COLUMNA

Uno de los ejes de la revolución cultural, que desde el 2003 viene llevando adelante el Proyecto Nacional y Popular, es la resignificación de símbolos, espacios, protagonistas y relatos, a partir de diversas acciones, entre las que se destaca la recuperación, para y por el pueblo, de los bienes, reales y simbólicos, que le fueran expropiados por las dictaduras y el neoliberalismo.
Con la ley en una mano y la firmeza en la otra; con la voluntad popular como norte y la grandeza de la Nación como horizonte, Néstor y Cristina Kirchner fueron reconstruyendo el concepto de Patria y Soberanía. En este contexto, esa resignificación juega un rol fundamental: por décadas, otros, ajenos al pueblo, cipayos a sueldo de la banca internacional, asesinos cebados en la impunidad y amparados por el poder, e ineptos ciegos y sordos a los clamores del pueblo, nos fueron expropiando todo, desde el orgullo hasta la esperanza, desde la palabra hasta la historia. Pero sin salirnos ni un milímetro de lo que prescribe nuestra Constitución, sin derramar ni una sola gota de sangre, con la vida como bandera, con la alegría como motor, y sin ponernos de rodillas ante nadie, mucho menos ante nuestros históricos expoliadores, esa resignificación, lenta, trabajosa, pero implacable, viene marcando la senda que nos va permitiendo reconstruir nuestra lastimada identidad y la dignidad que nos manosearon y nos quitaron casi cuatro décadas de traiciones a todos los principios y todas las causas.
Este es el marco político-cultural que sostiene y legitima medidas como la recuperación de YPF, de Aerolíneas Argentinas, de los fondos de las AFJP, del Correo Argentino, o la firme posición en el tema Malvinas; el mismo marco que le otorga un nuevo sentido a la Fragata Libertad y su retorno a la patria luego de varias semanas de retención indebida por orden de un juez servil a los mismos intereses que hambrean a su propia nación y a sus hermanos ghaneses.
Que nadie se confunda: no hubo, en la presencia del pueblo, de la militancia, de los dirigentes autoconvocados o invitados especialmente, como nuestro Intendente, una vocación patriotera (o patotera, mejor) como aquella que empujó al balcón a Galtieri y a la muerte a nuestros pibes de Malvinas. Pero sí hay, aunque le moleste a cierta minoría (cada vez más minoría) una recuperación para el pueblo del símbolo de una nacionalidad y una dignidad que, aunque expropiada al pueblo, algunos enanos ideológicos y mentales consideraron siempre como privilegio de las jerarquías militares o de la oligarquía nacional.
Ahí es donde reside el resentimiento de quienes primero demandaron poner al pueblo de rodillas para recuperarla, y ahora critican a quienes, con todo el derecho que les otorga la lealtad a un proyecto político y los votos del pueblo, fueron, como el Dr. Inza, a recibirla: la Fragata, nacida, botada y bautizada Eva Perón, y luego arbitrariamente renombrada Libertad; la Fragata, donde se formaron algunos pocos hijos del pueblo, pero también, y mayoritariamente, los que bombardearon Plaza de Mayo, los torturadores de la ESMA, los cobardes que se rindieron al primer cuetazo en las Georgias del Sur, como Astiz, volvió a la Patria de la mano de un gobierno nacional y popular; volvió a la patria sin mandar a sus hijos a la muerte para recuperarla, volvió a la patria como consecuencia de un Estado legítimado por el voto popular y reconocido en esa legitimidad por la Justicia y el orden jurídico internacional; volvió a la Patria sin tener que pagarles a los buitres financieros con el hambre del pueblo, volvió a la Patria por la firme decisión de una mujer; volvió a la Patria entre humo de choripanes, banderas de la JP, de La Cámpora, del Peronismo Militante, de la Güemes, de Kolina, de MILES, de Negros de Mierda. Volvió a la Patria recuperada por un gobierno del pueblo, y fue recibida por su legítimo dueño: el pueblo. La Fragata volvió a la Patria, sí, para amargura de los carroñeros que, a falta de ideas, de capacidad de gestión y de apoyo popular, se alimentan del fruto más amargo: del fracaso de la nación y del sufrimiento del pueblo.
Centro Cultural de
los Pueblos Libres