22 de marzo de 2020

OPINIÓN

OPINIÓN. Señales

De pronto es como si todo se hubiera detenido. En un tiempo fuera del tiempo quedamos suspendidos, llenos de preguntas, abrumados por la incertidumbre.

ENFOQUE

Escribe: Prof. María Liliana Christensen.

Dicen los que saben que eso es lo más difícil: aprender a vivir con la incertidumbre. La incertidumbre nos pega donde más nos duele a los seres humanos: en nuestra omnipotencia. La idea -absurda idea- de que podemos tener todo bajo control se ha caído como un castillo de naipes. Y acá estamos, desconcertados, algunos más asustados que otros, pero todos consternados y ansiosos por esta nueva situación, inédita, absolutamente desconocida que corroe las certezas y nos pone sin atenuantes frente a nuestra propia vulnerabilidad. Bofetada brutal en el rostro de una humanidad que hace tiempo se ha ido alejando de lo esencial para consagrarse a lo superfluo. Que ha desdeñado lo auténticamente valioso para priorizar lo material. Que ha puesto el tener por encima del ser.

¿Por qué permite Dios el mal, la enfermedad y la pobreza?

Y acá estamos, viendo con espanto la evolución de una enfermedad nueva y amenazante que ha puesto al mundo entero en peligro y afrontando sin demasiadas armas una guerra desigual contra un enemigo invisible, agresivo y extremadamente poderoso.

En la Baja Edad Media, promediando el siglo XIV, una peste implacable sacudió las entrañas mismas de Europa -lo que en ese momento se llamaba la Cristiandad- y se calcula que mató a la tercera parte de la población desde la India a Inglaterra. La peste negra, como se la llamó en su momento, fue una verdadera calamidad que azotó al mundo y que generó en su tiempo enorme conmoción. No había respuestas para tantas preguntas; la Tierra y sus fenómenos estaban rodeados de misterios. El hombre medieval se sentía envuelto en enigmas. Había una pregunta constante: ¿Por qué permite Dios el mal, la enfermedad y la pobreza?

El siglo XXI empezó a sacudirnos; nos cacheteó de entrada

En el siglo XX la humanidad creyó que había encontrado múltiples respuestas. No todas, pero sí muchas. La confianza en la ciencia, en el conocimiento, en los avances tecnológicos nos permitió creer que el hombre estaba en condiciones de controlarlo todo. Cada vez menos enigmas, cada vez más certezas. La soberbia nos llevó a extremos impensados: desdén por el cambio climático, indiferencia por la expansión de la pobreza en el mundo, desprecio por las señales que de manera incesante arrojaba el planeta para advertirnos que íbamos por un camino equivocado.

El siglo XXI empezó a sacudirnos; nos cacheteó de entrada con el atentado a las Torres Gemelas y cambió en muchos aspectos la lógica del mundo. Apareció la idea del enemigo en acecho, del enemigo que no se puede identificar fácilmente, del enemigo implacable y encubierto. La humanidad toda se puso en guardia y tomó nota de que algunas cosas se empezaban a escapar de las manos. Las catástrofes naturales que sobrevinieron nos alertaron aún más. Tsunamis, terremotos, inundaciones, incendios descontrolados... El hombre del siglo XXI y su desconcierto.

Mucho de lo que vaya a suceder depende de nosotros

Hoy estamos conscientes de nuestra fragilidad y enfrentados a una circunstancia extrema que nos golpea impiadosamente. Nos sentimos inermes, desolados, arrojados sin remedio a un escenario que jamás hubiéramos siquiera imaginado. Estamos ante una situación límite. Se nos acabaron las certezas y nos sentimos desamparados. No sabemos cuánto va a durar esta pesadilla que estamos viviendo, ni cuál va a ser su alcance, ni sus consecuencias. Como aquel hombre medieval volvemos a sentirnos envueltos en enigmas; nos sobran interrogantes, nos faltan respuestas.

Lo más importante es que en este caso mucho de lo que vaya a suceder depende de nosotros. De lo que hagamos y de lo que dejemos de hacer. De la responsabilidad con que cada uno asuma su rol colaborativo y de la solidaridad con que podamos pensar en el otro. Es momento de volvernos hacia adentro, de recuperar la esencia de lo que somos, de mirarnos a los ojos con nuestros semejantes y de reemplazar los abrazos por las palabras, que también abrazan. Y saber que este virus que vino a desplegar su furia destructiva, vino seguramente también a enseñarnos algo muy valioso. Como decía el Principito, que lo esencial es invisible a los ojos. Y que si no aprendemos esto estaremos perdidos.

Todas las calamidades que el mundo ha conocido han llegado en algún momento a su fin

Volvernos hacia adentro: hacia adentro de nuestros hogares, de nuestras familias y de nosotros mismos. Pensar y repensar nuestra vida, nuestros afanes, nuestras urgencias. Es un tiempo de reflexión obligado que la situación nos impone y que debe servirnos para aprender y para ser mejores. Descubrir las dudas que nos asaltan, darle rienda suelta a las emociones que nos desbordan, permitirnos los miedos que inevitablemente nos angustian.

También esto pasará... Todas las calamidades que el mundo ha conocido han llegado en algún momento a su fin. Saldremos hermanados y fortalecidos. Tendremos que contenernos para superar las pérdidas, ayudarnos para seguir adelante, tender la mano al otro para empezar de nuevo. Es el gran desafío que la humanidad toda tiene por delante. Después de tantas guerras, tantas divisiones, tantas fronteras y tantas barreras migratorias, quizá haya llegado la hora de comprender que el mundo es uno solo, que la humanidad es una y es tan vulnerable que un enemigo invisible puede destruirla.

Ojalá podamos descifrar las señales que nos advierten que estamos yendo por el camino equivocado. Ojalá empecemos a darle valor a aquello que verdaderamente lo tiene y abandonemos esa omnipotencia que nos produjo la dolorosa ceguera, la peligrosa ignorancia de creer que podíamos controlarlo todo.

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