4 de agosto de 2013

. LAS CALLES DEL AZUL: El masón y el filántropo


El gobierno bonaerense emplazó el Fortín Esperanza el 29 de diciembre de 1853 para lograr defender la zona frente a los duros embates por parte de los pueblos originarios, que azotaban en sucesivos malones. El fortín se erigió en la margen derecha del arroyo Las Flores, en el mismo solar que actualmente ocupa el edificio de la Municipalidad de General Alvear.
La vigesimocuarta calle de nuestro recorrido fue bautizada como General Carlos de Alvear en 1879, en reconocimiento al pueblo vecino, el cual al mismo tiempo lleva dicho nombre en homenaje a quien fuera uno de los personajes más controvertidos del período de luchas por la Independencia argentina, pero que sin embargo supo reposicionarse positivamente frente a la opinión pública. Casi cien años más tarde, un tramo de dicha calle fue renombrado como Bartolomé J. Ronco, uno de los personajes descollantes de la cultura local.
Por Eduardo Agüero Mielhuerry

El Presidente de la Corporación Municipal de Azul, Federico Julián Olivencia, a través del Decreto N°183 del 25 de marzo de 1879, le impuso nombres a las apenas 36 calles que tenía el pueblo, denominadas hasta ese momento con números romanos.
La sexta calle “paralela” al Arroyo Azul, era la que llevaba el número romano “XXIV” y fue llamada General Carlos de Alvear, en reconocimiento al pueblo bonaerense y al mismo tiempo como homenaje a quien no sólo fuera Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, sino también uno de los personajes más contradictorios de las luchas por la Independencia argentina, que sin embargo supo reposicionarse frente a la opinión pública
Es importante aclarar que en la actualidad la primera calle que sigue el ondeante camino del arroyo es la que conocemos como Avenida Cacique Cipriano Catriel. Sin embargo, por aquellos años, no se hallaba correctamente trazada y no era más que “el camino de la costa” o “costanera” -sin poseer una denominación “oficial”-, siendo, en consecuencia, La Rioja (hoy Comandante Franco) la primera, Jujuy la segunda, Las Flores la tercera, Patagones (hoy 1° de Mayo) la cuarta, Maipú la quinta y Alvear la sexta calle desde el Arroyo Azul.
En el año 1953, el intendente Ernesto María Malére, pretendió modificar radicalmente la denominación de las calles utilizando un sistema numérico arábigo. De esta manera, a través de la Ordenanza N°18 sancionada por el Concejo Deliberante el 8 de julio de aquél año y promulgada el día 11 del mismo mes, se enumeró del 1 al 59 a las calles paralelas a la Avenida Intendente Juan José Mujica (que le correspondía el 1) y del 60 en adelante desde la primera arteria paralela a la Ruta Nacional N° 3.
Según esta nueva denominación, a la calle Alvear le correspondió el número 88. Sin embargo, como en otras oportunidades hemos aclarado, el sistema numérico no tuvo buena aceptación en la comunidad y aunque se podría decir que aún hoy convive con el sistema nominal -pues la Ordenanza nunca fue derogada-, ya nadie lo usa, quedando hecha la salvedad en cuanto a las calles que por nombre llevan un número desde entonces.
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Polémico y contradictorio
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Carlos Antonio José del Santo Ángel Guardián Alvear y Balbastro nació en Santo Ángel Guardián de las Misiones, Misiones Orientales (actual Río Grande del Sur, Brasil), el 25 de octubre de 1789. Era hijo del noble español Diego de Alvear y Ponce de León y de la porteña María Balbastro. Es destacable que el nombre de pila incluía al del Patrono del pueblo en el que nació.
Imprevistamente, mientras viajaba junto a sus padres y sus seis hermanos rumbo a España, el 5 de octubre de 1804, frente a la costa de Cádiz, barcos ingleses atacaron la escuadra española, lo que motivó la declaración de guerra por parte de España al Reino Unido, siendo la antesala de la batalla de Trafalgar. En el episodio, un proyectil alcanzó la santabárbara (polvorín) del navío en el que viajaban la madre y los hermanos del joven Alvear, el cual vio, desde la nave capitana, como moría su familia junto a más de doscientas personas.
Algunos autores atribuyen a la violenta muerte de su madre el hecho de que llevara su nombre en su honor, convirtiéndose desde entonces simplemente en Carlos María de Alvear.
A fines de 1805, padre e hijo, únicos sobrevivientes de la familia, regresaron a España (habían estado retenidos en Gran Bretaña). Dos años después, Alvear se incorporó a la Brigada de Carabineros Reales con el grado de alférez y participó en la campaña contra la invasión napoleónica luchando en las batallas de Tudela, Tarancón, Uclés y Talavera y en los combates de Los Yébenes, Mora y Consuegra.
En Cádiz, a fines de 1809, fundó la Sociedad de los Caballeros Racionales, o Logia Masónica Nº 3 (filial de otra con sede en Londres), a la que luego se incorporaría José de San Martín.
Poco después, le exigió a su padre la parte de la herencia de su madre, que era considerable, y la utilizó para financiar sus proyectos revolucionarios. Pronto regresó a Buenos Aires en el mismo barco en que viajaban San Martín, José Matías Zapiola, Martiniano Chilavert (niño aún, que viajaba con su padre Francisco Chilavert) y otros militares notorios. A su desembarco recibió el nombramiento de capitán y fue quien presentó a San Martín en la sociedad porteña.
Siendo muy joven, Carlos Alvear contrajo matrimonio con María del Carmen Sáenz de la Quintanilla, con quien tuvo diez hijos.
No dedicó mucho tiempo a sus obligaciones militares, ya que como masón trabajó en la organización de la Logia Lautaro, un grupo secreto que intentaba corregir la dirección política del gobierno. Dirigió con San Martín la revolución del 8 de octubre de 1812, que reemplazó al Primer Triunvirato por el Segundo y que convocó a la Asamblea del año XIII, siendo él su primer presidente. Ambicionando el poder político, logró que ésta fijase un sistema unitario de gobierno, el Directorio, para el cual hizo elegir a su tío Gervasio Antonio de Posadas. A mediados de 1813 renunció a su banca y fue nombrado coronel del Regimiento de Infantería Nº 2, pero siguió participando en política a través de la Logia.
La Logia se dividió entre los partidarios de San Martín y los de Alvear, por lo que éste -con mayores influencias políticas- lo alejó del poder poniéndolo al mando del Ejército del Norte.
Con el Alto Perú en poder de los realistas y Chile en peligro, la toma de la guarnición de Montevideo era un objetivo indispensable porque era un peligro permanente sobre Buenos Aires. En 1814, Alvear y Juan Larrea, impulsaron la creación de una escuadra naval, cuyo mando le fue otorgado al almirante Guillermo Brown. Éste libró su primer combate contra una flotilla realista a la que venció frente a Montevideo a pesar de las dificultades. Alvear negoció la entrega de la plaza de Montevideo y utilizando un ardid la obligó a rendirse a discreción el 20 de junio de 1814. Ese triunfo modificó sustancialmente la geografía de la revolución en el área del Río de la Plata en beneficio de los revolucionarios.
La victoria no dio todos los resultados positivos que se esperaban de ella por las crecientes disidencias del gobierno central con José Gervasio Artigas, el líder de los revolucionarios orientales. Ascendido a brigadier general, Alvear fue enviado nuevamente a la Banda Oriental a aplastar la oposición armada de Artigas, dirigiendo una campaña compleja, que sofocó a los rebeldes, pero no los venció definitivamente.
Tras la renuncia de Posadas, la Asamblea nombró Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata a Carlos de Alvear, de apenas 25 años, para que cumpliera el resto de su mandato. Entre los que le objetaban se hallaba el entonces gobernador de Cuyo, José de San Martín. Alvear gobernó rodeado de su propia facción, sostenido sólo por la Logia Secreta a la que pertenecía y los oficiales adictos del ejército. A su vez, organizó una red de espionaje y arrestó sin juicio a sus opositores e implantó una severa censura.
El peor enemigo para la causa del centralismo porteño era José Gervasio Artigas, que dominaba la campiña de la Banda Oriental y estaba extendiendo su influencia a las provincias del litoral. Entonces, Alvear envió al almirante Brown a proponerle a Artigas, a cambio de la retirada de éste de las provincias del litoral, la independencia de toda la Banda Oriental. El ofrecimiento fue altivamente rechazado.
Simultáneamente envió un ejército para tomar Santa Fe y, cruzando Entre Ríos, intentó atacar la Provincia Oriental. Pero el coronel Ignacio Álvarez Thomas, jefe de la vanguardia del ejército, declaró su rebelión contra Alvear, negándose a usar sus propias fuerzas en una guerra civil. La ciudad de Buenos Aires, hasta entonces un bastión del unitarismo, se plegó al movimiento que indirectamente encabezaba San Martín, para deponerlo del Directorio. Alvear debió renunciar a su cargo sólo tres meses después de haberlo asumido y refugiarse en una fragata rumbo a Brasil.
Al desembarcar en Río de Janeiro, Alvear se enteró de la próxima llegada a esa ciudad del general Gaspar de Vigodet, el antiguo jefe español de Montevideo. Éste seguía resentido por la manera en que Alvear lo había obligado a rendir la plaza de Montevideo. Durante su estadía de casi un año en Río, intentó apoderarse de su antiguo subordinado. Alvear encontró un aliado inesperado en el encargado de negocios español en la corte portuguesa, Andrés Villalba, quien prometió protegerlo contra estas agresiones si pedía clemencia al monarca español.
Para obtener la protección, Alvear le entregó a Villalba una larga representación en la cual explicaba su conducta desde su llegada a Buenos Aires en 1812, afirmando haber actuado siempre a favor de los intereses de la corona española, aclarando que en muchas ocasiones había tenido que obrar “en sentido contrario a este objeto”, y solicitaba el perdón del Rey. Le decía que se había elevado al gobierno para devolver al país a la dominación española y “poner término a esta maldita revolución... Porque mi decidido conato ha sido volver estos países a la dominación de un Soberano que solamente puede hacerlos felices...”.
Aunque este documento fue interpretado como una traición a la patria, los defensores de Alvear sostuvieron que se trataba de un manifiesto fingido o directamente apócrifo, siendo más probable lo primero.
A fines de 1818, Alvear se alió al general chileno José Miguel Carrera -enemigo jurado de San Martín y Bernardo O"Higgins- y otros opositores a los grupos que gobernaban en Buenos Aires y Santiago. Alvear y Carrera se unieron a las fuerzas federales dirigidas por los caudillos del litoral, el santafecino Estanislao López y el entrerriano Francisco Ramírez, a pesar de que ambos eran seguidores de Artigas. Estos derrotaron al Director Supremo, José Rondeau, en la batalla de Cepeda, librada el 1 de febrero de 1820, que significó la disolución del Directorio y del Congreso, cesando todas las autoridades nacionales.
La idea de Carrera y Alvear era unirse para ocupar cada uno el mando supremo en sus respectivos países; pero Manuel de Sarratea, que también era protegido por los federales, se les adelantó y se hizo nombrar gobernador de la provincia Buenos Aires.
A principios de marzo, los generales Juan Ramón Balcarce y Miguel Estanislao Soler lideraron una revuelta que derrocó a Sarratea, pero tras un breve lapso volvió a ocupar la gobernación. Frente a la falta de apoyo del Cabildo porteño, Alvear quedó abandonado a su propia suerte; advertido de que su cabeza tenía precio, se refugió en el campamento del caudillo entrerriano Ramírez que se negó a “entregarlo”.
Sarratea no pudo mantenerse en el poder por mucho tiempo. Como temía, a las pocas semanas lo derrocó Soler, quien se instaló como gobernador. Éste organizó rápidamente la defensa de Buenos Aires, enfrentada a las llamadas fuerzas federales de López: milicianos santafecinos, soldados chilenos de Carrera y la brigada de Alvear. La batalla fue en Cañada de la Cruz y terminó en una amplia victoria para López y sus aliados.
López y Carrera hicieron que el Cabildo de Luján eligiese a Alvear como gobernador el 1º de julio. Sin embargo, el Cabildo de Buenos Aires desconoció su elección y cuatro días más tarde eligió a Manuel Dorrego. Alvear tuvo que refugiarse en Montevideo.
En 1822 retornó a Argentina luego de siete años de exilio, gracias la denominada “Ley del olvido” dictada por el nuevo gobernador de Buenos Aires, el general Martín Rodríguez. Pronto, las autoridades le encargaron una misión ante el gobierno británico. En Londres, Alvear tuvo una importante entrevista con George Canning, Secretario de Relaciones Exteriores, durante la que enfatizó que las Provincias Unidas del Río de la Plata eran de facto independientes y que tenían un gobierno estable. También hizo hincapié sobre la justicia de los reclamos de Buenos Aires sobre la Banda Oriental, ocupada desde 1817 por Portugal y luego por el Imperio del Brasil. Pocos días después, el gabinete inglés decidió reconocer la independencia de las Provincias Unidas.
En noviembre de 1824, mientras Alvear iniciaba su regreso a Buenos Aires desde Estados Unidos (donde le había pedido respaldo al presidente Monroe en los reclamos por la Banda Oriental), el ejército de Simón Bolívar asestaba un golpe decisivo y final a la dominación colonial española en la Batalla de Ayacucho.
Alvear compartía el ambicioso proyecto de Bolívar de crear una gran república hispanoamericana que incluyera a Chile y los territorios del antiguo Virreinato del Río de la Plata. En momentos en que las ideas monárquicas todavía estaban en boga, Alvear veía en el venezolano una encarnación de George Washington, un personaje capaz de aglutinar las distintas facciones que se disputaban el poder detrás de un proyecto republicano común, similar al que habían creado los norteamericanos.
El 28 de enero de 1825 Juan Gregorio de Las Heras lo nombró Ministro Plenipotenciario ante el gobierno de la República de Colombia (Nueva Granada, Venezuela y Ecuador). Al mismo tiempo designó, con idéntico carácter de ministro, al Dr. Díaz Vélez, en legación conjunta. En principio ambos ministros lograron que Bolívar -el 17 de noviembre de ese año- ordenara al mariscal Antonio José de Sucre, flamante primer presidente de Bolivia, la devolución de la provincia de Tarija. Tras idas y vueltas, el territorio quedó en manos bolivianas.
En Buenos Aires, el Congreso General había elegido presidente a Bernardino Rivadavia, que al regreso de Alvear lo nombró Ministro de Guerra y Marina. Poco después y frente a la decisión del pueblo oriental de incorporarse a las Provincias Unidas del Río de la Plata, el Imperio del Brasil declaró la guerra a las Provincias.
Desde el Ministerio de Guerra, Alvear se dedicó eficazmente a mejorar el estado y la organización del ejército, y en consecuencia, Bernardino Rivadavia lo nombró Comandante en jefe del ejército a mediados de 1826.
El gobierno tenía como objetivo central lograr la paz en condiciones favorables recuperando la Provincia Oriental; este objetivo era deseable dentro de ciertos límites, ya que incluía reincorporar el puerto de Montevideo, rival del de Buenos Aires.
Inmediatamente, las tropas argentinas avanzaron hacia el norte con varias partidas de caballería. La que operaba al mando del general Juan Lavalle logró la victoria en la batalla de Bacacay, y el general Lucio Norberto Mansilla en la batalla de Ombú. Como los brasileños se refugiaron en las sierras, Alvear logró sorprender al ejército imperial en la batalla de Ituzaingó, donde su ejército logró la más importante victoria de la guerra, el 20 de febrero de 1827.
Falto de apoyo desde Buenos Aires, cuyo gobierno prefería concentrarse en enfrentar a los caudillos federales, Alvear debió retroceder y dejar al general José María Paz como comandante interino.
El tratado de paz acordado en Río de Janeiro, al que tanto Rivadavia como Alvear se opusieron, asestó un golpe mortal a la presidencia de Rivadavia, quien se vio forzado a renunciar. En definitiva, prevalecieron los intereses del Reino Unido, que hábilmente fomentaba la división en la Cuenca del Plata. El objetivo era la creación de un “estado tapón” que pudiera servir de base a los intereses británicos y garantizar la navegación del Río de la Plata como aguas internacionales, declarándose la independencia del Estado Oriental del Uruguay.
Tras la caída del presidente Rivadavia, Alvear se retiró temporariamente de la vida pública hasta la revolución de diciembre de 1828. Durante la guerra civil entre Juan Manuel de Rosas y el general Juan Lavalle, éste lo nombró Ministro de Guerra y Marina. En este cargo organizó la defensa de la ciudad de Buenos Aires contra una posible invasión federal, pero ante el acercamiento entre Lavalle y Rosas, Alvear renunció al ministerio. El partido antirrosista se aglutinó alrededor suyo y ganó las elecciones legislativas preparándose para nombrar un nuevo gobernador. Ante este resultado, Lavalle declaró las elecciones inválidas; lo que habilitó a mediano plazo la llegada de Rosas al poder.
En 1834, Alvear se alió con el caudillo federal Facundo Quiroga para establecer una constitución en las Provincias Unidas, pero el asesinato del riojano desbarató estos planes. Meses después, Rosas reasumió el gobierno con la suma del poder público y las facultades extraordinarias iniciando una política de persecución a sus opositores, tanto federales como unitarios. Alvear entonces estableció contacto con el mariscal Andrés de Santa Cruz, presidente de la Confederación Perú-Boliviana, para solicitar su ayuda para derrocarlo. Esta conspiración fue descubierta por Rosas, que optó por deshacerse de Alvear nombrándolo embajador en Estados Unidos. La aceptación de este nombramiento fue considerada como una nueva traición por los unitarios emigrados en Montevideo, como Lavalle, Paz, Iriarte, Mitre y Varela.
Alvear partió hacia Estados Unidos a principios de 1838, cuando comenzaba el bloqueo francés al Río de la Plata. Sin dudas, defendió la postura adoptada por Rosas frente a las disputas con Francia e Inglaterra y pronto se destacó como un hábil diplomático y geopolítico previniendo sobre el expansionismo norteamericano.
Permaneció como embajador de la Confederación Argentina hasta después de la caída de Rosas. Su vencedor, Justo José de Urquiza, lo confirmó en su cargo. Unas semanas más tarde, el 3 de noviembre de 1852, Carlos Alvear falleció en New York. Sus restos fueron repatriados y descansan en el Cementerio de la Recoleta.
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El Pueblo de la Esperanza y General Alvear
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El 10 de diciembre de 1853, un numeroso grupo de estancieros de Saladillo y Las Flores, enviaron una solicitud al entonces gobernador Pastor Obligado, pidiendo la creación de una "Comandancia Militar" en la zona aledaña a dichos pueblos.
El gobierno bonaerense emplazó el Fortín Esperanza el 29 de diciembre de 1853 para lograr defender la zona frente a los duros embates por parte de los pueblos originarios, que azotaban en sucesivos malones. Al mismo tiempo, fue nombrado primer Capitán el Teniente Coronel Juan Agustín Noguera. En el verano del año siguiente, en pocos días se erigió el fortín en la margen derecha del arroyo Las Flores (en el mismo solar que actualmente ocupa el edificio de la Municipalidad).
Los estancieros de la zona -y en especial vecinos de Saladillo- solicitaron que junto al fuerte se levante un pueblo. En consecuencia, por Decreto del 28 de agosto de 1855, el gobernador Obligado creó el Pueblo de la Esperanza.
A raíz de las crecientes del arroyo y de los malones, el fuerte fue abandonado y trasladado unas 18 leguas al sur (90 km), pero los vecinos insistieron en que el pueblo se fundara en el mismo lugar donde se había asentado el primer fortín.
El Partido de General Alvear se creó por Ley provincial N° 595 sancionada el 19 de julio de 1869 y promulgada tres días después por el gobernador bonaerense Emilio Castro. Al momento de la promulgación, se decretó que el nombre del Partido y su ciudad cabecera homenajearían a Carlos María de Alvear, dejando atrás el primigenio nombre.
Casi un lustro más tarde, el 23 de marzo de 1874, se aprobó el trazado del actual pueblo, realizado por el arquitecto Jorge Meicke. Y así comenzó el lento pero sostenido desarrollo del pueblo…
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Un pequeño gran cambio…
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Al cumplirse veinticinco años del fallecimiento del Dr. Bartolomé José Ronco, el intendente designado de Azul, Teniente Coronel (RE) Carlos Manuel Ricardes, a través del Decreto N° 247 del 6 de mayo de 1977, dispuso que la calle Alvear, en el tramo comprendido por las calles San Martín y Guaminí, lleve el nombre del ilustre hombre de la cultura azuleña.
La disposición nunca fue derogada, sin embargo, lamentablemente, muy pocos en la actualidad emplean dicha denominación.
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Don Bartolo, el filántropo
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Bartolomé José Ronco nació en la ciudad de Buenos Aires el 7 de julio de 1881. Hijo de Juan Ronco y Manuela Díaz, a los veintitrés años (7 de abril de 1905) se recibió de abogado y partió a la ciudad de Bahía Blanca, estableciendo allí su domicilio. Comenzó a ejercer su profesión destacándose con prontitud, integrando el grupo fundador del Colegio de Abogados local (1908), al tiempo que brindaba todo su apoyo a la Biblioteca Popular “Bernardino Rivadavia” de aquella ciudad (de la cual fue Presidente en 1915). También emprendió varios viajes por la Patagonia y el sur de Chile, iniciando la formación de sus valiosas colecciones de platería gauchesca y mapuche.
Sin embargo, a partir de 1906 comenzó a viajar hacia nuestra ciudad por razones laborales y quiso el destino que se enamorara de la azuleña María de las Nieves Clara Giménez. No se sabe exactamente cuándo ni cómo se conocieron, pero dicen que se vieron por primera vez cuando aún en la Plaza Colón (actual Gral. San Martín) despertaban admiración las Nereidas, en una kermés en la que, entre todas las damas, "Santa" (como la apodaban) hacía gala de su fina estampa y elegante figura.
El 12 de noviembre de 1908, por la mañana, ante el jefe del Registro Civil de Azul, Eusebio Zapata, la joven pareja dio el primer paso para afianzar la relación firmando el acta de matrimonio, tras lo cual les fue entregada la tradicional Libreta de Familia. Por la noche, a las 21, celebraron en la Iglesia Parroquial (actual Catedral) la unión ante Dios.
En breve, los recién casados comenzaron a residir en la esquina de Burgos y Tucumán (de nuestras ciudad), viajando por largos períodos y con frecuencia a Bahía Blanca.
Unos meses después la felicidad llegó al hogar. María de las Nieves, de tan solo veintidós años, quedó embarazada. Transcurría septiembre de 1909 y el embarazo ya estaba en sus últimas semanas cuando el destino quiso que Bartolomé debiera regresar a Bahía Blanca para concretar diversas cuestiones laborales. Su esposa, fiel a su espíritu compañero que la caracterizó, decidió viajar con su marido pues sabía que él se ausentaría por varias semanas y quizá en esos días se podía producir el parto. Así fue como el 6 de octubre de ese mismo año, en la ciudad de Bahía Blanca, nació Carlota Margarita Ronco.
A finales de la década del "10 el matrimonio se instaló en la céntrica esquina de San Martín y Rivadavia, en la antigua casona cuyo propietario original fuera Mariano Roldán (fundador de Benito Juárez), seguido por Dominga Arieu (una de las donantes de las campanas de la actual Catedral).
Además de su profesión de abogado, Bartolomé Ronco desarrolló con vigor su pasión por la carpintería, instalando en los fondos de su hogar un taller que contaba con maquinarias que él mismo viajó a comprar en Buenos Aires, ya que no existían en nuestra ciudad. Una curiosidad de esa carpintería -que lamentablemente hoy no existe- era su nombre: "San José de Apillá". San José, según cuenta la Biblia, fue el padre putativo de Jesús a quien le enseñara su oficio de carpintero. Sin embargo, "San José de Apillá" no se corresponde con ningún Santo de la religión y esto se debe a que "Apillá" es un término que balbuceara Margarita Ronco en reiteradas oportunidades al ingresar al taller de su padre, dándole nombre, impensada e inocentemente, a la más maravillosa fábrica de sueños que conociera Azul. Centenares de juguetes nacieron en "San José de Apillá", centenares de sueños cobraron vida…
En abril de 1924, bajo la dirección de Ronco y Rafael Barrios, apareció el N° 1 de la Revista “Biblos”, órgano oficial de la Biblioteca Popular de Azul. Muy bien recibida por la prensa local, nacional e internacional, se editó hasta el año 1926. Debe destacarse en particular su sección "Archivo de Azul", en la cual se reproducían fielmente los más antiguos documentos municipales desde la época fundacional.
Lamentablemente, la única hija del matrimonio, Carlota Margarita, falleció con apenas 15 años el 10 de marzo de 1925. En 1944, sus padres mandaron a construir en su memoria una pequeña plazoleta de estilo español denominada “Cantoncillo de Santa Margarita” (ubicada en calles Bolívar y De Paula), la cual donaron a la Municipalidad de Azul.
En 1930 Bartolomé Ronco asumió como Presidente de la Biblioteca Popular de Azul (que hoy lleva su nombre), desempeñándose durante once mandatos consecutivos hasta su fallecimiento en 1952.
En febrero de aquél año, el Dr. Ronco regalaba a los azuleños una joya bibliográfica: el primer número de “Azul - Revista de Ciencias y Letras”, hecha en la imprenta local de los señores Placente y Dupuy. Dentro de esta interesante obra resalta la reproducción facsimilar íntegra del ejemplar del "Martín Fierro" que perteneciera al abogado y diplomático Estanislao S. Zeballos, con correcciones del puño y letra de José Hernández. Es la primera edición facsimilar del máximo poema nacional que se realizó en el país.
"Azul" llegó a publicar once números hasta agosto de 1931. Colaboraron en sus páginas, entre otros, Alfonsina Storni, Jorge Luis Borges, Horacio Rega Molina, Arturo Capdevila, Alberto Gerchunoff, Enrique González Tuñón, Roberto Arlt, Norah Lange, Ricardo Caillet Bois, José Torre Revello, Enrique de Gandía, Ricardo Levene y Xul Solar (Alejandro Schultz).
Del 28 al 30 de junio de 1931, la Biblioteca Popular de Azul organizó en su sede la "Exposición Martín Fierro". Del amplio y valiosísimo material exhibido -en su mayoría propiedad de nuestro Quijote- se destacan la primera edición de la Primera Parte del máximo poema nacional (Imprenta La Pampa, Buenos Aires, 1872) con correcciones de puño y letra del autor, y la primera edición de "La vuelta de Martín Fierro" (Librería del Plata, Imprenta de Pablo Coni, Buenos Aires, 1874) con una dedicatoria autógrafa de José Hernández al Dr. Estanislao Zeballos, fechada en Buenos Aires el 6 de marzo de 1879. También se destacan las subsiguientes ediciones, junto con traducciones a los más variados idiomas, láminas ilustrativas, un vocabulario gauchesco y los más importantes estudios literarios sobre "Martín Fierro". Dicha exposición, en 1972 fue reeditada por María de las Nieves, en adhesión a la celebración de los cien años de la aparición de la obra hernandiana.
Bartolomé Ronco fue un luchador incansable y además el propulsor de la creación de la Biblioteca Popular de Laprida y fundador en Azul de la Universidad Popular "José Hernández". Finalmente, en 1945, después de varios años de trabajo y con el apoyo de algunos vecinos, inauguró su sueño más grande, el Museo Etnográfico y Archivo Histórico “Enrique Squirru”, en el cual depositó en calidad de donación su colección personal de platería mapuche y gauchesca, siendo en la actualidad una de las colecciones privadas más importantes del país en exhibición.
Sin embargo, a pesar de todas estas obras, quiso la historia que el nombre de Bartolomé Ronco trascendiera los tiempos como sinónimo de "Colección Cervantina".
Ronco realizó la primera “Exposición Cervantes” del país en 1932 (año del centenario de Azul), en homenaje al gran escritor y su querible “Don Quijote”, mostrándole a la comunidad por primera vez su nutrida colección.
En la actualidad, la colección está conformada por más de 350 ediciones (1200 volúmenes), entre las cuales se destacan las dos ediciones más antiguas. De 1675 es la primera traducción al inglés hecha por Thomas Shelton, libro el cual le fuera obsequiado a la Casa Ronco (donde se atesoran los libros) por el escritor británico Julian Barnes. En una misiva el escritor agrega: "esta edición (...) es presentada a la Casa Ronco en memoria de mi mujer Path Kavanagh que compartió el placer de visitar la Casa en enero de 2008".
La edición más antigua que tuviera el Doctor está fechada en 1697 y fue editada por Enrico y Cornelio Verdussen en Amberes, Bélgica.
Entre otras tantas, la colección cuenta con diversas curiosidades que van desde el tamaño de los libros -miniaturas de 4,5 cm. -, los idiomas en los que se encuentran (inglés, francés, japonés, alemán gótico, hebreo, guaraní, etc.), como así también las personalidades a las que pertenecieron, por ejemplo la Reina María Cristina de España (cuarta esposa de Fernando VII). También cabe mencionar al menos algunos de los tantos pintores y dibujantes que le dieron vida y colores a la obra de Cervantes: Gustave Doré, Salvador Dalí, Walter Crane, Walt Disney, Daniel Urrabieta Viergé, Salvador Tusell, José Jiménez Aranda, entre otros.
La desaparición física de Bartolomé el 6 de mayo de 1952 no acarreó el final de su legado. Por el contrario, su viuda María de las Nieves “Santa” Giménez (2 de mayo de 1886- 28 de diciembre de 1984), fue la gran protectora del hogar familiar y su contenido. Y finalmente ella fue quien legó a la Biblioteca Popular de Azul "Bartolomé J. Ronco" la Casa Ronco, para que fuesen los azuleños los continuadores de la obra cervantina, que comenzó a agigantarse con la declaración de “Azul, Ciudad Cervantina de la Argentina” por parte del Centro UNESCO Castilla- La Mancha, el 23 de abril de 2007.
Hoy, la Casa Ronco tiene múltiples funciones y propósitos frente a la comunidad azuleña y el mundo. La preservación del patrimonio en ella atesorado y la difusión del mismo son los principales objetivos. Esto la lleva a interconectarse con diversas instituciones públicas y privadas, con el fin de potenciar los ideales de Don Quijote y Martín Fierro, que gobiernan las inacabables bibliotecas que supo construir el Dr. Ronco a las que luego cargó de anhelos…
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Para culminar…
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Carlos María de Alvear fue uno de los personajes más controvertidos de la historia de la Independencia argentina, enemistado abiertamente con José de San Martín y José Gervasio de Artigas. Para colmo, muchos historiadores han documentado que Alvear fue promotor de los intereses de Gran Bretaña en Sudamérica, lo cual se vio atenuado por su accionar posterior que lo reposicionó frente a la opinión pública.
A pesar de todo es considerado un héroe nacional. La influencia de su hijo, el intendente de la ciudad de Buenos Aires, Torcuato de Alvear, y su nieto, el presidente Marcelo Torcuato de Alvear, le permitieron sobrevivir en la estimación pública a lo largo de los años.
Por otra parte, revalorizando los legados del Dr. Ronco y su esposa, en 2004 se realizó la muestra “De La Mancha a la pampa…” sobre la colección cervantina y, en 2010, en adhesión al bicentenario de la Revolución de Mayo, se montó la exposición “Martín Fierro y Azul”. Ambas fueron un éxito rotundo reafirmando el acervo cultural de Azul.
El próximo domingo nos ocuparemos de la calle Rivadavia, la cual conserva su nombre primigenio desde 1879.


Carlos Antonio José del Santo Ángel Guardián Alvear y Balbastro nació en Santo Ángel Guardián de las Misiones, Misiones Orientales (actual Río Grande del Sur, Brasil), el 25 de octubre de 1789. Tras la muerte de su madre comenzó a hacerse llamar Carlos María de Alvear.


El gobierno bonaerense emplazó el Fortín Esperanza el 29 de diciembre de 1853 para lograr defender la zona frente a los duros embates por parte de los pueblos originarios, que azotaban en sucesivos malones. El fortín se erigió en la margen derecha del arroyo Las Flores, en el mismo solar que actualmente ocupa el edificio de la Municipalidad de General Alvear.


Bartolomé José Ronco nació en la ciudad de Buenos Aires el 7 de julio de 1881. Se radicó en nuestra ciudad tras contraer matrimonio con la azuleña María de las Nieves Clara “Santa” Giménez. Fue abogado y coleccionista, pero esencialmente un filántropo dedicado apasionadamente al desarrollo cultural de Azul.


EL DECRETO N° 247:

“AZUL, mayo 6 de 1977. Considerando que es justicia honrar la memoria de hombres que en una forma u otra se han destacado por su actividad en el logro de objetivos que hacen al bien común y en particular a la comunidad azuleña y concordante con lo aconsejado por la Comisión de Estudios históricos de la Municipalidad de azul y el pedido de la Dirección del Museo Etnográfico y Archivo Histórico “Enrique Squirru” de Azul, de que una calle de la ciudad lleve el nombre del Dr. Bartolomé J. Ronco, personalidad de méritos acrisolados, investigador fecundo de la historia de Azul, presidente durante 22 años de la Biblioteca Popular que hoy lleva su nombre; Presidente de la Universidad Popular “José Hernández”; editor de revistas como “Biblos” y “Azul”, que honran al periodismo azuleño; fundador del Museo Etnográfico y Archivo Histórico “Enrique Squirru” y donante de las principales colecciones que en él se exponen; fijador de la fecha presuntiva de la fundación de esta ciudad: 16 de diciembre de 1832.
Por ello y teniendo en cuenta las innumerables obras de bien público de las cuales fue propulsor e iniciador y cumpliéndose hoy el 25° aniversario de su fallecimiento. El Intendente Municipal del Partido, decreta:
Art. 1°: Designase con el nombre de “Bartolomé J. Ronco” a la calle Alvear de esta ciudad, en el tramo comprendido entre San Martín y Guaminí.
Art. 2°: A los efectos de la aplicación del presente Decreto y para que proceda a la señalización respectiva, tome intervención la Inspección General.
Art. 3°: Comuníquese, regístrese, publíquese, tomen conocimiento quienes corresponda y archívese”.

Carlos M. Ricardes. Tte. Coronel (RE). Intendente Municipal.
Marcelo J. Baudron. Secretario de Gobierno y Salud Pública.


AGRADECIMIENTOS Y FUENTES

• Gracias a Alicia Medel y Norma Binzuña del Archivo Municipal.
• Gracias a Chelita, Yesica, Daniela y Alicia de la Biblioteca Pública “Monseñor César A. Cáneva”.
• Casa Ronco y Hemeroteca de Azul “Juan Miguel Oyhanarte”.
• Feliciano Gascón. “Alvear, una familia del poder”. (1989). C&C. Buenos Aires.
• Alberto Sarramone. “Historia del antiguo pago del Azul”. (1997). Biblos. Azul.

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