3 de agosto de 2026
Las críticas a la Selección durante el Mundial 2026 trascendieron lo deportivo y expusieron un choque cultural. De un lado, un país que reivindica su identidad nacional. Del otro, sociedades que miran el patriotismo con creciente desconfianza.
Por Carlos P. Pagliere (h.)
Durante el Mundial de 2026, el contraste entre las hinchadas fue evidente: de nuestro lado, una marea celeste y blanca que, en las tribunas y en las calles, cantaba enardecida hasta quedarse sin voz; del otro, aficiones menos desbordantes.
En la cancha ocurrió algo similar: una selección argentina que dejaba el alma en cada pelota y peleaba cada partido hasta el último minuto -incluso en una final que no pudimos ganar-. Enfrente, equipos que simplemente jugaban.
Pero el contraste iba más allá del fútbol. El choque de pasiones reveló que, dentro y fuera de la cancha, Argentina no sólo disputaba un torneo: defendía una forma de concebir la identidad nacional.
Esa intensidad tan argentina no tardó en generar controversia. Pocas veces una selección fue sometida a un escrutinio moral tan severo. Cada entrada se convirtió en escándalo. Cada festejo, en provocación. Cada gesto de orgullo, en arrogancia.
Al final, la discusión dejó de ser estrictamente deportiva: una parte de la opinión pública comenzó a juzgar el carácter argentino casi como si se tratara de una falta moral.
¿Por qué?
Porque, a mi modo de ver, el verdadero debate nunca fue el fútbol. Argentina representaba algo que buena parte de la élite cultural de Occidente lleva décadas cuestionando: un pueblo que todavía se atreve a amar a su patria.
Nuestro país está lejos de ser perfecto. Arrastra desde hace años problemas serios de populismo, corrupción y pobreza. Sin embargo, conserva algo que muchas sociedades prósperas han perdido y que, precisamente por eso, les resulta difícil comprender: la convicción de que pertenecer a una nación, compartir una historia y defender determinados símbolos puede ser motivo de celebración sin necesidad de pedir perdón.
El peso de la historia europea
Europa carga con el peso de sus guerras, genocidios, el colonialismo y la esclavitud. Sus grandes potencias levantaron imperios sobre la conquista de continentes, el saqueo de riquezas y el tráfico de millones de personas esclavizadas. Esa herencia histórica todavía pesa sobre su conciencia colectiva.
En ese contexto, buena parte del establishment político, académico y mediático europeo construyó una cultura de revisión crítica de su pasado, en la que el patriotismo dejó de ser una virtud para convertirse en motivo de sospecha: las fronteras pasaron a verse como un problema, la tradición como una carga y la identidad nacional como una amenaza.
Es en ese escenario donde irrumpimos los argentinos: un pueblo que canta el himno a los gritos, lleva la bandera sobre los hombros, convierte la camiseta en una causa nacional, reivindica que las Malvinas son argentinas y no pide permiso para sentirse orgulloso de su tierra.
Esa forma de vivir la identidad puede resultar incómoda para quienes ven en toda expresión intensa de patriotismo un riesgo moral.
Por eso creo que buena parte de la crítica no fue sólo futbolística, sino cultural: un modo de proyectar hacia afuera tensiones que aún no se logran resolver puertas adentro.
Las acusaciones de racismo
En ese marco, las acusaciones de racismo contra la Argentina se entienden como un intento de trasladar culpas históricas que, en realidad, pesan sobre otras sociedades.
A diferencia de las grandes potencias coloniales, nuestro país tendió a integrar las distintas corrientes migratorias en un proyecto nacional: italianos, españoles, árabes, judíos y afrodescendientes terminaron conformando una identidad común. Antes que nada, somos todos argentinos.
Por eso, pretender juzgar nuestra realidad a través de la lente de la segregación anglosajona o de la culpa colonial europea constituye un anacronismo intelectual. Incluso, expresiones cotidianas como "negro" o "negrito", que en nuestro país suelen emplearse como apodos afectuosos y sin connotación racial, son interpretadas desde categorías culturales ajenas.
Ese intento de medir nuestros modismos con parámetros nacidos de otras historias revela más sobre los traumas no resueltos de quienes nos juzgan que sobre la sociedad argentina.
Orgullo, no arrogancia
El mundo suele confundir nuestro orgullo con arrogancia. Pero, en realidad, no es más que una forma apasionada y sin complejos de amar lo propio. Los argentinos sentimos orgullo por nuestro país no porque "hagamos todo bien", sino a pesar de nuestras falencias.
Discutimos con una intensidad que desconcierta porque vivimos nuestros símbolos a flor de piel. Sostenemos que Favaloro pertenece al patrimonio universal de la medicina, que Borges está entre los grandes de la literatura mundial, que Maradona y Messi son los mejores futbolistas de todos los tiempos y que no hay nada comparable al mate, los alfajores y el dulce de leche.
No es que creamos que todo lo nuestro sea objetivamente superior. Simplemente queremos lo propio, reconocemos aquello que nuestra sociedad ha creado y lo celebramos sin complejos.
Exageramos, es cierto: forma parte de nuestro carácter. Pero esa exageración nace del amor por nuestra tierra, nuestra familia y nuestra historia. Es una pasión contagiosa: por eso nos abrazamos con cualquier desconocido para festejar, e intentamos "argentinizar" a quien cruce nuestro camino.
Una reacción distinta en América Latina
La reacción antiargentina también apareció en buena parte de América Latina, pero tuvo un origen distinto del europeo. No nació del rechazo al patriotismo, sino de la rivalidad deportiva alimentada por décadas de éxitos de nuestra selección.
Más allá de las excepciones de Argentina, Brasil y, por tradición histórica, Uruguay, ningún otro país de la región logró consolidarse en la élite futbolística mundial. Esa frustración a veces alimenta relatos que atribuyen nuestros éxitos a la suerte, la polémica o el favoritismo arbitral antes que al mérito deportivo.
Pero existe una diferencia esencial: América Latina conserva un fuerte sentimiento patriótico y su rivalidad con Argentina nace de la competencia. Europa, en cambio, ya no aspira a fortalecer su identidad nacional, sino a distanciarse de ella. Unos compiten por lo que anhelan; otros cuestionan lo que ya no se atreven a reivindicar.
Lo que incomodó
La conclusión que deja el Mundial es que buena parte del problema no está en nosotros, sino en un mundo donde algunas sociedades han perdido la costumbre de celebrar su propia identidad y reaccionan con recelo frente a quienes todavía lo hacen.
Lo que incomodó de Argentina no fue sólo su fútbol. Fue que, con todos nuestros errores, seguimos cantando el himno con emoción, abrazando la bandera sin culpa y celebrando lo nuestro con la frente en alto.
Quizá por eso, detrás de cada descalificación se esconda una frustración: la de quienes han perdido el fervor por su propia tierra frente un pueblo orgulloso de ser argentino.
Hay pueblos que dejaron de emocionarse con su bandera. Nosotros todavía la alzamos con pasión. Que otros lo llamen arrogancia. Para nosotros, es patriotismo.
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