17 de junio de 2013

. BOLÍVAR: LA MAÑANA, 60 AÑOS

Si usted me lo permite, hoy voy a variar en mucho el estilo de mi escritura. Me voy a dar permiso para hablar de mí. De mí y de mi vida dentro del diario La Mañana, que hoy cumple 60 años.


Soy un hombre de 53, de los cuales 50 los pasé dentro de este diario. Aprendí el abecedario en el borroneado teclado de una linotipo porque don Tito Dufau, aquel cascarrabias socio de mi padre, creo que sólo a mí me permitía sentarme sobre su falda para, con inigualable paciencia, explicarme ese misterio de las letras y los signos. Después doña Ema, su esposa, que vivía sólo trasponiendo una puerta del viejo taller de Lavalle y Rafael Hernández, me acaparaba. Ya por entonces a mí me gustaba el mate y doña Ema tenía uno reservado para mí, que yo solo utilizaba.

Mis autitos de carrera, que hacíamos volar en el inmenso patio infantil del colegio Cervantes, siempre eran los más rápidos. Porque los cargaba con líneas de plomo que el mismo don Tito o el entrañable Roberto Ituarte me permitían llevar.
Fui muy feliz ensuciándome los dedos con tinta, revisando armarios en busca de elementos para la travesura, haciendo barriletes con papel para diarios. En esa época los pliegos eran enormes, blanquísimos, y se ajustaban perfectamente a las necesidades de una vulgar tarasca. Así le llamábamos al barrilete cuadrado, simple, el más fácil de hacer y para el cual mi abuelo Luis era un verdadero artista.

Me gustaba mucho acompañar a mi padre en horas de la siesta. El se sentaba a una vieja Remington y yo me refugiaba en mi lugar preferido: el taller. Me paraba sobre la plataforma de trabajo de la plana donde Poroto Pérez era el rey y pisaba el pedal de freno jugando a que manejaba un auto. El volante de los rodillos entintadores era, por supuesto, el de mi imaginado coche de carreras, competencia que siempre finalizaba igual: con el triunfo del Tuqui Casá y su incomparable fordcito al que apodaban El Tractor.

Don Pedro Coronel era el armador. Me quedaba horas mirándolo trabajar. No podía entender cómo hacía don Pedro para leer con las letras al revés, apoyándose los rotos anteojos pegados con cinta en la punta de la nariz y encontrando, con la habilidad de un relojero, el error a corregir.
Creo que allí, en ese espacio con olor a combustible y tinta, en ese silencio sólo cortado por la vibración del calentador del crisol de las linotipos, decidí inconscientemente algo que hoy tengo claro a nivel racional: que me moriré dentro del diario.

Empecé a trabajar para el diario un día que se enfermó Camilo Pérez Risso. Hacían falta correctores de pruebas y mi padre me sugirió la posibilidad del reemplazo. Tenía 16 años y una buena ortografía gracias a que mi dormitorio se construyó dentro de la biblioteca, que devoré durante mi adolescencia en larguísimas noches sin dormir. Aprendí el oficio de corrector de aquellos inigualables de esos años: Lidia, Lala, Avelino Sardón y más tarde Hilda.

Eran épocas en las cuales las noticias las tipeaba el periodista en la máquina de escribir. Luego eran vueltas a tipear en la linotipo, obteniendo un bloque compuesto por pequeñas placas de plomo impresas con el texto. Se cortaban tiras de papel y, utilizando el sacapruebas -que era una especie de plataforma con un rodillo pesado-, se obtenía lo que llamábamos "prueba de galera", que pasaba a corrección. Se marcaban los errores con una simbología determinada y su resultado volvía al taller, para que se tiraran las líneas con los cambios que luego, el armador, debía ubicar en el lugar correcto. Pero no todo terminaba allí. Cuando la página estaba completa se tiraba una prueba de página, que volvía nuevamente a corrección.

Fui compañero de trabajo del Negro Merlo, de Oscar Ochoa, de Jorge Cieza. De los Alvarez. Miguel, el padre, y sus dos hijos, todos fotógrafos. De Oscar Bissio, por supuesto, años después. De Ana María Martín, un ejemplo de lucha.
Me acuerdo de todos, pero muy especialmente de cuatro nombres que se repetían juntos, como aquellas defensas futbolísticas de antaño: Jaimerena, Grin, Vidarte y Bazar. Los dos primeros aún trabajan en el diario La Mañana y son a esta altura verdaderos amigos y, hasta se diría, autoridades superiores a la que me toca ejercer como director del medio. ¿Quién le puede discutir algo a Jaimito o a Grin? ¿Qué cosa hay que ellos no sepan de su trabajo y cuántos habemos dentro del diario que podamos mostrar más amor por esta casa que estos dos definitivamente irremplazables de nuestro equipo?

Me tocó hacerme cargo de la transformación de La Mañana. Había que saltar del plomo y la composición en caliente al sistema off set, si queríamos tener futuro. Lo hicimos, con esfuerzo y tomando muchísimo riesgo. Fueron las épocas del menemismo en Argentina, cuando la economía nos jugó una de sus pasadas más feroces y a punto estuvimos de desaparecer en el intento. Pero aquí estamos aún, repuestos de algunos golpes muy duros y entusiasmados porque el horizonte, que existe, todavía nos queda lejos.

En esta evocación, caprichosa si se quiere, e injusta porque faltan muchos nombres, permítame Ud. una vez más otro gusto que nunca me di: voy a hablar de mi padre. Al hacerlo, con toda humildad, también nombro a mi madre, real arquitecta en silencio de lo mucho que él mostró. Siento que es un acto de justicia hacerlo, ya que siempre lo he evitado para no caer en algo tan cercano al auto elogio.

Hoy es el día indicado para dale las gracias. Para gritar a los cuatro vientos toda la admiración contenida y para decirle, donde quiera que esté, que cada vez se lo extraña más. Se extraña su formación, su conocimiento, ese enciclopedismo del que era dueño. Pero ante todo se lo extraña como ejemplo de conducta honrada, llevada adelante en una actividad que no facilita ese estilo de vida. El fue el verdadero artífice de este diario. El que le dio un estilo que jamás podrá abandonar: transformarse en un "soldado del querer ser de Bolívar". Un soldado, porque es el peldaño más bajo en el escalafón, el que nunca se lleva los laureles, al servicio de un pueblo que quiere ser más, que quiere crecer, que apuesta al bien común. Así explicaba mi padre, Oscar, ese slogan por él ideado que marcó filosóficamente a esta empresa editorial.

Es un rumbo que mantenemos y mantendremos, convencidos que los intereses de la comunidad en su conjunto siempre serán una prioridad.
Créame que hay días en los que me parece que en cualquier momento va a entrar por esa puerta. Que se va a bajar de su Galaxy que nunca pudo cambiar, con el poncho al hombro, y va a dejar sobre algún escritorio una de sus "grajeas", como él llamaba a sus escritos. Que se va a sentar con sus largas piernas cruzadas frente a mí para recordarme que es la fecha de fundación de algo, o que hace mucho que no se le hace una nota a alguien.

Ojalá fuera hoy ese día. Porque es un día muy especial. Cumplimos, juntos, 60 años de diarismo y sería hermoso celebrarlo con un abrazo.
Quedó dicho. La Mañana cumple hoy 60 años. Los cumple gracias a todo lo que pasó a lo largo de su propia historia, al trabajo de mucha gente que pasó por sus oficinas, al de una legión de periodistas que se atrevieron a contar lo que sucede o a mostrar lo que piensan.
Los cumple gracias al lector que nos eligió hace mucho y nos sigue eligiendo hoy, cuando son múltiples las ofertas informativas y los acelerados tiempos que vivimos conspiran contra el hábito de la lectura.

Gracias a los anunciantes, que dan sustento económico a una pequeña empresa pueblerina que se atreve a soñar con el día siguiente. A los canillitas, que todavía quieren que el diario esté en la calle bien temprano y luchan, a su modo, para que esta hoja nunca falte en el día a día bolivarense.
He dicho en algún editorial anterior que es éste un trabajo doloroso. Un oficio duro y angustiante, que recoge incomprensiones y genera más resquemores que amistades. Pero también es cierto que, ante todo, es un regalo demasiado generoso poder ejercerlo. Que es una satisfacción inexplicable la que produce informar. Que dar una opinión es siempre una especie de hermoso salto al vacío y defenderla, un ejercicio intelectual que retroali-menta y hace crecer.

Hoy es un día de festejo. Vale festejar que estamos vivos y haciendo lo que nos gusta. Somos afortunados por ello.

Víctor Agustín Cabreros

FUENTE: LA MAÑANA

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