20 de abril de 2020
Escribe: Prof. María Liliana Christensen
Estos días tan difíciles que venimos transitando nos plantean a cada paso nuevos desafíos. Creo que el primero es reconocernos, aceptarnos y aprender a convivir en serio con nosotros mismos. Lejos de las urgencias que nos apremiaban y de las presiones de toda índole que formaban parte de nuestro permanente quehacer, esta nueva realidad que nos obliga a detener la marcha y a hacer una pausa nos permite también mirarnos a nosotros mismos. Una mirada exigente, rigurosa, pero no exenta de comprensión. Y por qué no, de compasión. Esto es lo que somos, esto es lo que cada quien ha hecho con su vida, esto es lo que hemos construido. Ese momento de introspección, ese mano a mano frente al espejo, puede ser muy enriquecedor. Podría ser incluso reparador si con absoluta sinceridad y una mano en el corazón decidiéramos reflexionar sobre nuestra vida sin hacernos trampa.
Los demás...
Pero hay otros desafíos; uno singularmente complejo, tiene que ver con atrevernos a pensar y repensar nuestra relación con los demás. Vasto, inmenso ese los demás, nos inquieta. Los demás y sus cosas, los demás y sus deseos, los demás y sus miedos, los demás y sus penurias. Está allí -en ese los demás- nuestra familia, nuestros seres más queridos, nuestros amigos...También están allí todos los que han caminado con nosotros, antes o ahora, los que han compartido sueños y desvelos y quizá por alguna razón imprecisa se han alejado, los hemos perdido. Un viejo proverbio reza que "las huellas de las personas que caminaron juntas nunca se borran". Me gusta pensar que es así. Y que quizá, algún día, podremos retomar el camino.
Este desafío que nos plantean los otros es fundamental. Se trata de revisar nuestros vínculos, de mirarnos de frente y sin excusas para ahondar en todo aquello que hemos hecho, y particularmente lo que hemos hecho con otros y por otros. Como parte inescindible de nuestra vida los demás, siempre los demás. Ya lo han dicho los filósofos: la buena vida humana es buena vida entre seres humanos; de lo contrario puede que sea vida, pero no será ni buena ni humana.
Por eso este desafío es tan duro, porque implica prescindir de los demás al menos físicamente. Porque impone el aislamiento y la distancia, porque nos priva de los abrazos, de las miradas, de la complicidad con los otros que constituyen la esencia de nuestra vida humana.
Nadie se salva solo
Pero este derrotero tan penoso que estamos atravesando implica también otro desafío, que nos pone frente a un escenario cruel y brutal, que nos sacude y nos estremece: el aislamiento en la pobreza, la soledad del frío y del hambre, la cuarentena del desamparo. Basta con observar con atención y poner nuestra mirada sobre tantas familias desesperadas que no saben si pueden afrontar este presente y mucho menos ese futuro incierto, atroz que se preanuncia. Las catástrofes tienen esta particularidad: desnudan impiadosamente a las sociedades. Siempre ha ocurrido así, en todas las situaciones extremas que la humanidad ha conocido. Lo explica la historia y lo sabemos todos los que hemos atravesado momentos difíciles.
En esta ocasión en que el mundo está pasando por un drama global como nadie podría haber imaginado, en que todos somos igualmente vulnerables y en que la epidemia azota a las sociedades más fuertes y desarrolladas de manera implacable, el mayor desafío es fortalecer la utopía -que como bien decía Galeano nos sirve para seguir caminando- y generar en los hombres de este siglo XXI tan escéptico y desangelado un atisbo de esperanza.
Pocas cosas más difíciles que ésta. La esperanza como construcción individual en momentos como el que estamos padeciendo no sirve. Nadie se salva solo. Hace mucho tiempo que lo decimos pero creo que nunca estuvo tan claro como en estos días tan duros que atravesamos. La solidaridad y la empatía se han vuelto fundamentales. Y el desafío de fortalecer la utopía para alimentar la esperanza nos incluye a todos: a los médicos, enfermeros y todo el personal sanitario que está en la trinchera dando una pelea desigual y admirable; a las fuerzas de seguridad que nos cuidan y están disponibles a toda hora; a los trabajadores que prestan servicios esenciales y ocupan su lugar con enorme sentido del deber y sin defecciones; a los maestros que afrontando las dificultades, que no son pocas, asumen el reto inédito de seguir enseñando a distancia y tendiendo puentes con niños y jóvenes para mantener vivo el afecto que es el primero y principal de los aprendizajes.
El desafío de fortalecer la utopía nos incluye a todos. Para eso sumamos, cada cual desde su lugar, algunos quedándonos en casa y otros saliendo a esa intemperie hostil en que se ha convertido el mundo para ayudar a los demás. Sabiendo que hay que contribuir a que la cadena no se corte, conscientes de que hay que poner toda la energía y el empeño en fortalecer a los eslabones más débiles y resistiendo a los embates más difíciles que nos ponen a prueba y nos alientan a estar unidos y hermanados frente a la adversidad. Con los demás, siempre con los demás.
Como decía aquella vieja canción que cantábamos, fervorosos, hace tanto tiempo...
"Por qué caerse y entregar las alas/por qué rendirse y manotear las ruinas
Si es el dolor, al fin, quien nos iguala/y la esperanza quien nos ilumina".
El torneo de Primera División, organizado por la Liga de Fútbol de Azul, afrontará mañana una jornada decisiva con la disputa de la duodécima fecha. La programación se adelantó por el Día de la Madre y tendrá varios encuentros importantes, tanto en la pelea por el liderazgo como en la lucha por ingresar a los cuartos de final.
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