21 de enero de 2018

. DETRÁS DEL "LOCO", RUBEN


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Por Silvio Randazzo, de la Redacción de EL TIEMPO. srandazzo@diarioeltiempo.com.ar
La necrológica asegura que Ruben Alonso murió el lunes 8 a los 71 años. Nadie de quienes son sus afectos se anima a confirmar lo que esas glaciales palabras dicen saber. Es que todos parecieran internamente confiar que el “Loco” aún debe estar durmiendo, embanderado, sobre el paño de un billar (otros dicen un sillón), o bajándose de un camión jaula –junto con sus compañeros de River para ir a jugar–, o haciendo la vertical en el balneario, tal vez para impresionar alguna dama. Si incluso hay quienes juran y perjuran haber visto (en los albores de la década del 60) al portentoso Ángel Vigía salamonesco del portal del cementerio torcer su rígida postura hacia la derecha, para deleitarse con el juego de este cuerdo del fútbol en el potrero aledaño.
Un cáncer lo arrebató de su casa en el Barrio Del Carmen, lo arrebato de su indispensable sol y de su Independiente de Avellaneda. Claro que también lo arrebató de su familia, la que lo veía como “un chico grande”, la que escuchaba a Roberto Carlos a la fuerza, la que sabía que se comía todos los panqueques, la que lo transformó en un abuelo dedicado, la que sabía perfectamente lo vago que era, la que lo amaba. Pero, fundamentalmente, la que conoció a Ruben cuando el traje del “Loco Alonso” quedaba colgado en un vestuario, en un bar o junto al infaltable Sapolán en las arenas del balneario. De eso se trata esta charla.
“Era un ser extraordinario. Yo trabajé toda la vida hasta que me jubilé. Jesica vivía en casa con mi nietito, él lo llevaba al jardín, cocinaba, limpiaba la casa, extraordinario. Como abuelo era excelente”, dice ahora Mirta Castiglione, su mujer, enfermera de profesión, cuando conversa con EL TIEMPO. Afuera el sol del que tanto disfrutaba su marido calcina el mediodía y de la nota participan el anfitrión, Diego Alonso (42 años), y Jesica Alonso (36), hijos de Ruben y Mirta. Vínculo que comenzó a cristalizarse un 13 de junio de hace casi 50 años. Rememora Mirta: “Una historia hermosa. Fue un 13 de junio. Yo estaba con mi ex cargando nafta en la estación de servicio de Yrigoyen y Colón. Yo estaba sentada en el auto y él pasa: pantalón negro, polera amarilla, gamulán con el cuello alto. Mira de reojo y yo me pregunté quién es. No lo conocía. Le pregunto a la persona que estaba y me dice: “Es el ‘Loco’ Alonso”, dice. “Juega al fútbol, es un jugadorazo”. Yo busqué dónde jugaba y ese domingo jugaba en cancha de Chacarita. Lo fui a ver. Yo ni idea de fútbol. Yo tenía 22 años y Ruben, 27”.
–¿Fue hasta la cancha y lo abordó?
–M: Lo saludé. Esperé a cuando pasó por la tranquera, le di un beso y lo felicité por cómo jugaba al fútbol. ¡Me miraba sin entender nada! Anduvimos de novios un año y pico y nos casamos. Fue vago…
–¿Ya jugaba en River en ese entonces?
–M: Sí, en River. Es que firmó desde muy chiquito, siempre en River. No, miento…después jugó en Piazza. Trabajaba en la curtiembre y jugaba en Piazza. Después, la curtiembre empezó a suspender gente, lo suspendieron, River lo quería de vuelta.
–¿La pasión de Ruben por el fútbol se la contagió a usted? ¿Disfruta del fútbol?
–M: ¡Me encanta el fútbol, me miro todos los partidos!
–D: Mi viejo era impresionante, miraba todos los partidos, todos. Era fanático de Independiente, fanático de Bochini.
–M: Yo soy de “Boquita”. Pero a Independiente lo quería, festejaba los goles. Y él, a veces, un golazo de Cardona, yo le decía “¡decí algo, mirá qué golazo!, y él no decía nada (risas).
–¿Y también fue así con el resto?
–J: Él tenía esperanza de que los nietos jugaran, pero a ninguno le gusta el fútbol. Mi nene empezó en Chacarita, miraba pasar los aviones y mi papá rezongaba.
–D: Y yo salí malísimo (risas). Yo jugaba, sí, pero era malo. Era zurdo. Mi viejo habrá dicho “este es zurdo, la pegada, seguro que la rompe”. Pero no agarraba una.
–M: Llevaba a Valentín, el nene de ella, a Chacarita, pasaba un avión y el nene lo miraba. Y Ruben se ponía loco: “¡Valentín, la pelota!”. Ninguno, ninguno salió. Pero era un baboso del nieto, de todos. La vida por ellos.
–J: Yo trabajaba en un comercio y él, todos los días, iba caminando a buscar a Valentín al Normal y lo llevaba a casa.
 

“Éramos medio cabrones”    -


–Jesica, ¿cuál es el primer recuerdo que tenés con tu papá? Con la persona que, tal vez, no todo el mundo conocía.
–J: Ellos un tiempo estuvieron separados. Después volvieron se juntaron de nuevo. Entonces, de chiquita muchos recuerdos no tengo. Yo vivía como mi mamá. Yo peleaba mucho con mi papá, éramos medio cabrones. Pero lo adoraba…el carácter mío también. Tomaba tanto sol, tanto, entonces le decía “¡dejá de tomar sol!”. Yo era la que lo retaba.
–¿En tu caso, Diego, qué recuerdos iniciales guardás con Ruben?
–D: Recuerdo que de chico me llevaba al Club River, todos los días me llevaba en bicicleta. También, me llevaba a los potreros donde jugaba. Pero yo no tengo recuerdos de haberlo visto jugar, no sé si lo vi jugar.
–Y funcionaba como un director técnico para vos en esas ocasiones?
–D: Sí, aunque ya se daría cuenta de que no andaba (risas). Me llevaba a River y yo quería jugar bien, pero no me salía una. Cuando yo iba, River tenía un equipazo, habían salido campeones de todo. ¡Yo no tenía chance! Entonces me fui a Cemento. Ahí fue a verme dos o tres partidos, aunque yo no quería que me fuera a ver. Me fue a ver un par de veces sin decirme nada.
–¿Sentías algún tipo de presión, una obligación por ser “el hijo del “Loco” Alonso”?
–D: No, no. Simplemente no me gustaba, nunca me gustó. A veces me acompañaba a los entrenamientos; en esa época, River entrenaba frente al Regimiento, y él iba.
–J: Capaz que era por eso, por ser su hijo.
–D: Pasa que capaz que nos agarraba Alumni y nos hacía seis (risas). Yo tengo un nene y a él tampoco le gustaba el fútbol, igual que Valentín. Y mi viejo le decía: “A la redonda, a esa cosa que es redonda le tenés que pegar” (risas).
 

“Le gustaba la vida”   -


Puede que quien haya compartido un minuto, un día o un año con Ruben en ámbitos no tan íntimos, no llegue a presentir que el “Loco” era un esposo, un padre y un abuelo tímido, al menos al momento de autoreferenciarse. Su familia asegura que era reservado de palabras, pero inmensamente dado a la vida. Hasta sus horas finales.
–¿Era un papá consejero?
–J: No, no, él no se metía mucho.
–D: Consejero no, era muy tímido.
–Es una característica que, en teoría, no se condice con lo que de él se cuenta.
–J: Pero era así, muy reservado. Capaz que en parte se debe a todo lo que pasó; solía tener bajones de ánimo.
–M: Pero siempre tuvo muchas ganas de hacer de todo. Hasta último momento. Tenía un viaje programado con ella y el nene para el 8 de enero, a Mar del Plata.
–D: Para él no se iba a morir, nunca se resignaba, y nosotros ya lo veíamos venir.
–Una actitud positiva, si se quiere inconciente, frente a lo malo.
–D: Muy positivo era. Le gustaba la vida…le gustaba…
–M: El 2 de enero fuimos a Olavarría, para ver si le aplicaban otros rayos. Entonces le dice al doctor que quería hacerle una pregunta. Yo le digo: “Dale, Ruben, preguntale todo lo que querés saber”. Y Ruben va y le dice “¿Doctor, me puedo ir a Mar del Plata?” (risas). ¡Y no daba más!
–D: Yo iba a correr a la pista, para sentirme…no sé, y él me acompañaba siempre. Hasta lo último. Tenía ganas de salir, de vivir.
–M: Él nunca habló, nunca se quejó de lo mal que estaba.

ENTRE EL SAPOLÁN Y ROBERTO CARLOS: “¡PONÉ OTRO, RUBEN¡”  


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Recordar a Ruben Alonso es, en esencia, delinear un profuso anecdotario. En este caso, la familia acumula un sinfín que ofrece una versión intimista, ajena a la construcción más legendaria que se ha hecho. A eso le suma pequeños actos que lo edifican con detalles. Dice Mirta: “Yo lo acompañaba y lo alentaba. Le decía “Ruben, qué bien jugaste hoy, cómo corriste”. Y me respondía: “para correr me voy al hipódromo”. Le pintaba la uña del dedo gordo de la mano con los colores de River. Le daba suerte”.
 –¿Y en la cocina, qué “menú” tenía?
–D: Cosas simples, fáciles.
–J: Sí, tampoco exageremos (risas).
–D: No se complicaba. Como en todo, en realidad. A veces tenía que hacer cosas y renegaba, era rezongón.
–J: Yo lo retaba.
–D: Cuántas veces le dijimos que dejara el pucho, le decíamos y nada. Hasta lo último. Te daba bronca. No lo iba a largar, igual que el Sapolán. El pucho y el Sapolán para él eran sagrados.
–M: El trabajaba con mi suegro, de pintor. Y cómo será que un día, con mi suegro se habían ido a pintar una chacra. Entonces viene mi suegro y me dice: “Te lo mando a Ruben porque yo no voy a estar pagándole para que esté tomando sol todo el tiempo”.
–¿Disfrutaba de la música, el cine u otro tipo de arte?
–D: El cine le gustaba. Laburaba mi tía en el cine y él iba siempre.
–M: Era fanático de Roberto Carlos. El compact de Roberto Carlos… Le decía “¡poné otro, Ruben¡”. Le encantaba. Y cantaba: (entonando) “Cuando era un chiquillo”.
–J: ¡Los cuentos! Cuando escuchaba la radio y contaba esos cuentos feos.
–D: Se anotaba los cuentos y después los repetía.
–M: Escuchaba cuentos y después me decía. El último que me contó: “¿Vos sabés, Mirta, lo que le pasó a, poenele, Beto?”. “No, no sé nada”.  “Fue al velorio –y él te lo contaba como una historia real– de, ponele, Felipe”. “¿Y ese quién es?”, le dije. “Vos no lo conocés. Y llevó un pote de crema y cada tanto le pasaba al muerto. Viene la viuda y le pregunta ‘¿Qué hace pasándole crema a mi marido?’. Y Beto le contestó: Pasa que él quería que lo cremaran” (risas). ¡Vos le prestabas atención y él te estaba gastando!
–J: Homero le decía yo. Era muy igual a Homero Simpson. Tenía que esconderle la comida que les compraba a los nenes. Compraba alfajores y desaparecían.
–M: Era un chico grande. Yo hacía panqueque para el domingo y le decía “por favor, Ruben, no te los comas”. Capaz que al otro día los iba a buscar y estaba la mitad de la pila. “Se habrán mojado”, decía… ¡y se había comido una docena con dulce de leche!
 
 

INCENDIO, CHORIZOS Y UN PERRO LADRÓN    - 


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Las virtudes culinarias de Ruben, refiere su familia, eran cuanto menos modestas. No así su tesón para cumplir cada vez que tomaba un “compromiso” de abastecer los platos de sus afectos. Concuerdan su esposa y sus hijos que la siguiente es la anécdota que lo pinta al detalle.
 –J: Mami, ¿te acordás del día que papá quiso hacer los chorizos?
–D: Esa anécdota te pinta muy bien cómo era mi viejo?
–M: Esa es muy buena.
–J: Nunca hacía y si hacía carne a la parrilla, le quedaba cruda, arrebatada.
–M: Un día dice me dice “Mirta, voy a hacer unos choricitos”. Fue y compró una docena de chorizos, y se puso a hacerlos en el patio. El hombre de al lado prendió fuego y, de alguna manera, se empezó a prender fuego el patio de mi casa, la parte de atrás. Hubo que llamar a los bomberos y a la policía. Vinieron y Ruben inmutable (risas).
–D: Él como si nada, seguía cocinando.
–M: El incendio atrás, los laureles prendidos, las cañas también, los bomberos listos con la manguera, el vecino que vino con 20 metros de manguera y se fue con un cachito así. Lo miro a Ruben en medio de todo eso y me dice: “Mirta, los chorizos ya van a estar”.
–J: En eso, mi papá se distrajo un segundo, vino el perro del vecino y se comió los chorizos. Todo prendiéndose fuego y mi papá re caliente con el perro por los chorizos. Así era.
 

“JUGADOR DE LOS QUE NO HAY”   -


Por José “Pepe” Ciano
Tengo muchos recuerdos de él, anécdotas, pero dos sobresalen. River no tenía cancha, el profe del plantel era Carlitos Luppi y nos llevaba a entrenar a La Tosquera. Hacíamos un conteo de cuántos éramos, cada uno decía un número. Entonces, la primera vez llegamos a 20; en la segunda pasada, éramos 19. ¡Cómo puede ser! Era Ruben que estaba escondido atrás de una planta, para no correr. Él tenía un dicho: “Para correr está el hipódromo”.
La otra anécdota: salimos una noche (todos solteros). Volvimos todos, vivíamos cerca del club River: Ruben en Rauch y Salta, yo en Santa Fe y Leyría, Mario Santillán, que falleció también. Nos despedimos, “Chau, ‘Loco’” (Ruben no le decíamos nunca), “chau, ‘Pepe’”, y nos fuimos a dormir. A la mañana, el que era presidente del club, Hesayne, va al club, entra y ve un bulto arriba del billar. ¿Qué era eso? Ruben durmiendo arriba del billar, envuelto en la bandera de River. Son cosas que han quedado en el recuerdo.
El “Loco” era un enorme amigo, jamás tuvimos una palabra de más. Compartimos la vida desde la Escuela 19 (era dos años más grande que yo, íbamos a distintos grados) hasta ahora que falleció. El potrero oficial nuestro era frente al cementerio, jugábamos mucho barrio contra barrio. Lo sabía ver muy seguido en la esquina del Banco Provincia, se juntaba con “Patón” Moyano, con “Pelusa” Boggi.
Era un jugador de los que no hay. Empecé en River en el 61, 62 y Ruben ya jugaba en la Quinta. Fue la camada de la Escuela 19 que ganó un campeonato, y River se llevo a unos cuantos de esos: Dell’ Aquila, “Cacho” Forte, Servidio. Una barbaridad de jugador, Ruben era un tipo fuera de serie: no era un goleador nato, Ruben jugaba a la pelota.
Lo voy a extrañar bastante, bastante, bastante.

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