8 de noviembre de 2026
Desde un departamento, en un edificio ubicado en pleno centro de Azul, una celebración futbolera se convirtió en una oportunidad para observar mucho más que el festejo de los hinchas de Boca. Familias, chicos, adolescentes y adultos mayores fueron llegando desde distintos puntos de la ciudad para compartir una misma emoción. Una escena que, en tiempos de dificultades económicas, incertidumbre y preocupaciones cotidianas, invita a pensar en la necesidad de encontrarse, pertenecer y, aunque sea por unas horas, tener un motivo para ser felices.
Son las 21.02 de un sábado. Estoy en mi departamento, en un edificio ubicado en pleno centro de la ciudad de Azul, cuando comienzan a llegar desde la calle algunos sonidos que, al principio, no consigo identificar. Son voces, cantos, gritos que se mezclan y que, poco a poco, van ganando intensidad. Algo está sucediendo afuera.
Me acerco a la ventana de la cocina y miro hacia la calle. A lo lejos, en una esquina, alcanzo a distinguir un grupo de personas. Parecen estar contentas, cantan, levantan los brazos, se mueven de un lado a otro. No logro descifrar qué las convoca. Entre la gente puedo distinguir algunas camisetas con amarillo, aunque todavía no sé si se trata de los colores de Piazza o de Boca. En medio de mis asuntos cotidianos, no había reparado en que esa noche jugaba Boca Juniors.
Me quedo mirando. Mi gato también se acerca a la ventana y, por un rato, compartimos esa curiosidad por lo que está pasando en la calle.
Desde un piso en lo alto, la perspectiva es diferente. La distancia permite observar el movimiento general, pero también despierta una cantidad de preguntas sobre cada una de las personas que van apareciendo. ¿De dónde vienen? ¿De qué barrio serán? ¿Vivirán cerca del centro o habrán recorrido veinte, treinta cuadras para llegar hasta ahí? ¿Habrán venido caminando, en bicicleta, en colectivo? ¿Alguno habrá salido apurado de su casa, habrá dejado algo pendiente o habrá venido corriendo para no perderse el festejo?
Son preguntas que aparecen casi naturalmente cuando uno observa una concentración de personas desde cierta distancia. Porque desde arriba se ve una multitud, pero esa multitud está formada por individuos. Cada uno tiene una historia, una familia, una rutina, preocupaciones, dificultades y una razón particular para estar ahí.
Mientras sigo mirando, la esquina comienza a poblarse cada vez más. Ya no es solamente aquel pequeño grupo inicial. Aparecen paraguas, sombrillas y banderas con los colores azul y amarillo. Las camisetas empiezan a hacerse más visibles y, finalmente, logro comprender de qué se trata: la pasión por Boca ha salido a la calle.
Pero hay algo que me llama especialmente la atención. No es solamente la cantidad de gente, sino la diversidad de quienes se acercan.
Veo madres que llegan con sus hijos pequeños, padres que llevan a los chicos sobre los hombros, niños que caminan apurados para sumarse a la celebración. Algunos llevan camisetas, otros gorritos, otros simplemente se acercan con la intención de formar parte de ese momento. Hay adolescentes que se encuentran con sus amigos, quizás en una de esas primeras salidas al centro en las que el acontecimiento parece ser mucho más importante porque se comparte con otros. También aparecen personas mayores, algunas caminando con cierta dificultad, pero igualmente dispuestas a acercarse a esa esquina donde comienza a concentrarse cada vez más gente.
Me detengo en esos pequeños detalles. En la madre que lleva a su hijo de la mano, en el padre que acomoda al chico sobre sus hombros para que pueda ver mejor, en los amigos que se reconocen entre la multitud, en quienes llegan con una bandera que vaya uno a saber cuántos años tiene, pero que seguramente guarda más de una historia familiar.
Desde mi ventana no puedo conocer sus nombres ni sus circunstancias. No sé qué dejaron en sus casas antes de salir, si tuvieron un buen día, si están atravesando alguna dificultad o si simplemente encontraron en esa noche un motivo para encontrarse con otros. Sin embargo, hay algo que sí puedo observar: durante ese rato, todos parecen estar unidos por una misma emoción.
La esquina se convierte en un punto de espera. Algunos cantan, otros levantan los brazos y miran hacia el lugar desde donde comienza a llegar una multitud. A dos o tres cuadras, las voces se hacen cada vez más intensas. Primero son sonidos difíciles de distinguir; después, algunas palabras empiezan a imponerse sobre el resto.
Dale, Bo. Dale, Bo...
Y entonces aparece el canto que termina de explicar lo que está sucediendo: Boca salió campeón.
La multitud avanza ocupando prácticamente todo el ancho de la calle. A los cantos que ya se escuchaban desde varias cuadras comienzan a sumarse los bocinazos de los vehículos y el sonido inconfundible de una trompeta que corta el aire de la noche. Las voces se multiplican, se superponen y ganan intensidad. Se mezclan las banderas, los paraguas, las camisetas y los gorros. Algunos saltan sin parar, otros acompañan caminando y muchos levantan los brazos para sumarse a una celebración que parece contagiarse de una persona a otra.
Entre los cantos aparece también aquel que dice: "De la mano de Paredes toda la vuelta vamos a dar..." Las voces se superponen, se repiten y se amplifican. La calle, que hasta unos minutos antes era un espacio de circulación habitual, se transforma en un escenario colectivo.
Y pienso en lo curioso que resulta todo esto. En cómo una noticia deportiva, un resultado, una camiseta, pueden movilizar a tantas personas y convocarlas a compartir un mismo espacio físico.
Quizás quienes están ahí no se conozcan entre sí. Quizás vivan en barrios muy diferentes, tengan trabajos distintos, pertenezcan a sectores sociales que habitualmente no se encuentran o transiten realidades económicas muy alejadas unas de otras. Algunos habrán llegado caminando desde unas pocas cuadras; otros quizás hayan tenido que tomar un colectivo o recorrer una distancia considerable. Pero esa noche todos encontraron un motivo para acercarse al mismo lugar.
Y esa imagen me lleva inevitablemente a recordar lo que vivimos durante el Mundial.
Aquellas jornadas en las que las plazas de las ciudades, las avenidas y los espacios públicos se llenaban de personas que salían a celebrar. Gente de distintas edades, barrios, condiciones sociales, historias e identidades que encontraba en la camiseta argentina un símbolo de pertenencia. Por unas horas, las diferencias parecían quedar a un costado. No porque hubieran desaparecido, sino porque había algo que las atravesaba y las reunía.
Lo que observo ahora tiene algo de aquella experiencia. Cambian los colores, cambia el equipo, cambia el motivo de la celebración, pero hay un componente que permanece: la necesidad de compartir una emoción con otros.
Desde una mirada psicosocial, la escena invita a pensar en la fuerza que tienen los espacios colectivos para construir pertenencia. No somos solamente individuos que transitan una ciudad, entran y salen de sus casas, trabajan, estudian, resuelven problemas y cumplen obligaciones. También necesitamos reconocernos en otros, sentir que formamos parte de algo, encontrar espacios donde las emociones puedan expresarse y ser compartidas.
El fútbol tiene esa capacidad singular. Construye identidades, genera códigos, despierta recuerdos, transmite historias familiares y establece vínculos entre generaciones. Un padre puede transmitirle a su hijo una pasión que recibió de su propio padre. Una camiseta puede representar mucho más que un club: puede ser parte de una historia, de una tradición, de una pertenencia que se construye y se renueva.
Pero quizás haya algo más en esta noche.
Vivimos en un país atravesado por dificultades económicas y sociales que se hacen sentir en la vida cotidiana. Hay familias que hacen enormes esfuerzos para llegar a fin de mes, personas preocupadas por el trabajo, por los ingresos, por el costo de los alimentos, por el alquiler, por la educación de sus hijos y por un futuro que muchas veces se presenta incierto. La preocupación se instala en las conversaciones, en las mesas familiares y en las decisiones más simples de todos los días.
En ese contexto, una celebración como esta adquiere otra dimensión.
No significa que los problemas hayan desaparecido ni que quienes están cantando hayan dejado de tenerlos. Tampoco que una victoria deportiva pueda modificar las condiciones materiales de vida. Pero sí puede ofrecer algo que, en determinadas circunstancias, se vuelve muy valioso: un momento de alivio, una pausa, una oportunidad para salir de la rutina y experimentar una alegría compartida.
A veces, una pequeña alegría individual se transforma en una enorme alegría colectiva. Y eso es precisamente lo que parece estar sucediendo frente a mi ventana.
Mientras observo a quienes siguen llegando, no puedo evitar preguntarme qué habrá detrás de cada una de esas caras. ¿Cuántas preocupaciones habrán quedado momentáneamente en suspenso? ¿Cuántas personas habrán encontrado en este festejo una excusa para salir de sus casas, encontrarse con amigos o compartir un rato con sus hijos? ¿Cuántas habrán necesitado, simplemente, sentir que algo bueno estaba sucediendo?
Hay algo profundamente humano en esa necesidad de celebrar. De salir, de cantar, de abrazarse, de levantar los brazos y sentir que la alegría del otro también puede ser propia.
Y también pienso en lo que sucederá después. Cuando los cantos se apaguen, cuando la multitud se disperse y cada uno emprenda el camino de regreso. Algunos volverán caminando a sus casas, quizás alguno se suba a una bicicleta o espere a alguien que lo pase a buscar. Cada uno regresará a su barrio, a su familia, a sus obligaciones y a su realidad cotidiana.
¿Tendrán algo calentito sobre la mesa? ¿Habrá que levantarse temprano al día siguiente? ¿Qué preocupaciones volverán a ocupar sus pensamientos cuando termine la celebración?
Son interrogantes que aparecen desde esa posición particular de quien observa desde un piso en lo alto de un edificio. Porque la altura permite ver la multitud, pero también invita a imaginar las historias individuales que la componen. Y porque, aunque no conozca a ninguna de esas personas, sé que detrás de cada una hay una vida que continúa más allá de los cantos.
Tal vez por eso me resulta tan interesante lo que sucede. Porque durante un rato la ciudad parece funcionar de otra manera. La calle deja de ser solamente un lugar de paso, el centro deja de ser un espacio comercial y de circulación y se convierte en un territorio de encuentro. Personas que probablemente no se cruzarían en sus actividades habituales coinciden en una misma esquina y comparten una emoción.
El fútbol, tantas veces discutido por sus excesos, por las rivalidades y por las diferencias que puede generar, también tiene esta otra dimensión: la de reunir, convocar y producir experiencias colectivas que fortalecen los vínculos y el sentido de pertenencia.
Mi gato ya se ha retirado de la ventana. La curiosidad inicial de ambos tuvo distintos tiempos. Yo sigo mirando cómo la multitud avanza y cómo los últimos grupos se suman a la celebración.
Mañana, seguramente, la calle recuperará su movimiento habitual. Cada uno volverá a sus ocupaciones y la esquina volverá a ser simplemente una esquina del centro de Azul. La realidad seguirá esperando a todos con sus dificultades y sus pendientes.
Pero esta noche ocurrió algo que merece ser observado.
Una multitud salió a la calle para celebrar. Personas distintas, con historias diferentes, que encontraron en una pasión compartida un motivo para reunirse. Y desde una ventana, casi como espectador involuntario de una escena que fue creciendo ante mis ojos, pude ver cómo una alegría que parecía pertenecer solamente a un grupo de hinchas terminaba convirtiéndose en una expresión colectiva.
Quizás no haya que buscarle demasiadas explicaciones. O quizás sí. Porque en tiempos en los que tantas cosas parecen separarnos, estos encuentros permiten recordar cuánto necesitamos de los otros.
A veces no hacen falta grandes acontecimientos para sentir que formamos parte de algo. Basta una camiseta, una canción, una esquina y miles de personas dispuestas a compartir un mismo sentimiento.
Son las 21.33. La calle vuelve a estar en calma. El silencio ocupa nuevamente ese espacio que, minutos antes, parecía desbordado por las voces, los cantos, los bocinazos y la trompeta. La multitud se ha dispersado. Cada uno ha retomado su camino, ha vuelto a su barrio, a su casa, a sus obligaciones y a sus preocupaciones.
Todos volvemos a nuestra realidad. Volvemos?
Porque cuando la alegría es compartida, deja de ser pequeña. Y quizás sea justamente eso lo que más necesitamos: encontrar, aunque sea por unas horas, razones para volver a sentirnos parte de algo.
La reformulación, de todas maneras, deberá ser avalada por la Dirección Nacional de Vialidad, según se indicó desde la empresa concesionaria de esa ruta nacional en una respuesta remitida a las entidades Vecinos Autoconvocados por la Autovía Ya y Estrellas Amarillas de Azul. También se detalló el plan de obras previsto.
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