30 de enero de 2020
Por Francisco Bariffi
Asignamos la violencia a las clases populares. Lo leemos en los títulos, se lo dice en la calle, se lo escucha en las voces que se sedimentan en nuestras cabezas. Prendemos la tele y nos sentimos capaces de hacer toda una etnografía del hombre al que se culpa por haber cometido un robo. El hombre que no dudamos en identificar con un personaje de simplificaciones prejuiciosas, que lo separa de su verdadera historia. Yo, mientras veo la tele desde mi casa, me guío no más que por el sentido común que confecciona las noticias. Acuso a ese hombre de “negro” y le recuerdo el lugar indeseable al que pertenece en nuestro mundo.
Interrogantes
A veces lo que pensamos se reduce a algo tan ingenuo como eso. Pero uno de los deberes que nos quedan tras el asesinato llevado a cabo por los rugbiers en Villa Gesell es el de contradecir nuestra premisa original. Asociamos la violencia a las clases populares, pero ¿qué hay con nuestras propias violencias? ¿Qué hay con los sectores de la sociedad cuyos valores no ponemos en duda? ¿Y qué lugar dejan esos sectores de privilegio a los “otros” en sus principales discursos y en la organización de la sociedad?
Cualquiera que frecuente un club de rugby con los ojos abiertos puede observar que se trata de lugares en donde no se acepta “lo otro”, en donde es claro de qué forma se debe ser. Al chico distinto lo nombran “puto”, si no es lo suficientemente macho como el resto prueba serlo. O se lo nombra “grasa”, “negro”, si no es rico, blanco o canchero.
“Matar para ser macho”
Se excluye a quien no se alinea con la legítima representación del varón. De la misma forma en que, según el mismo conjunto de ideas, se detienen el movimiento de una mujer antes de salir de su casa vestida como desea. Pero no se impide ser con libertad al tipo de sujeto que nuestra cultura privilegia por excelencia: el varón blanco de clase alta. La autoridad masculina. En este caso, el rugbier.
Como escribe Juan Branz, en su articulo Rugbiers: matar para ser macho, para la revista Anfibia: “el rugby, para sus integrantes, es una ‘escuela de vida’ donde todos pueden jugar y en donde se aprenden las bondades que todo hombre que pretenda ser ‘deseable’, ‘decente’, deberá incorporar si quiere ser considerado dentro de los ‘blancos’, ‘racionales’, ‘civilizados’, ‘honorables’ y ‘caballeros’…”.
Con resultados más extremos de lo usual, lo que los rugbiers hicieron en la madrugada del domingo 16 de enero es algo a lo que en realidad muchos de ellos están acostumbrados. Reafirmaron su masculinidad y situación de clase a través del ejercicio del poder y de la violencia sobre un otro tratado como inferior. Un otro al que necesitan aplastar para ser quienes son.
Si las violencias de los privilegiados nos resultan invisibles no es porque no existan. Sino porque nos acostumbramos a creer que sus visiones del mundo y formas de vida son las correctas. Los buenos apellidos, el género, la buena educación, entre otras factores de clasificación cultural, nos hacen creer que muchas veces lo que condenamos no es la violencia, sino las formas de habitar el mundo que no están legitimadas por el poder.
El torneo de Primera División, organizado por la Liga de Fútbol de Azul, afrontará mañana una jornada decisiva con la disputa de la duodécima fecha. La programación se adelantó por el Día de la Madre y tendrá varios encuentros importantes, tanto en la pelea por el liderazgo como en la lucha por ingresar a los cuartos de final.
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