4 de septiembre de 2017

. Un habitante mantiene con vida a un pueblo suarense

El tiempo se estrella en Quiñihual al verlo a Pedro Meyer, el único y último habitante de este pueblo perdido que ha quedado a la deriva entre los pastizales y las vías muertas. 

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Pocos mapas lo señalan, menos lo mencionan pero mientras el mundo gira a una velocidad incalculable, en Quiñihual la soledad ha creado una burbuja impenetrable. El universo de Pedro es lo único que sobrevive. La belleza del silencio apenas se interrumpe cuando la puerta del almacén se abre. Estamos en un mundo paralelo, y una vez que se entra ya no se quiere volver al mundo actual. Por suerte la ruta queda muy lejos.

Pedro Meyer vive solo en Quiñihual, no hay nadie más que él, sus vacas, chanchos y Moncho, su perro fiel que a fuerza de querer ser un hombre ha aprendido a abrir y cerrar la puerta del almacén.

“No soy de hablar solo, pero a veces converso con Moncho”. Las palabra caen suaves de la boca de Pedro quien es dueño de una mirada franca, sus ojos están acostumbrados a la inmensidad, a ese horizonte que se ve por las ventanas de este almacén que tiene 120 años y que es el exoesqueleto de Pedro, ambos son uno.

“Papá lo compró cuando yo tenía siete años; desde ahí para adelante, siempre estuve acá. Pero antes había tanta gente, los bolseros que trabajan en el tren y las familias que vivían en el campo llenaban el almacén, abríamos al amanecer y hasta la medianoche había gente. Acá se hacían las compras que hoy la gente hace en un supermercado”, dijo Meyer.

“Todos los días siento felicidad de estar en este lugar, aunque cada tanto me gusta salir a ver otras cosas. Una vez por año me hago algunos viajes al norte. Pero uno está arraigado acá. Mi trabajo está acá, mi vida, cuando me levanto ya tengo cosas que hacer, atender a los chanchos, ir a ver las vacas, la aguada, las ovejas. Como hago todo solo, no doy abasto, y se me pasan los días. Trato de terminar antes el trabajo del campo para poder abrir más temprano el almacén”, relata Pedro.

Un almacén de los que pocos quedan --- subtítulo

Este almacén es de los mejores conservados de la provincia, quedan pocos así. Sus estanterías parecen no tener fin. Hay cajones para cada pequeña invención que se ha hecho en la Tierra, el mostrador tiene la suavidad de los buenos recuerdos y la amplitud del salón provoca bienestar, alimenta algo que está muy adentro del corazón: la chispa de la vida.

No hay carteles que indiquen la presencia de este pueblo habitado por un solo hombre. Se llega a Quiñihual por indicaciones de baqueanos y por intuición.

A un costado de la Ruta 76 hay que doblar antes de cruzar las vías y de allí hay que seguir derecho por un camino de tierra, luego hay otras rutas, escondidas entre pastizales, arroyos y pequeños paraísos parcelados de pampa y sierras. Al fin de todos los caminos está Quiñuhual.

“Es un pueblito perdido en el tiempo. En 30 años todo se vino abajo, se privatizaron los trenes, luego empezaron a descarrilar y después ya no pasaron más. Se cortó todo. Hoy día con el adelanto que hay, se precisa menos personal en el campo, toda la gente, las familias y las casas, desaparecieron”, agregó.

El vendaval de los tiempos modernos fue duro y de golpe, se llevó hasta las casas de los que antes vivían aquí. El almacén resiste, y la estación de trenes es un iceberg que se hunde de a poco. Entre tanto, Pedro recibe a sus clientes, y con ellos la única posibilidad de charlar con alguien. Las pocas palabras que se dicen, germinan el presente.

Los italianos que tienen el casino en Sierra de la Ventana y los mejores campos de la zona, le quisieron comprar el almacén y algunas de las tantas antigüedades que Pedro conserva en su mundo: “Les he dicho que no; ¿cómo voy a vender si esta es mi vida…?”.

La soledad lo ha hecho así de irredente para el sistema, que acaso la única batalla en el mundo la ha perdido en Quiñihual. “Sin el almacén sentiría una gran ausencia en mi vida. Extrañaría mucho, y más a la gente que viene todos los días. Tengo con ellos un rato de charla, y por eso aguanto”, expresó.

Sus clientes cuando las puertas están cerradas se dan la vuelta y aplauden en la entrada a su casa. A la tardecita llegan los iniciados que comparten una cerveza y “la charla”, entonces el sol acaricia los dorados pastizales y el fresco arrulla las voces. Pedro es viudo pero tiene una novia en Pigüé; sus dos hijos lo visitan y él eligió quedarse en el lugar donde nació.

“Soy un sobreviviente, pero no me quejo, soy feliz acá”, advirtió.

Agudo observador de la realidad que está más allá de su reino, reniega de los nuevos habitantes del campo: “Quieren todo comprado. Antes acá con mi mamá hacíamos el queso, la crema y la manteca, hasta el jabón era hecho por nosotros”.

Aquellas enseñanzas han forjado el hombre que hoy es. Ganado, chacra y almacén, de todo se encarga Pedro, solo. El día le alcanza para abrir el boliche y ser dueño del mundo. El turismo rural se nutre de estos personajes únicos que sólo se ven si se deja de lado el GPS y se inicia la aventura de explorar los interminables caminos rurales.

EL DATO

En Wikipedia se indica que “Quiñihual es una estación ferroviaria que se ubicaba en el Partido de Coronel Suárez, Provincia de Buenos Aires. En la actualidad cuenta con un solo habitante permanente: Pedro Meyer”.

Un cacique que anduvo por la serranía

En Coronel Suárez hay destinos que esperan ser visitados y que Cambio Rural de INTA los nuclea en una red que potencia el emprendedorismo de la familia rural que motoriza la recuperación de los pequeños pueblos. Quiñihual, que fue un cacique que anduvo por la serranía, según cuenta la leyenda, es un espejismo real, cuya existencia se pone en duda una vez que comenzamos a irnos del almacén.

Es invierno, el sol se arrima al horizonte, y la salamandra humea. Pedro acaricia el mostrador con un repasador, la cabeza de Moncho se ve a un costado. Hace 120 años atrás construyeron este almacén que parece un templo donde aún se practica la religión de la amistad y la charla.

“Me toca a mí cuidarlo y darle continuidad, porque una vez que se cierran estos lugares, ya no se vuelven abrir”, afirmó Pedro.

Todo el universo cabe en la mirada de este nombre cuando nos despide, su pueblo -que es su vida- sigue vivo. Si hay un lugar en el mundo en donde un hombre es feliz, es aquí, en este pedazo de patria llamado Quiñihual.

Fuente: Revista El Federal

 

 

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