11 de enero de 2015
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Por Eduardo Agüero Mielhuerry
No se sabe cuándo ni dónde nació, pero lo cierto es que Jerónimo Solané, tras breves estadías en Santa Fe y Rosario, se radicó en Azul, en unos campos limítrofes con Tapalqué. Allí no trabajaba de manera convencional. Él se dedicaba a “sanar cuerpos y almas”. Sin embargo, nunca había estudiado medicina mas apenas sabía leer pero ni siquiera escribir.
Con una figura desgarbada, humilde, con el cabello canoso y desarreglado, y una larga barba blanca, pese a no alcanzar los 50 años de edad, en su rol de sanador y profeta era conocido como “Tata Dios” y así se haría tristemente célebre.
Su popularidad no dejaba de crecer, principalmente entre aquellos “crédulos” que buscaban una cura entre los brebajes que indiscriminadamente proporcionaba el falso médico o curandero. Con una verba escasa pero convincente, sus artilugios adivinatorios no excedían de un buen secretario que, sutilmente, interrogaba a los pacientes mientras Solané aguardaba escuchando atentamente detrás de una puerta de tela en el precario rancho donde atendía. Por lo demás, la sorpresa del enfermo ante las exclamaciones precisas del “adivino” y los “milagrosos remedios” completaban la fórmula de la estafa.
El manto de seriedad estaba dado por la imagen de la Virgen de Luján a los pies de la que los “clientes” dejaban su dádiva voluntaria.
Azul, tierra de ingenuos
En una campaña donde las necesidades eran infinitas y pocos se comprometían a ayudar, la astucia de Solané había encontrado el terreno fértil para su astuto ardid. Pero sin dudas, un día se extralimitó.
Sin tapujos, anunció que el 15 de noviembre de 1871 el mismísimo San Francisco de Asís aparecería en el pueblo de Azul. Desde ya que semejante noticia causó un gran revuelo y logró el desplazamiento de unos cuatrocientos vecinos de la región, poniendo en alerta a las autoridades municipales.
El médico de Policía, Alejandro Brid, completamente alarmado, hizo una breve aunque certera denuncia ante el comisario Reginaldo Ferreyra, exigiéndole que lo hiciera comparecer por “ejercicio ilegal de la medicina”.
La denuncia del doctor sentenciaba: “Un individuo llamado según me dicen Solano (o Médico de Dios) y que vive en el cuartel 7°, a cinco leguas distante de este pueblo, en dirección a Tapalquén, está cometiendo escandalosos abusos, tanto por estar ejerciendo la medicina indebidamente cuanto de los medios supersticiosos de que se vale para engañar a las personas ignorantes, que desgraciadamente es la mayor parte que viven en la campaña, haciéndoles creer que es el inspirado de Dios y conversa con él cuantas veces quiere y otras bribonadas por el estilo para expoliarles a mansalva”.
Jerónimo Solané llegó a la Comisaría de Azul -ubicada en la entonces calle XI entre XXVI y XXVII, es decir, en la actual Belgrano entre Colón y Burgos-, alrededor de las 11 de la noche acompañado por más de cuarenta personas a caballo.
En su comparecencia ante el Comisario y el doctor Brid, Solané reconoció que les brindaba remedios y algunos brebajes a las personas que iban a buscarlos, aunque no era médico recibido para hacerlo. Asimismo, irónicamente se le preguntó si conocía a San Francisco y él, con absoluto desparpajo, afirmó que sí, e inclusive que el Santo lo había impulsado a hacer un servicio a la Humanidad, curando a los enfermos. Además agregó que lo había visto por última vez el 11 de mayo de ese año en la costa santafesina del Arroyo Pavón.
Sin mediar mucho más diálogo, el “Tata Dios” quedó detenido en Azul por ejercicio ilegal de la medicina. Aunque no por mucho tiempo… Sin causa aparente, el Juez de Paz del pueblo, José Botana, tomó cartas en el asunto e intervino para lograr su libertad.
A los pocos días de abandonar la delegación policial, Solané se dirigió a la ciudad de Tandil para continuar con sus actividades, convocado por el estanciero Ramón Rufo Gómez, quien lo requería para curar las severas jaquecas que sufría su esposa Rufina Pérez. Así, Solané instaló un centro de curaciones en el puesto “La Rufina” de la estancia “La Argentina”.
En los últimos días de diciembre de 1871, Jacinto Pérez (también llamado “El Viejo” o “San Jacinto”), acérrimo seguidor de Solané, incitado por éste, reunió a varias decenas de paisanos criollos en las sierras cercanas al pueblo. Allí les planteó una serie de dramáticas predicciones -hechas por el “Tata Dios”-, las que hablaban de la aproximación del día de El Juicio Final y de un diluvio que acabaría hundiendo a Tandil para dar paso a un nuevo pueblo que nacería al pie de la “Piedra Movediza”, donde habitarían “las almas” de los elegidos. La única condición para acceder al glorioso vergel era deshacerse de todos los gringos y masones, culpables de las desgracias de los criollos.
Sangre inocente -
Aquél grupo, aparentemente apacible, poco después de las 3 de la madrugada del 1 de enero de 1872, tomó por asalto la sede del Juzgado de Paz tandilense y robaron algunas armas de fuego y sables.
Al grito de “¡Viva la Patria!”, “¡Viva la religión!” y “¡Mueran los gringos y masones!”, varias decenas de jinetes se dirigieron velozmente a la Plaza central del pueblo.
Santiago Imberti, un italiano organillero que vivía en torno a la Plaza de las Carretas (hoy Plaza Martín Rodríguez), fue el primero en ser degollado sin mediar más que un confuso griterío. Su cuerpo quedó tendido inerte.
Luego las víctimas fueron nueve vascos que esperaban en dos tropas de carretas para ingresar a la ciudad. La violencia fue descomunal. Los lancearon y apuñalaron sin tregua. Apenas minutos más tarde la nómina de asesinados se engrosó con los ingleses de la Estancia de Thompson.
Sin embargo, el golpe mayor lo dieron en un almacén de ramos generales y hospedaje, ubicado en De la Canal (estación del ferrocarril un tanto alejada del pueblo por aquél entonces, pero integrada plenamente a la ciudad en la actualidad). Salvajemente asesinaron a diecisiete personas. Los mártires del ataque fueron desprevenidos e inocentes pobladores y circunstanciales carreteros. Entre ellos, el vasco Juan Chapar -dueño del comercio-, su esposa y sus cuatro hijos menores, entre ellos una nena de cinco años y un bebé de pocos meses.
Gracias a una fuerza policial apoyada por vecinos armados, el grupo agresor fue apresado cuando se dirigían a la estancia de Ramón Santamarina (gallego contra quien se cree que iba dirigido principalmente el ataque, pero que fue alertado a tiempo para salvarse junto a su familia). Empero, cerca de allí, en medio de un enfrentamiento varios de los asesinos, entre ellos Jacinto Pérez, fueron ultimados. Algunos lograron escapar y los menos fueron detenidos.
Todos fueron llevados a un calabozo, donde poco antes había sido trasladado “Tata Dios”.
El pueblo estaba conmocionado.
Este luctuoso episodio, en el que fue asesinado casi medio centenar de personas, fue un absurdo ataque xenófobo y, raramente, “antimasónico”, ya que en la serrana ciudad no había ninguna logia organizada. Pero las prédicas del “Tata Dios” contra los extranjeros y masones habían calado muy hondo en la fragmentada sociedad de la época.
Tremenda tragedia conmocionó a toda la región y pasmó a Azul cuando se supieron varios detalles sobre los hechos, en especial, cuando se hizo público el testimonio del azuleño José Caballero quien sostuvo, ante los Jueces de Paz de Tandil y de Azul, que: “... El golpe dado en el Tandil, el día primero no estaba preparado así, pues se había precipitado a ello, por cuanto debía tener lugar el día doce o catorce en el Azul...”.
Inmundo final…
En la madrugada del 6 de enero, en el Día de los Reyes Magos, Jerónimo Solané murió baleado desde una pequeña ventana en el calabozo en el que estaba custodiado por guardias y civiles armados. Su sangre salpicó las paredes de la inmunda prisión. En su cuerpo se encontraron trece heridas, aunque sólo se oyó un disparo, por lo que se estima que fue asesinado por un tiro de tercerola o un trabuco.
Fue sepultado en el acceso al viejo Cementerio Municipal, fuera del camposanto, en lo que actualmente es la Plaza Moreno (en cercanías al acceso al Parque Independencia). Se dice que el lugar fue elegido para que fuese pisoteado por quienes llegaran a la necrópolis; supuestamente, además, fue enterrado con los grilletes puestos y de pie, para que no descanse en paz.
Tras un juicio con muchas falencias procesales que dejó líneas de investigación sin tratar, mayoritariamente todos los detenidos fueron liberados. Sólo tres de los reos fueron condenados a muerte. Empero apenas Cruz Gutiérrez y Esteban Lazarte fueron fusilados en la Plaza principal de Tandil, porque el restante, Juan Villalba, murió en su celda poco antes.
El caso quedó formalmente cerrado, pero las calles siguieron manchadas de sangre… sangre inocente.
Estrella y Luz
Luego de los acontecimientos, aquellos extranjeros que se habían visto amenazados en primera instancia, inmediatamente se hallaron deseosos de “tomar el control público” de Tandil, por lo que empezaron a buscar un cauce político.
Fue así como, Ramón Santamarina, se afilió el 31 de mayo de 1872 a la Logia “Estrella del Sud” N° 25 de Azul, ya que creyó hallar en la masonería un modelo viable de organización. De este modo, él y otra decena de tandilenses que se sumaron a las filas masónicas, lograron con mayor énfasis el apoyo del sector liderado por Adolfo Alsina, quien gravitaba en la política argentina (y en la masonería) con singular poder.
Finalmente, el 6 de septiembre, las autoridades de la Gran Logia de la Argentina -y las de Azul- se hicieron presentes en la serrana ciudad para “levantar columnas”. Así, Santamarina y otros, con la colaboración de los hermanos azuleños, lograron la consagración de la Logia “Luz del Sud” N° 39.
Después de tremenda masacre, hubo conciencias que se lavaron en agua bendita, manos que se siguieron manchando con sangre inocente y algunos que pensaron en el bienestar del pueblo…
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