9 de julio de 2024

UNA MIRADA MÁS

UNA MIRADA MÁS . Desde este medio, que también es una trinchera

El TIEMPO nació un 9 de julio de 1933. Y 33 integrantes de la sociedad donde este Diario sigue contando las historias de la ciudad que lo alberga y las de sus protagonistas le dan forma al Suplemento Especial por su 91° Aniversario, que se publica hoy. A modo de "bonus track", y espacialmente ubicada en la contratapa de esta especial edición, vayan algunas reflexiones más en primera persona. Un relato desde las entrañas de un medio gráfico que, a pesar de todo, sigue de pie y proyectándose también en la virtualidad. El mismo que, con más de nueve décadas a cuestas, ha recorrido ya un largo camino hasta convertirse en uno de los de mayor permanencia en el interior bonaerense.

Hoy por la mañana, en la que se me ocurre escribir para esta contratapa/aniversario de EL TIEMPO a modo de disparador de algo que todavía no sé dónde va a terminar, encuentro una frase que me hace ruido: "Jugar a ser feliz leyendo". Y me pregunto, que encima me levanté temprano y en modo medio existencialista: "¿Alguien puede ser feliz leyendo lo que yo escribo en este Diario desde hace ya más de veinte años?".

La primera respuesta, la más inmediata, es claramente un "no". Y esa contestación -en esta especie de diálogo mental conmigo- se relaciona, obviamente, con las temáticas que a diario toco desde estas mismas páginas en la Sección que conduzco (vaya uno a saber por qué, pero de un día para el otro quedé al frente de este barco "seccional" -el llamado "Policiales y Judiciales"- al que, reconozco también, al principio ni siquiera quería subirme).

Honestidad brutal mediante, es justo admitir que difícilmente alguien pueda ser feliz leyendo aquello de lo que habitualmente me nutro para darle forma a algunas de las páginas de este diario.

Pero para quien escribe, de cualquier tipo de temática, qué mejor que saber que al menos alguien que está del otro lado -en modo receptor- se toma el trabajo de leer eso que uno cree que puede llegar a ser "la" noticia del día y que después, con el paso del tiempo, atraviesa sin pena ni gloria la frontera del olvido. Incluso, más allá de que quede reflejado en el papel de un diario o que ahora también se instale transitoriamente -porque todo es efímero- de manera virtual, teniendo en cuenta estos tiempos actuales donde una noticia se consume más desde un formato digital que desde otros más clásicos.

"¿Cómo se convive con semejante dicotomía mediática?" es otra de las preguntas que aflora en mí mientras esto va tomando forma. Y me contesto -y lo hago cómplice de la respuesta a quien ahora va leyendo esto- que aquello sucede desde lo que yo denomino una "trinchera".

En otras palabras, un lugar donde resistir los cambios y, al mismo tiempo, adaptarse a ellos. Porque, al fin y al cabo, se trata de continuar con vida aferrado a lo que uno hace. Y, por qué no, para de esa manera -respirando y de pie a pesar de los varios avatares de esta realidad de la que formamos parte- seguir creyendo en la utopía (cada uno tendrá una, de acuerdo a la actividad que desarrolle) de que algo mejor siempre es posible de la mano de aquello que aprendió a hacer.

Tanta perorata introductoria tiene una clara excusa: los 91 años de este Diario que a esta altura -por si falta aclararlo- es mi casa.

Ahora que ya estoy metido de lleno en el barro de las confesiones, me resulta imposible dejar de admitir que estando en la Redacción de EL TIEMPO he vivido momentos de todo tipo. De los mejores y de los peores. Y entre ellos continúan mezclándose, sin fecha estipulada de vencimiento (en realidad nadie sabe cuándo algo termina), sensaciones en las que lo profesional y lo personal van de la mano en un viaje cuyo destino final vaya uno a saber dónde lo deposita.

Hace más de veinte largos años, en períodos al principio discontinuados y después ya de manera permanente, que vengo pisando las entrañas de EL TIEMPO. Y al mismo tiempo, este medio se ha incrustado en mi humanidad de una manera tan profunda e inexplicable que a esta altura de mi vida (¿es necesario decir que ya pasé la frontera de los 50?) la misma estaría incompleta sin el pulso del Diario.

Me une, por sobre todas las cosas, una infinita identificación con este medio del interior profundo bonaerense donde todavía siento que sigo haciendo lo que más me gusta. El Diario de mi ciudad, el del pueblo donde crecí, aquel de dónde me fui y al que años después regresé para instalarme definitivamente en él. Un medio donde, a través de todas las personas que estuvieron y continúan estando, me sigue abriendo sus brazos, en el marco de una relación que yo estimo interminable pero que -al fin y al cabo la vida es así- algún día escribirá su capítulo final.

Que EL TIEMPO hoy esté cumpliendo 91 años de vida es algo para celebrar.

Este nuevo aniversario lo consolida como el medio de comunicación de mayor permanencia en Azul. Y en ese contexto, como aquel donde día tras día se continúan reflejando las historias de esta ciudad que lo vio nacer y de todos quienes se convierten en los especiales protagonistas de las noticias que seguimos contando.

Al fin y al cabo, este Diario somos todos. No sólo quienes estamos en él, sino también aquellos que están del otro lado, acompañándolo de diversas maneras mientras el tiempo sigue transcurriendo y ahora marca -puntualmente- que ya son más de nueve décadas las que continúa con vida aquel emprendimiento surgido en el seno de la familia Ronchetti.

EL TIEMPO también es una trinchera. Y además de un sinónimo de resistencia actual donde parece haberse decretado el fin de los diarios en formato papel, sigue ocupando ese espacio de guardián de la historia de Azul y de quienes son sus actores. Basta con empezar a recorrer sus páginas, de viejas ediciones y no tanto, para constatarlo.

Mi mayor deseo en este día es que su permanencia se consolide todavía más para lo que vendrá. Y que eso ocurra independientemente de quienes sigamos formando parte de este Diario, que si algo ha demostrado a lo largo de su existencia es que sigue acompañando el pulso de esta ciudad que lo vio nacer y que hoy continúa siendo testigo de su duración.

Todo eso, en medio de la siempre difícil tarea de seguir con vida como un espacio desde donde continuar contando historias que, vaya uno a saber, tal vez hagan feliz a alguien que las lea.

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