18 de septiembre de 2016
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Mauricio Brown es heredero de una forma de vida que le transmitió su madre, Alicia Stickar, la fundadora del ballet en esta ciudad y en Mar del Plata. En la actualidad junto con su pareja, Cecilia Cornejo, este hombre procura mantener la impronta de su mamá en lo que tiene que ver con inculcar valores a sus alumnos (el respeto, la humildad, el buen compañerismo) más allá del arte en sí inspirado en polcas rusas, alemanas y ucranianas. Si bien el “Ballet de la Dulce Vida” representa a Azul en infinidad de fiestas populares dentro y fuera de la provincia de Buenos Aires, no existe aporte alguno por parte del Estado. Carecen de subsidios, no cuentan con viáticos oficiales (anoche se presentaban en Tandil) y hasta deben pagar para alquilar por el lugar donde realizan los ensayos. Eso sí; en cada presentación como “local” o fuera de la ciudad, el público los ovaciona de pie.
El “Ballet de la Dulce Vida” es mucho más que una escuela de baile. Es una “escuela” de la vida, donde además de la enseñanza del baile al ritmo de las polcas rusas, alemanas y ucranianas, se enseña a convivir y el respeto mutuo. En una compañía donde no hay “figuritas” ni “estrellas” se pretende despertar en los integrantes del ballet –tanto niños, adolescentes como adultos- la pasión sin dejar de disfrutar y divertirse. Los han aplaudido de pie en ciudades como Las Flores, Rauch, Mar del Plata, Olavarría, Coronel Suárez, Necochea, Tandil y la propia Ciudad Autónoma. Para conocer algo más sobre el pasado, presente y futuro de esta compañía este diario conversó con Cecilia Cornejo y Mauricio Brown, quien es hijo de Alicia Stickar, la fundadora del ballet en esta ciudad.
Corría el año 1990. Mauricio cursaba sus estudios secundarios en el ex Colegio Nacional cuando junto con el resto de su familia tuvieron que irse de Azul y radicarse en Mar del Plata. Hacia allá también se llevaron la pasión por el baile. Fue así que, en el año 1991, dieron inicio de una compañía de ballet que comenzó Alicia y actualmente continúa uno de los hermanos de Mauricio. En Mar del Plata, el grupo logró captar rápidamente la aceptación del público, llegando a participar de las temporadas de verano en “la feliz” y acceder a dos ternas para el premio Estrella de Mar a la mejor coreografía y mejor espectáculo marplatense. Mauricio reflexiona hoy que aquello “fue algo maravilloso”. “En Mar del Plata no había grupo de danzas rusas ni ucranianas ni colectividad”, agregó Brown.
Admitió que fue la añoranza, por sobre todas las cosas, lo que lo trajo 18 años después nuevamente por Azul. “Eran muy fuertes los recuerdos de la infancia (hizo primaria en la Escuela N° 2, el primer año del secundario en el ex Nacional y su domicilio estaba en calle Prat entre Colón y Rivadavia) y, además, me había cansado un poco de la inseguridad de Mar del Plata; arranqué de vuelta acá, solo, porque mi familia quedó toda en Mar del Plata y por esa pasión que uno trae volví a formar el ballet en 2008. Después la conocí a ella (Cecilia Cornejo), que bailaba en un ballet alemán de Olavarría”, indicó.
Al regreso por estos pagos, Mauricio reflotó la huella dejada por su madre. El prestigio era mucho; también las ganas de que uno de los herederos volviera a poner en escena al “Ballet de la Dulce Vida”. “Es muy meritorio lo que hizo mi madre en esos años; puso una semillita, hizo que germinara y hoy tenemos a esto en su mayor punto de explosión. Hoy en día, en Internet tenés todo, pero hay que tener en cuenta que en aquellos tiempos no había nada. Conseguir la música –folclore ucraniano- era toda una proeza. Hoy ponés Youtube y te aparece un millón de videos”, indicó.
Precisó que no era poca cosa hacer perdurar el nombre de la compañía, algo que para su familia tiene un significado especial. “Hace muchísimos años vino un productor que había visto el show y le encantó; le propuso a mamá ser el productor del ‘Ballet de la Dulce Vida’ y llevarlo por diferentes ciudades del país. Lo único que quería era que se le cambiara el nombre; que se le pusiera un nombre cortito, como más comercial. Venía la conversación sobre rieles pero cuando dijo eso, mamá lo sacó ‘carpiendo’ al hombre porque tiene un propósito el nombre (representa a la alegría, la unión, la paz) y eso no se negocia”, indicó Brown.
El trabajo con los adolescentes -
La tarea que emprenden los responsables del “Ballet de la Dulce Vida” tiene una trascendencia social que no se puede soslayar. No existe discriminación por edad ni sexo y se trabaja con un segmento etario que comúnmente tiene dificultades propias de su etapa, como la adolescencia. “Me sorprende es al adolescente, que en estos tiempos es difícil ‘atraparlo’, se quede. Más allá de mostrar el folclore tratamos que el chico se sienta bien, a gusto, que aprenda a compartir; que aprenda a vivir momentos maravillosos, momentos sanos; que aprenda a respetar y ser respetado. Quien ha presenciado algún ensayo o un espectáculo donde actuamos no escucha una sola mala palabra. Queremos el chico comprenda que todos son iguales, que a todos se les enseña el mismo baile y que se respeta el tiempo de aprendizaje de cada uno”, señaló y agregó: “Por supuesto que es muy atrapante el sistema de danza, el colorido de los trajes, la música. Sin la mujer no sería nada el bailarín, pero se destaca mucho el hombre por sus piruetas, sus saltos y acrobacias”.
Brown advirtió que, con excepción de dos o tres integrantes de la compañía, no hay descendientes de alemanes, rusos o ucranianos en el ballet. “Mayormente llegan al grupo luego de vernos bailar; llegan atrapados por lo que vieron en escena, los trajes, la música, el brillo de las chicas. Es una danza que tiene mucho de pirueta y eso a la gente la impacta; yo me crié con esto. Con mis hermanos varones heredamos los tres la misma pasión. En mi casa desde siempre se habló de baile y hoy en día sigue siendo así”, amplió.
En cada palabra, en cada gesto, en cada concepto, Brown desnuda su “fiebre” por la danza que mamó de muy chico. “El baile es parte de mi vida. No dejamos de hablar, de pensar y de invertir en baile. Todos los trajes del ballet son confeccionados por una modista que nosotros contratamos. Por el baile hemos dejado todo, y no me arrepiento de nada. Al contrario; le doy gracias a mi mamá por haberme inculcado esta pasión. Si volviera a nacer quisiera volver a recibir lo mismo que ella me inculcó”, afirmó.
Repasó que tiene muy fresco el recuerdo de su niñez en esta ciudad. “Medio Azul pasó por mi casa, donde había un cartel que decía ‘toque timbre y pase’. Yo gateaba entre las mujeres haciendo gimnasia. Cuando en una nota para la radio el diario que le hacían a mi mamá ella decía que necesitaba puntillas para hacer las polleras, le hacían llegar a casa bolsones de puntilla o de cortinas en desuso”, indicó para destacar la solidaridad de aquel entonces.
El constante perfeccionamiento -
De no median imponderables el próximo fin de semana dos especialistas en danzas rusas, alemanas y ucranianas radicados en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, llegarán a esta ciudad con el propósito de realizar una academia de perfeccionamiento para los integrantes del “Ballet de la Dulce Vida”. “Como toda disciplina siempre existe el perfeccionamiento y en el aprendizaje del día a día siempre salen cosas nuevas. En el ‘Ballet de la Dulce Vida’, sin pertenecer a una colectividad, nosotros respetamos a rajatabla y no mezclamos las tradiciones, las costumbres, vestimenta y música típica. Eso implica para nosotros todo un trabajo de investigación y de haber hecho perfeccionamiento. En aquellos años que mamá tenía el ballet en Azul trajo a un bailarín ruso, nacido en Kiev, que nos enseñó la técnica de la danza ucraniana, sus pasos y figuras. Después, está la impronta que le da cada uno”, indicó.
Mauricio Brown compartió con este diario la alegría que le produce el hecho de tener dentro del grupo de 70 personas que dan cuerpo al “Ballet de la Dulce Vida” a personas que trabajan en las labores más diversas.
“Tengo bailando chicos que son herreros, policías, secretarias, maestras jardineras, psicopedagogas, un abogado...Son gente que ya tiene su vida armada que no tiene nada que ver con esto y sin embargo lo toman con un amor; lo hacen tan suyo que es impactante. La mayoría no venía de practicar ningún deporte y llega acá porque vieron una función o porque alguien les comentó. Es para ellos un cable a tierra”, señaló.
“El ballet de la dulce vida tiene ese qué se yo que no sé. Tiene ese atrape, esa magia que yo, que soy el director, con el paso de los años no sé cómo explicarlo. Y tiene eso de que, adonde uno va, la gente se enloquece”, puntualizó.
La capacitación y los ensayos permiten redondear buenas actuaciones, tal como lo explicó el director del “Ballet de la Dulce Vida”. “En la fiesta de las colectividades de Tandil el año pasado, cuando llegamos nos vestimos de ucraniano y, camino al escenario, me para un ucraniano que lleva radicado dos años en Tandil con su familia y me dice ‘mirá que yo soy ucraniano y te voy a estar observando’. Con una mano en el corazón y sin vanidad le dije ‘cómo no, no hay ningún problema’. Cuando terminamos de bailar, lo que me abrazó ese hombre y el resto de su familia no te lo puedo explicar…y me pedía a gritos que le vaya a dar clase a Tandil de ucraniano. Eso no tiene precio porque le estás regalando un sentimiento y una nostalgia a esa familia. Hace tres semanas estuvimos en la Fiesta de la Carneada que se hace en Coronel Suárez y lo único que pediría es el traslado, que me paguen la combi, pero para uno no se pide nada. Al chico le inculco la pasión por el arte y yo no pretendo cobrar ningún tipo de cachet”, advirtió.
La expectativa del viaje -
Si la participación en un evento en Azul genera ansiedad y expectativa, las sensaciones se multiplican varias veces cuando integrantes del “Ballet de la Dulce Vida” emprenden un viaje. Son embajadores de la pasión que una porción de la comunidad azuleña tiene por algo que va mucho más allá de la danza propiamente dicha.
“Hace cuatro fines de semana que no estamos en casa nosotros. Estuvimos en Coronel Suárez, nos fuimos a La Pampa, nos vamos el domingo (por hoy) a Tandil; el otro fin de semana nos vamos a Pigüé; ya tenemos fecha para Tornquist. Esto se ha transformado en una compañía que por suerte la gente valora y obviamente que el chico también disfruta de eso. En vez de estar durmiendo la siesta, ellos prefieren bailar como estuvimos el domingo pasado en Arboledas. El chico conoce, la pasa bien, disfruta sanamente y a su vez vamos mostrando por distintas ciudades esta clase de folclore. Me siento muy contento y orgulloso de poder inculcar esto y que el alumno capte lo que uno quiere transmitir porque más allá de enseñar la danza, uno quiere transmitir alegría. Vivimos como sociedad momentos tan malos que uno quiere transmitir esperanza”, sostuvo Mauricio, para narrar una de las tantas anécdotas que quedan producto de los viajes.
“El otro día terminamos de bailar en Arboledas y se me acerca una señora y vos no te imaginás lo que lloraba, me abrazaba y me decía que lo que nosotros hacíamos era algo maravilloso y que le había llegado al corazón. Eso es lo que uno quiere transmitir: alegría y amor. Me cargan porque yo en cada presentación agarro el micrófono y hablo pero lo que yo quiero dejar un mensaje de alegría, de amor, de esperanza. En tiempos donde es más fácil que el joven se vuelque a la droga o a la vagancia, con esto lo que uno hace es traerlo, que vea qué lindo es inculcarle el deporte, la vida sana”, agregó.
“Este año fuimos por cuarta vez a fiesta de la torta rusa que se hace en la provincia de La Pampa. Tienen adoración por nosotros. Es un almuerzo alemán para 1.200 personas que crece año a año. Todos los años llevamos al ballet de adultos a bailar. Vos no sabés la ovación que se llevan esas señoras. La gente se da cuenta del esfuerzo que están haciendo. En pleno invierno las adultas van a los ensayos a las 9 de la noche y no faltan nunca”, explicó.
Sin subsidios ni viáticos --
Según contaron a este matutino Mauricio y Cecilia, el “Ballet de la Dulce Vida” carece de todo tipo de apoyo estatal. Ni subsidios ni recursos para afrontar los viáticos que, con mucho esfuerzo, deben costear como grupo pese a que adonde van, representan a la ciudad. Como si eso fuera poco, deben asumir hasta el pago del alquiler del lugar donde ensayan. En contrapartida, en cada presentación –dentro o fuera de la ciudad-, el público los aplaude de pie, emocionado.
“Esto está hecho totalmente a sacrificio, a pulmón; siempre fue así. Al no tener el respaldo de ninguna colectividad, todo se te hace mucho más cuesta arriba. Todo es a base del ingreso de la cuota del alumno que, básicamente, va destinada a confeccionar la vestimenta que se hace con tela que tiene un alto costo, como el raso”, indicó Brown, quien admitió que “en su momento uno se cansó de ir y ‘golpear puertas’”.
La pareja dijo que son conscientes de las necesidades que hay en la ciudad en distintos aspectos. De ahí que hayan preferido seguir “remando” a favor de la continuidad de este grupo de danzas sin ningún aporte oficial.
“Yo opté por hacer la mía; no pido más nada; no voy más; me la rebusco por mi lado y no nos va mal en el sentido que somos reconocidos en todas las ciudades donde vamos mostrando este folclore. Esto ha sido una vida dedicada a la danza. La vida de la familia Brown fue abrazar esta pasión. Hoy en día mi hermano, con 53 años, sigue dirigiendo el grupo en Mar del Plata y una vez al mes se va a dar clase a Entre Ríos. No hay un ex bailarín que no recuerde el ‘Ballet de la Dulce Vida’ con un cariño tremendo. Algunos de ellos mandan a sus hijos por ese sentimiento que les quedó por el ballet y queremos que estos chicos actuales tengan el mismo sentimiento el día de mañana; que recuerden su paso por aquí como una experiencia rica y maravillosa”, aseguró.
El torneo de Primera División, organizado por la Liga de Fútbol de Azul, afrontará mañana una jornada decisiva con la disputa de la duodécima fecha. La programación se adelantó por el Día de la Madre y tendrá varios encuentros importantes, tanto en la pelea por el liderazgo como en la lucha por ingresar a los cuartos de final.
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