SOBRE LA VISITA AL CEMENTERIO EN EL MARCO DEL FESTIVAL CERVANTINO

SOBRE LA VISITA AL CEMENTERIO EN EL MARCO DEL FESTIVAL CERVANTINO

"Una Mirada"

10 de noviembre de 2022

Éramos bastantes; me parecieron demasiados. Nos dijeron que el día anterior había habido más, muchos colados. Por eso en esa oportunidad verificaban las entradas.

Una chica nos leyó una especie de introducción, nos pidió que apagáramos los celulares y que no habláramos en el trayecto por consideración a los que descansaban allí, entre los cuales debía haber muchos de nuestros familiares o amigos.

La caravana empezó el recorrido con el muchacho adelante. Íbamos como en una procesión, no sé si con recogimiento por el lugar o con respeto, o porque no nos daban ganas de hablar o porque nos lo habían pedido. Creo que por lo anteúltimo.

Algunos habían cumplido las sugerencias: llevar una botellita de agua y sombrero o gorra. O no las habían cumplido; fue nomás por costumbre de andar con agua, o por el sol, que estaba fuerte todavía a las cinco de la tarde. En determinado lugar, el muchacho nos hizo detener y ubicar más o menos en semicírculo. No hablaba, lo sugería con gestos. Fue justo a unos pasos del panteón donde están mi hijo, mis padres (sus cenizas) y los familiares de mi marido. Se me vino el recuerdo de la pequeña multitud que ví sobre el césped extendido, apenas más delante de donde nos hallábamos, cuando mi marido y yo salíamos casi últimos del panteón, finalizado el entierro de mi hijo. Una imagen fuerte, que me hizo sonreír por lo irónica: ¡justo ahí!. Pero enseguida se me borró, ocupada en mirar al muchacho y en escuchar su relato. Era un buen narrador oral. Tenía puestos unos pantaloncitos amplios como de baño, que terminaban bastante antes de las rodillas, de color rojo estridente. Una camisa cerrada al cuello con una especie de cadenita con pequeños colgantitos, discreta, de metal plateado. Y un piloto corto, azul. Usaba bigotes y tenía cabello oscuro. Componía una figura exótica, ah, y traía un paraguas cerrado que había dejado a un lado antes de comenzar a hablar.

Contó un cuento sobre unos huesitos desenterrados que eran de la abuela del protagonista de la historia, que se habían hecho figura y se negaban a desaparecer hasta que fueran devueltos al lugar de donde habían sido sacados, su casa.

El relato era en primera persona. Cuando se refirió a sí mismo como mujer pensé que se trataba de una reivindicación gay. No sé si el narrador lo sería y no interesaba, pero me sorprendió, hasta que comprendí que el cuento era de una escritora actual muy reconocida (sabíamos que todos los cuentos eran de esa escritora) y el muchacho había respetado el género.

Muchas veces en su historia asombrosa y macabra, llovía.

Cuando terminó, señaló con el brazo extendido, sin hablar, un destino: el que debíamos seguir.

Continuamos la caravana por entre las tumbas, callados, secretamente tocados por algo, no sé si por el sitio, por el relato, por esa presencia estrambótica que habíamos contemplado unos veinte minutos mientras hablaba; mezclados, lejos de aquellos con quienes habíamos concurrido. Estábamos juntos; sin embargo, el sentir era en solitario.

La segunda parada fue en lugar más abierto, al lado de unas bóvedas alejadas. Aparecieron -para mí por obra de magia- banquitos. No había para todos; me hice de uno. Los que no tenían volvieron a sentarse en el césped, de la forma en que la nueva narradora nos indicó, casi sin hablar.

Era una mujer alta y delgada, mucho mayor que el muchacho anterior, con chaqueta y pollera con tajos, de estampado azul-celeste. Cabello con rulos, semicorto. Tenía el aspecto de una dama distinguida, pero descollaban en su atuendo unas botas color manteca charoladas, con tacos anchos, que le daban un aire extraño. Y medias de nylon, de esas que ya nadie usa porque pocas mujeres vestimos polleras.

Empezó a narrar. Lo hacía muy bien, exacto el cambio de personajes: una mujer que encuentra una madre joven embarazada y drogadicta que vive en la calle, con un niño sucio al que ha venido siguiendo desde que lo vio en el tren cambiando estampitas por dinero.

El sol seguía fuerte; el espacio era amplio, no como el corredor entre bóvedas que había ocupado el chico anterior. La falda se le movía con el vientito suave cuando ella se ponía de pie, caminaba o se sentaba. Su presencia era una atractiva combinación de autoridad y cercanía.

Sin descuidar la historia y las actitudes de la narradora, me concentré en sus uñas rojas; trataba de ver si se las había pintado ella o estaba manicurada. No pude saberlo; estaba cerca pero no tanto.

Cuando terminó, señaló para otro lado con el brazo tan rígido como había hecho el narrador precedente. Para allá fuimos.

Cada destino nos hacía caminar un poco por un lugar en el que todas las tumbas parecen estar juntas. Pero no; uno se daba cuenta de que no estaba todo cerca, que las muertes se arracimaban a veces y otras se distanciaban o se perdían por entre calles bien trazadas o callejones de laberinto.

El próximo narrador nos condujo a otro conjunto de bóvedas, con sendero pavimentado y más espacioso que aquel en que se había detenido el primero.

Algo también contribuía al momento: los narradores caminaban erguidos, con una lenta teatralidad o con la seriedad de las circunstancias, no supe distinguir.

Su indumentaria era igualmente extraña: calzas negras al muslo; medias negras con puño hasta la rodilla y una especie de chaqueta larga de paño verde inglés, fuera de moda, como si la hubiera comprado en una feria americana.

El cabello negro casi rapado de un lado, la mecha del frente hacia el costado. Me pareció que tenía los ojos remarcados de negro.

En la pared de la bóveda con puerta vidriada que había elegido para detenerse había graffitis: puto, y negro puto, tachado.

No recuerdo nada de su relato, sólo que también usó la forma femenina del otro y que cuando su personaje habló de asustarse o esconderse, se corrió de la puerta de la bóveda y se metió un momento en el lado donde había una callecita que separaba esa bóveda de la siguiente.

Por un rato, hubo dos voces que sonaban, la del muchacho y la de la pared escrita. Y dos silencios: el de los muertos de esa bóveda y las contiguas, y las nuestras.

Cuando terminó, nos señaló con el brazo bien estirado perpendicular a su cuerpo, un nuevo destino.

Apareció para conducirnos otra narradora, una muchacha flaquísima con pelo cortado a lo varón, jeans, camisa roja y un chaleco colorido que parecía de uno de los que usaban los muchachos treinta años atrás.

Contó una historia de tres: Adela, una chica sin un brazo, o como ella misma planteó enseguida, "con un brazo solo", aclaración que me fascinó, y dos hermanos, el varón de 11 años y una chica, que entran en una casa deshabitada sin paredes internas, donde finalmente Adela se queda a vivir, después de cerrar la puerta con llave. El chico, tiempo después se suicida y la hermana vuelve a la casa pero no se atreve a entrar.

El suicidio me resonó, pero no me hizo mella. Era de otro y de un personaje de ficción.

Adela reía mucho en el relato y la dentadura de la narradora se veía en todo su esplendor, lo mismo que la ausencia del brazo, porque cuando la representaba lo llevaba hacia atrás con naturalidad, como si verdaderamente no lo tuviera.

Esta vez el telón de fondo era una de las sombrías y anchas galerías de nichos. Adelante se destacaba una enorme pila de escombros en grandes trozos.

El silencio final y el brazo señalador nos indicó otra ruta.

La nueva narradora nos condujo de la parte general del cementerio a uno de sus costados, el sector dedicado a los extranjeros. Íbamos por entre tumbas de ingleses, alemanes. Se veían lápidas con el signo masón.

Para entonces yo ya había reemplazado mis anteojos de sol por los multifocales que uso permanentemente, y me había puesto y retirado el abrigo unas cuantas veces, según el calor o el fresco que yo sabía de mis tantas idas, que solía hacer donde no daba el sol.

La chica se detuvo al lado de la tumba más grande y alta, con lápida, la totalidad en granito negro. Era justamente la de los abuelos de una chilena, paciente de mi marido desde pequeña y luego amiga de los dos, que había vivido unos cuantos años en Azul y después había regresado definitivamente con sus padres a Valdivia, su ciudad de origen.

La joven narradora de ojos claros tenía también su particularidad: una especie de pulóver tejido en colores a la manera de los de Bariloche, y botas cortas de lluvia, rojas.

Su historia fue la de una chica que menosprecia primero y echa luego a su novio para quedarse con una calavera desdentada que ha encontrado en la calle, a la que alhaja y en la que quiere convertirse.

En esa historia nunca llovió, pero creo que al comienzo había barro.

Fin. Con el brazo extendido nos marcó la dirección.

Antes de llegar a la salida, en la calle principal del cementerio, la mujer de botas rema se sentó sobre el escalón de una bóveda y leyó un breve poema, del que en el tercer verso comprendimos que quien hablaba era al revés de lo que habíamos creído en el principio: un muerto.

Y allí, finalizado el encuentro, tuvimos ganas de aplaudir y lo hicimos.

Los cinco narradores se colocaron uno al lado del otro y apuntaron, con el brazo derecho, como en una fila de las antiguas coristas del Maipo, hacia la salida.

De inmediato, uno a cada lado del sereno oleaje de gente, fue entregando a los visitantes un crisantemo blanco que, aunque simboliza suerte, vitalidad, esperanza y alegría en la cultura oriental, la mayoría de nosotros considera la flor de los muertos.

Mientras nos íbamos, una de las asistentes que por casualidad quedó a mi lado -joven compañera de talleres con quien había estado hablando cuando nos encontramos en la entrada- me preguntó qué me había parecido.

-Me sale una palabra- le dije. Pero no te la quiero decir.

-¿Tétrico? ¿Bizarro? -arriesgó mi acompañante. Entonces me acerqué a su oído y le dije: -Surrealista.

No sabemos qué efecto hizo en cada uno esa experiencia.

La ropa extravagante de los narradores; las historias inquietantes: la atmósfera del cementerio con la vista que no podíamos obviar de las bóvedas con nombres conocidos, nichos, tumbas con roturas, olvidadas, ausentes, porque algunas estaban demarcadas pero no había nada; la masa de gente silenciosa, sentada o de pie, pero expectante, fue una vivencia que a nadie pudo haber dejado indiferente.

Casi a la salida nos volvimos a encontrar mi amiga y yo, que habíamos ido juntas pero de manera casual nos separamos apenas empezado el trayecto. Intercambiamos comentarios, todavía conmovidas.

Pero nunca le dije que en ciertos momentos sentí que lo que estaba sucediendo no era real, y que nosotros, todos los presentes, no estábamos más vivos que los muertos que nos rodeaban y que no éramos más verdaderos que los personajes de las ficciones que acabábamos de oír.

Después nos fuimos a tomar un café y charlamos de todo por mucho tiempo, como si siguiéramos estando vivas.

Graciela Oro Fino - Regueral

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