5 de abril de 2020

OPINIÓN

OPINIÓN. La era de la "Biopolitique"

Las formas imperceptibles en que opera el poder.

ENFOQUE

Por Francisco Bariffi

Ante la pandemia del Covid-19 los filósofos contemporáneos más importantes del mundo han salido a compartir sus reflexiones. ¿Servirá el shock de la crisis actual para impulsar cambios positivos en nuestro planeta? ¿Habrá un aumento del sentido de lo colectivo y una redistribución más justa de la riqueza que asegure sistemas de salud más fuertes y democráticos? ¿O aprovecharan los sectores más poderosos el estado de confusión en nuestras sociedades para asegurar sus intereses? ¿Tendrá la crisis un efecto de descolectivización, de aumento del autoritarismo, el nacionalismo y los controles sobre las poblaciones?

Entre los distintos participantes de la contienda filosófica, el pensador y activista queer Paul B. Preciado ha compartido una de las reflexiones más lúcidas e interesantes. Según dice, la gestión política de la pandemia nos permite observar el actual funcionamiento del poder a través de tecnologías de la biopolítica.

El término biopolítica (biopolitique), en el sentido en que nos incumbe, fue introducido en 1974 por Michel Foucault durante una de sus charlas en la Universidad del Estado de Río de Janeiro. Se refirió a él como un conjunto de técnicas que operan sobre los aspectos biológicos humanos para convertirlos en el medio por el cual el Estado alcanza sus objetivos, constituyendo así un aparato de control sobre las poblaciones. "El control de la sociedad sobre los individuos no solo se efectúa mediante la conciencia o por la ideología", dice Foucault, "sino también en el cuerpo y con el cuerpo.

Lo que encontramos en la era de la biopolítica es una biología distinta; una biología en que el poder se inscribe para disciplinar, someter e intervenir a favor o en contra de la reproducción de los sujetos. El cuerpo de cada uno de nosotros, según Foucault, es una entidad biopolítica y la medicina una de las máquinas de biovigilancia y biocontrol principales.

Durante la pandemia, según Preciado, el cuerpo se ha convertido en "el nuevo territorio en el que las agresivas políticas de la frontera que llevamos diseñando y ensayando durante años se expresan ahora en forma de barrera y guerra frente al virus". El cuerpo es la nueva frontera. Y nos separa del otro. "El aire que respirás debe ser solo tuyo", dice Preciado, "la nueva frontera es la mascarilla", y a través de ella habita un otro cuerpo, amenazante y del que se nos pide que tomemos distancia. De esta forma se nos fuerza a ser radicalmente individuales. Aislados, en casa. Como si la pandemia resaltase las ideas y procesos que durante el Neoliberalismo y esta etapa del Capitalismo tardío constituyen a los sujetos. Cuerpos distanciados, ocultos detrás de artefactos electrónicos para sobrevivir desde el confinamiento. Cuerpos que consumen y producen digitalmente, viviendo tan solo a través de mediaciones semio-técnicas como las redes sociales o las cuentas bancarias.

La casa, por otro lado, se transforma, según Preciado, en ese nuevo centro de producción y consumo bajo los ojos negros y siempre abiertos de la biovigilancia cibernética. Un lugar con celulares, computadores y conexión a internet, pero, además, "un lugar identificable en un mapa de google, una casilla reconocible por un dron". Es decir, el espacio doméstico existe ahora como un punto en un espacio cibervigilado. Mientras los gobiernos llaman al encierro y al teletrabajo, "nosotros sabemos", dice Preciado, que en realidad "llaman a la descolectivización y al telecontrol". Para muchos la cuarentena no solo ha significado el encierro sino una flexibilización de su empleo que lleva a más horas de trabajo. ¿Es lo que se anuncia una nueva economía de teleconsumo y de teleproducción?

¿Qué se nos escapa durante el confinamiento?

Ningún hombre ni estado es capaz de vencer la muerte. Pero no por eso, como señala Preciado, podemos dejar de interpelar los tipos de gestión de la pandemia ni de ver la responsabilidad de la política en la gravedad de la situación global. La crisis no solo está provocada por el virus, sino por el estado del mundo en el momento de su irrupción; un momento definido por un modelo económico y político evidente: el neoliberalismo.

La fragilidad de los sistemas de salud, los millones de trabajadores sin seguridad social o con pérdida de empleo y el hambre durante la pandemia no son imposiciones del virus. Son producto de decisiones políticas. Años de recortes en salud y en seguridad social han debilitado la red de protección estatal dejando a la humanidad expuesta frente a un virus cuya letalidad podría ser peor. Tan solo en Italia se recortaron más de 4.500 millones de euros en salud durante los últimos años. En España se recortaron 7.600 millones desde el 2009. Y en Estados Unidos, el país más rico del mundo, la salud publica y gratuita no es más que una propuesta de campaña del precandidato demócrata Bernie Sanders, cuyas posibilidades de ganar han disminuido lastimosamente. Es evidente que ni la igualdad ni los derechos humanos son prioridad en un mundo conducido por los ritmos del mercado y líderes como Trump, Johnson, Bolsonaro o Macron. Esto es de suma importancia a la hora de pensar las características de la pandemia, su gravedad y su gestión.

Ni para el poder del mercado ni para el poder político la crisis del medio ambiente termina de ser una prioridad tampoco. Los estados más importantes del mundo han decidido subvencionar empresas multimillonarias cuyas ganancias quedan siempre en manos privadas pero cuyas deudas y crisis parecen sentirse más cómodas en las manos públicas de los estados y clases trabajadoras. Son esos mismos los estados que no toman decisiones ni mueven sumas de plata semejantes para seguir las recomendaciones de la comunidad científica respecto de la lucha contra el cambio climático. Y esto tambien es importante frente a la pandemia. Mientras los gases de efecto invernadero facilitan el transporte de los virus y de las bacterias, la contaminación y alteración del medio, como el aumento de la temperatura, producen el surgimiento y mutación de nuevos microorganismos y enfermedades. ¿Podría pensarse la pandemia como otra de las crisis medioambientales producidas por el cambio climáticos? Como lo fueron los recientes incendios en Australia y Brasil.

"Imaginemos juntos la revolución que viene"

Como vemos, no solo enfrentamos la inevitabilidad del caos y de la muerte. Aspectos fundamentales de la actual crisis en el mundo son producto y responsabilidad del poder político y económico. Por eso debemos impedir que la pandemia, y las formas individualistas en que la estamos transitando, signifique solamente un proceso de reclusión pasiva, sumisión a los mecanismos biopolíticos de control y disolución de las comunidades y de los lazos de solidaridad. La verdadera curación sólo será posible a través de una transformación política: la democratización de los sistemas de salud frente a los ajustes del neoliberalismo y una nueva comprensión de la comunidad entre nosotros, el medio ambiente y el resto de los seres vivos con los que compartimos el planeta. Como diría Preciado -y aunque quizás resulte paradójico aconsejarlo desde un medio de comunicación-, "apaguemos los móviles y desconectemos Internet. Hagamos el gran blackout frente a los satélites que nos vigilan e imaginemos juntos la revolución que viene".

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