26 de marzo de 2017
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Susana Graciela Yaben había estudiado en Bellas Artes. No militó en las organizaciones políticas de los setenta. Fue secuestrada en la esquina de su casa. La torturaron con picana eléctrica, en 1977, mientras oía los corsos del club Vélez Sarsfield de Azul.
Escribe:Marcial Luna - lunasche@yahoo.com
El domicilio de la familia Yaben, Guido Spano 279, fue allanado por la Policía Federal. Ocurrió unas semanas antes del golpe del 24 de marzo de 1976. El operativo se ejecutó sin orden judicial, en pleno gobierno constitucional de Isabel Perón.
Susana estaba sola en la casa. Los policías buscaron armas, uniformes, pasadizos secretos. Ahí se les rió en la cara Susana, porque la posibilidad de que en su propia casa hubiera esa clase de pasadizos le resultó ridícula.
En el altillo los pesquisas hallaron una valija con uniformes de la Armada. Un cabo de la Federal había comenzado a manipularlos cuando se los enseñó al oficial al mando del operativo, pensando ya que serían sus trofeos de guerra. Pero Susana se anticipó: “Mi papá es marino, guardá eso”.
Susana tenía una cama cucheta, un par de repisas, el Winco con los discos de Violeta Parra y la colección de libritos del Centro Editor de América Latina. A los Yaben les revolvieron todos los cajones de la casa y fueron minuciosos con una pequeña biblioteca, que tenía todos los libros que Susana había usado en su secundario. Entre ellos María, de Jorge Isaacs.
Su mamá le había forrado los libros, con papel y nylon, porque creía que así no se estropeaban. Meticulosos los federales. Rompieron cada forro para ver de qué se trataba cada tomo. En uno de los cajones detectaron un paquete muy pequeño, cerrado. El que lo encontró, lo miró bastante, lo tocó y dio vueltas, dubitativo. Luego se animó y lo abrió. Del interior del paquetito sacó una flor. Una flor de tela.
Arazi y el PS
Susana Yaben no militó en la JP ni de Azul, ni de ninguna parte. No tuvo vinculaciones con las organizaciones político-militares como Montoneros y ERP. Ideas tenía, las tiene aún, pero no una filiación partidaria. Prefiere reconocerse como librepensadora. Sólo una vez, en el año 1973, participó de la campaña electoral del Partido Socialista de Azul. Era tiempo de vacaciones y el candidato entraba en su molde. El doctor Eduardo Arazi, un médico de la ciudad.
Como ocurrió con el abogado Claudio Minellono y otros socialistas azuleños de aquellos años, a Susana comenzaron a seguirle los pasos los denominados “servicios”.
Pensó que podía estudiar en Buenos Aires y lo intentó. Pero el ritmo porteño la fatigó rápidamente y, llegado un punto, sólo quiso retornar a Azul. Fue el período 1974-1975. Cuando recuerda ese momento, dice que, para los que ya “mandaban”, su “error” fue ingresar a la Escuela de Bellas Artes, en busca de una profesión. Tenía dos amigas allí, Norma Monticelli y Perla Arriando, que estaban por culminar la carrera.
El establecimiento, meses antes, había sido tomado y, en consecuencia, desde el gobierno se envió un interventor para poner “la casa en orden”.
El golpe de 1976, como un aluvión, arrasó todo el país, en cuestión de minutos. En Azul fue fácil. Un jefe militar, su secretario y un carrier, instalado dos días en el veredón municipal, fueron suficientes para desbaratar el gobierno del doctor Juan Carlos Peralta Reyes. Pero tampoco en el país hubo resistencias.
El juez Ippólito
Susana Yaben estudió en Bellas Artes, hasta que empezó el invierno de 1976. Una noche, cuando volvía a su casa desde la escuela, al término de la cursada que se extendía hasta las 23, al llegar a Colón y Puán observó, junto a la bocacalle, un Ford Falcon estacionado, con muchas personas en el interior. Apuró el paso y dobló una esquina, porque estaba cerca de la casa de unos familiares, los Iglesias, en Puán casi Rivadavia. Pero allí no había nadie.
Se refugió, temerosa, debajo de un escultural ejemplar de bignonia rojo anaranjado, al que su abuela llamaba “clarín de guerra”.
Estaba segura que el Falcon la venía siguiendo. Pero el que se detuvo frente a ella fue otro automóvil, un Chevrolet 400, y el conductor alguien que ella recordará con honores toda su vida: el juez federal Dante Norberto Ippólito, que abrió una puerta y le dijo: “Subí, nena, que te llevo a tu casa porque a vos te están siguiendo”. Así, el juez federal de Azul, en plena zona de cacería, la rescató esa noche. La conocía a Susana.
Los alumnos de Bellas Artes, algunos días, terminaban de cursar en el primer piso del edificio de la antigua Casa Castellar, de Yrigoyen entre Moreno y Uriburu, y pasaban por “Souvenir”, un local en Yrigoyen entre Uriburu y Burgos, que estaba dividido en dos sectores: bombonería y sandwichería. Era un sitio obligado para muchos azuleños, porque los mejores cafés del centro se servían allí. Al juez se lo veía en ese local, pasaba un rato y se cruzaba al Club Social. La conocía a Susana.
Por eso, cuando la encontró en la puerta de los Iglesias y a pocos metros de Falcon apuntándole con los faros, la trasladó hasta su casa y, además, habló con los padres de Susana. Les dijo que él, el juez, estaba siguiendo a los de la Federal porque no le estaban dando parte de las cosas que hacían.
Poco después el juez sufrió un atentado contra su domicilio particular. Llevaba, entre otras causas, la del intento de copamiento de la guarnición de ejército de Azul a manos del ERP. Ya había descubierto que al soldado González no lo habían degollado, como se decía desde el Ministerio de Defensa y los diarios porteños repetían. Y había comenzado a hacer preguntas incómodas sobre quién había disparado contra la esposa del coronel Camilo Gay, muerto por el ERP durante el asalto de 1974. Casualidad o no, por esos días Ippólito fue víctima de un atentado; también su secretario, el doctor Roberto Hansen.
El secuestro
La vida continuó para Susana. Comenzó un noviazgo, dejó Bellas Artes, no salió por las noches, y consiguió trabajo en la fábrica de baldosas Barcelona, en la ruta 3. Su tarea era administrativa y, entre otras cosas, pagaba los sueldos.
El 5 de febrero de 1977 Susana fue secuestrada, a poco de salir de su casa. La noche anterior cenó sardinas fritas acompañadas con cerveza. Por eso ese día se levantó descompuesta, pero tenía que entregar sueldos al personal. Entonces salió.
Poco después de las siete de la mañana, desde Guido Spano caminó hasta Alvear. Fue por la calle, porque las veredas estaban en malas condiciones. Se le aproximó un automóvil. Alguien la aferró desde atrás y rápidamente la introdujo al Falcon, en el asiento de adelante, y otro la empujó cabeza al piso. La encapucharon poco antes de llegar al lugar de destino. El auto era un Falcon de color celeste. Susana recordó que alguien que tuvo una casa de crédito, ex militar, tenía un auto igual.
Desde ese momento estuvo veinte días desaparecida.
Mascarita
Poco lapso de tiempo. Un recorrido breve desde el lugar de secuestro, la esquina de su casa, hasta donde permaneció detenida ilegalmente. Pocas cuadras, en el Falcon. Entonces, el sitio de detención era en Azul.
Susana siempre lo creyó: uno de los primeros lugares en que estuvo secuestrada fue en la sede de la Policía Federal, donde después se instaló el Juzgado Federal, en calle Uriburu.
Por las noches, en ese verano de 1977, pudo escuchar los altoparlantes del corso del club Vélez, a tres cuadras de allí, en Burgos y Corrientes. Susana levantó la cabeza una que otra vez. Intentó reconocer el lugar donde estaba detenida, tan cerca del Club Vélez, y por ese motivo, “me dieron soberanas palizas”. La obligaron a mantener la cabeza gacha.
Recordó Susana: “El primer día de detención, era de mañana, había pasado un rato del tiempo de colocarme la capucha”. Estaba parada, contra una pared, de vaquero y remerita. “Yo me sentí sola en el lugar y con mis manos esposadas yo tocaba algo detrás, un papel, vi que podía arrancar los pedazos, me agaché, me lo introduje en el bolsillo del jean”. Eso le costó “una sesión de tortura, porque para hacer eso yo había sido aleccionada en un campo de guerrilleros. Esa fue la conclusión de ellos”.
Después, la tortura fue de noche.
Las sesiones de picana eléctrica se efectuaron en una “parrilla”. La ataron de pies y manos a Susana. Y aún dice: “Esas sesiones de tortura fueron bastante difíciles de soportar”.
Cierta vez, quizá, uno de los torturadores se compadeció de ella y le dio limón. No sabe si fue el mismo que le acercó un cigarrillo, o frutas, después.
Había música en las sesiones de tortura, y los captores no hablaban.
No le vio la cara a nadie. Pero algo le llamó la atención: de los hombres que tomaban contacto con ella, uno cambiaba el tono, usaba la voz finita como las máscaras sueltas de carnaval.
El carrito del empedrado
Otro lugar al que fue trasladada Susana Yaben, es la estación del antiguo ferrocarril provincial, en el oeste de la ciudad. Después de los años de dictadura, comenzó a funcionar allí una guardería de órbita municipal. Resultó extraño, cómo se mezclaron a partir de entonces los murmullos y risas de los niños y niñas de la guardería, en ese ambiente lúgubre, con las sangres de las torturas y los gritos ahogados del dolor.
En el Provincial, Susana comió y pudo bañarse. La ducharon en una terracita. Fue la única vez en los veinte días. El lugar estaba dividido en varias salas. Había un colchón en el piso, un colchón sin nada más.
En el Provincial la tortura tuvo precisión psicológica. Había otra detenida, Norma Monticelli. Las hacían hablar, primero a una, luego a otra.
Había una rotonda cerca. Todas las mañanas escuchó lo mismo: un carrito que pasaba y doblaba. El oído percibió que el giro del carrito era en semicírculo, sobre un empedrado.
Era el único lugar de Azul donde existía una rotonda con empedrado, frente al ex provincial.
Un médico la atendió en ese segundo lugar en el que estuvo secuestrada. La revisó y comenzó a suministrarle un remedio. Pero nunca habló el médico. Susana jamás le escuchó la voz. Muchas veces rondó en su cabeza: ¿De qué se ocultaba ese doctor? ¿Por qué no hablaba?
“Por favor, me dan una pastilla blanca que me están dando”, dijo un día Susana. Pero no había visto la pastilla. Sólo intuyó que era así porque carecía de cobertura, como si fuese una aspirina, áspera y fácil de desgranar. Ese pedido le costó una seguidilla de maltratos. Querían saber sus captores cómo había visto la pastilla. Era un antibiótico que comenzaron a suministrarle. Estaban preocupados. Si había visto la pastilla de color blanco, ¿qué más podría identificar?
Ella no los vio, pero había más detenidos. Cuando debía llamar a sus captores, tenía que golpear las esposas, una con otra. Y escuchó que había otros golpes de esposas, en otra habitación.
A Susana los que la interrogaban le decían que ella había matado en Mar del Plata. A un capitán. Pero no había estado en Mar del Plata. Y tampoco había matado. “Fue una de las cosas que me quedó, no quería ir” a esa ciudad, hasta que pudo asumirlo. Recién conoció Mar del Plata en 1993 y entonces sí, pudo viajar cuando quiso.
En los interrogatorios, antes o después de aplicarle la picana eléctrica, le preguntaron por algunas personas y su militancia. Se sorprendió cuando la interrogaron sobre la militancia de Carlos Raúl Azcona, el consignatario de hacienda. Susana había hecho la primaria con una hija de Azcona y una de sus sobrinas. Ese fue el único contacto con los Azcona, hacía muchos años. ¿Qué cabos estaban tratando de hilar los secuestradores?
Una casa antigua
Susana fue trasladada a un tercer lugar. ¿Una oficina? ¿Un sitio algo abandonado, pero en la ciudad? ¿La casa de la Unidad Regional de Policía, sobre avenida Piazza? Nunca lo pudo reconocer: sólo algunos rasgos. No bajó ni subió escaleras, pero era similar a un sótano. Aunque estuvo vendada todo el tiempo, mirando hacia arriba pudo ver unas ventanitas, típicas de casas antiguas, que sobresalen y tienen rejas desde donde le fue posible ver al ras de las veredas.
Alcanzó a ver una vereda, tras esas rejas, del lado que bañaba el sol. Susana dice que estuvo allí varios días, en una suerte de abandono. No había nada más que un pozo, quizá una letrina. Sólo recibió agua.
Estuvo varios días en ese sitio. Sin capucha, pero con la cabeza rodeada de cintas que le impedían ver y se le pegaban al cabello, a la piel. Y siempre esposada.
Cuando recuerda este momento, por su cabeza pasan fotogramas y destellos de flash. Ese tipo de imágenes.
Susana está tirada. Sobre un piso. De baldosas. Alrededor de ella. Hay mucha gente. También tirada. No puede ver. A los cuerpos. Pero los siente. Y los lamentos. Y los gritos.
Aún hoy esos destellos están presentes en Susana, la siguen a todas partes. Son parte de su historia.
El viaje
Después supo que ese día fue el 25 de febrero de 1977. El día veinte de su secuestro y de su desaparición. Ese día la trasladaron. Se lo dijeron así: te vamos a liberar. Y la subieron a un auto, luego a otro, y en un momento se encontró al lado de Norma Monticelli. Le reconoció la voz. Ese día, el viaje fue muy largo. No fue como en Azul.
El conductor no era muy hábil y encajó el auto. Los captores, a Susana y a Norma, le pusieron una pistola en la cabeza y les dijeron que, si hablaban, las mataban, porque habían pedido auxilio para sacar el auto del lodazal.
Apareció un tractor y alguien que lo conducía. Tironeó el auto y lo remolcó. Primero la hicieron bajar a Norma. Los secuestradores le dijeron que tenía que seguir caminando hacia donde viese luces. Era la ruta y allí podía pedir que la llevasen.
Después la bajaron a Susana. Y le dijeron, clarito: “No te saqués la capucha por media hora porque te reventamos”. Y se fueron.
Susana se quedó allí, en el camino a Laguna de los Padres. Caminó encapuchada. Intentó quitársela, pero los vendajes estaban pegados a su cabello. Se descubrió un poco y pudo ver.
Eran las 5 de la mañana del 25 de febrero. Un hombre la encontró en el camino, la miró pero no dijo nada. Siguió de largo.
El sol estaba por aparecer. Pasó una camioneta. Susana no se animó a pedir auxilio. Siguió caminando y, después sí, detuvo a dos vehículos. Un tercer vehículo se sumó: la camioneta que había pasado antes. De allí bajó Norma Monticelli, la otra secuestrada. La habían encontrado unas cuadras adelante. Los vehículos pertenecían a la Municipalidad de General Pueyrredón. Las dos muchachas fueron trasladadas hasta la comisaría 8va., porque allí estaban los pedidos de paraderos. Las familias habían presentado hábeas corpus también. Las dos habían sido declaradas “desaparecidas”.
Susana estuvo toda la mañana sentada en la comisaría, hasta el mediodía. El último que la atendió fue el comisario. Sólo le “recomendó” que no presentara denuncia.
Regresó a su hogar y, alguna que otra vez, tuvo que presentarse ante un militar de la unidad de Ejército Azul. Susana lo recordó como “el mayor Mendiberri”. Mucho después, se retiró con grado de coronel: Ricardo Francisco Mendiberri.
Fue quien le preguntó a Susana Yaben si recordaba dónde había estado, si sabía quiénes la habían detenido. Qué sabía. Y le extendió una nota: el área 123 certifica que la señorita Susana Graciela Yaben, DNI..., no tiene absolutamente nada que ver con los hechos que son de público conocimiento. Esos hechos eran el secuestro y la desaparición durante veinte días.
Semanas después, el propio Mendiberri llegó a la casa de los Yaben, con prisa, en un jeep. Y le retiró a Susana el certificado. Sólo le dijo que ya no lo necesitaría.
FUENTES
Entrevistas con Susana Graciela Yaben, años 2003, 2006, 2015, 2016 y 2017.
Testimonios ante el Tribunal Oral en lo Criminal de Mar del Plata, 2016.
Expediente Nº 890/16 “Colegio de Abogados de Mar del Plata y otros s/desaparición forzada de personas s/inc. Centros Clandestinos de Detención: Azul, Las Flores, Olavarría, Tandil”.
Causa N° 10 “Av. Delito de Acción Pública respecto de Norma Monticelli”.
Causa N° 41834, Juzgado de Transición de Azul
Causa N° 41.713, Juzgado de Transición de Azul
“El copamiento de Azul”, Marcial Luna, editorial De la Campana, La Plata, 2016.
“20 años del Golpe de 1976”, Marcial Luna, suplemento especial Diario El Tiempo, 24-3-1996.
El torneo de Primera División, organizado por la Liga de Fútbol de Azul, afrontará mañana una jornada decisiva con la disputa de la duodécima fecha. La programación se adelantó por el Día de la Madre y tendrá varios encuentros importantes, tanto en la pelea por el liderazgo como en la lucha por ingresar a los cuartos de final.
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