3 de marzo de 2019
HISTORIA DE UNA PERSONALIDAD AZULEÑA
Hija de una familia que marcó la historia de Azul, Ernestina desarrolló una incansable labor en favor de los más necesitados, convirtiéndose en una importante referente comunitaria, hacedora de reconocidas obras que aún nos muestran su enorme espíritu de lucha y entrega al prójimo.
Ernestina Francisca María Darhanpé nació en la ciudad de Buenos Aires el 4 de octubre de 1882. Siendo muy pequeña, con su familia se instaló en Azul. En 1898 egresó de la Escuela Normal como Maestra, comenzando a ejercer como docente inmediatamente.
Por Eduardo Agüero Mielhuerry
Ernestina Francisca María Darhanpé nació en la ciudad de Buenos Aires el 4 de octubre de 1882. Fue la quinta y última hija del matrimonio conformado por Jules Romain Darhanpé y Marie Elene Esteguy, ambos de origen francés. Sus hermanos fueron: José María y Eduardo Guillermo, ambos uruguayos, y las porteñas Victoria Rosa y Justina.
La numerosa familia se instaló en Azul a mediados de la década del ’80.
En 1898, la menor de los Darhanpé, a los 16 años, egresó de la Escuela Normal como Maestra, junto a Aurora Cano, Juana Gicolini, María M. de Islas, Isabel Merodio y Emma Montes. De inmediato, en el mismo establecimiento, comenzó a ejercer como docente.
Curiosamente, Ernestina recién fue bautizada por el sacerdote Agustín Piaggio cuando era una adolescente, el 1 de febrero de 1899. Esta demora estuvo dada a raíz del manifiesto anticlericalismo de su progenitor, Jules Romain, pero para entonces ya hacía un lustro que había fallecido.
El 9 de mayo de 1914, en la Iglesia Nuestra Señora del Rosario de Azul, Ernestina contrajo matrimonio con Pedro Malére.
Pedro había nacido en Azul el 27 de agosto de 1874. Era hijo del comerciante francés Alejandro Malére y María Chayé. Graduado en la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Buenos Aires con medalla de oro en 1897, inmediatamente comenzó a ejercer su profesión en la función pública. Entre tantas, dirigió las obras ferroviarias a Bolivia. Empero quiso la suerte que tras el fallecimiento de su padre, ocurrido en 1909, debió regresar a Azul para administrar los negocios de su familia. Aquí conoció a la que sería su esposa y madre de sus tres hijos: Alejandro María, José María y Ernesto María.
El Ingeniero ejerció el cargo de Jefe de la Oficina Técnica Municipal en forma ininterrumpida entre 1917 y 1922. Desde esa función emprendió trabajos en distintas zonas de la ciudad, proyectó y dirigió las compuertas del Parque Municipal y las obras de nivelación de ese paseo y realizó un plano gráfico de la ciudad que fue editado en 1923.
Paralelamente, Ernestina fue nombrada directora de la Escuela N° 1 “General San Martín” a cuyo frente se hallaba hacia 1917. Luego fue nombrada en la Escuela N° 17, establecimiento al cual durante su dirección se lo llamó “Bartolomé Mitre”.
Tres a dos…
Los cinco hermanos Darhanpé fueron personas muy destacadas en la sociedad azuleña. De hecho, eran formadores de opinión y educadores. Y fue así como, de alguna manera, la masonería y el catolicismo se los “disputaban”
José María y Eduardo eran miembros destacados de la Logia “Estrella del Sud” N° 25 de Azul, que operaba libremente en nuestro medio.
Definida a sí misma como una institución discreta de carácter iniciático, no religiosa, filantrópica, simbólica y filosófica, fundada en un sentimiento de fraternidad, la masonería en general tiene como objetivo la búsqueda de la verdad a través de la razón y el fomento del desarrollo intelectual y moral del ser humano, además de su progreso social.
Azul le debió mucho de sus progresos a los Hermanos masones, quienes eran hombres de raigambre dentro de la comunidad. El Asilo Hiram (antecesor del Hospital Municipal “Dr. Ángel Pintos”), el Parque Municipal “Domingo F. Sarmiento”, la actual Catedral Nuestra Señora del Rosario, la Curtiembre y la Cervecería “Piazza Hnos.”, la Biblioteca Popular (hoy “Bartolomé J. Ronco), y tantos otros sitios de Azul son la evidencia palpable.
Y los católicos -aquellos que tal vez por temor a los métodos ocultistas persiguieron a los “herejes” Hermanos de la escuadra y el compás (símbolos por excelencia de los masones)-, también supieron realizar diversas obras en beneficio de la comunidad, preocupados por los niños huérfanos, los ancianos, los menesterosos, los hambrientos y enfermos. Con el infinito perdón Divino, con la caridad como bandera y el servicio al prójimo como ley, desde la iglesia supieron encausar un sinfín de inquietudes propias, tendientes a mejorar la calidad de vida de aquellos que tanto lo necesitaban en el Azul tan teñido de contradicciones. Allí estaban las hermanas Victoria, Justina y, principalmente, Ernestina, fieles colaboradoras de la Iglesia.
Una obra inconmensurable
Un grupo de damas que dirigía el Padre César Antonio Cáneva, realizaba desde hacía algún tiempo la caridad domiciliaria, visitando preferentemente los hogares con ancianos de menos recursos. Entre ellas y los Vicentinos se repartieron la honrosa distinción de llevar el consuelo caritativo a muchas familias postergadas por la injusticia y las diferencias sociales.
Hacia marzo de 1921, la entonces Sociedad “Pan de los Pobres”, emanada de la Pía Unión de San Antonio, tenía a su cargo una humilde vivienda cerca del antiguo y ya desaparecido Hotel Roma, en la Avenida Centenario (actual Av. Monseñor C. A. Cáneva), donde funcionaba el conocido como “Asilo de Rey” (por el dueño del edificio, don Constantino Rey –joyero, relojero y masón-) y donde las damas de la Comisión se turnaban para atender a la decena de ancianos que allí habitaban.
El número de ancianos socorridos se fue elevando, haciendo pensar en la necesidad de mejorar y ampliar las instalaciones para asistirlos. En consecuencia, el Padre Cáneva le encargó a la Comisión buscar un terreno donde poder edificar un digno hogar.
El 4 de agosto de 1922 se realizó una reunión –informal- de la Comisión en la cual se resolvió buscar un terreno suficientemente amplio para edificar confortables instalaciones. Tenazmente, Ernestina tomó las riendas del proyecto junto a su esposo, Pedro Malére. Asimismo, Victoria respaldó con ahínco la labor abnegada de su hermana.
El primer Acta formal data del 22 de diciembre de 1922 y en ella quedaron plasmadas todas las expectativas puestas en el flamante proyecto. Luego de barajar varias posibilidades, Ernestina comprometió su firma y sus bienes como garantía para obtener el crédito bancario que se necesitaba para adquirir el terreno de dos manzanas comprendido por las calles Rivadavia, Coronel Pringles, Alvear y General Sarmiento, en pleno corazón del popular barrio “La Tosquera” (hoy “Barrio Norte”).
Gracias a una donación anónima ($ 2.000 m/n) y a la ayuda de la comunidad, se juntaron los $ 5.000 m/n necesarios para comprar el anhelado terreno. Sin embargo, nada fue sencillo y pronto quedó en evidencia que el trabajo recién comenzaba. Así pues, para juntar fondos se hicieron romerías, juegos, entretenimientos, remates de cosas usadas, etc.
El 7 de octubre de 1923, Día de la Patrona del Azul, el Padre Cáneva bendijo la Piedra Fundamental del monumental edificio proyectado ad honorem por Pedro Malére.
El gran día…
Un verdadero ícono de la entrega por el prójimo, el Hogar “Ernestina Darhanpé de Malére”, a pesar de los avatares cotidianos sigue cumpliendo la misión para la cual lo erigiera doña Ernestina. NACHO CORREA
A poco más de un año de iniciada la tarea, trabajando sin pausa, bajo la estricta dirección de Malére, el pabellón principal del Asilo se inauguró el 11 de noviembre de 1924. Inmediatamente fueron trasladados los ancianos que estaban en el “Asilo de Rey”, reduciendo inmediatamente los gastos que ocasionaba el alquiler de dicha propiedad.
En breve, quedó concluido el complejo de pabellones y no pasó mucho tiempo para que en aquellas dos manzanas se incluyeran una huerta, una escuela, un templo, la casa parroquial y un comedor escolar. Todo fue hecho por la Comisión administradora del Asilo de Ancianos que presidiera, infatigable, durante muchos años, doña Ernestina.
Ella conocía los nombres de cada anciano, controlaba el almuerzo y conversaba con cada uno de ellos, pues consideraba que ellos no sólo necesitaban cobijo material, sino también un sustento espiritual y compañía, sobre todo compañía. Cuando culminaba su jornada laboral como docente, acompañada por su esposo y sus hijos, pasaba varias horas en el Asilo colaborando y con sus propias manos acercaban el alimento, los medicamentos o cualquier cosa que los asistidos necesitaran.
Por su parte, las Hermanas Azules tuvieron a su cargo la sacrificada tarea diaria de dirigir y asistir a los internados, como así también atender posteriormente la Capilla de Lourdes. Las religiosas de la Congregación de la Inmaculada Concepción (diecinueve en total) habían llegado a Azul el 17 de octubre de 1907. Por entonces habían sido recibidas por la estoica y querida María Gómez de Enciso, presidenta de las “Damas de Caridad del Sagrado Corazón de Jesús”, y el Padre César Antonio Cáneva.
Así, con el impulso irrefrenable de éste último, y el apoyo incondicional de diversas damas y azuleños en general, las monjas lograron numerosas obras para el bienestar de la comunidad, labor que se extendió en el tiempo por más de ochenta y cinco años…
Alrededor de 1930, con mucho esfuerzo, Ernestina logró que se construyera sobre el mismo terreno un salón para los chiquitos de edad preescolar. El establecimiento quedó a cargo de la señorita Rosario Coronel, secundada por Victoria “Tita” Darhanpé de Furcate, quienes trabajaban ad honorem.
Un año difícil
Al igual que su esposa, Pedro Malére también ejerció la docencia, siendo profesor de Física y Química en el Colegio Nacional. Asimismo, militó en las filas de la Unión Cívica Radical y en la Acción Católica, institución de la cual fue presidente.
Fue un compañero incondicional de Ernestina. Junto a ella, supo entregarse plenamente a la caridad, bregando siempre por educar en la Fe. Su deceso, que se produjo el 17 de agosto de 1933, fue un golpe muy duro para la familia y para la comunidad, dado que era muy estimado por su incansable labor.
Pero la vida siguió…
En un acta de 1933 rubricada por Ernestina se lee: “Desde marzo hasta ahora, muchas cosas han ocurrido, mis deseos eran reunirlas antes de esta fecha, pero no me ha sido posible, el asilo sigue desempeñando su santa misión, recoger ancianos chacosos, enfermos, sin cariño y sin hogar, albergarlos en su seno, alimentarlos y proporcionarles las comodidades necesarias, siempre bajo el cariño de las Hermanas Azules, encargadas de velar por ellos y hacerles llevaderos los años de vida que aún les quedan y también el cariño nuestro que pensamos en ello y en nombre de Dios y por ellos trabajamos. Bendito Señor, que sigue tan generosamente proporcionando a este asilo, día a día su protección y a pesar de la crisis y miseria, aquí se vive como antes, cobijados bajo el caritativo manto de la misericordia de Dios. Nos ha visitado el inspector general del Ministerio de Hacienda, señor Juan Gastaldi, revisó los documentos que eran necesarios y me dijo que del asilo se llevaba la mejor de las impresiones, expresó: ‘Señora, si en todas las sociedades, las cosas estuvieran tan ordenadas como aquí, los inspectores estaríamos de más, o por lo menos, nuestra terea sería sencillísima’.
Sin pausa hasta el final…
Aunque viuda, Ernestina siguió con su lucha y actuó en numerosas obras de beneficencia siendo, asimismo, la responsable de la construcción de la Capilla Nuestra Señora de Lourdes, cuya Piedra Fundamental se colocó el 17 de agosto de 1935 (día del segundo aniversario del fallecimiento de Pedro Malére) y se inauguró el 3 de mayo del año siguiente, siguiendo los planos de Enrique Douellit y una ardua y veloz obra de la Empresa “Toscano y Lattanzi” (cabe aclarar que la Gruta es una obra posterior inaugurada el 11 de febrero de 1960, réplica de la existente en Massabielle, Francia).
Ernestina hizo colocar debajo de la estatua de la Virgen de Nuestra Señora de Lourdes, en la capilla, las letras del alfabeto griego Alfa y Omega, porque creía que allí tenían que darse la mano el principio y el fin de la vida, y de alguna manera también evocaba las palabras de la Biblia: “Yo soy el Alfa y el Omega, dice el señor Dios, aquel que es, que era y el que vendrá, el Todopoderoso” (Apocalipsis 1:8).
A lo largo de su vida la apuntalaron cuatro sentidos vocacionales que hicieron a Ernestina un ejemplo: esposa, madre, maestra y benefactora de los humildes e infortunados.
A los 57 años de edad, Ernestina Francisca María Darhanpé de Malére falleció en su domicilio de la Avenida Mitre N° 826, en Azul, la madrugada del 11 de junio de 1940. Fue sepultada en el por entonces Cementerio Central.
Al funeral asistió muchísima gente, no sólo aquellos hombres y mujeres agradecidos que se habían visto beneficiados por su fecunda obra, sino también todos aquellos que sin conocerla personalmente supieron de su labor en beneficio del prójimo, pues reconocían en ella a una gran dama capaz de dar hasta su último aliento sin esperar absolutamente nada a cambio.
La vida después…
En las elecciones llevadas a cabo el 14 de marzo de 1948, el joven abogado Ernesto María Malére, hijo de Ernestina y Pedro Malére, con apenas 27 años de edad, se convirtió en el Intendente más joven que registra la historia de Azul y el primero Peronista.
El 11 de junio de 1948, cuando se cumplieron ocho años del fallecimiento de Ernestina, esa infatigable mujer que había puesto todo su esfuerzo por la prosperidad del Asilo, que en definitiva era el bienestar de los desvalidos abuelos, el Hogar -como ya se lo llamaba desde un tiempo antes- pasó a denominarse Hogar de Ancianos “Ernestina Darhanpé de Malére”, descubriéndose asimismo, como agradecimiento, un busto de la homenajeada en la entrada del edificio.
Para entonces, en las elecciones llevadas a cabo el 14 de marzo, el joven abogado Ernesto María Malére, hijo de Ernestina y Pedro Malére, con apenas 27 años de edad, se había convertido en el Intendente más joven que registra la historia de Azul y el primero Peronista.
En apenas cuatro años realizó un sinfín de obras en beneficio de la comunidad, lo que le valió asimismo ser el primer Jefe Comunal reelecto para otro mandato consecutivo.
Como si las tareas al frente del Poder Ejecutivo local no fuesen suficientes, mantuvo sus horas como docente, ejerciendo ad-honorem, en el Colegio Nacional, la Escuela Normal y el Comercial Anexo.
En 1955 fue elegido como Senador Provincial, cargo que desempeñó durante cuatro meses, hasta la caída del gobierno constitucional en manos de la “Revolución Libertadora”. Desde entonces, nunca dejó de ser perseguido y hasta encarcelado por su “condición de peronista”. Sin embargo, más allá de sus pesares, nunca dejó de atender -muchas veces desde el anonimato-, la obra que realizara su madre, a quien siendo pequeño o adolescente acompañaba para ayudar en el Asilo de Ancianos. Luego Ernesto volvería brevemente a la función pública, pues la muerte lo sorprendió tempranamente.
Cabe agregar que la Escuela N° 13 y algunos otros espacios de nuestra ciudad llevan el nombre de “Ernestina Darhanpé de Malére”. Pero por sobre todo, más allá de los bronces, aún persiste en la memoria azuleña el ejemplo de una mujer infatigable.
El torneo de Primera División, organizado por la Liga de Fútbol de Azul, afrontará mañana una jornada decisiva con la disputa de la duodécima fecha. La programación se adelantó por el Día de la Madre y tendrá varios encuentros importantes, tanto en la pelea por el liderazgo como en la lucha por ingresar a los cuartos de final.
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