17 de abril de 2020

OPINIÓN

OPINIÓN. La pandemia invisible (*)

105 femicidios, 21 travesticidios. 126 feminicidios. Y 17 mujeres fallecidas por coronavirus.

Hoy Camila amaneció muerta dentro de una bolsa. No, no era una bolsa mortuoria ni estaba en un hospital, víctima del coronavirus. No. Camila amaneció en una bolsa de basura. Como Ángeles, como Silvia, como Mabel, como tantas otras que ahora son deshechos de los que sus femicidas se deshacen después de sacarles toda utilidad. Se deshicieron de ella, dejando deshechas a sus familias, sobre todo a sus hijes que ahora deben convivir con los parientes del femicida de su madre.

Lo curioso es que fue asesinada y enterrada en plena cuarentena y nadie vio nada. De todxs esxs vecinxs furiosxs que denuncian el incumplimiento cuando las madres salen al almacén con sus hijes, ninguno denunció al femicida de Camila siquiera por incumplir la cuarentena. La policía no lo vio matarla, arrastrarla ni enterrarla. No lo detuvo y no lo hizo saltar como rana. No hubo vecinxs denunciando ni cyberpatrullaje para rastrear el paradero del femicida durante la cuarentena, tampoco.

Entonces, Camila amaneció como un deshecho; y yo, en lo personal, también amanezco con el alma deshecha. Porque por años me he deshecho la vista estudiando -y el corazón transitando- los barrios marginados, compartiendo con las mujeres y travas que los viven y los mueren de una muerte anunciada como maleficio por nacer mujer o haberse atrevido a serlo.

Y en ese deshacerme, también me deshice de los prejuicios con que nos forman a lxs abogadxs (incluso con que me dieron formal status universitario y social de "abogado", como dice mi título, con O), me deshice de un deber ser falaz que, no siendo, habla de igualdad ante la ley, de ciudadanía, de declamaciones de derechos humanos que nunca son practicables por nosotras. Que habla de políticas públicas novedosas prometiendo hace largo tiempo terminar con las violencias que nos dan la muerte o condenan a la miseria en vida. Prometen regímenes sancionatorios, prometen restricciones de acercamiento, prometen, prometen. Aseguran que estamos protegidas por las comisarías, por las fiscalías, los refugios y los botones; que estamos incluidas por el lenguaje y libres de discriminación por la magia de la autopercepción. Pero no. Por eso me deshice de esos rimbombantes títulares y magníficas promesas. Porque nos siguen matando pese a las promesas.

Y entonces, en ese deshacerme y volverme a hacer, irrumpió la perspectiva crítica, feminista, decolonial y clasista en el análisis situado e interseccional de lo que nos está pasando.

Y, desde este ángulo, se ve que no es maleficio, no. Ni es destino obligado tampoco la bolsa de basura. Que es una construcción social y que está en nuestras manos actuar para la prevención, cambiando el accionar social.

Hace tiempo, casi 10 años que, desde esa perspectiva, vengo planteando en los papeles que esta cuestión se resuelve desde el llano, en el llano y por las personas de a pie, involucrándose. Y que las políticas públicas que no ven las violencias basadas en el género como un problema de seguridad ciudadana están errando el tiro por mucho.

Porque no es un tema "de mujeres" ni "de mujeres y disidencias", mucho menos "de las feminazis". No es algo que vayamos a resolver en un ghetto femenino, no. La continuidad y agravamiento de las violencias basadas en el género son problemas de implicancia social, que en nuestras formas de socialización para entender y abordar el mundo -y, consecuentemente, las relaciones interpersonales-, naturaliza las violencias responsabilizando a la mujer por sus elecciones de vida, de pareja, laborales (como la trampa de la libre elección del "trabajo sexual"), las denuncias que no hace antes, el botón que no apretó a tiempo, la ropa que llevaba puesta o cualquier otro motivo que la convierten en mala víctima culpable de su propia muerte.

Porque si estamos esperando solucionar la compleja cuestión con políticas públicas que focalizan sólo en las mujeres, -o con suerte en las mujeres y feminidades-, se nos escapa la mitad del problema. Y la mitad siniestra. (Sí, ya sé que no son todos siniestros, los que no lo son, favor de no sentirse aludidos).

Es que esa mitad de la población, los hombres cis, no son visibilizados ni en las noticias: por cada "apareció muerta" nos pixelan la imagen del mago que la hizo desaparecer viva. Por cada "fanática de los boliches" hay un fanático de la violencia cuyos detalles de vida desconocemos. Y por cada golpe, en cada denuncia, se repite la pregunta de la Diva televisiva y la Señora de la mesa larga "¿pero vos qué le hiciste para que te pegue? ¿le hiciste algo?".

Y ahí es donde insisto, ¿por qué somos las mujeres quienes pedimos justicia por nuestras muertas? ¿por qué los hombres no piden que se pronuncie la justicia sobre sus congéneres? ¿por qué no nos extraña este vacío de voces masculinas? ¿por qué no hay hombres que sancionen socialmente la conducta de otros hombres?

Me arriesgo a decir que esto se debe a la naturalización de las violencias basadas en el género, como consecuencia de la naturalización de los roles de género. Las mujeres deben ser modositas, bellas, fieles, obedientes y caseritas. Los hombres deben ser propietarios (de bienes y de mujeres), y defender su propiedad con violencia para merecer el respeto social; el respeto social basado en códigos machistas de sometimiento que son aprendidos en la socialización masculina.

Así, hace tiempo, como decía, venimos viendo que este problema social sólo puede solucionarse en las bases de la misma sociedad que lo origina. No es que neguemos la función pedagógica de la ley o su capacidad de persuasión, no. Es que decimos que no alcanza sólo con una ley declamatoria de un deber ser social, porque sus contenidos morales no llegan a ser aprehendidos por una sociedad que, de plano, es reacia a cumplir con la ley; y, que, hablando de grosera generalidad pero generalidad al fin, su componente social masculino es aún más reacio a cumplir con las obligaciones positivas basadas en su responsabilidad familiar (pensemos en el incumplimiento consuetudinario del pago de cuotas alimentarias, de su presencia en la vida de sus hijes no convivientes y corresponsabilidad en los cuidados maparentales) y en sus obligaciones negativas, es decir de abstención, por ejemplo de acercamiento y hostigamiento ¿cuántos femicidios ocurren estando vigente una restricción de acercamiento?.

Entonces decimos que un paso sería intervenir en todos los espacios de socialización para abordar estas creencias que manifiestan los varones y que culminan en el convencimiento de poder incumplir las normas que pesan sobre ellos "sin que pase nada", no sólo en la escuela como ámbito formal de la educación.

Es fundamental la aplicación de la ESI porque trata el núcleo de esta cuestión al enfocar los estereotipos presentes en la socialización como rasgos identitarios esenciales a "LA" masculinidad, que llamamos masculinidad hegemónica. Pero también necesitamos espacios de discusión de LAS masculinidades en los clubes (recordemos todo lo hablado sobre los rugbiers este verano y que seguimos pidiendo #JusticiaPorFernando, pero también las paternidades múltiples que Maradona sigue desconociendo, su alterne sexual con menores de edad y los hechos trascendidos de violencia de otros jugadores de fútbol); en las iglesias, sobre todo en las que se siguen imponiendo roles estereotipados de género y la obligación moral religiosa de soportar la violencia por la unión de la familia; también en los centros culturales (donde las mujeres seguimos sin cupo en los escenarios); y en los boliches donde "damas gratis" y "canilla libre" terminan siendo el cóctel de violación y muerte para nosotras.

Entendamos que no vamos a poder cambiar los titulares de los diarios hasta que no cambiemos las formas de socializar, y no sólo las formas masculinas, sino que todes debemos aprender a involucrarnos en la realidad cotidiana de las vecinas que padecen junto a sus hijes violencias múltiples. Porque las redes comunitarias deben estar presentes y activarse como una gestión estratégica de alerta temprana para proteger antes de que se desencadenen escaladas de violencia que suelen terminar en femicidios y otros delitos. ¿Cómo es posible que después de los femicidios haya vecinxs y familiares que "ya sabían que eso terminaba mal"?

Pensemos también que no basta tampoco con el alerta comunitario, cuando las múltiples violencias basadas en el género están vistas en sede policial y judicial como la materialización del estereotipo que las considera una "cuestión particular" de un señor con una mujer loca que tiene problemas con su pareja de turno. ¿Cómo escapar a este estereotipo que se niega a vernos como sujetas de derecho en peligro de muerte y a los hombres como sujetos capaces de asesinarnos en cualquier momento? Porque si funcionara el alerta temprana y aún el barbijo rojo, ¿qué respuesta policial tenemos en la urgencia? ¿Y judicial? ¿Cuántos violadores y femicidas fueron liberados por buena conducta o desestimadas las denuncias en su contra?

Este abordaje estereotipado de las violencias como mera cuestión particular y aislada, en lugar de problemática social, también nos impide el acceso a justicia cuando se liberan violentos que dan sobrada muestra de su incumplimiento consuetudinario a las restricciones legales.

Y también en sede judicial y policial se romantiza a los violentos como buenos padres, invisibilizando a las niñeces como sujetes vulneradxs en sus derechos y víctimas de violencias basadas en el género (recordemos los estereotipos, el padre "propietario" debe disciplinar a "su" mujer y a "sus" hijes), a quienes les obliga a convivir y socializar con un violento que no recibe tratamiento alguno y cuyos derechos parecen recibir mejor amparo que los de las víctimas. Y, en este orden de ideas, también se naturaliza la violencia económica obstaculizando sus reclamos y deslegitimando el resarcimiento económico por los daños y perjuicios originados en las violencias padecidas.

Hoy no lamentamos sólo a Camila, en 24 hs conocimos 5 femicidios: Camila, Priscilla, Jessica, Olga y Soledad, debemos darnos cuenta que estamos errando la estrategia de intervención y tal vez también sus fundamentos.

Hace unas pocas semanas la muerte anunciada de Fátima sorprendió a la opinión pública pese a que venimos alertando desde hace años sobre el accionar judicial y policial en causas por violencias basadas en el género. El caso de Fátima es terriblemente habitual, como escribió Ofelia Fernández, esto parece el loop del infierno. Por ello activamos también la #LeyFátima, y esperamos que haya una pronta reforma que establezca claramente la responsabilidad de les funcionaries judiciales y policiales por cuya negligencia y falta de perspectiva de género, nos siguen asesinando.

Otro nombre de víctima para crear políticas públicas. Que la #LeyFátima sea la última. Queremos que el Estado se anticipe y se gestionen políticas públicas eficaces. No queremos más Brisas, Micaelas ni Fátimas titulando leyes como obituarios. Nos queremos vivas y libres de toda violencia. Ni una menos.

Moira Goldenhörn

Abogada feminista

Docente-Investigadora

PG en Cultura y Comunicación

Maestranda en Cs. Sociales y Humanidades

(*) No creemos que los femicidios sean pandemia. A los efectos de titular la nota, se recurre a dicha imagen por la cantidad de víctimas que la violencia machista genera. A diferencia de lo que curre con una enfermedad, en los femicidios sostenemos que fundamentalmente hay responsabilidad individual de los autores, además de corresponsabilidad social y estatal por contribuir al sostenimiento del sistema patriarcal.

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