24 de noviembre de 2013

. LAS CALLES DEL AZUL: La calle del avasallante "León"


La trigésima séptima calle de nuestro recorrido fue bautizada como General Lavalle en 1888, en reconocimiento al pueblo bonaerense homónimo ubicado en la Bahía de Samborombón. Empero, sin embargo, el homenaje principal se centra en la figura del destacado militar, quien tuvo una vida cargada de matices.
Por Eduardo Agüero Mielhuerry

El 25 de marzo de 1879, a través del Decreto N° 183, el Presidente de la Corporación Municipal de Azul, Federico Julián Olivencia, le había impuesto nombres a las apenas 36 calles que tenía el pueblo, denominadas hasta entonces con números romanos. Sin embargo, nueve años más tarde la ciudad había crecido de manera sustancial, por lo que fue necesario trazar y denominar ocho nuevas calles.
El 4 de marzo de 1888, el intendente Municipal de Azul Pedro Oubiñas, promulgó el Decreto N° 354, sancionado el día anterior por el Honorable Concejo Deliberante presidido por Floriano Marcelino Riviére. En su artículo 1°, la disposición establecía:
"Las calles que en la actualidad permanecen sin nombres se denominarán como enseguida se expresa:
- La que pasa del otro lado de la calle Bahía Blanca rumbo Este a Oeste, se designará con el de General Lavalle.
- La que sigue y pasa frente a la Estación se llamará Avenida La Plata.
- La inmediata que sigue y queda del otro lado de la vía se denominará General Bartolomé Mitre.
- Las tres calles sin denominación que se encuentran después de la de Salta rumbo Norte a Sur, se designarán: la primera General Sarmiento, la segunda General Lamadrid y la tercera Coronel Pringles.
- La que sigue de la Guaminí rumbo Norte a Sud, General Rivas, y la paralela, General Paz.
- Las calles actualmente designadas con los nombres de Comercio y 25 de Mayo se llamarán en adelante Avenidas".

La decimonovena calle "paralela" al Arroyo Azul, e inmediatamente posterior hacia el Este a la calle Bahía Blanca (actual Intendente Manuel Castellár), fue nombrada como General Juan Lavalle en reconocimiento al pueblo bonaerense homónimo ubicado sobre la Bahía de Samborombón. Empero el principal homenaje se realizó a la figura del emblemático y bizarro militar.
Es importante aclarar que en la actualidad la primera calle que sigue el ondeante camino del arroyo es la que conocemos como Avenida Cacique Cipriano Catriel. Empero, por aquellos años, no se hallaba correctamente trazada ni poseía una denominación "oficial", siendo, en consecuencia, La Rioja (hoy Comandante Franco) la primera, Jujuy la segunda y, tras una sucesión de varias calles, la General Lavalle ocupaba el decimonoveno lugar desde el Arroyo Azul.
Como dato sobresaliente, a través de la Ordenanza 358 del 3 de abril de 1888 (sancionada el 6 del mismo mes por el intendente Oubiñas), se define a la traza urbana como los terrenos comprendidos por las calles General Mitre (actual Malvinas), la Ribera, General Paz y Coronel Pringles. En otras palabras, más allá de la costumbre popular, en dicha Ordenanza aparece mencionada por primera vez "la Ribera", la cual comenzará a ser pensada por los azuleños como paseo público.
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El pueblo de General Lavalle
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El 20 de diciembre de 1839, el gobernador Juan Manuel de Rosas, por decreto, creó el partido de "Rincón de Ajó" (Rincón del Tuyú o de Ajó, en lengua indígena, significaba: "tierra barrosa" o "barro blando"), merced al desmembramiento del Partido de Monsalvo, por el hecho de haber participado sus pobladores en la revolución contra su gobierno.
Años más tarde, se hizo un trabajo de mensura que el Departamento Topográfico aprobó y, entonces, una comisión vecinal propuso el nombre de General Lavalle, para inmortalizar al héroe de Riobamba, que tanto apoyo le diera en su momento a los Libres del Sur.
Por ley se declaró que, a partir del 8 de febrero de 1864, el pueblo lleve el nombre de General Lavalle. Finalmente, el 22 de octubre de 1891 se cambió la denominación del partido de Ajó por el homónimo de su cabecera.
El estratégico lugar de su puerto, (en la Bahía de Samborombón), motivó grandes embarques de frutos de todo el país y el funcionamiento de saladeros de carne, que dieron un considerable impulso al nuevo pueblo, pero cuando la actividad decayó, poco tiempo después disminuyó la población, la cual en la actualidad está mayormente dispersa en la zona rural.
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La fiera aguerrida…
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Juan Galo de La Valle nació el 17 de octubre de 1797, en Buenos Aires. Fue el quinto hijo de María Mercedes González Bordallo y del peruano Manuel José de La Valle, descendiente directo por parte de su abuela paterna de Hernán Cortés, conquistador de México, y por parte de su abuelo paterno de una familia francesa, condes de La Vallée.
En 1799, los De La Valle se trasladaron a Santiago de Chile mientras el padre de familia continuaba oficiando como contador general de las Rentas y el Tabaco del Virreinato del Río de la Plata. Ocho años después volvieron a Buenos Aires en los albores revolucionarios, donde Juan cursó sus estudios primarios y secundarios.
Con apenas 15 años, ingresó como cadete en el Regimiento de Granaderos a Caballo, momento en el cual cambió su apellido a "Lavalle" como forma simplificada del real, para desprenderlo de su origen europeo, algo muy común entre los jóvenes patriotas de la época.
En 1813 fue ascendido a teniente y al año siguiente pasó al ejército que sitió por segunda vez Montevideo, bajo las órdenes de Alvear. Luchó al servicio del Directorio (unitario) contra el líder federal José Gervasio Artigas en 1815 y al mando de Manuel Dorrego combatió en la batalla de Guayabos.
Cuando los espíritus independentistas invadían estas tierras, Lavalle pasó a Mendoza para integrarse al Ejército de los Andes bajo el mando del general José de San Martín.
Cruzó los Andes hacia Chile y acompañó al mayor Antonio Arcos en la victoria de Achupallas. En el país trasandino tuvo un papel notable en las batallas de Chacabuco y Maipú, volviendo más tarde a Mendoza, donde se comprometió en 1819 con la joven María de los Dolores Correas.
En 1820 intervino en la campaña al Perú, y a las órdenes del general Juan Antonio Álvarez de Arenales participó en la primera campaña de la Sierra, teniendo destacada actuación en la batalla de Cerro de Pasco. Luego de ésta tomó prisionero al entonces coronel Andrés de Santa Cruz. Inmediatamente después hizo la campaña al Ecuador, destacándose en la Batalla de Riobamba, por lo que desde entonces sería conocido como el "León de Riobamba". Tuvo también relevante participación en la batalla de Pichincha, que aseguró la independencia de ese país.
Participó en la campaña de "Puertos Intermedios" a las órdenes de Rudecindo Alvarado, la que terminaría con consecuencias desastrosas. Todo el ejército tuvo que ser reembarcado, y hubiese sido masacrado en la operación si no fuera por las cargas de caballería con que Lavalle protegió la maniobra. En el viaje de vuelta su buque naufragó, empero lograron llegar a la costa.
Fue ascendido a coronel tras su regreso a Lima, y por entonces Simón Bolívar aseguró que "el comandante Lavalle es un león al cual es preciso tener enjaulado para soltarlo el día de la pelea". Tal vez precisamente por la acertada observación de Bolívar, posteriormente se suscitaron múltiples desavenencias entre ellos.
Se embarcó hacia Chile y regresó a Mendoza, donde se casó el 20 de abril de 1824 con su prometida María de los Dolores, con quien tuvo cuatro hijos: Manuel Augusto, Dolores, Josefina Hortensia y Juan Bernabé.
Al mismo tiempo, el partido unitario lo puso al mando de una revolución contra el general José Albino Gutiérrez, que gobernaba esa provincia con apoyo del partido federal. Fue Gobernador interino por seis días, el tiempo que le tomó organizar una elección de dudosa legitimidad, en que fue electo como nueva autoridad Juan de Dios Correas, su suegro.
Regresó a Buenos Aires, donde fue puesto al mando de una expedición hacia el sur de la misma Provincia; su compañero de ruta fue Juan Manuel de Rosas...
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Lavalle en la zona del Azul
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El gobierno bonaerense del general Juan Gregorio de Las Heras designó una "comisión encargada de la demarcación de la línea de frontera", mediante un decreto del 31 de octubre de 1825. El plan, delineado por el ministro Bernardino Rivadavia, comprendía el "establecimiento de una línea de frontera que le precavía de las invasiones de los bárbaros, asegura la propiedad de los hacendados y haga efectivos los progresos en la riqueza de la Provincia".
La comisión que encabezaban los coroneles Juan Lavalle y Juan Manuel de Rosas, y el ingeniero Felipe Senillosa, contaba entre sus integrantes con don Pedro Burgos, quien en algunos años se convertiría en el fundador del Fuerte San Serapio Mártir del Arroyo Azul.
Las funciones de la Comisión eran examinar el espacio existente desde la cabecera de la Sierra del Volcán hacia el mar, hasta la horqueta que hacen los arroyos Las Flores y Vallimanca reconociendo hasta el sur del boquete del Tandil y de ser posible hasta Quequén.
La Comisión presentó su memoria descriptiva el 25 de enero de 1826, conteniendo un buen acopio de datos geográficos e informaciones sobre los campos.
Dentro del amplio y rico informe presentado, destacan que los días 6, 7 y 8 de enero de 1826 "…permanecimos en la margen del Arroyo Azul, ocupados en redactar el diario, y arreglar los borradores de los planos y croquis de las marchas…".
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Un camino Unitario
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A su regreso, Lavalle fue incorporado a la guerra del Brasil, como jefe del regimiento de coraceros; hizo la campaña sobre Río Grande do Sul y venció en los combates de Bacacay (abatiendo una columna de 1.200 hombres con fuerzas menores) y Ombú. Unos días más tarde, utilizando una arriesgada maniobra, logró una parte importante de la victoria en la batalla de Ituzaingó, de febrero de 1827, arrollando a las fuerzas del general brasileño Abreu, y ganando su ascenso a general. Luchó también en el combate de Camacuá, en el que fue herido en un brazo.
La herida le permitió una breve licencia en Buenos Aires, donde tomó contacto con los líderes del Partido Unitario, que lo convencieron de unirse a ellos para derrocar al gobernador Manuel Dorrego. Tanto los líderes unitarios como Lavalle, de ideas liberales, detestaban a Dorrego, por la tendencia de éste a favor de las clases populares.
Regresó a Uruguay, hasta que, firmada la paz con el Imperio del Brasil, llevó el ejército a Buenos Aires. Los oficiales de esta fuerza estaban molestos con Dorrego por haber firmado una paz desventajosa, olvidando que habían sido la actitud del ministro de Rivadavia, Manuel José García, y las presiones inglesas las que habían forzado a Dorrego a aceptar la independencia de Uruguay. Los mismos unitarios que habían iniciado el camino hacia ese desenlace culpaban al gobernador por las consecuencias de sus decisiones.
Lavalle fue invitado por Julián Segundo de Agüero, Salvador María del Carril y otras figuras del Partido Unitario a ponerse al frente de una revolución contra el Gobernador. Entre las cosas que se acordaron, estaba la muerte de Dorrego si se resistía. El 1 de diciembre de 1828, Juan Lavalle derrocó al Gobernador, que se retiró hacia el interior de la provincia, y se hizo elegir gobernador por una asamblea de partidarios en el atrio de una iglesia. Aclararon que no era una revolución, sino la recuperación de sus derechos por el pueblo.
Disolvió la legislatura, reemplazándola por un consejo consultivo de notables, y desterró a los federales más reconocidos, como Juan Ramón Balcarce, Enrique Martínez y Tomás de Anchorena, entre otros.
Dorrego se unió al general Juan Manuel de Rosas y trató de defenderse…
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El fusilamiento de Manuel Borrego
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El 9 de diciembre, en los campos de Navarro, Dorrego y sus tropas intentaron recuperar el poder, pero no pudieron lograrlo debido a la superioridad y el armamento de las fuerzas del general Juan Lavalle.
Al atardecer del día siguiente, Dorrego llegó a Salto Argentino y creyéndose a salvo decidió descansar en la estancia de su hermano Luis, lugar donde también se encontraba acampando el Regimiento N° 5 de Húsares, comandado por el coronel Ángel Pacheco, quien estaba dispuesto a ayudarlo. Sin embargo, su segundo Jefe, el comandante Bernardino Escribano, obedeció la orden de detención y tomó prisioneros a Manuel Dorrego, a su hermano Luis y a su jefe directo, Pacheco.
Bien custodiados, los tres detenidos fueron encaminados hacia Buenos Aires.
Al anoticiarse que el comandante Escribano lo conducía a la ciudad, Lavalle despachó inmediatamente al coronel Federico Rauch con una buena escolta para que se hiciera cargo del preso y lo condujese al campamento. El sólo hecho de haber dado esa comisión al coronel Rauch ya era una crueldad exquisita de su parte, pues conocía bien a este oficial, como conocía también la enemistad mortal con que miraba a Dorrego.
En las cercanías de Cañada de Giles, la comitiva fue interceptada por el coronel Rauch, quien liberó a Luis Dorrego y a Pacheco haciéndolos seguir viaje hacia Buenos Aires. A Manuel Dorrego lo condujo detenido a otro lugar.
Los viejos amigos -pues al fin y al cabo, en tiempos de Rivadavia, Rauch y Dorrego habían marchado juntos en el desafío de "asegurar y de extender nuestras fronteras respecto de los indios salvajes", y a ambos les fueron concedidas tierras en enfiteusis, erigiéndolos en los primeros dueños de la zona que hoy ocupa la ciudad de Junín-, volvieron a encontrarse plenamente enemistados por antiguos rencores.
Varios personajes destacados de la época le escribieron a Lavalle, sobresaliendo las cartas de Salvador María Del Carril y Juan Cruz Varela, que reclamaban la cabeza de Dorrego. La misiva de Del Carril fechada el 12 de diciembre de 1828 decía, entre otras cosas: "...La prisión del general Dorrego es una circunstancia desagradable, lo conozco; ella lo pone a usted en un conflicto difícil. La disimulación en este caso después de ser injuriosa será perfectamente inútil al objeto que me propongo. Hablo del fusilamiento de Dorrego. Hemos estado de acuerdo en ello antes de ahora. Ha llegado el momento de ejecutarlo. Prescindamos del corazón en este caso. La Ley es que una revolución es un juego de azar, en la que se gana la vida de los vencidos cuando se cree necesario disponer de ella. Haciendo la aplicación de este principio, de una evidencia práctica, la cuestión me parece de fácil resolución. Si usted, General, la aborda así, a sangre fría, la decide; si no, yo habré importunado a usted; habré escrito inútilmente, y lo que es más sensible, habrá usted perdido la ocasión de cortar la primera cabeza de la hidra, y no cortará usted las restantes. Nada queda en la República para un hombre de corazón."
Dorrego vio el amanecer del 13 de diciembre cautivo en Navarro. Su vida estaba sujeta a la decisión de Lavalle, quien se había instalado en la cercana estancia El Talar.
Poco después del mediodía, el mayor Juan Elías, responsable de la vigilancia y cuidado del detenido, fue notificado que debía transportar a Dorrego hasta la estancia donde Lavalle había montado su campamento.
El Gobernador capturado llegó a El Talar con el sol recalentando la tierra.
Martín Rodríguez (quien en 1823 fundó el Fuerte Independencia, núcleo inicial de Tandil) y Federico Rauch, fueron, aparentemente, quienes más influyeron en el ánimo del general Lavalle, pues aunque era soberbio, orgulloso y despiadado, cuando tuvo preso a Dorrego dudó mucho en quitarle la vida. Empero prosiguió porque el coronel Rauch lo incitó diciéndole que si no lo fusilaba, él mismo lo iba a degollar; cuyo consejo apuró el brigadier Rodríguez expresándose de que no trepidase en hacerlo, porque era perjudicial y revoltoso, y de salvarlo, en cualquier momento podría vengarse.
La orden de Juan Lavalle fue tajante.
Dorrego redactó misivas para su esposa, sus dos hijas y algunos amigos.
En el patíbulo intercambió su chaqueta militar con Gregorio Aráoz de Lamadrid, quien era su enemigo político aunque al mismo tiempo su compadre.
Con coraje, Manuel Dorrego ofrendó su vida al pelotón de fusilamiento en una funesta y abrasadora siesta de diciembre.
El fusilamiento de Dorrego pesó por el resto de sus días en la conciencia de Lavalle, más allá de que su arrogancia e ímpetu lo mostraban como imperturbable. A tal punto que el general expresó un juramento (1839) que no logró cumplir: "Si algún día volvemos a Buenos Aires, juro sobre mi espada y por mi honor de soldado, que haré un acto de profunda expiación: rodearé de respeto y consideración a la viuda y los huérfanos del Coronel Dorrego".
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La ofensa del general San Martín
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Como Rosas se había refugiado en Santa Fe, Lavalle decidió invadirla, mientras enviaba refuerzos a luchar contra varios caudillos menores en el sur de Buenos Aires. La campaña resultó insólitamente sanguinaria, con más de mil muertos.
Lavalle nombró al general José María Paz como ministro de guerra, pero éste prefirió llevar su división del ejército a Córdoba, donde la utilizaría para derrocar al gobernador Juan Bautista Bustos. El ejército de Lavalle tuvo que retroceder por haberse quedado sin caballos, alcanzado y derrotado finalmente por Estanislao López y Juan Manuel de Rosas en la batalla de Puente de Márquez. Rosas y los federales sitiaron la ciudad.
Sobre sus dotes como soldado, alguna vez José de San Martín se expresó: "lo que Lavalle haga como valiente muy raro será el que lo imite, y el que lo exceda, ninguno". Valiéndose de éstos elogiosos conceptos, Lavalle intentó convencer al General -que había regresado al país-, de que asumiera el gobierno de la Provincia. Pero éste, en una nota que entregó a sus emisarios, le contestó: "…los medios que me han propuesto no me parece tendrán las consecuencias que usted se propone…". Y le sugirió rendirse a López y Rosas: "Una sola víctima que pueda economizar al país le será de un consuelo inalterable…". Indignado por la guerra civil que Lavalle había provocado, San Martín prefirió volver al exilio.
Sin otra salida, Lavalle se dirigió al cuartel general de Rosas. A la mañana siguiente, Lavalle y Rosas firmaron la Convención de Cañuelas, que estipulaba que se llamaría a elecciones, en la que se presentaría una lista de unidad entre federales y unitarios. No obstante lo acordado, el general Alvear se presentó con una lista unitaria autónoma, con la que venció a la de unidad a costa de un escandaloso fraude y 43 muertos.
Ante el reclamo de Rosas, Lavalle anuló las elecciones y poco después ambos firmaron el Pacto de Barracas, por el que el gobierno pasaba al general Juan José Viamonte, que asumió el 26 de agosto. Poco después, Lavalle se retiró a Uruguay y en diciembre Rosas asumió como gobernador de la provincia de Buenos Aires.
Al año siguiente, Lavalle se unió al general Ricardo López Jordán en una invasión a la provincia de Entre Ríos. En un principio tuvieron éxito, pero López Jordán asumió el gobierno y se pronunció por los federales; ante el inesperado giro, Lavalle regresó a Uruguay. Realizó un nuevo intento de ocupación al año siguiente, pero ni siquiera llegó a entrar en la provincia.
Vivió en Colonia hasta 1838, año en que se unió al general uruguayo Fructuoso Rivera en la revolución contra el presidente Manuel Oribe. Fue el responsable de la victoria en la batalla de Palmar, que provocó la caída de Oribe, forzándolo a exiliarse en Buenos Aires.
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El comienzo del ocaso
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A pesar de haberse pronunciado varias veces en oposición a la intervención de Francia en contra de Rosas, en 1839 se puso al frente de un grupo de oficiales que se instaló en la isla Martín García, bajo protección francesa. Con una amplia alianza a su favor en contra de Rosas, Lavalle debió elegir entre llevar la guerra a Buenos Aires o hacia el norte. A pesar de que estalló una revolución que contaba con él en el sur de Buenos Aires, decidió por el contrario invadir Entre Ríos. Poco después, la revolución de los Libres del Sur era destruida en la batalla de Chascomús.
Acompañado por varios jefes prestigiosos, entre los cuales se contaba su jefe de estado mayor, Martiniano Chilavert, desembarcó en Entre Ríos y venció al coronel Zapata en la batalla de Yeruá. Embebido de poder arengó al pueblo creyendo que había comenzado el momento de su anhelada revancha. Sin embargo, quedó en evidencia su sorpresa ante la indiferencia de los entrerrianos.
Molesto por lo acontecido, se trasladó a Corrientes, donde su gobernador Pedro Ferré lo nombró comandante del Ejército Provincial. Organizó sus fuerzas en forma de montoneras informes, sin disciplina ni preparación, unidas solamente por el prestigio de su jefe. Tal decisión le valió la desconfianza de los federales, y varias discusiones con los otros jefes unitarios.
En febrero de 1840 invadió Entre Ríos y enfrentó al gobernador Pascual Echagüe en dos batallas: en Don Cristóbal resultó vencedor, pero no logró destruir el ejército enemigo; en la batalla de Sauce Grande fue derrotado, pero esta vez fue Echagüe quien lo dejó escapar. Se embarcó en la flota francesa, con la que se trasladó a la provincia de Buenos Aires, desembarcando en San Pedro.
Obtuvo el apoyo de algunos estancieros unitarios, pero pronto fue cercado por las fuerzas federales. Tras lograr algunos éxitos menores, que le hicieron ganar tiempo, acampó cerca de la Capital, esperando el pronunciamiento popular en su favor. Pero el recuerdo del asesinato de Dorrego provocaba el rechazo de las poblaciones que se suponía deberían haberlo apoyado. Tras varias semanas de inacción, en las que el ejército de Rosas se fortaleció enormemente, retrocedió buscando enfrentar al gobernador de Santa Fe, Juan Pablo López; éste se hizo perseguir de cerca, llevándolo cada vez más lejos de Buenos Aires.
Ocupó la ciudad de Santa Fe, donde tomó prisionero al general Eugenio Garzón. Allí perdió la mayor parte de sus caballos, y también se enteró de que los franceses habían llegado a un acuerdo con Rosas. Es por esto que decidió llevar la guerra al interior del país, donde la Coalición del Norte controlaba seis provincias opositoras a Rosas. Acordó con el general Juan Gregorio Aráoz de Lamadrid (quien ocupaba Córdoba), que se encontrarían en el límite entre las dos provincias, y partió hacia allí.
Al mando del ejército federal quedó el ex presidente oriental Oribe, que lo persiguió de tal forma que no pudo unirse a Lamadrid en fecha, viéndose a su vez impedido de dar aviso sobre su retraso. La desinteligencia fue fatal y Lavalle resultó derrotado por Oribe en la batalla de Quebracho Herrado, el 28 de noviembre de 1840.
Lavalle y Lamadrid se retiraron hacia el norte, tiempo durante el cual el segundo organizaba un nuevo ejército en su provincia, para lo que Lavalle entretuvo a Oribe montando una campaña de distracción en la provincia de La Rioja; mientras tanto, sus seguidores Mariano Acha y José María Vilela fueron derrotados en Machigasta y San Cala. Desde La Rioja regresó a Tucumán, dejando a Lamadrid la responsabilidad de llevar una campaña a Cuyo.
Al frente de 1.500 hombres enfrentó a los 2.500 de Oribe en la batalla de Famaillá, la que resultó en una derrota para el ejército unitario y significó el fin de la Coalición del Norte. Si bien nunca lo supo, pocos días después Lamadrid y sus tropas fueron destrozados en la batalla de Rodeo del Medio, en Mendoza.
Sin demasiadas alternativas, Lavalle huyó a Salta, donde pensaba entablar una resistencia de guerrillas; pero los correntinos que había traído sin permiso de Ferré lo abandonaron y regresaron a su provincia…
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La muerte de Lavalle
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Juan Lavalle buscaba escapar de la persecución de Manuel Oribe, jefe de las tropas federales, quien esperaba pronto poder ajusticiarlo. Con la esperanza de advertirles a las autoridades salteñas sobre la inminente irrupción del enemigo, mandó a su Edecán. Sin embargo, fue tarde, pues la ciudad ya estaba tomada. Entonces, se estableció con los doscientos hombres que quedaban de su diezmado ejército en las afueras de San Salvador de Jujuy. A orillas del río, en Los Tapiales de Castañeda, los soldados levantaron las carpas.
Un mensajero le informó a Lavalle que la casa que ocupaba el doctor Bedoya, su representante en el gobierno de la provincia, estaba deshabitada y que allí podría descansar sin sobresaltos. En ella, se ubicó con su secretario Juan Frías, con su edecán, el comandante Pedro Lacasa, el teniente Celedonio Álvarez y ocho hombres de la escolta. En la última habitación de la casa, Lavalle descansó como pudo. Lo acompañó Damasita Boedo, una jovencita veinteañera de la que se había enamorado en Salta, la cual "se dejó llevar" por el ímpetu y la estampa del General.
Cuando comenzó a clarear, un grupo de hombres se acercó a la vieja casona. El centinela alzó la voz y alertó al resto de la guardia y Lacasa corrió a despertar a Lavalle.
Considerando el número de personas que se acercaron a la vivienda, que no eran más de veinte, Lavalle le pidió a su Edecán que ordene preparar los caballos para "abrirse paso". Lacasa cumplió.
Aunque Lavalle escuchó disparos afuera, se mantuvo al resguardo de la habitación. Empero para su desgracia un proyectil disparado desde vaya uno a saber qué tercerola (arma de fuego más corta que la carabina, usada por la caballería), ingresó en la habitación sin curso determinado. Algunos afirmaron que la casualidad condujo a la bala por el ojo de la cerradura; otros sentenciaron que el proyectil entró por la puerta entreabierta o una ventana. Lo cierto es que la bala atravesó el cuello de Juan Galo Lavalle quien se desplomó agonizante. Pocos minutos después, aquella mañana del 9 de octubre de 1841, el General tantas veces vencedor, murió ahogado en su propia sangre.
Algún tiempo después se le atribuyó el disparo al soldado José Bracho, pero las circunstancias nunca quedaron en claro.
Damasita lloró larga y angustiosamente junto al cadáver de su amante…
La partida se alejó sin saber que tras aquella puerta había caído el más bravo de los generales, el hombre al que buscaban y que creyeron que galopaba hacia otros pagos. Este desconcierto del enemigo le permitió a la custodia recoger el cadáver y llevarlo hasta donde estaba el resto de la tropa. Sin pausa, partieron con el propósito de evitar que cayera en manos de los partidarios de Juan Manuel de Rosas.
Enterados los federales que habían matado a Lavalle (por casualidades del destino) ordenaron la búsqueda del cuerpo para decapitarlo y exhibir su cabeza en una pica. Pero los unitarios habían logrado huir con el cadáver de su líder, cubierto con una bandera argentina y un poncho; escaparon hacia el norte, a través de la Quebrada de Humahuaca, rumbo a Bolivia.
Sus restos fueron velados en una casa de Tilcara y en Huacalera.
A orillas de un arroyo, ante el avanzado estado de descomposición del cuerpo debieron descarnarlo; envolvieron las partes blandas en una bolsa de cuero y las enterraron cerca de la Capilla de la Inmaculada Concepción. El corazón fue colocado en un recipiente con aguardiente, sus huesos lavados y puestos en una caja con arena seca, y su cabeza guardada en un recipiente con miel para facilitar su manejo y posterior escondite de los federales. Los restos fueron llevados a Potosí, donde fueron recibidos con grandes honores por el Gobierno boliviano, y finalmente inhumados en la Catedral.
Como dato curioso cabe destacar que, dentro de los militares que escoltaron los despojos del general Juan Lavalle hasta Bolivia se hallaba el capitán Saturnino López, quien algunos años después será uno de los Hermanos fundadores de la Logia masónica "Estrella del Sud N° 25" del Azul.
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Un intento fallido
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En el año 1953, el intendente de Azul, Ernesto María Malére, pretendió modificar radicalmente la denominación de las calles utilizando un sistema numérico arábigo. De esta manera, a través de la Ordenanza N°18 sancionada por el Concejo Deliberante el 8 de julio de aquél año y promulgada el día 11 del mismo mes, se enumeró del 1 al 59 a las calles paralelas a la Avenida Intendente Juan José Mujica (que le correspondía el 1) y del 60 en adelante desde la primera arteria paralela a la Ruta Nacional N° 3.
Según esta nueva denominación, a la calle General Juan Lavalle le correspondió el número 75. Sin embargo, como en otras oportunidades hemos aclarado, el sistema numérico no tuvo buena aceptación en la comunidad y aunque se podría decir que aún hoy convive con el sistema nominal -pues la Ordenanza nunca fue derogada-, ya nadie lo usa, quedando hecha la salvedad en cuanto a las calles que por nombre llevan un número desde entonces.
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Para culminar…
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En 1842, los restos de Juan Galo Lavalle fueron trasladados a Valparaíso, Chile, de donde se exhumaron en 1860, para ser traídos a la Argentina. El 31 de diciembre de ese año llegaron a Rosario y fueron trasladados a Buenos Aires. El 19 de enero de 1861 fueron inhumados en el Cementerio de la Recoleta, donde descansan, por esas ironías del destino, a metros de la tumba de Manuel Dorrego.
En un frasco de vidrio, olvidado sobre una polvorienta vitrina, el general Bartolomé Mitre conservó durante muchos años como una reliquia la bala que se había alojado en la garganta de Lavalle…
El próximo domingo nos ocuparemos de la Avenida La Plata, la cual, tras haber sido la calle que más nombres recibió a lo largo de su historia, culminó denominándose Avenida Monseñor César A. Cáneva.


Juan Galo Lavalle nació el 17 de octubre de 1797. Fue una personalidad destacada de la Guerra de Independencia de la Argentina y sudamericana, además de un avasallante líder militar y político que peleó aguerridamente para imponer sus ideales.


Manuel Dorrego fue depuesto de la Gobernación bonaerense por el general Lavalle, quien finalmente ordenó su fusilamiento. Su muerte fue una de las cargas más pesadas que debió sobrellevar en su conciencia el afamado General.


Juan Manuel de Rosas se enemistó abiertamente con el general Lavalle dado que sus intereses eran evidentemente contrapuestos. A pesar de "algunas etapas de paz" entre ambos, las mismas solo fueron la antesala del anunciado final.

AGRADECIMIENTOS Y FUENTES

Muchas gracias a Norma Iglesias por su incansable y enriquecedora guía por los senderos de la historia azuleña.
Muchas gracias a Emiliano Tuinstra por su desinteresada colaboración.
Gracias a Chelita, Yesica, Daniela y Alicia de la Biblioteca Pública "Monseñor César A. Cáneva".
Gracias a Stella Tumminaro del Honorable Concejo Deliberante de Azul.
Gracias a Alicia Medel y Norma Binzuña del Archivo Municipal de Azul.
Hemeroteca de Azul "Juan Miguel Oyhanarte".
Digesto Municipal (1856 - 1890). Municipalidad de Azul.
Marcelo Moyano. "Juan Lavalle. Una biografía". (2013). Ediciones Fabro.
Patricia Pasquali. "Juan Lavalle. Un guerrero en tiempos de revolución y dictadura". (1996). Planeta. Bs. As.
Alberto Sarramone. "Historia del antiguo pago del Azul". (1997). Biblos. Azul.

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El torneo de Primera División, organizado por la Liga de Fútbol de Azul, afrontará mañana una jornada decisiva con la disputa de la duodécima fecha. La programación se adelantó por el Día de la Madre y tendrá varios encuentros importantes, tanto en la pelea por el liderazgo como en la lucha por ingresar a los cuartos de final.

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