27 de junio de 2021

ARCHIVOS DISIDENTES DE LA CIUDAD DE AZUL

ARCHIVOS DISIDENTES DE LA CIUDAD DE AZUL. "Memorias sinvergüenzas": Ese sábado en el parque

APOCA, la agrupación que organizó la primera marcha del orgullo en la historia de Azul realizada en enero de este año, publicará en EL TIEMPO una serie de textos relacionados con el mes del orgullo, impulsado por distintas organizaciones del colectivo LGBTTTIQPNB+ a nivel global. "Traemos testimonios históricos, contemporáneos e, incluso, futuros, hechos por las personas que formamos el colectivo". Hoy escribe, Federico Minervini.

Por Federico Minervini

Era sábado a la tarde, el invierno estaba terminando en Azul. Un amigo me llamó por teléfono, me preguntó si tenía un momento. Quería que habláramos. Me resultó raro porque recién venía de su casa, adonde habíamos estado tomando mate entre amigues. (...) A los minutos escuché la bocina del auto verde de su mamá. Llegamos al parque riendo y hablando pavadas. Detuvo el auto en una de las callecitas. Hacía mucho frío, así que nos quedamos adentro, empañando las ventanillas con nuestras palabras. El parque tenía su gama de marrones, los colores de cuando mueren las hojas viejas para crujir secas, a pisotones, en las veredas. La luz del sol que se filtraba entre las copas de los árboles hizo en el parabrisas rayos amarillos, sonaron las piedritas de la calle raspando, afirmándose como para dar un paso.

El paso. Se hizo un silencio largo y mi amigo empezó a hablar. Pero después de aquel silencio, las palabras sobraban, yo solo quería verle la cara, mirarlo de frente, estar. Quería que supiera de la alegría que se me salía del cuerpo por los ojos. Ya sabía lo que me iba a decir, había llegado el momento de compartirlo. Nosotros, que nos habíamos conocido en el jardín de infantes y podíamos decirnos en silencio casi todo. Veinte años después, veintiuno para ser exactos, de aquel acto de egresados, donde bailó de celeste como el rey del jardín, junto a la reina de rosa. Un peculiar acto que nunca olvidamos aunque teníamos cinco, que cerró con un ritual binario.

"Igual que vos", esas palabras, y otras más que quedaron ahí entre nosotros y el canto de los pájaros. Una sonrisa gigante de alivio, que hizo demorar el sol que ya estaba bajando. Después una caricia indeleble, desde esa tarde hasta siempre: "Te quiero agradecer, porque siempre lo viviste y lo dijiste con orgullo. Eso me ayudó. Fue lo que me hizo pensar en la posibilidad de asumirlo". Sus palabras correctas de abogado y el abrazo que nos dimos sobre el freno de mano.

Esa tarde me cambió la vida para siempre. Descubrí que tenía un hermano de sangre tan cerca de mí, tan humano como yo, y que juntos podíamos sanar ese pasado que no nos habíamos abierto a compartir. Nuestra adolescencia había sido en un mundo que ya no existe, donde no encontramos referencias para nuestro sentir disidente. Lo que había eran burlas, señalamientos, chistes odiantes, bromas en la televisión; ridiculizaciones de una forma de sentir y entender el mundo, de habitarlo. Ideas medievales, como cuando empecé a ir al psicólogo y un conocido difundió la versión de que yo tenía problemas "...porque no me asumía". No importaban las parejas que había tenido, ni sentirlo como mi forma de amar y estar tranquilo con eso. Asumir era ir y confesarlo. Ese ritual que con años de lucha fuimos derribando. La violencia de tener que aclararlo, en vez de simplemente elegir o no confiarlo.

Esa tarde del auto pude perdonarme odiar, pude perdonar a ese "conocido" y su ignorancia. Con mi amigo, como siempre cantamos "no mirar con rencor el pasado" (o "Don't look back in anger"), mientras el cielo se apagaba. El horizonte teñido de rojo.

Después de tantos años de relación, nuestra intimidad se profundizó. Pareció posible recuperar el tiempo perdido, descubrirnos, abrirnos, sentirnos y contar el uno con el otro. Me hizo sentir que los resabios de aquella vergüenza impuesta de chicos, desaparecía en nuestra confianza íntima. Me sentí menos solo que nunca desde ese día, aquellos años.

Tiempo después, cenábamos juntos por última vez. Fue la noche en la que le pregunté qué había sentido en su primer beso; qué se sentía ser él, habitar su cuerpo. Qué había hecho en él que surgiera el deseo. No lo pregunté porque necesitara confirmar algo, sino porque sabía que esa era la última vez que hablaríamos cara a cara, que aunque no lo dijéramos esa era nuestra despedida. Se sentía convencido de sus sentimientos, de sí mismo, y me regaló sus palabras ese sábado en el parque, para enseñarme que ambos éramos parte de algo mucho más grande que nosotros mismos y que nuestro orgullo no solo era posible, sino que además fue vital para que pudiera transitar el deseo sus últimos años de vida.

Este verano, en la misma ciudad, me acerqué a APOCA, una agrupación militante tan necesaria en Azul. Debatimos, organizamos y, finalmente, marchamos. Bailando, cantando, y proclamando, por las calles del centro, nuestra fiesta de ser y de vivir; nuestras formas de amar y transitar el deseo con libertad. Durante la marcha, sentí a mi amigo todo el tiempo a mi lado, con su vozarrón al viento agitando las manos, mezclando colores y personas, como una misma bandera llena de letras que nos nombran para que existamos, fundiendo en el arcoíris, el celeste y el rosa. Tan distinta al binarismo esa manada diversa, inolvidable, histórica, gloriosa.

Marchamos, porque nos sentimos orgullosas, orgulloses, orgullosxs, y porque no queremos para nadie ese silencio de guardarse dentro el propio sentir. El orgullo fue, y es, la respuesta necesaria para narrarnos de otra manera, frente a una sociedad que nos interroga y nos señala con la gorra puesta. Asumir ese lugar que nos define, para nosotres, para otres, para todes; les que vienen, les que somos y les que están por ahí todavía ocultes, como células disgregadas, sintiéndose solas, aisladas.

Hay tantes niñes que van a nacer con una ala rota, y nosotres queremos que vuelen, que nuestra revolución les dé un pedazo de cielo abierto para que puedan volar.

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