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Por Hugo E. Grimaldi / Agencia DyN
BUENOS AIRES - Con
Daniel Scioli delante de sus narices, el jueves pasado en la Bolsa de Comercio,
Cristina Fernández apuntó hacia quienes no piensan ni actúan políticamente como ella y aludió, con una gran carga de bronca e ironía, a “los predicadores del consenso”, justamente una de las fortalezas más promocionadas del gobernador bonaerense, su candidato.
Bien podría haberle contestado éste que, por sus antecedentes, “a mí no me van a venir a correr”, pero se abstuvo. La frase él mismo se la había dedicado a Mauricio Macri cuando éste le pidió públicamente que sea uno de la “garantes de la paz” tras la represión en Tucumán, pero está claro que la Presidenta hizo foco esa tarde en la oposición, que estaba emperrada en denunciar el supuesto fraude tucumano y que se mostraba en la foto transitoriamente unida. Pero, además, con esa expresión y desde su concepción de auténtica cultora del populismo, la Presidenta descalificó también a todos aquellos que tratan siempre de poner por delante el diálogo para ayudar a la convivencia política. Quizás no midió los alcances, pero más allá del concepto de “predicador”, con una referencia así Cristina metió en la misma bolsa nada menos que a su principal aliado global, Su Santidad Francisco.
La interna post-PASO Hacia la interna, una mención pública de ese estilo no dejó de ser una lápida más a las muchas que viene soportando el candidato oficialista, losas que lo mantienen aplastado dentro del cono de sombras en el que entró Scioli inmediatamente después de las PASO.
El viaje nunca bien explicado a Italia, las terribles inundaciones, la comprobación pública sobre la insuficiencia de la gestión hídrica y su incómodo silencio sobre por qué motivo la infraestructura de la provincia de Buenos Aires está tan mal han sido parte sustancial del estancamiento electoral que algunas encuestas están manifestando.
Pero, además, estuvo todo lo político, lamentablemente para el candidato oficialista asociado a lo peor del clientelismo electoral y eso fue lo que le impidió capitalizar a favor el probable triunfo oficialista en Tucumán y, en todo caso, relanzarse. Luego le siguió la feroz golpiza que le propinó a manifestantes opositores la policía de su aliado, el gobernador José Alperovich, aunque apenas unos días antes Scioli ya había sido jaqueado en la mismísima Casa Rosada, al estilo de una puñalada trapera, por la bandera de “Zannini para la Victoria” y, sobre todo, por los varios desplantes dialécticos de Cristina.
Todo esto junto ha resultado ser un cóctel explosivo que ha tenido a maltraer a Scioli y que ha modificado su humor, su postura y hasta los tonos más bien apagados y esperanzadores de sus discursos. Con sonrisas que se notan que son cada vez más forzadas y, raro en él, a veces hasta algo desaliñado en su aspecto, el candidato parece haber dejado de ser por ahora el imán incombustible que atraía a las multitudes sólo por flotar, tal como lo caracterizan sus críticos.
Ahora, estos suelen decir que toda esa catarata de malas noticias ha contribuido a sacar a la luz lo que el gobernador siempre ha sido, una persona autoritaria y obsesiva que se pone peor cuando las cosas más se le complican. Es probable que, en términos electorales, este descalabro interior se le potencie a medida de que va tomando conciencia que su estrategia de buscar votos por afuera del kirchnerismo no le da casi resultado.
Papel secundario En este aspecto, la peor noticia que ha recibido Scioli en estos días es que la Presidenta se va a mostrar con él en actos de campaña, algo de lo que sus equipos dudan por dos motivos: primero, porque lo que él necesita son votos independientes de gente que crea que tiene un proyecto diferente al que se va y segundo, porque ha trascendido que esos mismos actos van a ser aprovechados por Cristina para despedirse y ya se sabe lo absorbente que es el “yo” presidencial.
En el que probablemente fue la primera de esas presentaciones conjuntas, en La nueva estación de trenes frente a la Ciudad Universitaria, el escenario para Scioli se modificó poco y nada, porque si bien no hubo pullas mayores, si se repasa el acto en su conjunto y luego el discurso de la Presidenta, queda bien en claro que él sigue cumpliendo un papel francamente secundario.
Según quedó en claro en las videoconferencias previas a la cadena nacional las obras las hizo o las tuteló Cristina, aún las que se inauguraron en territorio bonaerense, mientras que los méritos son del proyecto y por estar “unidos y organizados”. Y aunque en su alocución ella estuvo políticamente algo más moderada, no dejó de bajar línea marcando territorio hacia el futuro con una referencia bien concreta a “lo que hemos hecho y lo que vamos a seguir haciendo”.
EL CASO ALPEROVICH ESTÁ CERRADO Más allá de los temas económicos y sociales que enturbian de mala manera el final de la gestión kirchnerista, frente a los hombres de negocios, la Presidenta se refirió por primera vez al caso Tucumán y allí, hizo una sola mención sobre el resultado de las elecciones: “siempre reconocemos las derrotas y pedimos nada más, que reconozcan nuestros triunfos. Porque esa es la verdadera democracia”, planteó.
Si bien los opositores callan, está claro que no van a hacer nada al respecto, porque la estrategia que han decidido en conjunto es que, aunque termine ganando el oficialismo, el recuento muestre por sí solo las innumerables trampas que hubo en la elección: urnas quemadas, otras vacías, telegramas que difieren con las actas, mesas que tienen más votos que electores, etc. Mientras los candidatos de la oposición solicitan improbables cambios en el sistema electoral hacia el futuro, que no deberían prosperar por falta de tiempo y porque el oficialismo no dará número en el Congreso, las irregularidades que se observan en Tucumán están a la orden del día. Ambos elementos serán aprovechados políticamente para golpear al Frente para la Victoria. Por este motivo, es que no se solicita todavía la anulación del comicio, un procedimiento que, según el fiscal general ante la Cámara Federal de Tucumán, Gustavo Gómez sería pertinente ya que, estima, hay dos situaciones que podrían objetarse: que el Tribunal Electoral no tiene el número necesario, mientras que su Presidente, Antonio Gandur hizo declaraciones antes de iniciarse el escrutinio definitivo, descartando que haya habido fraude.
Para el gobierno nacional, el caso Alperovich está cerrado, porque además su cercanía con Scioli lo ha colocado, con todo lo que ello implica dentro del kirchnerismo, en la categoría de traidor. No ayudaron tampoco las desafortunadas manifestaciones de la senadora Beatriz Rojkés sobre los indios y la violencia de género, temas que defienden a ultranza los kirchneristas más progre.
Tampoco la Presidenta habló directamente sobre Tucumán en su último discurso en la estación Ciudad Universitaria, sino que volvió a cargar contra los que quieren “instalar el desánimo y poner en duda nuestro sistema democrático. Dejémoslos”, pidió para concentrarse en las obras “que ésa es la Argentina que seguramente la inmensa mayoría de los argentinos quiere”.
Más allá del concepto que enarbola la Presidenta sobre qué es la democracia o sobre la puja electoral en sí misma o sobre las mañas que utiliza para limar a su propio candidato, este último discurso la mostró a Cristina muy errática, tocando temas donde no debió meterse para evitar críticas (habló de la “modernidad”, a partir de la potencial “seguridad” de los durmientes premoldeados que, en la vía a Mar del Plata, se quebraron y por eso, debió suspenderse el servicio) y confundiéndose en nimiedades que no van con su estilo riguroso: túnel por puente o paso a nivel por paso bajo nivel o señalar que estaba “en medio” de la Ciudad Universitaria.
Entre ella y Scioli hay un evidente ajedrez que los tiene a ambos recalculando permanentemente cada movida y los ha sacado del juego principal. Esta circunstancia la ha aprovechado por ahora muy bien la oposición para irles marcando el compás. En ese aspecto, lo que se vivió en Tucumán resultó ser una bisagra fundamental para cambiar en algo el sesgo de la carrera rumbo al 10 de diciembre. Ya se verá cuánto dura.