29 de junio de 2015
Por Adolfo Mirande - Especial para El Tiempo
Yolanda era una niña de La Esmeralda, pequeña población del Municipio Alto Orinoco, en Venezuela.
Ella era amiga de la víbora y del ave. De la anaconda, de la piraña y del águila.
Después de muchos años la gente no conocía muy bien en la forma que había llegado originariamente al Hotel Colón del Azul.
Nadie reparaba en su simpleza, en su ignorancia y su analfabetismo porque se destacaba su personalidad, por su gran intuición, su fuerte carácter y la firmeza de sus convicciones.
Llegaban constantemente al hotel con las provisiones grandes cachos de banana al por mayor y ésta es la historia de la llegada de uno de ellos muy especial.
La negra Yolanda era muy firme y persuasiva y ella entendió que ese cacho muy especial debía recibir un trato singular y se hizo cargo en forma personal del mismo.
Ella había descubierto en el enorme racimo una criatura notable que la desconcertaba.
A pesar de pertenecer su gente a un culto muy primitivo de rituales con arácnidos y estar ella habituada al trato con las enormes pollitos, no pudo a la extraña criatura relacionarla morfológicamente con las que ya conocía.
Su desconcierto provenía del hecho de no haber observado jamás en su vida un ejemplar como el que había llegado con las bananas.
Pero no siendo persona de tenerle mucha paciencia al desconcierto ya había resuelto lo que habría de hacerse.
La negra no era entomóloga pero sabia con seguridad lo que estaba viendo…conocía las variedades más extrañas de arañas de las regiones donde nace el Orinoco.
Los terafósidos, que es el nombre de las tarántulas enormes que Yolanda veía tenían las patas largas y su tamaño dependía de la especie, pero ninguna se acercaba a las dimensiones de la criatura que la mujer había adoptado para su veneración.
Era la mascota de la pintoresca venezolana.
La negra comentó lo que estaba ocurriendo con su mascota pero omitiendo por pudor lo que estaba elucubrando su imaginería eidética de origen ritual.
Una de las más antiguas emociones de la humanidad es el apego a las “mores maiorum” y a las deidades de sus ancestros.
De la irrespetuosidad hacia ellos surgen odios y venganzas.
Un pensionista del hotel que observaba a la negra con gesto de chanza dijo que iba a realizar la narración de un experimento ejecutado por él mismo.
Primero le arrancó dos patas a una araña y le digo… ¡Araña camina! y con seis patas camina…y después con cuatro patas lo mismo, contaba el hombre, concluyendo con una risotada.
Esto produjo una fuerte reacción en el fanatismo y la superstición.
La negra Yolanda cambió la expresión, se puso rígida y se mordió profundamente los labios y su terrible y enorme mascota que llegó con las bananas, se puso en marcha lentamente dirigiéndose por los oscuros pasillos a la habitación del pensionista hablador, cuya crueldad surgía de su torpeza.
Volteó la cabeza de lado el hombre al oír el chirrido de la puerta entornada que lentamente se abría.
La horrible araña se erguía en sus extremidades traseras en el vano de la entrada, moviendo las patas delanteras y los golosos quelíceros en furiosa exhibición, alzada la boca a cincuenta centímetros del piso.
Cuando comenzó a moverse hacia la cama, el rostro del huésped estaba deformado por el espanto y cuando la criatura saltó sobre las sábanas sus nervios se pusieron rígidos de terror.
Esa noche el pensionista quedó muerto con dos profundas incisiones en su garganta y el colchón empapado goteando lentamente en el piso mientras la araña se retiraba con lentitud arrastrando la barriga pesada y repleta.
La criatura del Amazonas había inyectado su instantáneo y fortísimo somnífero en la yugular del infortunado.
La negra había estado toda la noche entonando su tétrica y aterradora letanía.
Se puso muy seria y estuvo realizando varios rituales en su habitación.
Y como hacían ancestralmente sus mayores, a la luz de la Luna, Yolanda se devoró a la araña.
Cumplió con el viejo rito basado en la creencia de que al comerse alguna criatura viva se adquieren las virtudes del animal comido.
La honesta y firme Yolanda no tenía muchas dudas hamletianas, decidía pronto y actuaba en consecuencia, mas rápido aun.
La sangre bañaba sus labios y se deslizaba suavemente sobre su piel en una corriente leve que empapaba su cuello y ponía rojos igual que el ocaso a los turgentes y oscuros pechos de la negra.
Cuando Adolfo Vilatte recibió a los periodistas de “El Tiempo”, los “habitué” del café del Hotel Colón estaban enfrascados en mil conjeturas sobre arañas asesinas y extrañísimos rituales. El pueblo del Azul estaba consternado.
Se siguieron escuchando por los pasillos leves roces de patas desde la habitación de la muerte.
Y algunos dicen que también se siguen oyendo los lamentos y letanías de la negra Yolanda por los rincones del silencio.
Y amparadas de la inclemente intemperie de la Pampa, crecían al abrigo del enorme y oscuro ropero de la venezolana y a su entrañable y subrepticio cuidado, treinta crías de la enorme araña.
Las “cachorras” estaban hibernando, a la espera de las tibias noches del estío azuleño.
El torneo de Primera División, organizado por la Liga de Fútbol de Azul, afrontará mañana una jornada decisiva con la disputa de la duodécima fecha. La programación se adelantó por el Día de la Madre y tendrá varios encuentros importantes, tanto en la pelea por el liderazgo como en la lucha por ingresar a los cuartos de final.
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