14 de septiembre de 2026
Escribe:
Azul Elicabide (*)
Especial para El Tiempo
¿Qué pasa cuando una inquietud deja de ser solamente una conversación entre compañeros de escuela y se transforma en una propuesta concreta para la comunidad?
Esa pregunta resume, en buena medida, lo que vivimos durante el Concejo de los y las Estudiantes del Partido de Azul, en cumplimiento de la Ordenanza que establece su realización. Pero, sobre todo, resume lo que hicieron los estudiantes.
Jóvenes de 20 escuelas de nuestro Partido se animaron a mirar aquello que los rodea, a identificar situaciones que les preocupan y a preguntarse qué podían hacer frente a ellas. No se limitaron a señalar problemas ni quedaron en el diagnóstico: analizaron, discutieron y buscaron alternativas.
Y ahí estuvo una de las mayores riquezas de esta experiencia: los estudiantes fueron protagonistas de todo el proceso.
El Concejo Estudiantil no comenzó el día de la sesión ni terminó cuando se apagaron los micrófonos del recinto. Comenzó mucho antes: en las escuelas, en las aulas, en las conversaciones entre compañeros y en esas primeras preguntas que aparecen cuando uno empieza a mirar la realidad con otros ojos.
A partir de los encuentros iniciales, los estudiantes comenzaron a preguntar qué significa participar en la vida pública y qué lugar pueden ocupar las juventudes en la construcción de nuestra comunidad.
Después vino el trabajo en las escuelas: identificar problemáticas, conversar con compañeros, intercambiar miradas, ordenar ideas y, finalmente, transformar esas inquietudes en proyectos formales.
Así llegamos a la Primera Sesión Estudiantil, con un orden del día compuesto por 24 puntos. Veinticuatro proyectos e iniciativas pensadas y propuestas por los propios jóvenes. En esa primera sesión presentaron y debatieron sus proyectos, que posteriormente pasaron a las Comisiones correspondientes para continuar su tratamiento.
En ambas sesiones tuvo lugar la jura de las autoridades y concejales estudiantiles, un momento que les permitió asumir formalmente el rol que habían elegido y vivir desde adentro una experiencia que luego ellos mismos destacarían.
Detrás de cada proyecto había una preocupación concreta: algo que sucede en una escuela, una experiencia personal, una realidad observada en un barrio o una necesidad de nuestra comunidad. Los estudiantes tomaron aquello que conocen, que les importa y lo transformaron en una propuesta para los demás.
Ese paso, de la preocupación a la propuesta, implica dejar de preguntarse solamente "¿qué está mal?" para empezar a preguntarse "¿qué podemos hacer?".
Y para llegar a una respuesta tuvieron que intercambiar ideas, escuchar otras miradas y construir acuerdos.
La etapa de trabajo en las Comisiones, posterior a la primera sesión, fue fundamental. Representantes de las distintas escuelas se acercaron al Concejo Deliberante para analizar los proyectos, formular preguntas, escuchar otras perspectivas y trabajar en la elaboración de los despachos.
Aprendieron haciendo. Aprendieron a defender una idea con argumentos, a aceptar observaciones, a revisar propuestas y a buscar puntos de encuentro sin abandonar las propias convicciones.
Aprendieron que participar no significa necesariamente que nuestra idea sea la que finalmente prevalezca. Significa poder expresarla, escuchar al otro y entender que una propuesta puede enriquecerse cuando otros se animan a discutirla con respeto.
En ese proceso apareció con mucha fuerza el pensamiento crítico, pero también la empatía. Muchas de las iniciativas surgieron de preguntarse qué le pasa al otro, qué necesidades atraviesa un vecino, qué dificultades existen en una comunidad y qué podemos hacer para mejorar esa realidad.
Mirar más allá de uno mismo también es participar.
Ahí se encuentra una de las enseñanzas más valiosas de esta experiencia: comprender que participar de lo público también implica reconocer que aquello que le sucede a otro puede interpelarnos.
Con ese trabajo previo llegó la Segunda Sesión Estudiantil. Los estudiantes volvieron a ocupar las bancas del recinto para tratar los despachos elaborados en las Comisiones y someterlos a votación.
Así, aquella idea que había comenzado en el aula atravesó distintas instancias de discusión y llegó al recinto para completar su recorrido.
Y hubo algo que los propios estudiantes destacaron especialmente: la posibilidad de vivenciar, desde adentro, lo que significa ocupar el lugar de un concejal. Sentarse en las bancas, tomar la palabra, escuchar otras posiciones, debatir y votar les permitió experimentar las responsabilidades reales de la tarea legislativa y comprender el camino que recorre una inquietud hasta convertirse en una decisión.
Pero hubo algo todavía más importante: pudieron comprobar que sus ideas tienen un lugar en el ámbito público. Que sus preocupaciones tienen valor, que pueden hacer preguntas, proponer, debatir y, fundamentalmente, ser escuchados.
Ese descubrimiento tiene un enorme valor democrático, porque una comunidad también se construye cuando sus jóvenes sienten que tienen algo para decir y encuentran un espacio dispuesto a escucharlos.
La iniciativa fue llevada adelante desde la Comisión de Acción Social, Cultura, Educación y Deporte, y contó con el acompañamiento de distintos concejales a lo largo de las diferentes instancias.
Detrás de cada proyecto también estuvo el acompañamiento de las instituciones educativas y de los y las docentes, fundamentales para guiar a los estudiantes y acompañar la construcción de sus propuestas, respetando siempre su voz y su protagonismo.
Cuando una institución abre sus puertas para escuchar otras voces, no solamente enseña: también tiene algo que aprender de quienes participan.
Por eso, el valor de esta experiencia no está solamente en los 24 proyectos presentados y aprobados. Está en todo lo que ocurrió alrededor de ellos: en las conversaciones que los hicieron posibles, en las preguntas que surgieron, en los desacuerdos, en las ideas que se modificaron, en los consensos alcanzados y en quienes decidieron involucrarse.
Y el trabajo no termina con la sesión estudiantil.
Hay algo que quiero subrayar, porque es lo que distingue a esta experiencia de un simulacro: los proyectos continúan su recorrido en las Comisiones Permanentes del Concejo Deliberante, donde serán analizados por los concejales. Y si compartimos el criterio, pueden ser tratados y aprobados por el Concejo.
Es decir: una idea que empezó en un aula puede terminar convertida en una Comunicación, una Resolución o una Ordenanza vigente en el Partido de Azul.
Como concejal, acompañar este proceso fue una enorme satisfacción y, especialmente, un orgullo. Verlos tomar la palabra, defender sus ideas, escuchar otras miradas y asumir responsabilidades fue una de las partes más valiosas de esta experiencia.
También nos deja el desafío de seguir mejorando, para que el Concejo Estudiantil siga creciendo y sea, cada año, una experiencia más significativa para quienes participan.
Esta experiencia nos deja una certeza: cuando a los jóvenes se les da un lugar real para participar, cuando se los escucha y se confía en ellos, participan, se involucran, preguntan, proponen, debaten y asumen responsabilidades.
Los jóvenes no necesitan que les digamos solamente que son el futuro, necesitan que les demos un lugar en el presente.
Quizás de eso se trate, en definitiva, una verdadera experiencia de formación democrática: descubrir que una preocupación puede convertirse en una idea, que una idea puede convertirse en una propuesta, que una propuesta puede ser discutida con otros y que, cuando una comunidad está dispuesta a escuchar, esa propuesta puede comenzar a transformar la realidad.
Todo puede empezar de una manera sencilla: alguien que se anima a preguntar por qué, otros que se animan a escuchar y jóvenes que descubren que también pueden ser protagonistas de las respuestas.
Felicitaciones a todos los jóvenes que participaron. Ojalá esta experiencia sea el comienzo de muchas otras formas de involucrarse, participar y transformar nuestra comunidad.
(*) Concejal bloque PRO. Presidente de la Comisión de Acción Social, Cultura, Educación y Deportes del Concejo Deliberante de Azul.
Un puente invisible de solidaridad que une a Holanda con Azul desde hace años: la historia de Math y Tonnie Roijen y su incansable compromiso por transformar realidades a través de un abrazo que no sabe de fronteras.
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