22 de marzo de 2015

COLUMNISTAS

COLUMNISTAS. La educación emocional


Escribe: 
Carlos P. Pagliere (h) (*) Especial para EL TIEMPO

Los colegios son, principalmente, ámbitos de enseñanza intelectual donde los jóvenes desarrollan sus capacidades racionales y amplían el cúmulo de sus conocimientos. Es lógico que así sea, puesto que el avance de la civilización se procura a través del progreso de la ciencia. También en los colegios se imparte educación moral y, en algunos, educación espiritual, a los fines de lograr la elevación del hombre como único ser moral en el mundo.

El grueso de nuestras vidas, sin embargo, no gira en torno a lo intelectual, lo moral o lo espiritual, sino que se nutre de lo afectivo y sentimental. El hombre es, ante todo, un ser emocional que se realiza a través del desarrollo de su personalidad, la expresión de su individualidad, la construcción de sus afectos y la proyección de sus sentimientos. ¿Por qué, entonces, históricamente se ha descuidado tanto la enseñanza de lo emocional?

Creo que es tiempo de que se remedie esta importante falencia en la educación. Es hora de enseñar a los jóvenes a enriquecer sus habilidades emocionales, para que logren afianzar sus afectos, entender y canalizar adecuadamente sus sentimientos, valorar los dones de la vida y sobrellevar los reveses del destino.

La enseñanza emocional no sólo brindaría importantes beneficios en el plano individual, sino que influiría muy positivamente en la vida social. Los jueces (civiles, penales y de familia) intervenimos a diario en gran número de conflictos sociales que se podrían evitar o solucionar si los involucrados contaran con mejores habilidades emocionales.

Y esto me suscita una serie de reflexiones:

¿Por qué no enseñar a los jóvenes a desarrollar su personalidad? El joven debe saber que la felicidad depende más de uno y sus circunstancias, que de las cosas materiales y las demás personas; que no tiene nada de malo (sino mucho de bueno) ser diferente al resto; que hay que aprender a valorarse uno mismo, para desarrollar la personalidad y construir la autoestima; que las manifestaciones colectivas nunca deben suplantar nuestra individualidad, la cual debemos hacer prevalecer siempre, para jamás someternos a los deseos e imposiciones de los demás.

Cuando vemos en las noticias que un festejo de culminación de los estudios universitarios en la provincia de La Pampa acaba en la brutal agresión de uno de los estudiantes graduados, que incluso es abusado sexualmente frente a numerosos compañeros, no podemos menos que lamentar la pusilanimidad de todos estos pasivos observadores, que no han sabido poner freno a la barbarie.

Ocurre también que, por falta de carácter, los pasajeros de ómnibus no ponen freno al chofer que conduce temerariamente en la ruta; ni los vecinos llaman a la policía para hacer cesar los actos vandálicos de los que son testigos; ni los ciudadanos ponen límites a los burócratas que maltratan a la gente a la que deben atender y servir. Es decir, por una carencia en la personalidad, las personas no siempre hacen oír su voz.

¿Por qué no enseñar a los jóvenes a comprender y mejorar las relaciones sentimentales? Sería muy beneficioso comunicarles desde la adolescencia que el amor es un sentimiento que nadie puede imponer al otro. Que no es lícito hostigar, amedrentar o violentar a los demás para obligar a que nos quieran o impedir que nos abandonen. Que los celos son sentimientos inútiles y destructivos. Que es insensato perseverar frente a las infidelidades o los desaires amorosos, ya que no merece nuestro amor quien no nos aprecia. Que una ruptura amorosa no es el fin del mundo para nadie: todo lo contrario, suele ser el comienzo de experiencias más gratificantes. Que la vida propia y la ajena valen por sí mismas, y que no pierden un ápice de su valor por causa del desamor.

Estas enseñanzas de la juventud ahorrarían a los adultos un sinnúmero de vivencias violentas dentro de la pareja. Son demasiado corrientes las situaciones en que uno desea culminar la relación sentimental y el otro le acecha y amenaza para evitar la ruptura. Esto produce un daño tan devastador en la psiquis de la persona hostigada que la paraliza por completo, dejándola presa de su temor y disminuida en su libertad. Por no hablar de los casos lamentables en que las amenazas acaban en agresiones físicas o en hechos de sangre. Algo no le habremos enseñado al joven, para que luego se transforme, por motivos pasionales, en un golpeador, un suicida o un homicida.

¿Por qué no enseñar a los jóvenes a entender y afianzar las relaciones familiares? Es necesario inculcar, desde la más temprana edad, que la familia es el sostén primario de la vida, como también crear conciencia sobre la importancia de las sanas relaciones parentales y fraternales, y de los deberes de protección y cooperación que se imponen en el seno familiar. El joven debe saber que el vínculo entre los padres se puede romper, lo cual nunca será culpa suya. Y debe aprender, para cuando sea padre o madre, que es una aberración monstruosa usar a los hijos como instrumentos para manipular o dañar a la expareja. Una familia de padres separados no deja de ser una familia y, con un mínimo de voluntad conjunta, puede ser perfectamente funcional.

¿Por qué no enseñar a los jóvenes a propiciar y mantener las relaciones afectivas? Los amigos son un enorme sostén de la vida psicológica de las personas. Es menester resaltar su importancia. Es un verdadero desafío enseñar a los jóvenes a vincularse con afecto solidario, desinteresado e incondicional. Se les debe brindar recursos para detectar y suprimir actitudes y sentimientos tóxicos como la envidia, la maledicencia, la mezquindad o la competitividad, que destruyen los vínculos amistosos.

¿Por qué no enseñar a los jóvenes a entablar y mejorar las relaciones de convivencia? Todo joven debe desarrollar la empatía hacia el prójimo, para poder respetar los derechos y preservar los sentimientos de los demás. Sería muy bueno confrontar a los alumnos con las eventuales conductas de violencia que se pudieren originar hacia sus compañeros (bullying), para que se abstengan de realizarlas. Sería de gran ayuda enseñar a los jóvenes que es obligación del patrón tratar con respeto y consideración a sus empleados. Es menester ilustrarlos sobre el daño que se le hace a un conciudadano cuando se le falta el respeto o se le insulta, o a un vecino a quien se perturba de modo persistente con ruidos molestos u olores desagradables.

¿Por qué no enseñar a los jóvenes a comprender y procesar las tragedias de la vida? Todos envejecemos y morimos. Nuestros seres queridos, tarde o temprano, también habrán de perecer. ¿Por qué no preparar a los jóvenes ante a lo inexorable? Lo interesante del destino es su imprevisibilidad, que hace que el tiempo de vida sea para todos incierto. ¿Quién sabe si el joven habrá de tener más tiempo de vida que el viejo? La muerte no siempre hace esos distingos. ¿Por qué no aprovechar para enseñar que nunca se es demasiado joven como para permitirse perder el tiempo o despreciar la vida, y que jamás se es demasiado viejo como para negarse a los cambios o a empezar de nuevo? Sería muy útil para combatir la pereza y la temeridad en la juventud, y la depresión y la rigidez mental durante la vejez.

En conclusión, propongo que los programas escolares contemplen una nueva materia: la educación emocional. Que esta asignatura tenga el propósito de brindar a los jóvenes las herramientas psicológicas necesarias para vivir en plenitud. Sería muy positivo invitar a los profesionales psicólogos para que, además de ayudar a las personas a sobrellevar los traumas de la vida una vez acaecidos, ya de antemano hagan docencia y en el colegio preparen a nuestros jóvenes para transitar y superar adecuadamente los futuros trances de su vida emocional.

 

(*) Juez integrante del Tribunal Oral en lo Criminal número 2 de Azul y autor del tratado “Nueva teoría del delito” (en 15 tomos), de reciente publicación.

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