28 de abril de 2019
Enciende el primer cigarrillo del tercer atado del día. Pretende hacerlo, pero el encendedor es otra ausencia. Salta de sillón y tambalea hasta dar con la vieja Oro Azul; elige una hornalla y, al fin, vuelve a pitar.
El sillón rojo lo atrae. Es rojo por ejercicio del recuerdo, no por empirismo, dado que la pátina de mugre que lo recubre vuelve a cualquiera que lo contemple un daltónico provisorio. Se recuesta, pita, toma el vaso y completa su contenido con el humo. “Smoke on the wateeeeer”, canturrea y ríe.
Para nadie, pero ríe. Ni siquiera lo hace para él, porque no se cree su propia risa.
La televisión es ese maltrecho artefacto –casi siempre encendido y siempre enmudecido– que utiliza como claraboya al mundo que, entiende, lo ha recluido. Sin embargo, en la lluviosa noche de agosto el volumen no está en su punto mínimo. Escucha al senador que colma la pantalla hablar de una variable de violación sexual producida por un involuntario accionar masculino.
–¡Y a ese hijo de puta lo espera una familia en la casa! –vocifera, al tiempo que arroja el vaso semivacío de whisky contra la mesa ratona de la que tres de cuatro patas son pilas de ladrillos. El senador habla de concepción, de Dios, de las vidas. Él arde. Eructa sobre la pantalla. Solloza.
Se dice a sí mismo, como cada vez desde hace al menos siete años, que la decencia es un invento de los indecentes, un corset moralino con el que los verdugos erradican parte de la competencia. El senador concluye su alocución, enfatiza un “¡gracias, presidenta!” y mientras estrecha una mano igual de ladina, sonríe como debe sonreír la muerte cuando, de regreso a su morada, observa una totalidad de nombres tachados.
Cada noche (puede que ésta sea excepcional) es una réplica de la angustiosa noche precedente, y cuando la de hoy se haya extinguido, ya habrá prefigurado su sucesora. Él presiente a la noche, la siente alrededor mucho antes de que el cielo ennegrezca, mucho antes de escuchar el también cíclico grito de Inés a sus hijos en el patio. Inés es su vecina y está casada con Nahuel, el único “decente” al que admite con simpatías por estos días, mucho más desde que le prestó Apostrophe (según su prejuicio, impensado gusto rockero de un arquitecto). “Debió ser presidente”, le dijo Nahuel, forzando la empatía, la tarde en que le entregó el disco, más preocupado por el fomento de garantías de no agresión que por legar la obra de Zappa. “Yo no voto”, fue la árida respuesta que obtuvo el muchacho, justo antes de que el desvencijado mosquitero, en el estruendo contra el marco, señalase el final de la casi conversación.
La pantalla lo imanta con el llanto de una chica que no seca sus lágrimas con el pañuelo que ciñe su cuello. Tampoco lo hacen las jóvenes que la rodean. En el verde, todas las gotas parecieran ser lloradas por la misma desazón. Es vano el intento de la lluvia por lavar ese llanto. Él fue un joven valiente, de militancia y orga, un chico del cual hoy siente compasión en igual dosis de inclemencia. “¡Cómo pudiste ser tan pelotudamente ingenuo!”, suele espetarle a ese veinteañero que ya no habita su deshilachado cuerpo. Cuando pugna por recuperar esos añejos rastros en el roído espejo del baño, no hace más que atisbar a un hombre al que le han regalado una arruga por cada ilusión malograda.
Sorbe el whisky con cenizas del mismo vaso del que ella tomó por última vez su insustituible vino tinto, un poco de más en aquel enero en que seguramente necesitó multiplicar su coraje antes de subirse al 1500 que él manejó hasta el “consultorio”.
Que pueda encender es la única prestación que ahora le reclama a ese mismo coche. No es una noche para transitar desabastecido (ninguna lo es) y poco del rojo queda ya.
–¡Vamos, 1150! –ironiza sobre la calamidad del Dodge mientras toca una bocina que solo retumba en su cabeza. Acelera, golpea la cerca de Nahuel y toma la calle rumbo al almacén de “Vítor”, un oso que junto a su novio ya no pierden tiempo en disimular la venta, en horarios legalmente invalidados, de alcohol por arriba y de falopa por debajo del mostrador. El taquero es exigente pero amable, y con poco se empalaga.
–Hola, bombón –lo recibe “Vítor” a sabiendas de lo mucho que lo incomoda.
–Dame dos whiskys y no me rompas las pelotas –responde. Por primera vez en el día, su tupida barba cenicienta pierde la custodia de una sonrisa sincera, sin veneno. Bear también ríe, anota en el cuaderno y dentro de la bolsa suelta unas pastillas.
–La casa invita –susurra, exagerando su bonhomía.
–Qué casa ni una mierda…, chiquero de putos –es lo último que se escucha del urgido comprador dentro del hediondo recinto.
Disfruta de andar en su coche, de garabatear trazados distintos por los intestinos de una ciudad que lo valora como lo hace con el moho. La ventanilla baja y el brazo colgante, sosteniendo la botella destapada, es un ritual que no invalidará ni esta gélida noche ni ninguna que se precie de versión mejorada. El Dodge gruñe desacompasado, está condicionado a andar en tercera, por lo que la velocidad es relativamente alta. Él acelera un poco más de lo necesario y molesta al freno muy de vez en cuando. Quiere estar seguro de que lo escuchan los que cenan comida caliente, los que cogen por amor, los que tienen a sus hijos a upa, los que tienen a una mujer que les dice “te quiero”. Los que tienen.
El toque a la cerca del vecino le permite constatar que la trompa del auto ha enfilado debidamente. Comprueba que el regreso le ha demandado casi medio litro de whisky. “Combustible”, piensa socarronamente y sale disparado al baño. Sobre el lavatorio, un destornillador y medio pancho.
Acostumbra a comer en el baño, mientras sentado al inodoro relojea una recopilación de Sade, otro préstamo de un vecino al que vio por última vez hace unos 15 años. Nunca es otro libro.
En el sillón ahora se recuesta. La “señora presidenta” solicita premura en la sucesión de los discursos. A Lorena también la apuraron para que no pudiera elegir, para que creyera que estaba eligiendo. Ahora la ve a su lado en el Dodge, un Dodge todavía bonito, como Lorena con las manos sobre su panza. Van nerviosos, él acelera demasiado, ella lo calma y le sonríe. “Va a salir todo bien, ¿verdad?”, inquiere. Lorena asiente en silencio.
La botella cae de su mano, la noche sufre su propia inclemencia. Ama a Lorena tanto como la extraña. Siete años. El ritual de dormirse borracho, desmintiendo al artefacto. “¿Por qué no volviste, amor?”. 38 a 31, la “señora presidenta” se extasía y grita “¡vamos todavía!”. La plaza verde llora… la lluvia es épica pero insensible. Lorena atraviesa el oscuro pasillo, él la persigue mirando fijamente a uno de ellos, que la abraza y le habla de la “intervención”. Es el mismo que repentinamente, mirándolo con ligereza, le dice “usted espera acá”. Lorena retoma algunos pasos, lo besa en la boca y le dice “tranquilo, José”. Él está tranquilo, durmiendo en su destartalado sillón.
El torneo de Primera División, organizado por la Liga de Fútbol de Azul, afrontará mañana una jornada decisiva con la disputa de la duodécima fecha. La programación se adelantó por el Día de la Madre y tendrá varios encuentros importantes, tanto en la pelea por el liderazgo como en la lucha por ingresar a los cuartos de final.
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