31 de agosto de 2026
"Tal vez el desafío de nuestra generación consista en convertirnos en profesionales cada vez más preparados para utilizar tecnología y, al mismo tiempo, preservar aquello que ninguna herramienta debería hacernos perder: nuestra humanidad", señala el abogado y docente autor de esta nota.
Escribe: Lisandro Erreguerena (*)
Cada 29 de agosto se celebra en nuestro país el Día del Abogado, en conmemoración del nacimiento de Juan Bautista Alberdi, ocurrido en Tucumán en 1810.
La elección de la fecha no resulta casual. Alberdi fue una de las figuras intelectuales más importantes de nuestra historia y su obra "Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina" tuvo una influencia decisiva en la Constitución Nacional de 1853. Fue, fundamentalmente, un hombre que intentó pensar jurídicamente el país que debía construirse.
Han pasado más de dos siglos desde su nacimiento y la sociedad argentina ha cambiado profundamente. También lo hizo el Derecho y, con él, la manera en que ejercemos nuestra profesión.
Sin embargo, hay algo que permanece: desde distintas funciones y especialidades, los abogados seguimos teniendo como una de nuestras principales responsabilidades la defensa de los derechos de las personas frente a situaciones que las amenazan, desconocen o vulneran.
Detrás de cada expediente hay un conflicto. Y detrás de cada conflicto hay personas.
Cuando un problema jurídico se convierte en un problema de vida
Quienes ejercemos la abogacía sabemos que un problema jurídico rara vez permanece encerrado dentro de un expediente.
Para quien lo atraviesa puede convertirse en una preocupación que lo acompaña al trabajo, a su casa y a la mesa familiar. Consume tiempo, energía y concentración; y muchas veces condiciona decisiones importantes de su vida.
Quien atraviesa un divorcio, pierde su trabajo, sufre un accidente, enfrenta un problema patrimonial, reclama una prestación de salud o siente que alguno de sus derechos ha sido vulnerado no vive esas circunstancias como un simple "caso jurídico". Vive un problema y muchas veces llega al estudio jurídico en uno de los momentos más difíciles de su vida.
Por eso, nuestra función no puede limitarse a tramitar correctamente un expediente. También debemos intentar resolver el conflicto de la mejor manera posible, en un tiempo razonable y utilizando las herramientas menos gravosas que las circunstancias permitan. Y cuando no existe una solución sencilla -porque muchas veces no la hay-, debemos brindar información, explicar alternativas y ayudar a quien confió en nosotros a tomar la mejor decisión posible.
A veces esa respuesta será iniciar un juicio, otras veces será negociar y en algunas oportunidades nuestro mejor consejo profesional podrá ser, incluso, no iniciar un proceso judicial.
Defender los derechos de una persona no necesariamente significa llevarla a juicio. Significa comprender cuál es su problema y determinar qué herramienta jurídica resulta más adecuada para intentar solucionarlo.
Una profesión en permanente transformación
La abogacía nunca fue una profesión estática. Sin embargo, es difícil encontrar en su historia reciente otro período en el que tantos cambios jurídicos, tecnológicos y culturales se hayan concentrado en tan poco tiempo.
Muchos profesionales que aún hoy continúan ejerciendo comenzaron su carrera redactando escritos con máquinas de escribir, consultando jurisprudencia en repertorios impresos y concurriendo personalmente a los tribunales para revisar expedientes en papel.
La tecnología fue modificando progresivamente esa realidad. Llegaron las computadoras, Internet, el correo electrónico y nuevas formas de comunicación.
Pero durante los últimos años esa transformación adquirió una velocidad particularmente intensa.
En 2015 entró en vigencia un nuevo Código Civil y Comercial de la Nación, reemplazando cuerpos normativos que habían acompañado durante generaciones la formación y el ejercicio de los abogados argentinos. Paralelamente avanzaron los expedientes digitales, las notificaciones y presentaciones electrónicas, las audiencias virtuales, las redes sociales y nuevas formas de relacionarnos con nuestros clientes, colegas y con la propia Justicia. Y cuando todavía estábamos incorporando muchas de esas transformaciones, irrumpió la Inteligencia Artificial.
En relativamente pocos años no solamente cambiaron algunas de nuestras leyes: cambió buena parte de la manera en que ejercemos la profesión.
La adaptabilidad como competencia profesional
Frente a semejante velocidad de transformación, existe una cualidad que considero cada vez más necesaria para los abogados: la capacidad de adaptación.
Durante mucho tiempo pensamos la capacitación profesional principalmente como la necesidad de mantenernos actualizados respecto de nuevas leyes, jurisprudencia y doctrina. Todo eso continúa siendo indispensable.
Pero hoy ya no alcanza. También necesitamos comprender los cambios que ocurren a nuestro alrededor, incorporar nuevas herramientas y revisar formas de trabajo que durante años dieron resultado pero que pueden dejar de ser las más adecuadas.
Adaptarse no significa abandonar los principios de nuestra profesión ni aceptar acríticamente cada novedad. Significa saber distinguir aquello que debe permanecer de aquello que necesariamente debe cambiar.
El compromiso con el cliente, la preparación, la honestidad, la responsabilidad, la defensa de los derechos y el criterio profesional deben permanecer.
Las herramientas, en cambio, pueden y deben cambiar.
Existe un conocido proverbio, atribuido a la cultura china, que dice: "Cuando soplan los vientos del cambio, algunos construyen muros y otros, molinos de viento".
Creo que pocas imágenes representan mejor el desafío que atraviesa actualmente nuestra profesión.
Los vientos del cambio ya están soplando. Podemos construir muros, negar las transformaciones e intentar conservar indefinidamente formas de ejercer que conocemos y nos resultan cómodas. O podemos construir molinos: capacitarnos, comprender las nuevas herramientas y aprender a utilizarlas responsablemente para ejercer mejor nuestra profesión.
Los cambios van a ocurrir independientemente de nuestra voluntad. La diferencia estará en qué decidamos construir frente a ellos.
La IA como herramienta
Probablemente la Inteligencia Artificial sea hoy la manifestación más visible de esos vientos de cambio.
Sería un error discutir esta transformación exclusivamente en términos de si estamos a favor o en contra de ella. La Inteligencia Artificial ya existe y sus capacidades seguramente continuarán creciendo.
El verdadero desafío para nuestra profesión no consiste entonces en decidir si utilizar o no las nuevas tecnologías, sino en aprender a utilizarlas correctamente y ponerlas al servicio de las personas cuyos intereses debemos defender.
Utilizadas responsablemente, las nuevas tecnologías pueden permitirnos trabajar con una velocidad que hace pocos años resultaba inimaginable y liberar tiempo para concentrarnos en aquellas cuestiones en las que verdaderamente agregamos valor.
Pero también aparecen nuevas responsabilidades.
Utilizar Inteligencia Artificial no significa delegar en ella nuestro criterio profesional. Sus resultados deben ser revisados, la información corroborada, las fuentes verificadas y la confidencialidad preservada.
La tecnología puede asistir al abogado. No puede reemplazar su responsabilidad profesional.
Volver a lo esencial
Quizás el gran desafío de nuestra generación sea combinar dos mundos.
Debemos trabajar con expedientes íntegramente digitales, asistir a audiencias virtuales, adaptarnos al uso de la Inteligencia Artificial y capacitarnos permanentemente para aprovechar las herramientas que nos permitan trabajar mejor y de manera más eficiente.
Pero también debemos conservar aquello que hizo necesaria nuestra profesión mucho antes de estas tecnologías: escuchar, explicar, acompañar, estudiar seriamente cada caso, decir la verdad aunque no sea la respuesta que el cliente espera y defender con firmeza los intereses que nos fueron confiados.
Nuestro trabajo consiste muchas veces en traducir un sistema complejo para alguien que atraviesa un momento difícil: explicarle dónde está parado, qué derechos tiene, cuáles son las herramientas disponibles, qué riesgos existen y qué caminos podemos intentar. Y también decirle, cuando corresponde, que aquello que pretende puede no ser jurídicamente posible o que, aun siéndolo, quizás no sea la decisión más conveniente.
Ningún abogado responsable puede garantizar un resultado. Lo que sí podemos ofrecer es preparación, honestidad, y responsabilidad
Una Inteligencia Artificial puede procesar información a una velocidad extraordinaria. Pero después alguien tiene que transformar esa información en una respuesta para una persona concreta.
Alguien tiene que escuchar, comprender qué necesita realmente esa persona, explicarle sus opciones, negociar, ejercer criterio y asumir la responsabilidad de aconsejar.
Por eso no creo que el avance tecnológico vuelva menos importante el componente humano de nuestra profesión. Creo exactamente lo contrario.
Cuanto más avance la tecnología, más relevantes serán aquellas capacidades que nos definen como personas.
El abogado que necesitaremos
No sabemos exactamente cómo será nuestra profesión dentro de veinte años. Probablemente muchas tareas que hoy ocupan una parte importante de nuestra jornada se encuentren automatizadas y seguramente aparecerán herramientas que todavía no imaginamos.
Pero hay algo que no debería cambiar: un abogado seguirá recibiendo a una persona que tiene un problema. Y esa persona seguirá esperando que alguien la escuche, comprenda su situación, le explique qué puede hacer y la ayude a encontrar el mejor camino posible.
El cliente no necesita solamente información jurídica. Necesita comprender qué significa esa información para su situación particular.
Puede haber varios caminos jurídicamente posibles y, sin embargo, solamente uno resultar razonable teniendo en cuenta sus prioridades, su situación económica, el tiempo que está dispuesto a esperar y los riesgos que está dispuesto a asumir.
Ahí aparece el criterio profesional.
Por eso tal vez el desafío de nuestra generación consista en convertirnos en profesionales cada vez más preparados para utilizar tecnología y, al mismo tiempo, preservar aquello que ninguna herramienta debería hacernos perder: nuestra humanidad.
En tiempos de algoritmos, expedientes electrónicos y comunicaciones instantáneas, nuestra profesión conserva una dimensión profundamente humana. Defender derechos es importante, pero también lo es hacerlos comprensibles y accesibles para quien los necesita.
Si logramos combinar conocimiento, tecnología, experiencia y cercanía, la abogacía seguirá cumpliendo su misión: ayudar a que, frente a un problema concreto, la Justicia deje de ser una palabra lejana y pueda convertirse en una realidad.
(*) Abogado, Magíster en Derecho Procesal, Mediador y Docente.
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