21 de agosto de 2013
OPINIÓN

El ensayo de Katz no puede ser más oportuno porque le pone letra a una música que acaba de sonar en las urnas.
Por Aleardo F. Laría. Agencia DyN
Alejandro Katz acaba de regalarnos una vívida pintura del kirchnerismo. En momentos en que las palabras han perdido todo engarce con la realidad y en que en el terreno de la política se carece de un idioma común, Katz propone en "El simulacro" (Editorial Planeta) un reencuentro con la crítica en su versión kantiana.
Crítica que si bien es la fuente de la imaginación política, dado que sólo a través de ella se pueden encontrar alternativas a las dificultades y a las insatisfacciones, demanda previamente hundir a fondo -como el autor lo hace con gran solvencia intelectual- el escalpelo en la singular realidad presente. El ensayo de Katz no puede ser más oportuno porque le pone letra a una música que acaba de sonar en las urnas, con una contundencia que nadie niega y anuncia el inminente fin del simulacro. Porque de eso se trata.
Un discurso sesgado a la izquierda pero profundamente reaccionario
Como afirma el autor, si hay algo de específico en el kirchnerismo no debe buscarse en sus ideas respecto del país -puesto que carece de ellas- ni en su ideología teñida de un burdo nacionalismo que comparte con muchos otros actores de la política argentina, sino en su relación con la verdad o más precisamente en "su indolencia ante la verdad", lo que justamente le permite a Katz hablar de un simulacro.
Simulacro que consiste en un repertorio de lugares comunes, donde el concepto "inclusión social" oculta el país en el que reina la miseria y la "matriz productiva diversificada" enmascara una economía cada día más primarizada, devastada por la inflación y el creciente deterioro productivo.
Un país donde la "defensa de los derechos humanos" sirve para recortar un trozo del pasado, ignorando la violación de los derechos presentes en los establecimientos carcelarios o en los barrios carenciados; la "democratización de la palabra" envuelve el deseo de construir un monopolio mediático desde el Estado y "la democratización de la Justicia" encierra el indisimulado propósito de subordinarla al poder político. Katz considera que el discurso progresista ha servido para satisfacer los pruritos morales de algunos sectores de la clase media, sin llegar a afectar casi ningún grupo de poder. Se trata de un discurso sesgado a la izquierda pero profundamente reaccionario.
Al ritmo de la economía
De allí que el "progresismo reaccionario" que gobierna a la Argentina sea para Katz la clara expresión de "una ideología conservadora en la concepción de la riqueza y en su idea de la cultura y de una ideología reaccionaria en su concepción del poder y de la democracia".
¿Cómo es posible que este discurso vacío, sin sustancia ni contenido -bullshit, para los angloparlantes- haya podido persuadir a tanta gente? La respuesta que ofrece Katz es que en tiempo que las identidades partidarias y las adhesiones ideológicas son frágiles y las personas actúan más como consumidores que como ciudadanos, el voto se decide, mayoritariamente, según como vaya la economía. En tiempos de bonanza, "el simulacro sirve al poder como un almacén de coartadas al que sus votantes acuden para elegir los argumentos que justifican su decisión", dice.
El libro de Katz había sido publicado antes de conocerse el sorprendente resultado que han arrojado las PASO. Esa circunstancia permite ahora, a la luz de la contundencia de las cifras, preguntarse si es tan mecánica la relación que se ha establecido entre "el ciclo electoral" y el "ciclo político", un cierto determinismo que ha sido expuesto en numerosos análisis de teoría política.
Lo que dejan las PASO
No hay duda que cuando la economía va mal, los ciudadanos golpean en el trasero de los gobiernos. Pero, en el caso de la Argentina llama la atención que un cambio tan espectacular en las preferencias de los votantes haya tenido lugar sin que las economías particulares estuviesen radicalmente afectadas. La "macro", como indican los expertos, está muy mal, pero esto no ha sido todavía percibido por los ciudadanos, salvo que se le atribuya a la inflación toda la responsabilidad.
Que en el inconmensurable Conurbano bonaerense, en sólo cuarenta días, haya surgido una caudalosa fuerza política renovadora, que ofrece terminar con la crispación, garantizar una mayor seguridad, poner el acento en la gestión y ordenar la economía, revela no sólo la notable volatilidad de los electores. Indica también la presencia de una cierta sensibilidad democrática que ha permitido que muchos ciudadanos comenzaran a registrar una desviación autoritaria que veían nítidamente reflejada en el espejo venezolano. Es como si tres cuarta parte de los votantes se hubieran puesto de acuerdo en que hacia esa dirección no querían seguir transitando.
Sin embargo, no habría que caer en el error de simplificar la complejidad de la posdemocracia. Indudablemente, se ha acabado la era de las retóricas inconducentes y de las religiones políticas. La visión bélica de la política ha sido arrasada por un tsunami en la Argentina.
Aún, falta indagar en las causas profundas que han permitido que, luego de experiencias tan traumáticas como la guerra de las Malvinas y el terrorismo de Estado, se estuviera tan cerca de recaer en un nuevo autoritarismo. Urge, entonces, una crítica exhaustiva a la fragilidad del sistema institucional presidencialista, tan proclive a facilitar el surgimiento constante de liderazgos mesiánicos.
El torneo de Primera División, organizado por la Liga de Fútbol de Azul, afrontará mañana una jornada decisiva con la disputa de la duodécima fecha. La programación se adelantó por el Día de la Madre y tendrá varios encuentros importantes, tanto en la pelea por el liderazgo como en la lucha por ingresar a los cuartos de final.
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