29 de julio de 2019
Por Moira Goldenhörn (*)
La historia se escribe andando, la memoria se construye viviendo. Y el movimiento de mujeres vive dinámicamente, andando su largo camino con siglos de experiencias a las que se siguen sumando desafíos y aprendizajes.
Es por ello que, movilizando ese dinamismo, aparecen nuevas manifestaciones y sobre todo en el plano político, que es donde las mujeres exigimos visibilidad desde la aparición de las sufragistas, pero sobre todo a partir de la segunda mitad del Siglo XX cuando fuimos habilitadas a votar y consideradas sujetas de los derechos humanos.
Fue en esos años cuando, al sostener que “lo personal es político”, pusimos de manifiesto la función económica fundamental de las mujeres a través de la gratuidad en las tareas de cuidados de personas y del hogar. Así, se visibilizó la alianza entre el capitalismo y patriarcado, que saca provecho de la explotación económica de las mujeres, nuestra sumisión jurídica y silenciamiento político. Esta toma de conciencia se la debemos al llamado Feminismo Radical, o “RadFem”, denominado así por poner de manifiesto la raíz del sistema de sumisión, opresión y explotación de los cuerpos de las mujeres en provecho de los hombres y sus privilegios, fundamentalmente mediante la maternidad forzada, la prostitución y la gratuidad de las tareas hogareñas que, por estar obligadas enteramente las mujeres a su realización, impedían el accedeso femenino a empleos pagos y, consecuentemente, el logro de la independencia económica.
Si bien ese feminismo radical puso en claro el tema económico en escala sistémica, algunas de sus teóricas, sobre todo en Estados Unidos, denunciaron la existencia de ciertos agravantes de ese pacto social entre varones, comenzando a hacerse visible lo que en la actualidad llamamos “interseccionalidad”; que son las otras relaciones de poder que, superpuestas a la cuestión de sexo y género, oprimen a algunas personas. Así surge el feminismo radical negro, el BlackFem, evidenciando al patriar-capitalismo también como racializante, por comproar que las mujeres y niñas negras padecían un peor trato que las blancas aunque ambas fueran pobres.
Con el correr del tiempo, respirando el aire de libertad que trajo la caída del régimen franquista con el “destape español” y el cine “picaresco” nacional, la irrupción de la globalización -y con ella “el fin de las ideologías”- dio lugar a la exhibición comercial del cuerpo de las mujeres en pos del supuesto ejercicio de la libertad sexual. Así comenzó el auge mediático de la competencia y la libertad de mercado aplicada al cuerpo de las mujeres, de la mano de la prostitución cuentapropista televisada. Al hacer uso individual de la libre competencia capitalista, se fueron disolviendo los vínculos feministas comunitarios entre mujeres y tomando fuerza el Feminismo Liberal, que planteaba desde su discurso el empoderamiento de las mujeres mediante la auto-explotación del propio cuerpo sexuado femenino -y otros cuerpos feminizados- para la conquista de la autonomía y poder económico, pero siempre respondiendo a la exigencia patriarcal de estar la sexualidad femenina dispuesta en función del deseo y disfrute masculino.
Es en este tiempo cuando las mujeres trans comienzan a reclamar públicamente un trato de sujetas femeninas socialmente integradas para trascender el mandato fetichista que pesa aún sobre ellas y que las lleva a una muerte temprana, como a la mayoría de las mujeres en situación de prostitución o de trata. En esas circunstancias, toma relevancia en nuestro país la recordada Lohana Berkins quien, junto a Diana Sacayán luego, encienden el abolicionismo en nuestro país e impulsan, junto a otras que continúan la lucha, la ley de identidad de género que les permitirá a las mujeres trans ser legal y socialmente consideradas mujeres en el trato interpersonal. Así el Transfeminismo comienza sus pasos como aliadas incondicionales del movimiento de mujeres, que perduró hasta la recepción de la teoría queer al feminismo como factor hegmónico sustentado en la homogeneización y neutralización de los cuerpos sexuados.
En los últimos años se viene gestando un curioso fenómeno de la mano de la teoría queer, que, lejos de lograr la abolición del género propuesta por el feminismo radical -entre otros-, lo que produce al momento es un nuevo orden de relaciones patriarcales de poder, donde el nuevo sujeto universal es un pretendido neutro asexuado en reemplazo del clásico macho fálico, dando por tierra siglos de lucha feminista por la visibilidad de las mujeres desde nuestra diferencia sexual.
Es que justamente esa diferencia sexual femenina, el cuerpo sexuado de las mujeres, ha sido el origen de las experiencias vitales de sumisión, opresión y explotación presentes en los sentires y pensamiento feministas. Sin embargo, de la mano del incuestionable planteo de la diversidad sexual (premisa que las feministas hemos levantado desde el origen defendiendo a las lesbianas primero, luego al sector gay aliado y a las mujeres trans como colegas en la lucha), irrumpe cual caballo de Troya un nominalismo nihilista que, en el relativismo radical de la creación lingüística de la realidad, rompe hasta las premisas de universalidad de los Derechos Humanos proponiendo algunes teóriques la desafectación subjetiva del cuerpo femenino y la exclusión de procesos sexuados del amparo de los Derechos Humanos (lactancia materna y maternidad, entre otros).
En la legítima lucha contra la cis-hetero-normatividad patriarcal, el Queerness (para algunes, el QueerFem), propone ampliar el sujeto político no sólo del feminismo sino del mismo movimiento de mujeres a otras identidades de género no binarias, alter y autopercibidas como distintas de las “mujeres”, definiendo esa nueva identidad como un constructo político definido desde las preferencias en las relaciones sexoafectivas y la intervención corporal neutralizante o performativa de contrario género, entre otros estereotipos de género y clase. Y, en ese punto, se quiebra la organización del 34 Encuentro Nacional de Mujeres. Porque las sujetas políticas del movimiento de mujeres hemos sido siempre las mujeres, en toda nuestra diversidad existencial.
Como contracara al QueerFem, el EcoFeminismo y el Feminismo Comunitario proponen una vuelta al feminismo radical, buscando en la raíz originaria de los pueblos americanos para visibilizar a sus mujeres como antes lo hicieron las mujeres negras y revalorizando a las mujeres en su diferencia sexual como únicas sujetas políticas del movimiento de mujeres, con independencia de su orientación sexual en cuanto a preferencias e inclinaciones sexo-afectivas; a la vez que considera como culturalmente aceptada en algunos pueblos originarios la presencia de personas biológica y socialmente no binarias (intersex, travestis); a la ecología como un eje más y a la Tierra como a la Madre original quien también es sometida, violada, ultrajada y explotada.
Asimismo, los nuevos movimientos del feminismo radical resaltan la figura de la madre por elección, de la maternidad y la lactancia materna como funciones socialmente valorables que deben ser protegidas por los Derechos Humanos y las políticas públicas, promueven formas de crianza anticapitalista y protección ante los fenómenos de feminización de la pobreza, y, con firmeza, bregan por la inclusión de los hombres en los cuidados de les hijes y familiares entre otras tareas “de la esfera privada” con licencias por paternidad acordes y trabajos compatibles con las responsabilidades familiares.
Estos “nuevos” feminismos vuelven a alzar la bandera de la diferencia sexual como positiva, exigiendo equidad de trato y oportunidades para las mujeres. Y esto no ya como un deber ser uniformado a imitación de los hombres o de un sujeto teórico universal asexuado, sino basada en nuestra diferencia sexual como un hecho bueno y loable para, en lugar de esconder -en pos de una nueva hegemonía “neutra” invisibilizante de las mujeres- los procesos femeninos y callar las necesidades que desde ellos se generan, enaltecer a las mujeres en toda su diversidad existencial y sostener la equidad y buen trato en todos los ámbitos en que desarrollan sus relaciones interpersonales.
Mención aparte merece lo que se conoce como TERF (en inglés feminismo radical trans excluyente), que, malinterpretando la polisemia del término “radical” lo entiende como “extremo” y no “de la raíz”, propone excluir del feminismo y del movimiento de mujeres a mujeres con diferente biología, por más que la sociedad las considere mujeres y la ley también, sin hacer mención a la cuestión capitalista ni a la explotación económica del cuerpo femenino. Suele confundirse con los feminismos radicales de tradición pero sus postulados son muy diferentes.
Así las cosas, parece que por un lado camina el movimiento de mujeres y su larga historia, y por otro se va reescribiendo el feminismo como gran movimiento político donde lo común es la resistencia antipatriarcal e incluye otras voces no sólo de mujeres. Y desde esta óptica dual, también deberemos mencionar a los incipientes colectivos de varones antipatriarcales que comienzan a deconstruir los mandatos de masculinidad, rompiendo con sus pactos de socialización en la crueldad para el sometimiento de las mujeres.
La historia es dinámica, y así, con quiebres y continuidades, la estamos escribiendo entre todas, tod@s, todxs, todos y todes.
(*) Abogada, PG en Cultura y Comunicación
El torneo de Primera División, organizado por la Liga de Fútbol de Azul, afrontará mañana una jornada decisiva con la disputa de la duodécima fecha. La programación se adelantó por el Día de la Madre y tendrá varios encuentros importantes, tanto en la pelea por el liderazgo como en la lucha por ingresar a los cuartos de final.
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