13 de julio de 2015
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Por Jorge Pérez
Corresponsal de EL TIEMPO
El pasado domingo 5 de julio el Papa Francisco llegó a Quito, Ecuador. En tanto el miércoles 8 de julio visitó La Paz y Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, posteriormente el 10 de julio continuó su recorrida por Asunción (Paraguay) a Roma. Cabe señalar que este es el noveno viaje internacional del Papa en lo que lleva de Pontificado y también el más largo. Durante estos días cambió siete veces de avión y pronunció más de 22 discursos. A todo esto se suma el cambio de temperaturas y la extrema altitud que el Pontífice debió tolerar a su llegada al Aeropuerto Internacional de El Alto, en Bolivia. Una ciudad, vecina a la capital La Paz, situada a 4 061 metros de altitud.
El pasado miércoles 8 de julio el Papa Francisco llegó al aeropuerto internacional El Alto, en La Paz, alrededor de las 17.15 horas del miércoles. Durante la ceremonia de bienvenida, el Pontífice pronunció su primer discurso de la visita a Bolivia acompañado por el presidente Evo Morales.
A continuación publicamos las palabras del Santo Padre:
“Señor Presidente, Distinguidas Autoridades, Hermanos en el Episcopado, Queridos hermanas y hermanos, buenas tardes:
Al iniciar esta visita pastoral, quiero dirigir mi saludo a todos los hombres y mujeres de Bolivia con los mejores deseos de paz y prosperidad. Agradezco al Señor Presidente del Estado Plurinacional de Bolivia la cálida acogida y fraternal acogida que me ha dispensado y sus amables palabras de bienvenida. Doy las gracias también a los señores Ministros y Autoridades del Estado, de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional, que han tenido la bondad de venir a recibirme. A mis hermanos en el Episcopado, a los sacerdotes, religiosos y religiosas, y fieles cristianos, a toda la Iglesia que peregrina en Bolivia, quiero expresarle mis sentimientos de fraterna comunión en el Señor. Llevo en el corazón especialmente a los hijos de esta tierra que por múltiples razones no están aquí y han tenido que buscar «otra tierra» que los cobije; otro lugar donde esta madre los haga fecundos y posibilite la vida.
Me alegro de estar en esta país de singular belleza, bendecido por Dios en sus diversas zonas: el altiplano, los valles, las tierras amazónicas, los desiertos, los incomparables lagos; el preámbulo de su Constitución lo ha acuñado de modo poético: «En tiempos inmemoriales se erigieron montañas, se desplazaron ríos, se formaron lagos. Nuestra amazonia, nuestro chaco, nuestro altiplano y nuestros llanos y valles se cubrieron de verdores y flores», y esto me recuerda que «el mundo es algo más que un problema a resolver, es un misterio gozoso que contemplamos con jubilosa alabanza» (Laudato si’ 12). Pero sobre todo, es una tierra bendecida en sus gentes, con su variada realidad cultural y étnica, que constituye una gran riqueza y un llamado permanente al respeto mutuo, al diálogo: pueblos originarios milenarios y pueblos originarios contemporáneos; cuánta alegría nos da saber que el castellano traído a estas tierras hoy convive con 36 idiomas originarios, amalgamándose –como lo hacen en las flores nacionales de kantuta y patujú el rojo y el amarillo– para dar belleza y unidad en lo diverso. En esta tierra y en este pueblo, arraigó con fuerza el anuncio del Evangelio, que a lo largo de los años ha ido iluminando la convivencia, contribuyendo al desarrollo del pueblo y fomentando la cultura.
Como huésped y peregrino, vengo para confirmar la fe de los creyentes en Cristo resucitado, para que cuantos creemos en Él, mientras peregrinamos en esta vida, seamos testigos de su amor, fermento de un mundo mejor, y colaboremos en la construcción de una sociedad más justa y solidaria.
Bolivia está dando pasos importantes para incluir a amplios sectores en la vida económica, social y política del País; cuenta con una Constitución que reconoce los derechos de los individuos, de las minorías, del medio ambiente, y con unas instituciones sensibles a estas realidades. Todo esto requiere un espíritu de colaboración ciudadana, de diálogo y participación de los individuos y los actores sociales en las cuestiones que interesan a todos. El progreso integral de un pueblo incluye el crecimiento en valores de las personas y la convergencia en ideales comunes que consigan aunar voluntades, sin excluir ni rechazar a nadie. Si el crecimiento es solo material, siempre se corre el riesgo de volver a crear nuevas diferencias, de que la abundancia de unos se construya sobre la escasez de otros. Por eso, además de la transparencia institucional, la cohesión social requiere un esfuerzo en la educación de los ciudadanos.
En estos días me gustaría alentar la vocación de los discípulos de Cristo a comunicar la alegría del Evangelio, a ser sal de la tierra y luz del mundo. La voz de los Pastores, que tiene que ser profética, habla a la sociedad en nombre de la Iglesia madre, porque la Iglesia es madre, y la habla desde la opción preferencial y evangélica por los últimos, por los descartados, por los excluidos. Esa es la opción preferencial de la Iglesia. La caridad fraterna, expresión viva del mandamiento nuevo de Jesús, se expresa en programas, obras e instituciones que buscan la promoción integral de la persona, así como el cuidado y la protección de los más vulnerables. No se puede creer en Dios Padre sin ver un hermano en cada persona y no se puede seguir a Jesús sin entregar la vida por los que Él murió en la cruz.
En una época en la que tantas veces se tiende a olvidar o tergiversar los valores fundamentales, la familia merece una especial atención por parte de los responsables del bien común porque es la célula básica de la sociedad, que aporta lazos sólidos de unión sobre los que se basa la convivencia humana y, con la generación y educación de sus hijos, asegura el futuro y la renovación de la sociedad.
La Iglesia también siente una preocupación especial por los jóvenes que, comprometidos con su fe y con grandes ideales, son una promesa de futuro, «vigías que anuncian la luz del alba y la nueva primavera del Evangelio», decía Juan Pablo II. Cuidar a los niños, hacer que la juventud se comprometa en nobles ideales, es garantía de futuro para una sociedad. Y la Iglesia quiere una sociedad que encuentra su reaseguro cuando valora, admira y custodia también a sus mayores, que son los que nos traen la sabiduría de los pueblos. Custodiar a los que hoy son descartados por tantos intereses que ponen al centro de la vida económica al dios dinero. Y son descartados los niños y los jóvenes, que son el futuro de un país, y los ancianos, que son la memoria del pueblo. Por eso hay que cuidarlos, hay que protegerlos, son nuestro futuro. La Iglesia hace opción por ir generando con este cuidado una «cultura memoriosa» que le garantiza a los ancianos no solo la calidad de vida en sus últimos años sino la calidez, como bien lo expresa la constitución de ustedes.
Señor Presidente, queridas hermanas y hermanos, gracias por estar aquí. Estos días nos permitirán tener diversos momentos de encuentro, diálogo y celebración de la fe. Lo hago alegre y contento de estar en esta Patria que se dice a sí misma pacifista, patria de paz, y que promueve la cultura de la paz y el derecho a la paz.
Pongo esta visita bajo el amparo de la Santísima Virgen de Copacabana, Reina de Bolivia, y a Ella pido que proteja a todos sus hijos. Muchas gracias y que el Señor los bendiga. Jallalla Bolivia”.
Continuó la agenda del Papa en Santa Cruz de la Sierra
El Papa Francisco, además, participó en el II Encuentro Mundial de Movimientos Sociales en Santa Cruz, un evento que no es organizado por el Vaticano pero al que el pontífice asistió como parte de su visita a Bolivia. El mensaje del Sumo Pontifice fue contundente y claro: es necesario un cambio frente a la globalización excluyente, es preciso erradicar las formas de colonialismo y hay que dejar la idolatría del dinero. El pontífice pidió que haya una economía justa y solidaria, de inspiración cristiana. No obstante, aclaró: “No esperen de este Papa una receta. Ni el Papa ni la Iglesia tienen el monopolio de la interpretación de la realidad social". Además, pidió perdón por las ofensas de la Iglesia y por los crímenes contra los pueblos originarios en la llamada Conquista de América”.
El Papa Francisco en Paraguay
El avión de la empresa Alitalia que lo llevó al país desde Bolivia, el 10 de julio aterrizó a las 14:49 minutos después se abrió la puerta y acompañado con una tenue llovizna, el Sumo Pontífice pisó suelo guaraní. La visita pastoral del Santo Padre es signo del compromiso de la Iglesia, por una opción clara por los países tal vez menos desarrollados y más necesitados. Ayudará a repensar sobre la misión de la Iglesia, ante una confrontación fuerte con el relativismo moral. Dejará un gran desafío al pueblo que necesita, de forma urgente, generar un proyecto de unidad nacional, que renueve lazos de confianza y concordia. Se deben crear nuevos espacios de diálogo para construir un proyecto país.
Visita pastoral y oficial
En este mismo sentido la visita tiene doble carácter. Por un lado es pastoral porque lo hace como cabeza de la Iglesia Católica. Viene a visitar a su rebaño, para entregar un mensaje de aliento y esperanza. Por otro lado, es una visita oficial, como jefe de Estado (Vaticano).
LOGO E HIMNO “MENSAJERO DE LA ALEGRÍA Y LA PAZ”
Buscando acompañar el lema “Mensajero de la Alegría y de la Paz”, la imagen compuesta por varios elementos connota o sugiere lo siguiente: Un corazón conformado por las dos banderas, la papal y la paraguaya. Representa la Fe del pueblo paraguayo que siempre fue muy significativa, así como el amor a la Iglesia y el cariño particular al Papa Francisco.
La presencia de la imagen sintetizada del Papa Francisco, como “mensajero de la Paz”, se refuerza en la paloma que emprende vuelo, al mismo tiempo este símbolo representa al Espíritu Santo, que ilumina ese mensaje. La Cruz (el báculo). Es el elemento que presenta al Papa como Vicario o Representante de Cristo y como Pastor entre nosotros. Es el símbolo por excelencia de la Cristiandad.
Todos los elementos se complementan armónicamente formando un todo único, el corazón, Dios, la Iglesia y el mensaje del Papa al pueblo de Dios. En cuanto a los colores: El amarillo sobre el fondo blanco, además de ser los colores oficiales de su Santidad y el Vaticano, es un calor cálido, asociado con el sol, la vida y la alegría. Los tres colores de la bandera Paraguaya, a su vez, representan “la Justicia”, “la Paz” y “la Libertad”.
El Papa Francisco participó en una multitudinaria misa en Caacupé
La gente pasó la noche realizando una vigilia de oración.
Gran cantidad de personas provenientes de distintos país vecinos como Argentina, Bolivia y Brasil.
Una multitud enfervorizada recibió al Papa Francisco cerca de las diez de la mañana. El Papa realizó una pausa porque se había emocionado muchísimo al ingresar a la Nueva Basílica de la Virgen de Caacupé en Paraguay. Quien sabe cuántos buenos recuerdos habrán aflorado en su mente de lo compartido con la gente de la villa 31 de Barracas en su Capilla de la Virgen de Caacupé.
Tras una misa que duró poco más de una hora y media, el Papa Francisco dejó Caacupé bajo un fuerte dispositivo de seguridad. Se vio al Pontífice muy contento tras oficiar su primera celebración en la casa de su amada Virgen de Caacupé. El Papa despidió al Clero, mientras un grupo de bailarinas paraguayas, le dedicaron una danza especial tras terminar la misa y lo despidieron con banderines del Paraguay y el Vaticano.
Discurso en el Colegio San José, en Asunción
El papa Francisco se reunió el pasado sábado por la tarde con una amplia representación de la sociedad civil paraguaya en un encuentro celebrado en el estadio León Condou del Colegio San José, en Asunción.
El siguiente es parte del discurso:
“Queridos amigos, buenas tardes:
Yo escribí esto en base a las preguntas que me llegaron, que no son todas las que hicieron ustedes, así que lo que falta lo iré completando en la medida que voy hablando. De tal manera que, en la medida que yo pueda, logre dar mi opinión sobre las reflexiones de ustedes.
Y estoy contento de estar con ustedes, representantes de la sociedad civil, para compartir esos sueños, ilusiones, en un futuro mejor y problemas. Agradezco a Mons. Adalberto Martínez Flores, Secretario de la Conferencia Episcopal del Paraguay, esas palabras de bienvenida que me ha dirigido en nombre de todos. Y agradezco a las seis personas que han hablado, cada una de ellas presentando un aspecto de su reflexión.
Verlos a todos, cada uno proveniente de un sector, de una organización, de esta sociedad paraguaya, con sus alegrías, preocupaciones, luchas y búsquedas, me lleva a hacer una acción de gracias a Dios. O sea, parece que Paraguay no está muerto, gracias a Dios. Porque un pueblo que vive, un pueblo que no mantiene viva sus preocupaciones, un pueblo que vive en la inercia de la aceptación pasiva, es un pueblo muerto. Por el contrario, veo en ustedes la savia de una vida que corre y que quiere germinar. Y eso siempre Dios lo bendice. Dios siempre está a favor de todo lo que ayude a levantar, mejorar, la vida de sus hijos. Hay cosas que están mal, sí. Hay situaciones injustas, sí. Pero verlos y sentirlos me ayuda a renovar la esperanza en el Señor que sigue actuando en medio de su gente. Ustedes vienen desde distintas miradas, distintas situaciones y búsquedas, todos juntos forman la cultura paraguaya. Todos son necesarios en la búsqueda del bien común.
Yo les confieso que a veces a mí me da un poquito de alergia, o para no decirlo así en términos tan finos, un poquito de “moquillo”, el escuchar discursos grandilocuentes con todas estas palabras y, cuando uno conoce la persona que habla, dice: “Qué mentiroso que sos”. Por eso, palabras solas no sirven. Si vos decís una palabra comprometéte con esa palabra, amasá día a día, día a día. ¡Sacrificáte por eso! ¡Comprometéte!
Me gustó la poesía de Carlos Miguel Giménez, que Mons. Adalberto ha citado. Creo que resume muy bien lo que he querido decirles: «[Sueño] un paraíso sin guerra entre hermanos, rico en hombres sanos de alma y corazón… y un Dios que bendice su nueva ascensión». Sí, es un sueño. Y hay dos garantías: que el sueño se despierte y sea realidad de todos los días, y que Dios sea reconocido como la garantía de la dignidad nuestra como hombres.
El diálogo no es fácil. También está el “diálogo-teatro”, es decir, representemos al diálogo, juguemos al diálogo, y después hablamos entre nosotros dos, entre nosotros dos, y aquello quedó borrado. El diálogo es sobre la mesa, claro . Si vos, en el diálogo, no decís realmente lo que sentís, lo que pensás, y no te comprometés a escuchar al otro, ir ajustando lo que vas pensando vos y conversando, el diálogo no sirve, es una pinturita. Ahora, también es verdad que el diálogo no es fácil, hay que superar muchas las dificultades y, a veces, parece que nosotros nos empecinamos en hacer las cosas más difíciles todavía. Para que haya diálogo es necesaria una base fundamental, una identidad. Cierto, por ejemplo, yo pienso en el diálogo nuestro, el diálogo interreligioso, donde representantes de las diversas religiones hablamos. Nos reunimos, a veces, para hablar… y los puntos de vista, pero cada uno habla desde su identidad: “Yo soy budista, yo soy evangélico, yo soy ortodoxo, yo soy católico”. Cada uno dice, pero su identidad. No negocia su identidad. O sea, para que haya diálogo es necesaria esa base fundamental. ¿Y cuál es la identidad en un país? –estamos hablando del diálogo social acá–. El amor a la patria. La patria primero, después mi negocio. ¡La patria primero! Esa es la identidad. Entonces, yo, desde esa identidad, voy a dialogar. Si yo voy a dialogar sin esa identidad el diálogo no sirve. Además, el diálogo presupone y nos exige buscar esa cultura del encuentro. Es decir, un encuentro que sabe reconocer que la diversidad no solo es buena, es necesaria. La uniformidad nos anula, nos hace autómatas. La riqueza de la vida está en la diversidad. Por lo que el punto de partida no puede ser: “Voy a dialogar pero aquel está equivocado”. No, no, no podemos presumir que el otro está equivocado. Yo voy con lo mío y voy a escuchar qué dice el otro, en qué me enriquece el otro, en qué el otro me hace caer en la cuenta que yo estoy equivocado, y en qué cosas le puedo dar yo al otro. Es un ida y vuelta, ida y vuelta, pero con el corazón abierto. Con presunciones de que el otro está equivocado, mejor irse a casa y no intentar un diálogo, ¿no es cierto? El diálogo es para el bien común, y el bien común se busca, desde nuestra diferencias, dándole posibilidad siempre a nuevas alternativas. Es decir, busca algo nuevo. Siempre, cuando hay verdadero diálogo, se termina –permítanme la palabra pero la digo noblemente– en un acuerdo nuevo, donde todos nos pusimos de acuerdo en algo. ¿Hay diferencias? Quedan a un costado, en la reserva. Pero en ese punto en que nos pusimos de acuerdo o en esos puntos en que nos pusimos de acuerdo, nos comprometemos y los defendemos. Es un paso adelante. Esa es la cultura del encuentro. Dialogar no es negociar. Negociar es procurar sacar la propia tajada. A ver cómo saco la mía. No, no dialogues, no pierdas tiempo. Si vas con esa intención no pierdas tiempo. Es buscar el bien común para todos. Discutir juntos, pensar una mejor solución para todos. Muchas veces esta cultura del encuentro se ve envuelta en el conflicto. Es decir.. Vimos un ballet precioso recién. Todo estaba coordinado y una orquesta que era una verdadera sinfonía de acordes. Todo estaba perfecto. Todo andaba bien. Pero en el diálogo no siempre es así, no todo es un ballet perfecto o una orquesta coordinada. En el diálogo se da el conflicto. Y es lógico y esperable. Porque si yo pienso de una manera y vos de otra, y vamos andando, se va a crear un conflicto. ¡No le tenemos que temer! No tenemos que ignorar el conflicto. Por el contrario, somos invitados a asumir el conflicto. Si no asumimos el conflicto – “No, es un dolor de cabeza, que vaya con su idea a su casa, yo me quedo con la mía”- no podemos dialogar nunca. Esto significa: «Aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en un eslabón de un nuevo proceso» (Evangelii gaudium 227). Vamos a dialogar, hay conflicto, lo asumo, lo resuelvo y es un eslabón de un nuevo proceso. Es un principio que nos tiene que ayudar mucho. «La unidad es superior al conflicto» (ibíd. 228) El conflicto existe: hay que asumirlo, hay que procurar resolverlo hasta donde se pueda, pero con miras a lograr una unidad que no es uniformidad, sino que es unidad en la diversidad. Una unidad que no rompe las diferencias, sino que las vive en comunión por medio de la solidaridad y la comprensión. Al tratar de entender las razones del otro, al tratar de escuchar su experiencia, sus anhelos, podemos ver que en gran parte son aspiraciones comunes. Y esta es la base del encuentro: todos somos hermanos, hijos de un mismo Padre, de un Padre celestial, y cada uno con su cultura, su lengua, sus tradiciones, tiene mucho que aportar a la comunidad. Ahora, “¿yo estoy dispuesto a recibir eso?”. Si estoy dispuesto a recibir, y a dialogar con eso, entonces sí me siento a dialogar; si no estoy dispuesto, mejor no perder el tiempo. Las verdaderas culturas nunca están cerradas en sí mismas –mueren, si se cierran en sí mismas mueren–, sino que están llamadas a encontrarse con otras culturas y crear nuevas realidades. Cuando estudiamos historia encontramos culturas milenarias que ya no están más. Han muerto. Por muchas razones. Pero una de ellas es haberse cerrado en sí mismas. Sin este presupuesto esencial, sin esta base de hermandad será muy difícil arribar al diálogo. Si alguien considera que hay personas, culturas, situaciones de segunda, tercera o de cuarta... algo, seguro, saldrá mal, porque simplemente carece de lo mínimo, que es el reconocimiento de la dignidad del otro. Que no hay persona de primera, de segunda, de tercera, de cuarta: son de la misma línea....
Amen a su patria, a sus conciudadanos y, sobre todo, amen a los más pobres. Así serán ante el mundo un testimonio de que otro modelo de desarrollo es posible. Estoy convencido, por la propia historia de ustedes, de que tienen la fuerza más grande que existe: su humanidad, su fe, su amor. Ese ser del pueblo paraguayo que lo distingue tan ricamente entre las naciones del mundo.
Y pido a la Virgen de Caacupé, nuestra Madre, que los cuide, que los proteja, que los aliente en sus esfuerzos. Que Dios los bendiga y recen por mí. Gracias.
Después del canto:
Un consejo, como despedida, antes de la bendición: Lo peor que les puede pasar a cada uno de ustedes cuando salgan de aquí es pensar: “Qué bien lo que le dijo el Papa a fulano, a sultano, a aquél otro”. Si alguno de ustedes acepta pensar así –porque el pensamiento suele venir, a mí también me viene a veces–, pero hay que rechazarlo: “¿El Papa a quién le dijo eso?” –“A mí”. Cada uno, quien sea: “A mí”. Y los invito a rezar a nuestro Padre común, todos juntos, cada uno en su lengua:
Padre nuestro..”.
Además, ayer domingo ofició una misa en Ñu Guazu, en Paraguay y por la noche estaba previsto su vuelo a Roma.
Cabe recordar que anteriormente de llegar a Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, estuvo en Ecuador, a donde arribó el pasado domingo 5 de julio.
El torneo de Primera División, organizado por la Liga de Fútbol de Azul, afrontará mañana una jornada decisiva con la disputa de la duodécima fecha. La programación se adelantó por el Día de la Madre y tendrá varios encuentros importantes, tanto en la pelea por el liderazgo como en la lucha por ingresar a los cuartos de final.
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