ESCENAS DE LA VIDA COTIDIANA

ESCENAS DE LA VIDA COTIDIANA

Padres nuestros (y nosotros, los padres)

Impresiones surgidas durante otro Día del Padre desde Blue City. Historias corales y en primera persona, marcadas por el perfil de quienes fueron siendo los protagonistas de un domingo particularmente especial para el sentir de todos.

Por: Fabián Sotes
22 de junio de 2021

A las 0.23 de este domingo que pasó, por WhatsApp, entró a mi celular el saludo que más esperaba. El de mi hija, Alina.

-Feliz díaaaaaaaaaa...- decía textualmente. Y después, un sticker completaba aquel mensaje enviado desde La Plata.

En una sociedad sintética como la actual, que parece despreciar en mucho la palabra, los stickers han aparecido para simbolizar todo aquello que no se dice con frases. Y yo, haciéndome el que me adapto a ese nuevo lenguaje comunicacional, le respondí con otro, intentando que simbolizara todo lo que la amo y la extraño ahora que, en medio de la actual pandemia, ha podido igual regresar a La Plata para seguir con la carrera universitaria que está cursando.

Se fue semanas atrás, en la previa a que yo cumpliera los 50. Nos quedó pendiente el reencuentro, que iba a ser ahora para el Día del Padre. Pero no se pudo, lo cual no dejó de dibujarme un rictus de tristeza este domingo que pasó.

Me tranquilizó saber que ella estaba allá con su mamá, que había viajado aprovechando también la excusa del Día del Padre para juntarse con su familia.

-Feliz día Sotes- me había escrito Angie, mi ex, poco antes de la una y media del domingo.

A esa hora estaba dormido, por lo que recién en las primeras de la mañana le respondí a quien le debo ser padre en esta vida.

Simplemente le agradecí el saludo; aunque estuve tentado de decirle también "feliz día" desde mi más sincera e íntima convicción, sabedor de que en algún momento ella fue padre y madre a la vez para esa hija que tenemos en común.

Este domingo que pasó no tenía para mí nada de distinto a otros donde no se celebra nada. Pero un llamado de mi cuñado hizo que al mediodía estuviera en su casa, sentado a una larga mesa de invitados.

La excusa era festejar su día, que lo pasó rodeado de todos sus afectos. Desde su esposa -mi hermana- hasta sus hijos, nietos y el bisnieto.

La carrera del TC rugiendo desde la TV y el olor al asado que llegaba desde la parrilla, listo para convertirse en el banquete del día, eran los ingredientes de esa mesa familiar donde Oscar, una vez más, se convertía en el anfitrión ideal. A propósito de su día y también del de su hijo más grande, que se llama como él y algún día -de eso estoy completamente seguro- al igual que años atrás lo hacía su abuelo paterno estará sentado en la cabecera de esa mesa donde este domingo se ubica su papá, feliz de tenerlos a todos ellos ahí a su lado.

En esa escena que parece perfecta la veo a Fabiana, mi hermana. Dichosa también -qué madre no lo estaría- de tener a todos sus hijos ahí.

Pero la imagino también pensando en Milagros, que hoy tendría 22 años y hace mucho que ya no está con nosotros.

Mi hermana la piensa y hasta la sueña todo el tiempo, después de que siendo una niña se produjo su desaparición física. Y no tengo dudas que este domingo percibe ahí a su hija más pequeña, sentada con ellos a esa enorme mesa donde, a pesar de todo, la tradición familiar de juntarse a celebrarse unos a otros se mantiene intacta cualquiera sea la excusa. Incluso, a pesar de los que están y los que ya no.

Los últimos domingos de mi vida, por la tarde, se están caracterizando por las realizaciones de caminatas. Y durante este que pasó, tenía la excusa perfecta para llevarla a cabo junto a mi actual pareja: bajar de una manera más decorosa el asado que devoré en lo de mi cuñado.

En la casa de Stella, mientras ella se prepara para salir a hacer un poco de ejercicio, Lola -su hija- está ahí como sumergida en su mundo.

Pero de repente me sacude el alma gratamente. Y me cuenta que se había olvidado de decirme "feliz día".

Desde esa ternura e inocencia de la que es portadora a sus diez años de edad, yo simplemente atino a agradecerle por el saludo.

Mientras tanto, intento sumergirme en su humanidad para tratar de explicarme qué pasará por la cabeza de esta niña en un domingo como éste, cuando desde hace mucho no ve a su papá. Y la verdad, no encuentro respuesta alguna que me conforme.

Volviendo de la caminata, en medio de la inmensa cantidad de gente que invade los paseos públicos de Azul en un domingo distinto y, a su vez, tan igual a otros, me quedo con una imagen.

La protagoniza un joven que no tendrá más de 25 años, que pasa frente a mí en un auto en el que también va una nena que, a lo sumo, tiene tres o cuatro años.

Sin ninguna prueba que lo confirme, imagino que este domingo dedicado a los padres él pasó a buscar a su hija por lo de su mamá, de quien está separado. Y que ese día "permitido" lo autoriza a llevar a la nena vaya a saber dónde para pasar un momento "padre-hija" que se torne inolvidable.

-Feliz día Negro!!! Cuando vi este video, el mejor padre que primero vino a mi cabeza sos vos- me había escrito Adriana este domingo que pasó poco antes del mediodía, también por WhatsApp.

El video al que hacía alusión seguramente ya lo habrán visto. Los tiene como protagonistas a diferentes padres que, años atrás, se tomaron una foto con sus hijos y que mucho tiempo después volvieron a recrear aquella misma escena para fotografiarla de nuevo.

Cuando a la tarde de este domingo lo observé con detenimiento, una vez que regresé a mi casa después de la caminata, me imaginé en alguna de esas imágenes con Alina. Y recordé, hace dos años, cuando pasamos juntos el Día del Padre en La Plata y nos sacamos una foto en el lago que está en el Bosque.

De fotos así se llenaron las redes sociales este domingo. Y de esas historias de padres e hijos en tiempos como los actuales me quedé con una en especial: la que subió Laura, mi compañera de trabajo, deseándole un feliz día a su papá, tan cercano en esa imagen donde aparecían los dos y tan lejano -según me cuenta ella de lo que son sus habituales sesiones de terapia- en la vida real.

También me había llegado en los primeros minutos de este domingo que pasó otro saludo. De Andrea, una ex compañera de la facultad que no vive en Azul y es conocedora desde siempre de mi situación paternal.

Cuando en la mañana del domingo le escribí, un mensaje suyo de voz que recibí como respuesta me dejó bien en claro que este Día del Padre, y todos los demás que han venido sucediendo últimamente, no le caía para nada bien.

Escuchar su voz, en un audio de WhatsApp que me mandó, bastaba para darme cuenta de que hasta no hacía mucho había llorado.

En ese diálogo que tuvimos me contó que a la tarde había acordado encontrarse con su papá a tomar un café.

Distanciada de él por esas cuestiones que tiene la vida, imaginé que aquel encuentro que pactó con su viejo podía hacerle pasar mejor el día, por lo que sólo atiné a sugerirle que lo aprovechara.

Ya casi cuando este domingo se terminaba, volví ansioso a escribirle. Quería saber cómo le había ido en aquel encuentro, café de por medio, con su papá.

-Qué se yo...- me respondió.

Yo le clavé el visto. No me animé a decirle más nada; aunque quería decirle muchas cosas que sólo podían funcionar como un estéril consuelo.

-¡Muy feliz día amigo! ¡Pasalo lindo!- escribe Lucas por WhatsApp.

Poco antes del mediodía de este domingo donde se celebra el Día del Padre, él es otro de los tantos que me saluda.

La respuesta va cargada del agradecimiento clásico. Y de una pregunta sobre cómo le está yendo, teniendo en cuenta que está estrenando paternidad desde hace poco. Y por partida doble, ya que fue papá de mellizos.

-Adaptándome amigo...- responde entre risas sobre ese nuevo mundo que se ha abierto para él desde que es padre de dos varones.

-Me imagino, es un eterno aprendizaje- le escribo yo haciéndome el experto, ahora que transito el cincuentenario de vida y mi hija ya anda transitando los 22.

-Ojalá aprenda rápido, así soy un buen ejemplo- me dice.

-Se aprende toda la vida. Hasta el último día es así- le contesto (des) ubicándome desde un lugar casi pontificio que, en realidad, me queda extremadamente grande.

Ahora que lo pienso, soy uno más de los tantos que recibió el título de padre antes de empezar a ejercer como tal.

Llevo más de dos décadas cursando esta carrera. Y no sé, la verdad, cuántas materias debo o cuántas aprobé.

Sólo quisiera que no se terminara nunca esto de la paternidad, que si hay algo que me dejó en claro es que, a pesar de todo, está llena de momentos inolvidables.

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