MEMORIAS DE UN TRABAJADOR MERCANTIL

MEMORIAS DE UN TRABAJADOR MERCANTIL

Armando Valle: una vida vinculada al esplendor comercial azuleño

Trabajó en las tiendas que hoy ya pertenecen al acervo histórico de la comunidad, como es el caso de Casa Boo y Las Vegas. La última etapa laboral lo halló en la todavía vigente Marión. El desarrollo azuleño en los tiempos de Sudamtex y San Lorenzo, el pago por quincenas y el centro atiborrado de clientes. El reparto en bicicletas y los mateos en 25 e Yrigoyen. Una charla que recorrió más de seis décadas con el afiliado más antiguo del gremio mercantil.

Por: Marcial Luna
18 de septiembre de 2022

"Yo nací donde estaba el criadero El Chirulé, en el Norte de la calle Maipú", dice con orgullo Armando Valle a EL TIEMPO. "Después, con los años, mis padres compraron su casa en Rivadavia 147, frente al asilo. El Chirulé se hizo después de que nos fuimos nosotros", añade este hombre de 82 años que trabajó más de seis décadas en reconocidas tiendas y sederías azuleñas: Casa Boo, Las Vegas, Marión. Es el afiliado más antiguo que tiene el gremio mercantil de Azul (AECA). Su carnet posee el número 703.

"Mi padre trabajaba donde estaba el Molino Río de la Plata [luego, edificio de la Papelera]. Ahí se jubiló. Era un molino muy grande, tenía hasta usina propia. Tenía una compuerta, que ahora están rotas, pero ahí producía la energía. A un costado tenían un predio que era una cancha de fútbol y jugaban los empleados y los del barrio, porque antes se acostumbraba que la juventud anduviera con la pelota. Y no era con pelotas como las de ahora, sino que eran pelotas de trapo [se ríe]. Robábamos en casa una media, y otro otra, hasta que así hacíamos la pelota", recuerda Valle.

Aunque "Armando" para todos, su nombre completo es Oscar Armando Valle, nacido en Azul el 11 de noviembre de 1939, cuando en el planeta se apagaban aún las cenizas de la Segunda Guerra.

Infancia y trabajo

"Empecé en la Escuela 2, cuando funcionaba en Burgos y Belgrano, donde ahora está el monumento a la Madre. Después pasó frente al club Athletic hasta que se hizo el edificio propio en avenida Mitre y Colón. En la más antigua, se entraba por Belgrano; había tres patios de recreo, porque estaban divididos los grados, y había un patio cubierto", indica Armando.

Pero, mientras rescata esas memorias de su infancia, surge de inmediato un aspecto naturalizado en aquellos años: "Empecé a trabajar a los 12. La escuela la terminé a la noche, en la 17, el sexto grado. Había primero y primero inferior, y de segundo a sexto. Mi primer trabajo fue en la librería de Enrique Scavuzzo, que estaba en 25 de Mayo entre San Martín y Bolívar. Primero había sido empleado de Bogliolo y después se instaló por cuenta propia ahí. Estuve como cadete. Y a los 14 años entré en Casa Boo, que estaba en Moreno y San Martín. Éramos treinta y dos empleados. A mí no me querían tomar porque era menor de edad. Les dije que me hacía cargo de trabajar ocho horas y ellos hicieran figurar seis. Vamos a ver, me dijeron, porque lo iban a consultar. A los dos días me llamaron", afirma mientras se sonríe.

Con la mayoría de edad el panorama cambió para Armando. "A los 18 años entré a una sedería que se había inaugurado, que era Las Vegas, en San Martín 575. Ahí estuve treinta y dos años [sacude la cabeza, afirmando]. Se aprendía medio de prepo entonces, porque te decían que había que hacer tal cosa, que fuera a atender allí, luego aquí, y en cada sección había un jefe. Eran cinco empleados por sección. Había dos personas permanentes pasando boletas y había un etiquetero todo el día haciendo etiquetas, que después se pegaban en la mercadería".


De izq. a der., Adolfo Goitía -uno de los dueños de la tienda Las Vegas-; Liliana Gallegos; Armando Valle, Graciela Vitale y Javier Lacoste. FOTO GENTILEZA AECA


El valor del compañerismo

Armando Valle gambetea a la mala memoria y se luce en recuerdos durante la entrevista con EL TIEMPO. "En Casa Boo me acuerdo que había un gran compañerismo. A veces los fines de semana alquilábamos un colectivo y nos íbamos a Parish o a Ariel y se jugaba al fútbol, se hacía un asado y a la noche había baile y kermese. No fallaba ni un empleado, iban todos. El partido se jugaba por el asado [se ríe]. En Casa Boo teníamos libreta de ahorro. Depositaban en el correo y a los 18 años se empezaba a aportar para la jubilación. Yo me jubilé con ese número que me dieron en la Casa Boo", dice, señalando cómo funcionaban las cosas, sin intermediaciones digitales.

También señala que "el régimen laboral era muy exigente, pero del mismo modo así cumplían [los empresarios]. Con los sueldos se llegaba al 29 y ese día se cobraba. Ahora las cosas que nos decían que teníamos que hacer, dos veces no las decían. Si eran dos, lo suspendían. El empleado tenía que entrar cinco minutos antes de que se abriera la casa. En la esquina de Casa Boo había una persiana que era de chapa y aparte había una puertita agarrada con chavetas. Se sacaba esa puertita, se ponía al costado, se quitaban las trabas y se levantaba la persiana. Abríamos por un reloj de una joyería que había en Moreno entre San Martín e Yrigoyen. Tenía un reloj grande que salía a la calle. Un día venía un compañero por la Ferretería García, en Yrigoyen y Moreno [actual farmacia] y por defenderlo a él, casi me echan, porque lo vi llegar y entonces hice como que se me trababan las chavetas, para que llegara antes de levantar la persiana. Entró y ahí levanté la persiana. Como a la hora me llamó el gerente al escritorio. Me dijo: Valle, si no quiere trabajar, ya mismo se puede retirar [se ríe]".

¿Trabajar contrarreloj? Nada nuevo, confirma Armando Valle. "Cuando repartíamos los paquetes, controlaban el tiempo que uno tardaba. En ese tiempo no tenía permiso el empleado para hablar por teléfono, tampoco para salir del local, pero nos encargaban mandados. Un día, el otro cadete que estaba conmigo, se había demorado demasiado. Los cadetes entrábamos por Moreno, que había una caja y empaque. Él llegó y empezó a desinflar la bicicleta, para justificar que había llegado tarde, y el subgerente lo vio. Estaba parado atrás. Lo suspendieron cinco días", dice riéndose y ratifica que no fue más que una picardía de jóvenes.

Anecdotario allegro

La charla con Armando no es lineal, cronológica. Estamos ante una persona que desborda con sus propias anécdotas y sólo hay que seguirle el ritmo. Una suerte de anecdotario sinfónico, con movimientos precisos. "Nosotros, como cadetes, teníamos que repartir de saco y corbata. Salíamos en bicicleta de reparto. Había bicicletas con los carteles de Casa Boo, de La Liquidadora. Gath & Chaves tenía un furgón para repartir, era una cosa de categoría, y el empleado tenía que ir de cuello duro blanco almidonado. Había dos casas que se dedicaban a planchar esos cuellos".

Armando recuerda que, "cuando inauguró Las Vegas, me fui porque ahí iba como vendedor, no como cadete. No me querían dejar ir de la Casa Boo, porque me decían que estaban por ascenderme, pero me fui. Y estuve desde que abrió hasta que cerró, treinta y dos años. Y en Marión, estuve veinte años. Las Vegas estaba justo frente a Marión, era una empresa de Olavarría. Casa Boo era de Buenos Aires y llegó a tener varias sucursales, lo mismo que Gath & Chaves".

Tiempo de mateos y de liquidaciones

"En Casa Boo -recuerda Armando Valle-, cuando había liquidación, nos mandaban con carteles a Cacharí y a Hinojo. El día de la liquidación, se cerraba la puerta por la cantidad de gente que iba. Entraba tanta cantidad de gente y se bajaba la persiana; y hasta que esa gente no salía, no entraba nadie más. Así eran las liquidaciones. Un mundo de gente, pero claro, en esa época no había comercios en los barrios; estaban los comercios del centro nomás. Por eso toda la gente se tenía que volcar al centro. La única mercería era El Cairo, en calle Moreno. Casas de confección había dos o tres. Casa Galli estaba en 25 e Yrigoyen y ahí estaban las paradas de los mateos. Había uno o dos mateos de lujo que tenían adelante una lona y plástico para que la gente no recibiera el viento. No había colectivos. Esos mateos se alquilaban para ir a la estación, a cualquier lado de la ciudad".

¿Y las ventas? Responde sin dudarlo: "Las ventas era todo al contado, la cuota apareció mucho después. Había una sedería importante, la Venus, que sí trabajaba con crédito. También eran de Olavarría los dueños y tenían dos sucursales en Buenos Aires y una en Tandil".

Retoma un tema que cree importante señalar: "Las Vegas cerró porque los hijos, que se hicieron profesionales -médicos, abogados- no quisieron seguir con el ramo. En ese entonces, no había comercios chicos, eran todas esas tiendas grandes. Y había también muchos sastres, como fue el caso de Messineo y Lapérgola".

La cuestión gremial no es ajena a su historia laboral. Armando menciona que "al sindicato me afilié, pero nunca estuve en la comisión directiva". En efecto, actualmente Valle es el afiliado más antiguo registrado en AECA, con el número 703.

Y nos dice: que se entienda bien. El hecho de no contar en su haber con un desempeño como sindicalista, no implica que la cuestión gremial le fuera ajena. Armando tiene sus razones y, visto el panorama gremial argentino de las últimas seis décadas -cuanto menos- resulta de fundamental importancia escuchar su reflexión: "Siempre me importó la responsabilidad. Entonces, para ocupar un puesto no hay que figurar, hay que ser responsable. Nunca me gustó ser gremialista porque si por equis motivo uno no podía cumplir con algo, no me hubiese gustado la situación de quedar mal con los trabajadores, no haber cumplido con ellos debidamente. Pero fui siempre afiliado y asistí a las reuniones. Es un gremio [el de mercantiles] que siempre fue muy completo y muy actualizado, apoyando mucho al empleado, como también a instituciones".

Trabajó desde fines de los años 40 y, de punta a punta, las décadas del 50, 60, 70, 80. Vio muchas crisis y asegura: "Fueron difíciles", pero cada sector, cada trabajador, se fue recomponiendo, una y otra vez.

Los oficios perdidos

"En Marión me fueron a buscar enseguida cuando cerró Las Vegas, porque yo ya era un empleado de muchos años. Marión era sedería y también vendía algo de tapicería. Me jubilé a los 65 años, pero estuve trabajando hasta los setenta y pico. Querían que les hiciera al menos las vidrieras, pero yo no quise seguir. Dije: me retiro. También fui vidrierista ahí, algo que aprendí en Las Vegas. Las hacía los sábados a la tarde porque en la semana no se podía por la cantidad de trabajo que había", dice Armando y explica algunas cuestiones de ese aspecto del oficio. "En ese entonces las cosas no costaban tanto. Se compraban muñecas y adornos para hacer las vidrieras, además de los maniquíes. Me acuerdo que la primera muñeca que tuvo Las Vegas era una negra, algo que entonces llamó la atención de los clientes".

Al recordar la década del 60 dice que "Azul, cuando inauguró Sudamtex, fue fabuloso. En las quincenas, ¡cómo salía a comprar la gente! Los de Sudamtex en una quincena ganaban lo que un empleado en un mes. Y además hacían horas extras. Lo mismo con la cerámica San Lorenzo, que llegó a tener cerca de dos mil empleados. Había muchas mujeres trabajando allí y cuando cobraban las quincenas, el centro tenía un movimiento bárbaro", quizás como nunca antes.

También recuerda que "el mayor consumo era de telas y, después, fue surgiendo la confección. Había muchísimas modistas. Algunas hasta tenían dos o tres operarias auxiliares. Los sastres también. Tenían el pantalonero y la chalequera, el sastre cortaba nomás y lo mandaban a terminar en costura. Las modistas tenían los talleres en sus casas. El único que tenía taller propio era Gath & Chaves, con modistas y sastres, oficios que se han ido perdiendo".

Hace un silencio, necesario para meditarlo, y prosigue: "Sastres no hay más. Casa Boo tenía un sastre, pero trabajaba fuera del local y se dedicaba a hacer los arreglos, por ejemplo botamangas, las mangas si quedaban largas. El empleado le marcaba y se lo llevaba al sastre. ¡Si habremos pedaleado hasta un sastre que estaba en Moreno y Guido y Spano! [se ríe]. No había costo adicional en esos arreglos, ya estaban incluidos en el precio".

"Antes, en el centro, estaban los grandes bares, confiterías y billares. Era un mundo de gente, y muchos iban a los clubes de barrio, donde también había un movimiento impresionante. Era un clásico ir todas las noches un rato al club de barrio. Yo concurría al club Alumni, porque jugué al fútbol. Jugué al fútbol hasta los 24 años, pero dejé de jugar porque así lo decidí, no fue por el trabajo. Empecé en Athletic y después por un amigo pasé a Alumni, y terminé jugando en los barrios, en Villa del Parque. Ahí se jugaba fuerte [se ríe]... Estaba Lilán, Villa Crespo, Bohemia, El Trébol, varios más. Se jugaba en la cancha del Parque, los domingos y los sábados a la tarde. Hubo jugadores que tranquilamente podían haber jugado en clubes de primera división, pero no se los podía sacar de los clubes de barrio. Era algo muy apasionante. Estrellas de Juventud, por ejemplo, tenía jugadores muy buenos".

En cuanto a su última etapa laboral, Armando Valle se emociona al decir que, "en Marión, Eduardo Símaro no fue un patrón, fue un compañero más. Siempre estuve muy agradecido con la firma Marión. ¿Encontrar un patrón cómo Símaro? Yo creo que sobran los dedos de una mano. Ahí estuve cerca de veinte años, porque me jubilé y seguí casi diez años más. Y dejé de trabajar por la salud. Ahí me pude dedicar de lleno a la familia, a los nietos", admite Armando y, finalmente, reflexiona: "¿Qué más puede uno hacer?".


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