24 de agosto de 2020

OPINIÓN

OPINIÓN. Perspectiva de género no es demagogia. Compromismo comunitario no es extremismo feminazi

Algunas notas sobre lo difícil que es encontrar un par de anteojos violetas en el poder judicial y en la comunidad

Por Moira Goldenhörn (*)

Los anteojos violeta del poder judicial

¿Qué es esto que llamamos "perspectiva de género", y por qué es tan importante para el poder judicial el reflejarla en sus decisiones? Hace décadas que desde los feminismos jurídicos planteamos que el derecho es una herramienta de dominación patriarcal (además de clasista, racista), y las decisiones judiciales vienen a asegurar ese status quo planteado por quienes tuvieron capacidad de decidir por toda la comunidad sentando sus bases de convivencia: o sea, de los hombres. Decimos entonces, que el derecho y todo el sistema jurídico viene a garantizar situaciones estructurales de desigualdad, que con el correr de las décadas de lucha feminista, se fue intentando morigerar con "parches" de derechos humanos de las mujeres, niñes y personas LGTBI, pero injertados en un marco general liberal y machista.

Pese a los tratados internacionales que hace décadas imperan sobre la materia, recién en las últimas, y a través de resoluciones concretas en ámbito internacional de los Derechos Humanos, se comenzó a hablar del contexto en que las mujeres, personas LGTBI y también niñes desarrollamos nuestras relaciones interpersonales, poniendo de manifiesto que ese contexto es de sometimiento y violencia en lo estructural; y pese a ello, aún no vemos que esas resoluciones internacionales tengan impacto en las resoluciones judiciales internas.

El contexto de violencia como una realidad concreta. Pareja, familia y sociedad.

En los últimos días, por las redes, he estado teniendo intercambios con mujeres muy entusiastas defensoras de los hombres advirtiendo que "no son todos iguales", poniendo nombre y apellido a cada macho violento y diferenciándolos de sus allegados varones. Está muy bien y está muy claro decir que no son todos iguales, claro que no: todas las personas somos distintas siempre. Pero distingamos ahora en qué puntos sí son iguales para la ciencia social basándonos en algunos lugares comunes sobre las masculinidades hegemónicas.

Recomiendo ante todo ver el cut de La Faraona sobre este punto (¿Los hombres somos potencialente violadores?)** en el que expresa que "todos los hombres somos potenciales violadores" y que tanto revuelo causó. Porque estrictamente sí, aunque no todos lo sean, todos pueden serlo: algunos lo son agresivamente o mediando el uso de alcohol o narcóticos para facilitar un consentimiento nunca dicho; otros lo son porque pagan a una prostituta y porque pagan tienen derecho a hacer todo lo que ella no quiere; otros porque creen tener derecho a acceder carnalmente a "su" mujer porque es "de su propiedad ya que la mantienen" (criterio que también se extiende en no pocas oportunidades sobre sus hijas, hijos, nietas y nietos); otros porque les enseñaron que ellas les deben "el débito conyugal"; otros porque quieren una despedida de quien ya no quiere ser su novia, otros "porque ya se conocen", entonces fuerzan el sexo con la ex. Y hay otros que no, que ninguna de ésas.

Hay hombres que no pueden soportar que una mujer ya no los quiera, y entonces recurren a toda una serie de ardides para complicarles la vida, para impedirles una pareja nueva, para dejar sin dinero a sus hijes, difamarla en el trabajo, en sede judicial, y con sus amistades y familiares haciéndola quedar como "la loca" sin red de contención ni acceso a justicia; hay quienes escriben que "si te agarro con otro, te mato" y millones que lo cantan también. Y hay otros que no, claro, que no hacen nada de eso, que te acompañan en la separación para que tus hijes y vos estén cómodes y se hacen amigues de tu nueva pareja. Los hay.

Hay hombres que no quieren a ninguna mujer en la política; hay hombres que ofrecen un puesto político como premio por intercambios sexuales; y otros que sólo permiten llegar a sus parejas, a sus amantes, a sus amigas, a sus conocidas y a otras mujeres que no tienen pensamiento propio ni ideas innovadoras ni mucho menos carácter para hacerlas oír; ya que no quieren ser opacados, ni su "poder" disputado por una mujer (y una feminidad travesti, mejor ni mencionemos la posibilidad de un #CupoPolíticoTravestiTrans). Y hay otros que no hacen nada de eso. Incluso me consta, con maravillosos ejemplos, compañeros que hay hombres que te ayudan a no caer y te impulsan a crecer en política. Lamentablemente me sobran dedos de las manos para contar estos últimos casos ejemplares que conocí en 25 años de militancia política. Pero existen, digamos todo.

Los ejemplos pueden seguir. Por caso, lo mismo que ocurre en la política ocurre en la universidades nacionales con las cátedras y los proyectos de investigación; o en el ámbito de la salud, donde hay médicos que te roban los partos y te maltratan, y otros que te empoderan y amparan... El caso es que, los hombres están educados -por otros hombres y por mujeres patriarcales- para ejercer esos privilegios con violencia (simbólica, psicológica, física, económica, política, sexual...) insensibilizándose al sufrimiento ajeno: sufrimiento femenino, feminizado e infantil.

La norma enseñada marca los privilegios de "los hombres", respecto de "los no-hombre" (mujeres, niñas y niños, hombres feminizades, mujeres lesbianas y feminidades travestis y trans) e impone la fuerza y las violencias como medios para su ejercicio y que, además, respaldan la hombría inter-pares. Esa norma es lo que llamamos "violencia simbólica" porque establece los roles estereotipados para hombres y para "no-hombres", donde las mujeres particularmente tienen un rol activo por su función reproductiva (que ahora se llama "capacidad de gestar" y marco esta definición con ironía). A veces "los no-hombres" aceptan el rol impuesto para elles en el patriarcado, y otras veces no lo hacen y allí es cuando la violencia deja de ser simbólica para caer en el campo de lo concreto y físico.

Si decimos que ésa es la norma, marcamos que sólo muy pocos se salen de la norma. Por ello expresamos que "son hijos sanos del patriarcado", porque hacen lo que se espera de ellos en el orden patriarcal: imponer por la fuerza su voluntad y usar, retener y guardar por la fuerza lo que consideran es de su propiedad.

Sin embargo, las cosas están empezando a cambiar y cada vez son más las personas que, lucha feminista mediante, toman conciencia de los derechos de las mujeres, feminidades, gays, y niñes a vivir libres de violencia; discutiendo esos derechos patriarcales a someter a las mujeres privadas e incluso a las "públicas".

¿Pero, qué mujeres son las víctimas del patriarcado, qué mujeres se privilegian con él y qué mujeres permanecen invisibilizadas? Madres, prostitutas y soldados.

Avanzando en el razonamiento, digamos que todas las mujeres somos moldeadas y normalizadas por el patriarcado: algunas se adaptan a los roles estereotipados, algunas los eligen libremente, y otras no nos adaptamos a esa normalización. La cuestión es que, sobre quienes no se adaptan, la violencia machista se hace más manifiesta e incluso cuenta con la anuencia de mujeres patriarcales para disciplinar socialmente a "las inadaptadas": las que quieren pensar por sí mismas disputando sentidos hegemonizados; las que quieren participar en política sin sponsor sexual; las que hacen su camino académico pese a los obstáculos que se imponen desde las hegemonías universitarias; las que no aceptan a la prostitución como recurso legítimo para las mujeres, feminidades y niñes; las que no quieren ser madres; las que quieren independencia económica; las que no quieren quedarse en el hogar; las que no quieren parejas heterosexuales; las que quieren soberanía corporal y se niegan a dietas, depilaciones, tacos y maquillaje para agregar "capital erótico" a sus saberes y capacidades de base...

Tantas maneras hay de "inadaptarse" a los roles de género como personas violentas hay exigiendo esa adaptación. Y en esa tensión colectiva es que se propduce la conquista de derechos para las mujeres y todes les "no-hombres", incluidas las mujeres soldadas que reniegan del feminismo como movimiento emancipador para que pudiera acceder a la vida que sueña (**).

Ahora bien, esto lo decimos haciendo de cuenta que "las mujeres" o "les no-hombres" somos un bloque homogénero donde todas somos iguales. Pues no, no somos iguales tampoco las mujeres ni "les no-hombres". Hace algunos años, de la mano de los feminismos negros, nos llegó el criterio de la interseccionalidad como herramienta para el análisis social, facilitando la visión de otras categorías más allá del sexo en las situaciones estructurales de desigualdad.

Así, hoy hablamos de sexo, de género, de raza, de situación económica, de orientación sexual, de condición de migrante, de lugar de residencia, de edad, entre otros criterios para elaborar un mapa de situación, digamos, de la desigualdad concreta que afecta a determinadas personas y grupos de personas en la sociedad.

La importancia de la comunidad en la prevención de las violencias basadas en el género

Hace un tiempo, cuando tuvimos que lamentar una muerte en contexto de legítima defensa dando fin a un largo ciclar del círculo de la violencia de género, hacía mención a la importancia de la comunidad en el alerta temprana ante situaciones de violencia. Y ello porque debemos ser conscientes como comunidad que las violencias basadas en el género son una problemática social que no se limita a "algunos hombres"; sino que todos, sin distinción, están educados -o por sus familias y/o o por sus pares en el sistema patriarcal- para defender sus privilegios y que por ende pueden hacerlo con violencia más o menos explícita. Sólo sabiendo esto es que podemos también ser conscientes que, excepcionalmente, existen hombres que están en desacuerdo con esa norma y no ejercen violencia; aunque generalmente la toleran guardando silencio, algunas veces actúan activamente ayudando a erradicarla mediante la discusión de los roles de género en su propia vida y la concientización de sus pares sobre ello.

La cuestión es que todas las mujeres, las niñas, los niños y las personas LGTBI estamos en peligro de ser gravemente injuriadas y de ser asesinadas; y si la comunidad cercana fuera lo suficientemente consciente de esta realidad, los impactos serían menores.

Hace más de 15 años en los grupos de voluntariado para la emergencia social de Cascos Blancos de los que fui parte, propuse como tema a trabajar el sondeo de casos de violencias de género y la sensibilización en la comunidad receptiva del voluntariado para conformar dispositivos de alerta temprana comunitaria; tal como se utilizaban en los voluntariados ante catástrofes climáticas o zonas de conflicto bélico. Concepto innovador para la época y de poca extensión territorial en su implementación desde entonces, en el país no había logrado plasmarse en políticas públicas pese a su enrome utilidad para la prevención de riesgos y daños. Afortunadamente, hoy se ha popularizado a través de la difusión del Plan Nacional contra las Violencias del Ministerio de Mujeres, Géneros y Disidencias de Nación.

Uno de los fundamentos de tal propuesta se halla en las investigaciones sociales sobre el caso de violación y posterior femicidio de Kitty Genovesse en la Nueva York de los años 70: una mujer padeció tales delitos con más de 30 personas mirando su violación y muerte desde sus casas sin intervenir y mi elaboración al respecto. Si bien no hace falta que lleguemos socialmente a tales niveles de cinismo y acostumbramiento al sufrimiento ajeno, somos conscientes de la apatía social sobre el tema, la tendencia a culpar a las mujeres, disidencias y niñes como causantes de la violencia y merecedoras del castigo masculino privado; y por tanto, proponemos trabajo de sensibilización y capacitación a través de las instituciones barriales con formación en problemáticas de género y estrategias para su abordaje adecuado y eficiente para una prevención e intervención que sean capaces de evitar daños y salvar vidas. Y lo mismo con los espacios estatales que intervienen, sobre todo hospitales e instituciones educativas de todos los niveles (quienes, además, deben cumplir con la Ley Micaela).

Insistimos entonces en lo importante de ser conscientes del contexto relacional de la violencia en parejas, que no es un único hecho aislado, que hay un patrón de conductas violentas que el agresor mantiene con todas sus parejas; y por otro lado, del contexto general de violencia hacia las mujeres, feminidades trans y travestis y también hacia niños y niñas, donde cualquier episodio puede tener un desenlace grave o fatal.

Aprender a leer los metamensajes en consultas médicas, en una compra de cercanía, en un intercambio pedagógico, un saludo vecinal, y sobre todo en los conflictos que se conocen ocurren en los hogares, salva vidas. Leerlos en las causas judiciales, además, es justicia.

Involucrarnos, para trascender el "no te metás" con que nos adoctrinó la propaganda dictatorial, nos hace comunidad, y nos hermana en el amparo y la defensa efectiva de los derechos humanos. Investigar y juzgar con perspectiva de género, es hacer justicia.

Así pedimos justicia por Ely: Justicia con perspectiva de género en tribunales, compromiso en la comunidad con su situación de violencia conocida, y acompañamiento a sus hijes en este difícil momento. Vivas nos queremos; viva, sana y libre de violencia queremos a Ely y a sus hijes.

(*) Abogada feminista, PG en Cultura y Comunicación

Maestranda en Cs. Sociales y Humanidades

Docente investigadora en Sociología Jurídica

Coordinadora de ABOFEM Argentina para el Dpto. Judicial de Azul


(**) Martín Cirio "La Faraona" ¿Los hombres somos potencialmente violadores?

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