Por Silvio Randazzo

Como muchos otros sucesos que tienen a EL TIEMPO (considerándolo como lugar físico en la esquina de Burgos y Belgrano) como epicentro, no hay compañero y compañera que pueda confirmar el origen de la llegada de este gato a este edificio. A veces hasta nos preguntamos de dónde salen las personas que nos merodean. Así que establecer con resultados incontrastables qué día desembarcó este “colorado” en el diario (menos aún por qué razones) es una tarea doblegada por la inutilidad.

Lo más cercano a una certeza que podemos ofrecer al respecto, es comentar que esa minúscula colección de pelos y bigotes enjutos llegó a este lugar en las últimas horas de 2016 o en las inaugurales del año siguiente.
No fue nada complejo advertir que se trataba de un gato especial, había elegido un inquilinato en un sitio bastante peculiar. En la ciudad hay dos diarios y él optó por apropiarse de uno.

Porque hizo eso, se apropió del añejo lugar, de cada una de sus geografías internas, y no tardo nada en negociar con cada una de las “faunas” internas.
El patio (NdR: la acepción tiempista de patio ha sufrido alguna leve metamorfosis. Le llamamos así a una zona interna, de dos metros por uno y medio, dimensiones reducidas merced a su uso como depósito final de elementos varios) fue su ámbito inicial.

Recurría a un conducto de ventilación, inserto en una pared, como lugar de descanso. Desde allí ejercía una férrea desconfianza a todo humano que asumiera la misión socializadora. En estos lances, las personas, vale generalizar, recurrimos a los más ridículos artilugios, como por ejemplo hablarle en modo estúpido, llevando la voz al “modo helio”. El gato regenteaba todo a su alrededor y hacía gala de su naturaleza que, vulgarmente, puede describirse con la frase “cuando sea necesario, haré lo necesario para que creas que me sos necesario”.

Pero no todos los trabajadores del diario corrían la misma suerte. “Tito” Mendoza lo tenía a mano desde el taller de impresión y comenzó a disponer de sus noches en el matutino para negociar con el pequeño. Carne picada mediante y una pequeña dotación de agua, pudo reducir su indiferencia y transformarlo en su “hijito querido”. Sospecho ahora que el gatito habrá barajado la chance de que no solo Carlitos era el que llegaba a su trabajo dotado de medio kilo de picada, y envalentonado por la posibilidad de que el gesto del imprentero fuera norma en todo el diario, comenzó a aquerenciarse en adyacencias de la Redacción.

Fue entonces cuando descubrimos la insolencia de, para entonces, nuestra mascota. Miguel Oyhanarte, su embestidura periodística, todavía sigue construyendo en EL TIEMPO un evangelio del oficio. No sólo su recuerdo y su trabajo delinean aquí una estirpe: cada uno de los objetos que utilizó rezuma respeto (como si ellos fueran relicarios donde resguardar al “Viejo”). El gato entendió muy caprichosamente eso de seguir el ejemplo de Miguel. El antiguo escritorio de Oyhanarte pasó a ser su confortable dormidero, pegado a uno de los ventanales sobre calle Burgos.

De uso infatigable durante las tardes y las noches, por fuera de la Redacción, el mueble resultaba estratégico por el sol vespertino y por la tranquilidad nocturna. Una escena clonada cada día era su caminata (en sintonía con algo parecido a un maullido) desde el escritorio hasta el comedero que le habíamos improvisado junto a nosotros: siempre en torno a las 19 horas. Fue este usufructo horizontal del escritorio (y varios “modismos” en su carácter asimilados al temperamento refunfuñón de Oyhanarte) lo que impulsó el bautismo de ese animal de base blanca y lomo fueguino. Creo que fue Fabián el que propuso llamarlo Miguel Mendoza (“Tito” lo apellidó).

El menú de actividades comenzó a sumar capítulos. Cada pasillo era propicio para que su fisiología no se guardase nada, una marcación de territorio que le fue restando puntos en la aceptación. Miguel era esa suerte de estornudo que aparecía no bien un paquete de masitas o bizcochos daba señales de estar siendo abierto; con el mismo ímpetu podía saltar sobre tu escritorio, pisar el teclado de la PC y hacerte perder una extensa nota, o también buscar una lapicera y un par de anteojos para tirarlos al piso y evidenciar sus dotes futboleras –podemos agregar a la lista los auriculares y los cables del mouse–. Volvióse relativamente cotidiano hallarlo, cual gárgola, parado sobre el motor de aire acondicionado, a unos cinco metros de altura sobre la vereda de Burgos, tratando de asimilar eso que sucedía al otro lado de los ventanales.

Todavía extraño sus recepciones junto a la escalera. Miguel estaba ahí, dirigiéndome sus típicos falsos maullidos (no es exactamente maullar lo que hace), como diciéndome que todo lo que afuera se alejaba de mí, en este lugar dejaba de importar mientras él dormitara entre el teclado y el monitor (otro berretín) y yo lo acariciara y en tanto lo dejara correr a mi lado camino a la cocina, ritual en pos del mate. Nada de todo eso hubo de decirme jamás, pero cada instante de esa ilusión me ayudó muchísimo.

Era un buen anfitrión Miguel, atento y detallista. Incluso hubo días en que con los compañeros llegamos a sospechar de su vocación periodística: cuando rondaba el teléfono de la sala de entrevistas mientras alguno de nosotros buscaba grabar una charla, o puntualmente el día en que encabezó la recepción a Esteban Bullrich y a Gladys González, a quienes permitió asistir a las dependencias de su habitual dominio.
La decisión de castrarlo, decisión que por razones obvias nunca buscamos comunicarle, nunca terminó de convencer mayoritariamente, aunque se propuso con cierto consenso y bajo el entendimiento de que era saludable para él. Puede que hayamos pensado (algunos de nosotros) que Miguel viviría un destino largo dentro del diario. No fue así: lo terminamos de comprender la mañana en que estelarmente cayó desde dentro de un cielo raso de chapa, extraña residencia a la cual había llegado luego de retomar aquel viejo juego del conducto de aire.

Cuentan los testigos que Miguel parecía un esquiador sobre las finas y alargadas chapas marrones que comenzaron a desplomarse. Conclusión: el gato se va del diario.
A fines de agosto de 2017 Miguel Mendoza fue visto por última vez en EL TIEMPO (edificio). Desde entonces tiene un hogar donde ya no cumple rol de mascota: es un integrante más de esa familia humano-animal, de la que ya investigó pelos y señales. Parece que esta casa suburbana le ha propiciado un sinfín de revelaciones: gatos, perros, pájaros, el pasto, el colchón, el fiambre (el olor a paleta lo eleva), la leche, el ruido del microondas, Patricio Rey, estantes de fácil acceso, el ventiluz. Pese al impulso domesticador que el humano no puede dejar de
propulsar para conformar sus fantasías, Miguel disfruta mucho más de su vida de gato.
Hasta aquí escribo, esa es mi versión sobre cómo este gato afrontó sus primeros meses de vida desde los nada naturales pasillos tiempistas.
Quizá hubiera sido posible agregar algún detalle más, pero ahora no es momento. Miguel me pide un poco más de alimento.