SE ACERCA EL DEBATE

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Legal o clandestino: El aborto ocurre igual

28 de diciembre de 2020

Por Moira Goldenhörn (*)

Es el tercer año que escribo sobre las tensiones sociales ante los debates parlamentarios des proyectos de ley para la legalización del aborto. He dado opiniones, fundamentos, he hablado de experiencias cercanas. También, reconozco que algunas opiniones se han ido matizando al ir conociendo en dimensión intecultural los diferentes enfoques del tema y el despliegue de redes de sororidad cercanas, cada vez más fuertes.

Lo que no ha ido cambiando es la realidad sobre los abortos que ocurren cotidianamente.

Y también continúan vigentes los mismos lobbies médicos que buscan mantener el negocio clandestino maquillándose de salvadores de niñes por nacer y esgrimiendo un juramento hipocrático que desconocen cuando matan bebés mediando violencia obstétrica o de realizar reclamos por mejoras salariales se trata.

Los mismos argumentos misóginos gritando que cierren las piernas las mujeres responsabilizándolas de las violaciones que las tienen por víctimas, de los engaños de los hombres sobre el uso del preservativo, desconociendo que una niña no está en condición de ser madre y que SIEMPRE se presupone un abuso en una criatura o adolescente.

Las mismas mujeres que han recurrido a abortos eximiéndose a sí mismas de cargos, culpas y reproches morales "porque era un caso extremo" condenando a todas las demás por las dudas, desconociendo en las otras el mismo derecho que para ellas, es decir, buscando mantener sus privilegios a la hora de interrumpir sus embarazos no deseados.

Parece que como sociedad no avanzamos en casi tres años. Parece que como sociedad no somos capaces de entender que la campaña del pañuelo verde habla de tres consignas, no de una, de autonomía de las mujeres para elegir su proyecto de vida cuando no incluye la maternidad en algún momento de la vida por diversas razones así como los hombres deciden hablar de ausencia de voluntad procreatoria y abandonar a las mujeres embarazadas e hijes nacides. Tampoco se ha logrado entender que para salvar una vida no basta con dejarla nacer, sino que hay que darle dignidad desde el minuto cero en que su madre decide traerla al mundo. Parece que, como sociedad, estamos más dispuestos a condenar y proyectar en las mujeres las expectativas éticas que no se practican como propias, que en practicar la caridad cristiana con todos los niños y niñas ya nacidos, con todas las familias que la pasan mal, con todas las madres que reclaman su AUH e IFE. Parece que, como sociedad, la hipocresía está a la orden del día.

Hipocresía que hace caso omiso al texto del Código penal, a los casos LMR y FAL, a los protocolos de aplicación de los ILE y a las comunicaciones de los organismos internacionales que controlan el cumplimiento de los derechos humanos de las mujeres. Hipocresía que no cuestiona el descarte de embriones en las empresas de fertilización asistida pero condena la decisión autónoma de las mujeres y niñas sobre sus embarazos no deseados, aún cuando son fruto de la violencia sexual.

Sigo pensando que es una lástima que la sociedad deba recurrir a la práctica del aborto como un mal menor. Pero, parece ser que somos muy pocos quienes pensamos que la sociedad debería dar mejores condiciones de maternaje, garantizar la educación sexual integral para decidir y el acceso a anticoncepción gratuita segura para no abortar. En esta sociedad, ¿cuál es el bien común que no llega, y, ante su ausencia, recurrimos al mal menor?

Sigo pensando que las mujeres occidentales estamos inhabilitadas para hallar consuelo y amparo comunitario ante abortos decididos por fuerza mayor, para garantizar la supervivencia propia y de les otres hijes, ya que la Iglesia (las iglesias, en realidad), en lugar de trabajar activamente por dar mejores condiciones de vida a las mujeres y niñes, en lugar de trabajar con los hombres para ejercer su sexualidad responsablemente y deconstruir al macho violento que culturalmente los habita a todos, insiste en condenar a las mujeres por abortar mientras sostienen los privilegios masculinos. Y esto así, aún desconociendo tradiciones eclesiásticas que existen desde la Edad Media, cuando el mismo Santo Tomás de Aquino toleraba el aborto en el primer tiempo de gestación o la doctrina irlandesa que eximía de la excomunión a quienes recurrían a abortos por causales, sobre todo a causa de la pobreza. No deja de sorprender cómo se omiten hechos históricos para argumentar a conveniencia, siempre condenando a las mujeres y niñas.

Y me sigo preguntando qué es lo que están viendo quienes creen que se están evitando abortos por mantenerlos en la ilegalidad, lejos de las estadísticas certeras y de políticas públicas efectivas para la protección de la integridad y dignidad de las mujeres, niñas, y personas con capacidad de gestar.

Me pregunto cuál es la bondad de obligar a parir a niñitas. Dónde está el bien en obligar a gestar y parir les hijes de violadores, qué es lo bueno de dejar niñes muriéndose de hambre o de otras causas vinculadas a la pobreza, después de haber nacido. Me pregunto por qué hay que obligar a las mujeres, niñas y adolescentas a parir aún cuando su vida, además de su salud, están en riesgo.

Y es entonces cuando todo cobra sentido: las mujeres y todo cuerpo con capacidad de gestar no somos otra cosa que una fábrica de bebés. Somos una fábrica donde se mixean gametos rubios para vender el producto; somos la fábrica de donde salieron los hijos e hijas sobrevivientes a la picana y violación de sus madres encintas, que fueron apropiades cual botín de guerra y seguimos buscando; somos una fábrica de donde se arranca el tesoro de las mujeres y hombres adinerados que convencieron a las mujeres y a las familias de las niñas pobres para que les entreguen a la criatura en adopción; somos la fábrica de donde salen les bebés apropiades por sistemas judiciales corruptos que penalizan la pobreza de sus madres para dotar de carnecita fresca al mercado de la trata de bebés con una buena excusa de aparente altruismo sólo posible en un sistema que defiende el clasismo y el racismo como formas de eugenesia y depuración social.

Todo tiene sentido desde la lógica capitalista y neoliberal que sigue, con su espíritu extractivista, expoliando los cuerpos de mujeres y sus frutos. El sistema gana con cada aborto clandestino, el sistema gana con cada bebé vendido. Y siempre pierden las mujeres y sus hijes.

¿De verdad creen que vamos a seguir tolerando mucho tiempo más este abuso sobre nuestras cuerpas, nuestros proyectos de vida y nuestros hijos e hijas deseadas y nacidas?

Más temprano o más tarde, #SeráLey

Abogada feminista

PG en Cultura y Comunicación

Maestranda en Cs. Sociales y Humanidades

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