6 de agosto de 2018
FOTOS NACHO CORREA
Por Silvio Randazzo.
Ese extenso festejo final dentro del campo de juego, con el plantel como eje de un abrazo nutrido por muchas más decenas de personas que se sumaron a esa alegría de los jugadores, ese pequeño para tan intenso estallido de felicidad con ratificaciones de pertenencia (“del CARPA yo soy”) y guiños hacia otras latitudes (la dedicatoria a Manguera Giammátolo, “que lo mira desde el Cielo”), otorga en pocos trazos una acertada noción de cómo River Plate vive este llegada a la final del Torneo Apertura de Primera. Un paso histórico.
En parte, esa extendida celebración se delineó así también para aliviar las tensiones. En Tapalqué, la banda roja había logrado un 3-1 a favor y ese resultado llevó a creer (quizá desde un lugar externo al propio River) que Sarmiento ya no tenía demasiado que hacer. La estrellita necesitaba diferencia de dos goles y en esa búsqueda, un descuido ante ese poder de fuego ofensivo riverplatense iba a pagarse muy caro. Pero sucedió que, en términos generales, ni Sarmiento se descuidó tanto ni River demostró demasiada sintonía fina en ataque, con lo cual la empresa sarmientista fue advirtiéndose cada vez menos imposible.
La figura del encuentro fue Pablo Fittipaldi y si bien fueron escasas las ocasiones en que sus compañeros le generaron las chances más afines a un centro delantero, el 9 fue epicentro constante del funcionamiento ofensivo visitante. Desde el comienzo mismo todo Sarmiento buscaba en él la posibilidad de propiciar algo de riesgo para Acosta. El equipo era práctico (no siempre eficiente) en la conexión con Fittipaldi, se le jugaban balones desde casi todo lugar y hasta que Lamardo, Lapalma y, en menor medida esta vez, Vergez no fueron gravitando en el encuentro, el goleador tuvo que vérselas algo solo frente a Echevers y Brienzo.
La expulsión de Claudio Serrano (que comenzó a jugar el partido con pierna muy fuerte, pero que en esta jugada puntual fue víctima de la exageración de Mazzante), fue un golpe muy duro de asimilar para el elenco tapalquense. Es que seguramente teorizaba un escenario en el que River no iba a demorar demasiado en exprimir la diferencia numérica. Pero el conjunto local no iba a lograr mostrarse tan lúcido como para hacerle pagar caro (en poco tiempo) a Sarmiento esa tarjeta roja.
El escenario de dos goles abajo y un jugador menos desequilibró las emociones sarmientistas, pero conforme fueron transcurriendo los minutos no desalentaron al visitante. Pudo rearmarse, con Tropea como uno de los jugadores “sacrificados” por toda la borda derecha, sumándose a una defensa que lo requería como lateral derecho en el repliegue.
Habían pasado unos quince minutos desde la expulsión de Serrano y River no había dado señales de saber usufructuar esa ventaja. Corría tanto como lo hacía Sarmiento (que corrió muchísimo) y ya dejaba entrever lo mucho que le costaba aislarse del ánimo enardecido de un rival que era el que efectivamente estaba en problemas. Hasta muy poco antes de finalizar el primer tiempo, había sido el conjunto de Tapalqué el que había malogrado (al menos dos veces) ocasiones muy buenas para abrir el marcador. Llegaron las chances para la banda roja, sobre el cierre de la etapa; Mazzante -que no pudo jugar como su equipo necesita- contó con tres claras oportunidades de gol, pero erró al arco en todas. Se iban al vestuario y el cero por lado orillaba la injusticia, si bien la puesta a punto de ideas de ambos había sido poco meritoria.
El complemento vino a resarcir esa cuenta pendiente de marcador silencioso. Para Sarmiento, ese reanudar del trámite surgía como la última señal del final de todo recaudo (si acaso todavía cobijaba alguno). Lamardo activaba en el tramo inicial como administrador de los intentos ofensivos, en ocasiones plasmando una patriada personal y en otras, tratando de hallar a un deslúcido Vergez y a un Fittipaldi que con generosidad y talento, pero lejos de su supuesto hábitat natural, buscaba la pelota más cerca del círculo que del área.
El primer gol de Sarmiento tuvo lugar a los 21’ y River fue bastante cómplice de su desgracia: tiro de esquina desde la derecha, Acosta que salió mal y quedó con sus manos vacías, ningún compañero pudo respaldarlo y en el segundo palo, entre Mera y Fittipaldi se las arreglaron para convertir de cabeza y un toque final que pareció ser del 9.
El partido no ofrecía demasiado más que el peso de las incógnitas y las ansiedades propias de la instancia que se estaba disputando. El gol de la visita, la expulsión de Mazzante y un ánimo cada vez enardecido (claramente ahora sí era un ánimo compartido), dotaban el encuentro de atractivos que no eran intrínsicos del planteamiento de ideas, pero que colaboraban mucho en permanecer pendiente de cada pequeña acción que aconteciera.
Sarmiento llegó al momento ensoñado durante todos estos días, el instante del 2 a 0: salida pronta, a lo largo del campo, por derecha; muy buena administración de Gallardo en el avance hacia el área, otro centro hacia la izquierda que compromete al endeble fondo riverplatense, el arquero sin chances y cabezazo al gol de Fittipaldi.
37’ del complemento: el momento justo para que Sarmiento se abrazara a la idea de epopeya cumplida y para que River terminara de comprender el escaso jugo que le había sacado a los casi 60 minutos en que había jugado once contra diez.
LA FIGURA
Pablo Fittipaldi
El delantero de Sarmiento multiplicó sus influencias. Dentro del área, en las pocas ocasiones que dispuso, convirtió. Y cuando por las distintas implicancias del partido debió plegarse a los volantes, alejarse del área de River, fue un administrador criterioso, quitó referencias a los defensores locales y entendió la necesidad de no mantenerse aislado en su teórico rol.
River 0 (4)
Sarmiento 2 (2)
River
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