Sociedad

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La normalidad de lo imposible

Hacia fines del año pasado me atreví a compartir algunas reflexiones que vinculaban SOCIEDAD-CULTURA-TURISMO como una unidad que nos demandaba una exigencia comunitaria para impulsar un Azul más intenso.

11 de julio de 2020

Por Edelmiro Menchaca Bernárdez

Aquella introspección que era casi una invitación a formularnos preguntas, asumir riesgos, esforzarnos y arremeter desde una actitud pro activa estaba lejos de contemplar el panorama que desde comienzo de año nos puso frente a una situación tan grave como incierta.

Veíamos azorados como los sistemas de salud de países desarrollados caían derrotados por un virus que se iba deslizando inexorablemente de uno a otro continente.

Pocas semanas después y en contra de los pronósticos de que "a nosotros no nos tocaría" sentimos que ese enemigo silencioso y desconocido recorría las calles y en cualquier momento podía tocar a nuestra puerta. De pronto, éramos personajes principales de películas futuristas o historias sobre antiguas pestes.

A partir del Presidente y desde todos los niveles de Gobierno, el país se encolumnó para privilegiar la vida ante todo y se comenzaron a arbitrar medios para enfrentar lo que venía y demorar sus consecuencias. Los dirigentes de distintos partidos políticos demostraron que podían sentarse uno junto a otro para asumir el desafío, gesto que avaló la mayoría y les dio mejor imagen en las encuestas.

El espanto todavía estaba en la pantalla de la tele pero comenzamos a mirar con desconfianza al chino de la vuelta. Esto cambió cuando la sombra cubrió a Italia y luego España porque por origen, cultura o por afectos, todos tenemos algo de tanos y gallegos.

Aceptamos el encierro y cuidarnos y entramos adentro de nuestras casas y de nosotros mismos con nuestro núcleo familiar más cercano o casi o enteramente solos. Revolvimos y ordenamos los placares, los sobres con fotos olvidadas, cocinamos sabiendo o no sabiendo, leímos, miramos series escuchamos música divertida o nueva o perdida.

El celular se volvió imprescindible y aprendimos resignados a indagar nuevas formas de acercar a la distancia. Encontramos el modo de resolver problemas cotidianos, convivir, carecer de las presencias y juntar los pedazos de cada micromundo fragmentado.

Tras las semanas, nosotros engordábamos junto a una sorda inquietud mientras la salida se dilataba y la esperanza enflaquecía.

Decreció el intercambio de chistes por Facebook o Whatapps que ya solían repetirse. Aflojaron los aplausos a los que estaban "en el frente" y exigíamos que los héroes estuvieran lo más lejos posible de nuestros domicilios. Nos preguntábamos cuántos respiradores más serían necesarios y omitíamos saber cuántos profesionales teníamos preparados para manejar una terapia. Abrimos una nueva grieta entre los que "igual cobraban", los "si no trabajo, no como", esenciales y no esenciales, y el montón de "prescindibles" que veían temblar las ramas de su árbol sostenido más por la necesidad de aire que por la profundidad de sus raíces. Volvimos a cargar sobre el indigente que es al final "el que más recibe" y calculamos los pesos que sumaba acumulando planes y "si yo no produzco quién aporta". Queríamos linchar al "infectado" y delatábamos impunemente a los presuntos inconscientes que nos ponían en peligro. Culpamos a gobiernos pasados y al presente. Porque da ayuda o no da, porque la ayuda llega o no llega, porque controla demasiado o no controla y la gente que carece de responsabilidad social y yo no salgo pero viste cuánta gente y algunos sin barbijo que estaba amontonada en el banco sin respetar el distanciamiento obligatorio. Lo que pasa es que sos anticuarentena y vamos a ver si te contagiás a dónde vas. Y esto porque es CABA o es Provincia y ahora inventaron lo del AMBA y qué se yo lo que es el AMBA. Y viste que viene gente a Los Teros y me vas a decir que seguir con los molinos es imprescindible y lo que es verdad que el frigorífico trae gente a escondidas. Y qué querés en Azul, en otras ciudades no pasa nadie y fijate Tandil, Tapalqué, Rauch, ningún caso y fuerza Chillar y Olavarría...

Y en este claro oscuro de toques surrealistas un hilo delgado pero fuerte de gente silenciosa tejiendo punto a punto la red de contención que da el pan, el abrigo, la palabra, la changa, la compra solidaria al emprendedor constante que rema siempre en agua espesa. El llamado oportuno, la mano que no es grande pero que sostiene y reconforta.

Y fuimos soportando y queriendo despertar cada mañana y comprobar que sólo fue un mal sueño e irnos a dormir por la noche queriendo soñar con otra cosa. Hinchados de conflictos, hastiados de tanta incertidumbre, de que al final no sabemos bien cómo se contagia, insultando o aprobando los dictados de los especialistas, avanzando y retrocediendo fases, los argentinos superamos los cien días y ostentamos ante el mundo la más larga cuarentena.

Ahora con toda la carga a cuestas nos toca optar por mirar la realidad de frente y levantarnos nuevamente. El problema no está solucionado, no hay cura certera contra el virus ni vacuna que evite contagiarnos. Una corriente subterránea ha delatado la fragilidad de estructuras sociales e individuales. Es una guerra. Una rara guerra. Es una extraña visita que nos acosa y produce un temblor desconocido. Poco antes, sabíamos que "la cosa" era más o menos así. A pesar de las crisis reiteradas, arranques, amagues de poner el motor en marcha y terminar de nuevo empantanados, abrir el pecho de esperanzas y agotarnos al poco tiempo de haber inaugurado una nueva caminata. Y hasta se podía, superados del hartazgo, alentar el escape hacia un país más desarrollado.

Hoy la globalización se ha visto fragmentada y se marcan las fronteras más que nunca, de un país a otro, de una provincia a otra, de un pueblo a otro.

¿Cómo poder recuperar el castillo levantado en la arena y que fue arrasado por una ola inoportuna? Podré recomponerlo pero no será la misma arena ni el castillo será el mismo. Tampoco yo seré el mismo. Y tendré que elegir en volver a levantarlo o bajar los brazos para siempre. Una mezcla de fuerza e impotencia me enfrentan a mi propio dilema.

¿Cómo medir mis manos, mi corazón y mi cabeza y contemplar a la vez el horizonte? Y miro y me miro como me pongo de pié frente a mi vida, proyecto interrumpido. Y miro la arena y la playa me mira interrogando. Tal vez tendría que mirar mucho más lejos... No sólo yo, el mundo entero se ha modificado, pero mi pequeñez me impide dar muchos pasos y alejarme. Ya mi mundo cotidiano es complejo y suficiente. Elijo no maldecir el mar. Elijo mi arena humedecida. De sudor, lágrima y sonrisa. Acepto la fragilidad de mi naufragio y valorizo los restos que encuentro para empezar de nuevo mi trabajo.

No estábamos preparados para esto. Casi nunca estamos preparados para nada. Por eso hay que inventar nuevas actitudes y herramientas.

¿Podemos pretender seguir como si no hubiera ocurrido nada? Hay que obstinarse en los anhelos y encontrar más que nunca el coraje para ocupar nuestro lugar y trabajar y celebrar y tomar aire por nariz y apretar los dientes.

Y para volver al principio y de acuerdo a las metáforas acercar la mirada al Azul que ansiamos, me pregunto. ¿A qué "normalidad" queremos volver? ¿A la de la comodidad y falta de compromiso? ¿A la del abandono, pérdida o desmantelamiento? ¿A la de los ninguneos, chicanas, grietas y arañazos? ¿A la de cuestionar y defenestrar para impedir? ¿A la de los intereses y ventajas personales? ¿A la de la pobreza de imaginación y de proyectos colectivos? ¿A la de molestar hasta trabar emprendimientos sociales y productivos? ¿A todas las anormalidades que consideramos y defendemos por normales?.

Podemos mirar más allá del mar. Podemos mirar el horizonte de nuestra extensa Patria. Podemos mirar nuestro pequeño territorio y aún el interior de nuestra casa. Creer que más tarde o más temprano vamos a recuperar esa normalidad que nos conduce a lo que éramos antes de la pandemia sería a mi juicio un claro error. Por cierto nos daría más seguridad, pensarlo aunque sea, volver a aquello conocido pero que siempre detestamos. Yo creo que mucho se ha movido y sería un sufrimiento y tiempo inútil lo que nos ha acontecido.

No sé si volveremos a ser mejores porque nuestra humanidad nos vence fácilmente pero un intento personal y comunitario sería una oportunidad de repensarnos, de abrir nuestro cerrado pensamiento, darnos la posibilidad de aprender y dudar de aquello que estamos seguros que sabemos.

Aplacar lo oscuro que se empodera de nosotros y luchar con la humildad que exige la grandeza para no postergar nuevamente la reconstrucción que nosotros mismos condenamos al fracaso.

Si hay que defender la vuelta de alguna normalidad que sea la eterna pretensión de ser un poco más felices, la del encuentro, el vino, el abrazo.

Con la fe en el rito, como en los orígenes, con la convicción del mago que cree en lo que hace, con toda la fuerza que la debilidad inspira, convirtamos la palabra y la ilusión en un hecho concreto y que sea normal lo visionario, lo arriesgado, lo fantástico, lo que por normalidad creemos imposible.


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