7 de julio de 2019

. El oro y la plata no encandilan, iluminan

Los sueños necesitan que estemos bien despiertos cuando se cumplen. Incluso si hay que viajar hasta Asia, a un ignoto país montañoso para miles por acá, atravesar el globo unos 16.500 kilómetros y convertirte en el único argentino que compite entre 600 personas, la mayoría asiáticas, con las cuales la comunicación fluye, en parte, gracias al uso del traductor de idioma de Internet en celular. Los sueños (y se dice esto sin ansías de emular a los aforistas) pueden demorar su arribo, pero una vez que están en puerta no se concilian con las distracciones. 



“No era algo completamente imprescindible para mí”. El que habla y ni se inmuta es Jaime Miguélez, el que hace unos 15 días no pensaba en ninguna otra cosa antes de dormir que no sea el viaje a Kirguistán, sede de la Copa Asiática de Taekwon-do (ITF Asian Championships) entre el 26 y el 30 de junio. Recibe a EL TIEMPO en su casa, en un amplio living donde un sillón gris define, sin admitir discusiones, la “recepción” para periodista y fotógrafo. Sobre la mesa ratona, las medallas de oro y plata que obtuvo en ese país emergente de la URSS e independizado desde 1991. Pesadas medallas, llamativas preseas que coronaron su rendimiento en Formas (la de oro) y en Lucha (la de plata).



“No lo voy a cambiar ahora”, responde, todavía inmutable, cuando se lo consulta sobre las posibles reverberaciones de semejante experiencia deportiva y de vida. El pibe de 15 años no imposta esa naturalidad para administrar el logro taekwondista que mereció el elogio de rivales vencidos, instructores y dirigentes y público que presenció sus combates, público abarrotó el lujoso estadio en cada jornada y que vio en este cinturón negro 1° Dan azuleño un talentoso deportista, una persona amena y un motivo para fotografiarse largo y tendido: “Me habrán visto la cara rara”. 



–Antes de salir de acá, vos sabías que deportivamente era una posibilidad muy grosa, pero también tenía la misma relevancia en el plano personal, más íntimo. Pero podrías haber desistido. 



–Pasa que a mí, más allá del deporte, me encanta viajar, ir a todos los lados posibles, de grande no sé si podré. Soy fanático de eso, de andar de acá para allá. Soy conciente de que no cualquiera puede andar viajando mucho y yo quiero disfrutar, conocer otras culturas.



Especialmente se me empezó a hacer la inquietud por conocer la cultura oriental. Algo que hablo con mucha gente es adónde quiere viajar; te dicen “quiero conocer Canadá, ir a Inglaterra, Italia”. Yo no digo que son todos los países iguales porque no lo son, no vas a perderte la posibilidad de conocer un país, de ir, no sé, a la Torre de Pisa. ¡Pero ya la viste mil veces en fotos!   



–No aportan una novedad. 



–Si alguien puede ir y conocerlos, que lo haga, más vale. Pero siempre que me dieran a elegir, siempre quise viajar a un país como este. Sacando todo lo que es deportivo, siento que es un logro. Soy conciente que mañana no sé si podré viajar hasta Cacharí o hasta Olavarría, y estaba teniendo la oportunidad de viajar hasta Kirguistán.



–¿Qué otros resortes actuaron para que emprendas esta experiencia?



–Sacando todo lo deportivo, no tuve algo así como “si no lo hago me muero”. No era algo completamente imprescindible para mí. Es un país raro, chiquito, estuvo en la Unión Soviética, se está haciendo. Me preguntaban cómo era…



–Te iba a proponer que me hicieras de guía.



–(risas). A medida que va la ruta, aparece un complejo o una hilera de casas que acompañan la ruta. No es como Azul, donde tenés un centro, avenidas. Lo que pude ver yo, fuimos a caminar por Kirguistán, es una ruta y ciudades acompañando. Se está, por decirlo de una forma, haciendo, hace muy poco se independizó. Además, es un país que la mitad del año está bajo nieve, y en la otra mitad se hacen todas las actividades productivas. Es como si hubiera mucho, pero mucho, territorio por ocupar. Un paisaje montañoso, con mucho río corriendo en esta parte del año, todo muy verde, mucha vegetación, cálido. 



Mucha altura y poca “información”



–¿Cómo fue la preparación en conjunto con Rossi? Me refiero a las horas más inmediatas, en el avión, horas previas a comenzar a competir. 



–Hay que entender que al ser un país que está en montañas, tiene una altura increíble. Por la altura te agitabas mucho más fácil. Entonces, lo que hice fue salir a trotar para acostumbrarme a la altura, de 20 a 40 minutos. No hice cosas muy demandantes; algunos trabajos técnicos, algunas técnicas de combate y el trabajo aeróbico que te dije. 



–¿Qué lugar ocuparon las charlas, la arenga? ¿Buscó sacarte del Taekwon-do, aliviar la posible presión?



–Lo último que haría un maestro es tratar de evadirme del tema. Voy al torneo y estoy pensando en el color de las alas de la mariposa que vi. No. Me ayudó mucho a entrenar, me guiaba, yo le consultaba sobre posibles circunstancias de combate, “¿si me pasa esto, qué puedo hacer?”. Me ayudó, fue un mentor, pero no es de ahora, hace cinco años que es así. 



–¿Te generó mucha inseguridad la altura y la falta de aire?



–No, sinceramente. Primero que nada porque no es que yo nunca salgo a una pelea sin agitarme; muchas veces estoy boqueando en el medio de la pelea (se ríe), no soy un maratonista. Sabía que eso iba a pasar y me preparé lo mejor que pude. No tenía sentido estar nervioso o tener miedo, me iba a ser más perjudicial que la altura misma. 



 –¿En términos generales, cómo fue tu devenir en la copa? ¿Lograste a priori tener mínimas pistas sobre tus rivales iniciales?



–Me tocó enfrentar a un japonés, a un competidor de China, de Kirguistán. Peleas fueron dos, porque las categorías se dividen por pesos, no es que yo tuve que pelear contra todos. La mía era de 55 a 60 kg. de peso, y éramos seis. Era por eliminatoria, yo competí y luego se hizo el sorteo; ahí tuve la suerte de pasar a la final. En combate competí con uno de Kirguistán y uno de Kazajistán. En Formas, que es donde tuve que hacer seis, siete veces, me tocó contra uno de Japón, uno de China, de Kirguistán, de países limítrofes. 



–Antes de viajar me contaste sobre una posible ventaja tuya por sobre tus rivales asiáticos: la nutrida frecuencia de combates a la que vos accedés habitualmente. ¿Finalmente fue un aspecto ventajoso?



–Para serte totalmente sincero, no hizo mucha diferencia. A nivel técnico eran tremendos los chicos esos; en lo que es Formas tenían dos o tres errores simples pero que no se corrigen en el lugar porque quizá no hay tanta información. Argentina es una potencia en Taekwon-do, sabemos cómo poner la mano, cómo son las posiciones, manejamos mucha más información.



–Es una gran paradoja que pese a su tradición con el Taekwon-do, estén desinformados al respecto.



–Claro…no sé si desinformados, pero tienen dos o tres errores pavos, que se corregirían fácil si lo supieran. Eso en Formas. En combate, ahí sí que la experiencia no pesó porque el que me ganó en la final, ya era un competidor. Hablé con él después de la pelea, el tipo había estado en el Mundial, había ganado en combate. 



–¿Cómo te comunicabas con él, en inglés? 



–Sí, en inglés. Había un montón de gente que hablaba inglés y yo lo sé hablar, así que me pude comunicar siempre. Si no, teníamos que andar con el traductor.



–¿Les habían asignado traductor?



–¡No, la aplicación de Google! (risas). Andaban con el celular, te escribían dos o tres cosas y hablábamos. Yo leía en inglés. 



 –Tenés apenas 15 años y quién puede “cargarte la mochila” con el futuro. Pero ante la singularidad de este logro (por tratarse del lugar y el contexto que ya describiste), ¿cómo se continúa alimentando el apetito taekwondista que hay en vos? No lo planteo en términos de exitismo. 



–Igual que cómo venía. Sin agrandarme, si llegué así hasta este torneo internacional, fue por todo lo que entrené, todo lo que me esforcé, y no lo voy a cambiar ahora que me fue bien en este torneo. Porque incluso, si bien se trató de un torneo internacional, esto no es más importante que el Mundial.


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