22 de julio de 2026

ENFOQUE

ENFOQUE . Al menos, noventa minutos de patria

En una sociedad hiperfragmentada, una socióloga reflexiona sobre por qué la Selección nos identifica y nos hace sentir parte de un mismo pueblo cuando juega el Mundial.

Por Anastasia Mazars (*)

¿Qué hace una persona no futbolera escribiendo sobre fútbol? Lo sé, debo ser de las menos idóneas para hacerlo. No soy hincha acérrima de ningún club -aunque siempre quiera que le vaya bien a Estudiantes de La Plata-, no entiendo el deporte ni conozco la táctica y, aunque lo intente, no logro sostener la atención en los partidos.

Sinceramente, el mundillo del fútbol me tiene sin cuidado. Sin embargo, ese desinterés se modifica cada cuatro años, cuando la Selección participa de una nueva edición del Mundial.

Fundida en la épica mundialista, intento entender la estrategia de Scaloni, grito con fervor los goles, tiemblo cuando el rival se acerca a nuestra área y durante noventa minutos siento el galope de mi corazón.

De repente, la relación con esos once tipos que corren atrás de una pelota deja de ser de desinterés para transformarse en una cercana, casi filial.

¿Qué logra la Selección Argentina para que, incluso a los no futboleros, nos pase todo esto?

Hay algo del lugar que ocupa el fútbol en la Argentina que se revela en el lenguaje. Expresiones como "qué golazo", "le marcó la cancha" o "se puso la diez" exceden el ámbito deportivo y forman parte de nuestra conversación cotidiana, dando cuenta de hasta qué punto este deporte está arraigado en nuestra cultura.

¿Cómo llegó el fútbol a convertirse en un componente tan constitutivo de nuestra cultura popular?

Hacia mediados del siglo XIX, junto con otras formas de inserción del capital británico, Inglaterra nos importó el fútbol. Lo que comenzó siendo un deporte de la élite extranjera fue apropiado por las oleadas inmigratorias y transformado por criollos e hijos de inmigrantes, que le imprimieron un estilo rioplatense basado en la viveza, alejándose de la técnica depurada y aséptica del modelo inglés.

Esta apropiación popular implicó llevar el juego al territorio del potrero, ese baldío del que habla Archetti, donde miles de pibes se forman sin método ni jerarquías, encontrando en ese espacio la gracia y la virtud.

Paralelamente, la expansión de asociaciones civiles y clubes deportivos permitió mezclar y cohesionar a personas de distinta procedencia geográfica alrededor de una pertenencia barrial y comunitaria.

Como sostiene Alabarces, el fútbol operó -y todavía opera- como un gran aglutinante de experiencias identitarias diferentes.

Es claro que el plantel de la Selección no representa a toda la población argentina -¿dónde están las mujeres, las diversidades sexuales, las personas con discapacidad, las racializadas o los pobres de cuna y de cajón?-.

No obstante ello, consigue durante el Mundial esa ilusión de "comunidad imaginada" de la que habla Benedict Anderson.

Para el politólogo, los integrantes de una nación nunca podrán conocer a la enorme mayoría de sus compatriotas, pero sí pueden imaginar que todos son parte de una misma comunidad política. Y cuando vemos que esos once tipos cantan el himno y transpiran la casaca albiceleste, nos sentimos cercanos a millones de otros argentinos, sin importar las distancias geográficas, de clase o de género, porque en ese momento la pertenencia nacional se impone sobre las de de otro tipo.

Asimismo, los mundiales son una de las expresiones más acabadas de esa electricidad emocional que aparece cuando millones de personas sienten lo mismo al mismo tiempo. Aquello que Émile Durkheim denominó "efervescencia colectiva".

Durante noventa minutos, la vida cotidiana parece suspenderse y emerge un aura que, en términos de Walter Benjamin, proviene del carácter único e irrepetible de ese acontecimiento.

En este universo también hay lugar para los rituales paganos: prenderle una vela al Gauchito Gil, a San Expedito o al Diego; lechucear al equipo rival metiendo los nombres de sus jugadores en el fondo del freezer o respetar cábalas que suspenden cualquier pretensión de racionalidad. Y es esa dimensión simbólica, sensible y bastante absurda la que más me conmueve.

Pero el Mundial no sólo habilita otras formas de creer: también habilita otras de sentir. Y, como feminista, celebro cualquier episodio que tuerza el mandato masculino de la represión emocional. Porque el fútbol -y la Selección en particular- abren un espacio donde las lágrimas, los abrazos y la vulnerabilidad ya no se esconden: se expresan sin tapujos.

¿Qué significa políticamente la experiencia? ¿Por qué incluso los más desinteresados terminamos sintiéndonos parte del fenómeno futbolístico?

La Selección también produce una forma particular de identidad nacional que se construye a partir de la alteridad, es decir, del reconocimiento de un "otro" encarnado en la figura del rival.

En las instancias finales de este Mundial, ese "otro" estuvo representado por España e Inglaterra, dos países con una fuerte injerencia en la historia de nuestro pueblo.

Esos cruces despertaron sentimientos decoloniales y antiimperialistas y un nacionalismo que, mal ejecutado, rozó la xenofobia.

Sobre España no me detendré aquí ni abonaré las (interesantes) teorías conspirativas que orbitan alrededor de los análisis de nuestra derrota.

Me interesa más recuperar las emociones que habían sido movilizadas unos días antes, cuando la Selección enfrentó a Inglaterra y reactivó antagonismos mucho más profundos que los anclados en lo deportivo.

En la previa a ese encontronazo se reactivó un patriotismo popular necesario que reivindicaba "a los pibes de Malvinas que jamás olvidaré". Fue el regreso de los mitos y relatos que nos definen como pueblo: el recuerdo de aquel 22 de junio de 1986, cuando Diego -según sus propias palabras- vengó a un país, metiendo ese gol con la mano que dejó en el marcador un 2 a 1 sobre Inglaterra. Que la astucia de un pibe de Fiorito derrotara a "los piratas" forma parte de nuestra épica popular y explica por qué hasta quienes no somos futboleros sentimos que esa historia también nos pertenece, pues la nación también se narra a través de sus héroes.

Esa narrativa emocional que compone el vínculo entre el pueblo argentino y el fútbol reivindica ese camino del ídolo que llega a la gloria desde los márgenes; y que, tras Maradona, encuentra en la actualidad una nueva encarnación en la figura de Messi: otro pibe que logró consagrarse gracias a que un club europeo le costeó el tratamiento que, en la Argentina rota del 2001, ni sus padres ni los clubes locales podían garantizar.

Por eso, cuando hace unos días la Selección volvió a imponerse ante Inglaterra y coronó la jornada desplegando una bandera que rezaba "Las Malvinas son argentinas", se reveló la frontera porosa entre fútbol y política, esas dos caras de una misma moneda que muchos insisten en separar.

Pero, ¿cómo separarlas cuando nuestra identidad está hecha de ambas cosas? Tras este episodio, y ya finalizado el Mundial, varios de estos jugadores deberán volver a Inglaterra a vestir la camiseta de los clubes que los compraron. Pero eso no pareciera haber frenado la hazaña, revelando que, por encima de sus propias biografías, se imponen demandas populares a las cuales estos pibes permanecen sensibles. Y sí, los goles. Pero son especialmente estos rasgos de humanidad los que explican las palpitaciones que estos tipos generan en nosotros, los futbolísticamente apáticos.

Después de años de frustraciones políticas y de una creciente desconfianza hacia las dirigencias, el fútbol argentino parece ser una de las pocas cosas que todavía nos siguen saliendo bien.

Quizás la Selección no haya traído la cuarta copa -¿o no la dejaron traer?-, pero consiguió algo todavía más valioso: reunir, aunque fuera por unas semanas, a una sociedad rota y fragmentada; hacer que lo colectivo se impusiera, aunque fuera por un rato, sobre la mezquindad individualista y devolverle algo de ilusión a un pueblo descreído y empobrecido.

Como dice la creadora de contenido Agus Cabaleiro, hay que respetar a quien le trae felicidad a un pueblo que, muchas veces, ni siquiera tiene para comer.

(*) La autora de esta nota nació en La Plata. Se recibió de Socióloga en la UNLP.

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