23 de diciembre de 2018
ESCENAS DE LA VIDA COTIDIANA
Por Marcos Gonzalez (*)
marcosggonza@gmail.com
Los periodistas no sabemos nada. Pero a menudo no nos damos cuenta. Y cuando uno descubre que detrás de esa supuesta pedantería -la de creer saber de todo- hay cierta ingenuidad, los periodistas se tornan queribles.
Me pasa a mí, claro, que soy uno de ellos. Y que tampoco sé nada, por más que me esmere en disimularlo.
El miércoles a la noche nos encontramos un grupo de trabajadores de medios para despedir el año, comer un asadito, tomar unos vinos. Y hablar, que debe ser una de las pocas cosas que mejor nos salen. Sin saber, claro.
Son un tanto particulares las cenas de periodistas. Porque la convocatoria comienza a un horario normal, 21.30 a 22. Pero a medida que pasan las horas van llegando nuevos comensales: los que terminan un programa de radio o de tele; los que finalizan la actualización de un portal; los que cubrieron un partido de básquet; los periodistas de matutinos, que son los que llegan más tarde, pasada la medianoche, comen cuando los otros van por el café y tratan de ponerse a tono con las conversaciones.
Por eso, generalmente en las cenas de periodistas los temas se tratan dos veces. Y dos veces las discusiones, dos los debates y dos también las peleas, si las hay. Siempre las hay. Porque no falta el que le dice al que llegó tipo una de la mañana:
-Acá estábamos hablando con los muchachos sobre la revalorización del título en la era digital.
Y otra vez cada quien a decir lo suyo. Con la convicción de que está dando en el clavo. Que de esa charla, de ese asado, más concretamente de su propia intervención, puede surgir el razonamiento medular por el cual The New York Times, The Guardian el El País de España vienen investigando durante varios años, con resultados infructuosos.
Pero, lo dicho: los periodistas no saben nada.
De eso también hablamos el miércoles por la noche. Y del futuro de los diarios de papel (yo iba a decir lo mío al respecto, que me parece una idea brillante, pero luego pensé que los periodistas no sabemos nada y entonces no lo dije. Me quedé con unas ganas bárbaras), de los nuevos soportes, del cada vez más escaso o quizás cada vez más inestimable valor de la información.
Me gustan esas charlas porque todos sospechamos que son un poco inconducentes. Por eso, de tanto en tanto, alguno sale con un chiste o una anécdota que viene al caso. El humor de los periodistas es dudoso: por momentos inteligente, irónico, inocente, chabacano. Pero eso sí: no tiene límites ni prejuicios. Por eso abunda el humor negro. Porque la tragedia, la fatalidad también forma parte del trabajo. Eso tampoco lo sabemos.
Y hay que escucharnos hablar de política. O de fútbol. Que es, por lo general, terreno donde pisamos firme, a pesar de las patinadas.
-Esto no es opinión -dice uno, como si le estuviera hablando a su audiencia, pero en realidad nos habla a nosotros, a los que no nos gusta que nos aclaren nada-, es información.
Si fuera por los periodistas, las veladas no tendrían fin. Hay un consenso generalizado en hablar, teorizar, discutir hasta el fin de los días. O hasta el "Che, muchachos, ya son las 4, el dueño de casa tiene ganas de irse a dormir y mañana entro temprano al laburo...".
De allí en más, los preparativos para la despedida. Las charlas en minigrupos, los abrazos, los adioses como si no nos fuéramos a ver nunca más. Con varios de ellos nos estaremos encontrando horas más tarde en el trabajo.
Y así terminó, como siempre, la noche del miércoles: en madrugada del jueves.
Me subí a mi auto y no dio una sola señal de vida. Apenas un ruidito -un tic-tic-tic- que provenía de adelante, del motor o de por ahí.
-Che, muchachos, no arranca este coso. No sé qué le pasa.
-Debe ser la batería.
-No, la batería no, porque si no no tendría luces.
-Para mí, es el sistema de alarma que se encarajinó y se piensa que van a afanar el auto.
-¿Empujamos o no empujamos?
-No vale la pena empujar.
-No, recién comimos. Nos va a hacer mal.
-Abrí el capot.
-¿Vos entendés?
-No, pero capaz que hay algo suelto.
-¿Cómo qué?
-No sé: un caño, un cable.
-Para mí, está en corto. Desconectale la batería, por las dudas.
-¿Cómo se desconecta?
-No. Ni idea.
-¿Alguién tiene herramientas?
-Yo sí: una pinza.
-Pero esto no es una pinza, es una picoloro.
-Ah. Una pinza tipo picoloro.
-¿Y qué hago con esto?
-Desenroscá una tuerca. La del positivo.
-¿Cuál es?
-La del signo más. O la verde. ¿O era la roja?
-No, ¿cuál es la batería?
-Dejalo así. Mañana llamá al remolque.
-¿Te parece?
-Sí. Deben ser problemas de carburación.
-No: batería.
-Está en corto.
-¿Tiene nafta?
-Es gasolero.
-Ah.
-La computadora de abordo. Pero mejor no meter mano. Vámonos.
Una docena de inútiles congregados en semicírculo alrededor de un auto con el capot levantado. Cada cual con su teoría, su fundamentación, su solución. Su verdad.
Los periodistas no sabemos nada de nada. Pero estamos ahí. Para contar, para decir, para teorizar. Ingenuamente pedantes.
Para resolver problemas, están los mecánicos.
(*) Marcos Gonzalez forma parte del staff del diario El Eco de Tandil. Desde 2011 escribe una columna -que ya es un clásico del periodismo de la vecina ciudad- en la contratapa del matutino serrano. Notas siempre inspiradas en temas cotidianos.
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