escuela primaria. No sólo puede haber eventuales dificultades de aprendizaje. A menudo, hay barreras y prejuicios que vencer. Las ganas por aprender vencieron ese miedo que venía atado a dos vidas sufridas; he aquí un claro ejemplo de ello.
María Adriana Huaiquimilla, de 72 años, y su marido
Rolando Antilef, de 77, nacieron en Chile. Ambos tuvieron desde la cuna dificultades para desarrollarse. Antilef trabajó desde los 5 años ayudando a su madre con la manutención de la casa, y Huelquimilla se crió en un hogar donde reinaban las carencias. En ese marco, la educación estaba llamada a quedarse en un segundo plano. Sin embargo, ambos avanzaron contra viento y marea con la perspectiva de que un futuro mejor era posible.
Como autodidacta, Rolando se instruyó en oficios que le permitieron trabajar y ganar dignamente el pan para él y sus siete hijos. Sin conocimientos de lectura y escritura, superó intentos de explotación laboral e hizo valer sus derechos. Y María Adriana, en ausencia de su marido por cuestiones laborales, le puso cuerpo y alma a la crianza de los chicos. En la charla que mantuvieron con EL TIEMPO, quedó claro que los dos mantienen esa inquietud por aprender a leer y escribir. De ahí que acudieran al Centro y Escuela de Educación de Adultos N° 451, que funciona en la Escuela N° 14 “General Camilo Gay” de Juan B.Justo esquina Comercio, en Villa Piazza.

La fortaleza y humildad de dos personas y una inclaudicable vocación por aprender. María Adriana y Rolando, en la charla con EL TIEMPO.
Un contexto complicadoRolando Antilef hizo una descripción del contexto en el que se crió en el Departamento de Cautín, de la Novena Región chilena.
“Mi infancia fue una vida muy crítica, golpeada, sufrida, pero nunca me faltó el pan”, expresó el hombre. Su padre tenía 300 hectáreas de campo pero, arrastrado por el vicio, “rifó” todo y el hogar pasó por numerosas vicisitudes. La hacienda y hasta una boca de yacimiento minero del establecimiento rural fueron “a remate” en el juego y otros vicios. Fueron épocas donde Rolando, con 4 o 5 años, ayudaba a su madre a sembrar con bueyes. En lo sucesivo nada le vino “de arriba”, ya que con 9 años tuvo que salir a trabajar en la cría de ovejas y el mantenimiento de una quinta; a los 13, era encargado de una chacra y tenía responsabilidades propias de un adulto.
“Me gustaba el arreglo de maquinaria vial y fui aprendiendo aún sin tener conocimientos teóricos ni de lectura y escritura”, indicó Antilef.
La llegada a la ArgentinaPara Rolando, el cruce de la Cordillera de los Andes fue literal. Lo hizo a pie y le llevó ocho días en compañía de un amigo. Casado con María Adriana, quien de momento se quedó en Chile, tenía 21 años y un permiso obtenido por su madre para la búsqueda de nuevos horizontes a partir del conocimiento que tenía de oficios, como el de soldador.
“La teoría es muy buena, pero la práctica no tiene menor relevancia”, analizó.
Además, Antilef estaba “escapando” del ahogo de un sector de su familia, que rechazaba a su esposa por ser de condición humilde.
“‘¿Con esa mujer te fuiste a casar?…¿qué va a decir la gente?’, me decía una tía, a lo que yo le respondí que ‘yo busqué una mujer para mí, no para gusto tuyo’”, recordó.
En Argentina, Antilef hizo diferentes tareas para ganarse el sustento diario, pasó por diferentes localidades y viajó “colado” en tren hasta Neuquén, donde consiguió empleo en una chacra de frutas y viñedos a mediados de los años 60’. Manejó un tractor y un camión Bedford, y se abocó a la reparación de maquinaria pesada. Estuvo en Neuquén tres o cuatro años, pero en los primeros doce meses mandó a buscar a su mujer.
En lo sucesivo trabajó en la construcción de puentes, rutas y hasta un dique. Al tiempo que lograba que se le respetaran sus derechos como trabajador, los empleadores reconocían su capacidad por encima de su analfabetismo.
“Me pusieron a supervisar la calidad de los materiales para la construcción a sabiendas que yo no sabía leer ni escribir”, indicó.
Los “premios” no tardaron en llegar y Antilef pasó a desempeñarse en empresas líderes, donde le asignaron labores complejas como manejar una topadora para la construcción de un puente en el Río Salado.
“Me decían que era muy corajudo”, expresó en la charla con este diario.
Acercamiento a esta ciudadAntilef contó que su asentamiento en Azul, pasada la inundación de 1980, llegó fortuitamente. Conoció “de pasada” la ciudad mientras se encontraba trabajando en una obra en la zona de Cacharí.
Hasta que se jubiló –empleado para Canteras Piatti, con sede en Olavarría-, hace 18 años, Rolando cumplió con el compromiso que asumió en Chile, cuando se casó.
“Firmé ante un juez que me hacía responsable en las buenas y en las malas, y eso lo voy a cumplir. Le dije a ella que se dedique a criar a los hijos y yo a mantenerlos”, afirmó.
La pareja tuvo siete hijos; dos nacieron en Azul (otros en Chile, General Roca y Villa La Angostura).

Rolando Antilef tuvo que empezar a trabajar desde que tenía sólo 4 o 5 años. Más de seis décadas después, concluyó sus estudios primarios.
El paso que lo marcóRolando dijo que, en su paso por la escuela donde realizó la primaria, un docente tuvo una influencia superlativa.
“María Adriana me insistía que fuera a la escuela, que ella vendría conmigo. Acá me encontré a un profe, Facundo Acosta, con quien hay que sacarse el sombrero por cómo es como persona. En dos años me enseñó como si fuese un hijo suyo”, manifestó Antilef, y agregó:
“Después tuve clases con Analía (Rubare)
, una señora buenísima”.
El hombre dio cuenta de los valores con los que crió a sus hijos, a partir de su experiencia personal.
“Los chicos deben estudiar y trabajar. El que quiera ser abogado, ingeniero o lo que sea, yo le daré la posibilidad. El que no quiere estudiar, debe salir a ganarse el ‘puchero’. Y el que se casa, casa quiere. Los fines de semana que vengan de visita. Así hicieron y así están”, concluyó.
Retomar los estudiosMaría Adriana Huaiquimilla tuvo un paso escolar inicial en su país natal, pero sin continuidad por la situación familiar.
“Iba a un colegio que me quedaba a seis kilómetros. Trabajaba en el campo con ovejas, vacas, terneros o lo que fuera y, el día que tenía tiempo, iba a clases. Lo hacía siempre y cuando no tuviera que ir al pueblo, que estaba a diez kilómetros, para comprar alimentos para mis hermanos y mis padres. Hasta sexto grado, los maestros me hacían pasar como para que no me atrasara y era muy poco lo que podía aprender. Escribía, sí, pero con errores”, explicó.
Tras un intento fallido de su padre por internarla en un colegio de monjas, la mujer conoció a Rolando y se casó con 17 años de edad y un bebé en el vientre.
“Cuando él se vino para Argentina yo me quedé. Tuve la nena y, cuando me mandó a llamar, nos fuimos con un grupo de amigos hasta Centenario, cerca de Neuquén. Ahí nos encontramos y así hemos andado; de un lado para el otro. Me cargan y me preguntan cómo es posible que quedara embarazada y tuviera siete hijos si mi marido nunca estaba en mi casa… (sonríe)
”.
Uno de los hijos varones del matrimonio trabaja en un mayorista de alimentos y una de las mujeres se jubiló como enfermera de prematuros del Hospital Materno Infantil.

Sandra Weiman, María Adriana, Rolando y Analía Rubare.
“En casa hacía costura para afuera o atendía una quinta con ayuda de mis hijos más chicos, y con eso abastecía un poco la casa. Nunca me gustó sentarme o irme a dormir la siesta. Yo tenía un sueño, que era que venía a la escuela. Ahí fue cuando le dije a él (Rolando Antilef)
que me había enterado que daban clases en el nocturno y lo convencí para venir juntos. El día que me vine a anotar, entré a ojos cerrados porque sentía mucho miedo a un rechazo. Me explicaron qué había que traer y el primer día de clases, en marzo, fue otro ‘sufrimiento’ más. Me preguntaba si serían maestros como los que yo tuve cuando era chica, que no te tomaban en cuenta, y nada que ver. Tenemos libertad para hablar sobre nosotros, sobre nuestros orígenes e inquietudes”, señaló.
“Cuando el profe Acosta me preguntó qué es lo que sería más importante en mi vida –acotó-
le respondí ‘hacer un libro’. Tenía escritos en un cuaderno que sólo yo entiendo, con muchas faltas de ortografía. Me dijo que se lo fuera dictando, él lo copiaba en el pizarrón, yo lo volvía a copiar en el cuaderno y lo pasábamos a la computadora. Un año tardé en hacer ese libro mientras tenía clases de historia o matemáticas”.
La mujer admitió que, acostumbrada a criar a sus hijos mientras su marido trabajaba fuera de la ciudad, también tuvo que pasar por el “aprendizaje” de la convivencia.
“Fue difícil para mí, pero por suerte y gracias a Dios, todo se arregló”, dijo y reconoció que, como alumna, comprendió a sus hijos por la pérdida de la goma o el lápiz.
“Ahora me está pasando lo mismo”, sostuvo con ternura.
Al igual que su marido admitió lo fuerte de su carácter –vital para su subsistencia-, al señalar que
“cuando una de mis hijas dijo que no iba a seguir estudiando, le tiré las carpetas con las hojas al patio”. “Tenía que terminar de estudiar, y eso que nunca le pegué. Soy de carácter fuerte y de hablar muy seria”, afirmó.
Huaiquimilla aclaró que no le fue fácil superar las pruebas de matemáticas, geografía, historia e inglés,
“pero tuve dos compañeras más jóvenes que me ayudaron”. “Costó pero no me quedó ninguna materia y pienso hacer segundo y tercero”. La mujer señaló que
“cuando me preguntan por qué estudio, digo que quiero enterarme de cosas que, de otra forma, no me entero o escucho voces de otras personas”.
Los sueños de María Adriana no tienen techo, según puntualizó.
“Más adelante, si se puede, quiero estudiar dibujo. Tuve que dibujar un corazón y me salió cuadrado. El profe me dijo que estaba bien; que, con saber ponerle los nombres (a las partes de ese órgano)
, iba a saber que se trata del corazón”, manifestó.

La Escuela N° 14 “General Camilo Gay” es sede del centro de educación para adultos donde este matrimonio –ella con 72 años y él, con 77- realizó sus estudios primarios.
PRIMERAS REPERCUSIONESLa publicación del anticipo audiovisual de la entrevista con Rolando y María Adriana tuvo gran repercusión en las redes sociales de EL TIEMPO. Varias horas antes de la aparición de la presente edición del matutino generó las siguientes consideraciones de los lectores.
Pablo Vicente Antilef Contreras: Qué hermoso; orgulloso y merecido para mis tíos.
Eva Antilef: Padrinos mas que orgullosa los quiero!!!!!
Analía Lemos: Ejemplo sin duda…No hay edad para superarse día a día.
Vero Ponce: Felicitaciones; qué orgullo, un ejemplo.
Nelly Pace: Felicitaciones vecinos, buena gente.
Malviflor: Negra, Patri, Alejandro, Marcelo, Juan, Vane y Mara. Qué orgullo deben estar de sus papis. Placer de conocerlos a Rolando y María. Bellas personas.
Manuel Felipe Toledo: Qué bueno. Felicitaciones por querer aprender. Por el empeño y esfuerzo, nunca es tarde.
Otilia Fiscine: Un gran ejemplo para muchos!!! Agradezco a la vida haber conocido a María y a Rolando, dos personas maravillosas. En ellos veo a mis padres que ya no tengo...Felicitaciones!!!
Mariana Ciano: Emocionante. Un claro ejemplo para la juventud que demuestra que el esfuerzo nos hace grandes!!! Felicidades!!!
Marisa Pianzola: Felicitaciones!!! Realmente un ejemplo!!!
Patricia Del Carmen Antilef: Más que orgullosa estoy por tenerlos!!!
Marita D Azul: Orgullo total por mis papis, una vida de lucha y progreso sin lastimar a nadie. Feliz de este presente!!!
Beatriz Carmona: Un aplausooooo para mi compaaaaa felicitaciones María A Huaiquimilla.
Eva Antilef: Si es mi mami hubiera visto esto, estaría llorando de emocion.
Caro Alarcón: Dos grandes ejemplos.
Claudia Guardia: Felicitaciones a tus papis, Clementina Antilef.
Mary Covatti: Mi papa y mi mamá también terminaron de estudiar cuando se vinieron del campo. Mi mamá lo alentaba y hacían los deberes juntos. A nosotros , adolescentes, nos causaba gracia que fueran a la escuela. Un gran ejemplo. Felicitaciones!!
María Natalia Cúccaro: Nunca es tarde para superarse!!!
Sandra Lorenzi: Que genial !! Ejemplo en muchos aspectos, felicitaciones!!! Me imagino sus hijos qué orgullo!!!
CONTENCIÓN Y SENTIDO DE PERTENENCIAAnalía Rubare y
Sandra Weiman son maestra y preceptora, respectivamente, de María Adriana y Rolando en el CENS N° 451. Las docentes dijeron que los alumnos más jóvenes, se cuestionan de dónde Huaiquimilla y Antilef sacan fuerzas para estudiar. La respuesta es clara.
“Nunca es tarde para poder terminar la escuela y cumplir un sueño”.
“Ellos encontraron un espacio de contención, un lugar para charlar y aprender en un ambiente familiarizado. En el caso de María, el profesor cubrió sus expectativas, que es algo que uno trae. Ella venía con su sueño de escribir un libro y, una vez alfabetizada, pudo redactar su vida, que no fue ni simple ni sencilla”, dijo Rubare.
Weimer aseguró que
“el CENS 451 se caracteriza por buscar que la escuela no sea solamente un lugar de aprendizaje de contenidos sino que el alumno encuentre un lugar y forje sentido de pertenencia”. “En horas libres o cuando hay paro y no vienen los profesores, los chicos vienen a hacer diferentes actividades. Han pintado sus propios bancos y han venido en vacaciones de invierno a pintar la escuela en el marco de un proyecto cuyo fin primero es evitar la deserción”, acotó.
El CENS N° 451 comenzó a funcionar con 7 alumnos y actualmente tiene una matrícula de 55. No sólo asisten vecinos de Villa Piazza Sur, sino que concurren de otras zonas distantes. Es su directora Ana María Pantaleón.