RESCATE EMOTIVO

RESCATE EMOTIVO

Gagai

"Bolo era el sobrenombre de Aristóbulo. Él fue quien le puso Gagai a Juan Miguel, quizá antes de que pudiera pronunciar bien su nombre de hermano mayor y correcto".

7 de junio de 2022

Por Adriana Abadie (*)

Creció en una casa próxima al Arroyo Azul, con amplio patio de fondo y una palmera en el centro. El árbol era pequeño por ese tiempo, cuando Juan Miguel compartía travesuras con su hermano en ese rectángulo de tierra. Alternaba su diversión de juegos de payanas y bolitas con ir a tirar la línea al borde del arroyo, a cuadra y media de esa casa con frente de ladrillos a la vista, en la 9 de Julio. Unos pasos más allá, en la costanera se juntaban los que vivían a un lado y al otro del curso de agua: los hijos de gringos con los hijos de nativos. Todo era una sola fiesta de niños que escapaban a cualquier división impuesta.

Ese chico de pelo lacio y claro era orgullo para su madre y ejemplo para Bolo, el más travieso, que por ello se volvía blanco de las penitencias que cabían por entonces: un par de coscorrones, una sacudida del brazo, alguna patada en el trasero en circunstancias extremas... y la prohibición de salir de la casa por varios días para hacer lo que más les gustaba. El mundo era jugar y gozar la pura vida, volver a casa antes de que se hiciera de noche con alguna chata o cualquier bicho de agua dulce que mordiera el anzuelo cargado con miga de pan.

Bolo era sobrenombre de Aristóbulo. Él fue quien le puso Gagai a Juan Miguel, quizá antes de que pudiera pronunciar bien su nombre de hermano mayor y correcto. Ambos eran los hijos varones de Dionisio, un obrero gráfico socialista que marcó un modelo para los dos.

Todas estas cosas las escuché de primera mano, muchos años después de ocurridas, en tardes de trabajo que compartíamos con Gagai, cuando el recuerdo abría camino y se transformaba en caricias de nostalgia. Era Miguel, el Viejo, Juan Miguel, el Oyha para todos los que venían a buscarlo o para quienes desgranábamos horas, meses, años en esa familia tiempista, a la que en cierta forma había parido él. Desde entonces lo llamé Gagai y él se dejaba. Qué sé yo... Me pareció un modo de complicidad y ternura hacia alguien que admiraba y que fue educado en la ética de no demostrar afectos y sensibilidad, porque eso era flojera.

Así era Miguel: un sensible, un tipo que aprendió a anteponer como límite una coraza para que no pudieran atravesarla los que vinieran a doblegar sus principios; o para defender los derechos de los desvalidos que, en un punto, eran para él la misma cosa. Blanca entendió todo sobre esa ternura y sobre sus ideales; estuvo de acuerdo tanto con ese código ético como con los propósitos vitales de Juan Miguel. No le costó nada enamorarse de un tipo tan así. Y se unió a su cruzada para siempre. Porque no era posible Miguel Oyhanarte sin Blanca, la Gringa; como tampoco se puede imaginar a Blanca por fuera de otro impulso que el de atizar el fuego de tanto amor. Paciencia, respeto, admiración mutua fueron los pilares de una relación que atravesó todas las barreras. No voy a hablar de lo que se conoce o ya se ha dicho. Ya todos saben quién era Juan Pisacalle, el jefe de Redacción que nunca aceptó el cargo, el cronista de Policiales o el encargado de las Baldosas Flojas; ni lo que tardaba en ir caminando desde su casa en Arenales y Guaminí, hasta el edificio del diario sito en Burgos y Belgrano, porque esa era su forma de recabar información en vivo y en directo, en el diálogo con quien se cruzara y en lo que podía ver, sentir y constatar con los cinco sentidos y con un sexto, que siempre manejó como los expertos y los elegidos. Cuando llegaba y se sentaba frente a la vieja Remington, la trama del día ya estaba escrita en su cabeza; sólo era cuestión de darle forma aporreando su teclado.

Tampoco viene a cuento, seguramente, insistir en ese relato de por qué no a las computadoras: una aparente manera de aferrarse al pasado, de poner una escafandra contra el imparable progreso. No. Valga rescatar el para qué de ese posicionamiento. Lo de Miguel, el Viejo, no era negación; tan siquiera resistencia. Lo suyo era cuestión de filosofía vital.

Porque el periodista Juan Miguel Oyhanarte no era alguien que se estancó en una época. Por el contrario, hizo de la solidaridad laboral, del respeto por la especialidad de todos y de cada uno, un culto que eligió predicar en silencio y a través del propio ejemplo. Escribir en la Remington significaba no dejar en el camino el puesto de tipeadores, correctores, armadores y todo un abanico de compañeros que dignificaban sus existencias en el diario quehacer. Fue su manera de adaptarse sin que nadie quedara afuera: salvarse sí, pero con todos. ¡Menuda manera de batallar contra el capitalismo enmascarado de progreso!

Tenía 14 años cuando ingresó a trabajar como cadete al diario El Tiempo. Para entonces, además de ser el niño disciplinado de la familia, había cumplido el nivel primario en las aulas de la Escuela Nro. 2. En la redacción de los periódicos escolares hizo sus primeros pininos (atesoraba esos impresos como quien guarda su mayor bien). Allí fue descubierto como un prodigio vernáculo por algunas de las maestras de fuste que, por entonces, adivinaban a futuro quién sería quién. Acaso ellas mismas eran fabricantes e inspiradoras de porvenires personales. ¡Vaya uno a saber!

Lo cierto es que J.M.O. no defraudó. Pasó de cadete a periodista sin dejar marca fundacional del hecho. Pero del matutino azuleño nunca se fue. Algunos inconvenientes de salud marcaron su última hora. La cabeza de Juan Miguel tuvo un breve tiempo final en el que fue llenándose de olvidos. No manejamos los hilos que unen todas las causas con sus efectos, pero tal vez ésa fue la fórmula que lo insondable le dio para desintoxicarse. Un antídoto necesario para quien vio y vivió casi todo, que puso literalmente el cuerpo y el alma para hacer frente a tanta historia y devenir inabarcable.

Fuimos varios quienes le pedimos que dejara de escribir noticias, que se apartara de la cosa diaria y comenzara a dejar registro del pasado de la ciudad. Le estábamos pidiendo que fuera historiador y, de ese modo, desplazara al periodista que lo constituía. No nos dimos cuenta de que con eso empezábamos a requerirle que abandonara su puesto de lucha. También a eso se resistió. Fue muy vivo el Viejo: dejó mojones, señales, cajones, recortes, cajas, índices, archivos, fotos, acopios, documentos propios y de ajenos que también supieron escribir fragmentos del destino. De esa manera nos estaba dejando la posta, un testimonio de su paso con el cual marcar la impronta de su rol: ser periodista como quien se sabe eslabón de una gran cadena, por encima de la tentación de sentirse el centro mismo.

Gagai partió y, si somos amantes de leer la vida como una novela, podemos creer que fue al encuentro de su madre y de esas maestras que le imprimieron una ternura innata que maquillaba mal, pues podíamos encontrarla con sólo rascar un poco su corazón sensible. Que también fue en busca de Bolo y sus travesuras, para ayudarlo a apagar esos fuegos que los adultos agitan y son anteriores a cualquier condena que imponen los grandes a los niños y tienen breve plazo de ejecución. O de su hermana que, aún a cuenta de vivir con la mirada apagada, pudo acompañarlo mucho tiempo para admirarlo y quererlo en mutuo intercambio fraternal. O de la sabiduría y el ejemplo silente de Dionisio, que lo paró para siempre en el umbral del respeto y la admiración. Para seguir tomando la realidad como el mejor abrevadero de ficciones, podemos recordar que su viaje postrero fue un 7 de junio, Día del Periodista, y que eso no puede ser una casualidad cualquiera.

Poco tiempo pasó para que tras su huella se fueran también la incondicional Blanca y, recientemente (por una de esas causalidades que no entendemos pero que nos enoja, por prematura y por inoportuna) Horacio: el hijo de ambos, el norte real de todas sus metas.

Nos quedan, como fiel testimonio de que nada es porque sí, la palmera enorme sobre la 9 de Julio; la costanera, que sigue tentando con peces y su misterio de aguas marrones que arrastran y a la vez dejan su lastre; una hemeroteca que alberga y custodia su legado impreso. Pero por encima de todo, sus recuerdos y su ejemplo a un puñado de hombres y mujeres que lo conocimos y levantamos orgullosamente la bandera que testimonia haber sido parte de sus trazos en tinta y en papel, pero también de esos intangibles que nos constituyen. Por eso seguimos escribiendo. Porque elegimos contar y compartir, en la esperanza de que nuevos eslabones sigan entramando su cadena, en la ilusión de volverla infinita.

(*) Ex docente, periodista, escritora y otrora integrante del staff de EL TIEMPO


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