CASOS POLICIALES

CASOS POLICIALES

El comerciante al que mataron a golpes durante un robo

El 23 de abril de 2007, mismo día en que la UNESCO declaraba a Azul "Ciudad Cervantina de la Argentina", Juan Carlos Bulasio era hallado brutalmente asesinado en el inmueble donde vivía y atendía un polirrubro. En diciembre del año siguiente, durante un juicio desarrollado en un Tribunal local, a la mujer y los dos varones que fueron declarados coautores de este "homicidio en ocasión de robo" los condenaron a elevadas penas de prisión. Hoy, a trece años de aquel asesinato, el TIEMPO repasa ese hecho, de la mano de la crónica incluida en uno de los capítulos de "Los s7ete crímenes de 2007", el libro que el periodista Fabián Sotes publicara en diciembre de 2018.

23 de abril de 2020

"El Centro UNESCO Castilla-La Mancha OTORGA Y EXTIENDE a la Ciudad de Azul, en honor a los reconocidos méritos que posee como ciudad Cultural, Universitaria, Turística y Cervantina, el Título de Ciudad Cervantina de la Argentina".

"Reconociendo la divulgación del cervantismo y de los valores de la obra 'El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha' en Argentina, por el legado cervantino del Dr. Bartolomé J. Ronco, custodiado en la Biblioteca Popular 'Dr. Bartolomé J. Ronco' la Exposición Cervantes, el esfuerzo colectivo de la Comunidad Azuleña, el trabajo de la Municipalidad de Azul y la Asociación Española de Socorros Mutuos, todo ello por la coincidencia con los objetivos e ideales de la UNESCO".

"Dado en Castilla-La Mancha, España, en el año dos mil siete".

"Fernando Redondo Benito".

"Presidente del Centro UNESCO Castilla-La Mancha".

A través de ese texto, la cerámica talaverana colocada el 23 de abril de 2007 en el Cantoncillo "Santa Margarita" -ubicado en una de las esquinas de las calles De Paula y Bolívar- fue el testimonio de que Azul era declarada "Ciudad Cervantina de la Argentina".

El español Fernando Redondo Benito fue el encargado de entregarle al intendente Omar Duclós el decreto oficial, durante el acto alusivo que se hizo.

Aquel inmenso acontecimiento cultural se vio reflejado a través de las diferentes personalidades que ese día estuvieron en la ciudad.

Felipe Solá, por entonces Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, fue uno de los asistentes a la ceremonia. Y entre otros, también lo hicieron Rafael Estrella Pedrolla, embajador de España en la Argentina, y Eduardo Enriquez Chico, que representaba a la mexicana Guanajuato, la ciudad considerada "Capital Cervantina de América".

Desde ese entonces Azul ha comenzado a recordar cada 23 de abril a Miguel de Cervantes Saavedra por partida doble, ya que a la máxima figura de la literatura de habla hispana también se la conmemora por el "Día Mundial del Idioma Español".

Según una resolución de las Naciones Unidas, Cervantes había sido elegido por "El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha" para divulgar "la historia, la cultura y el uso del español como idioma". Y la obra trascendental del soldado -que nació en Alcalá de Henares y en realidad murió el 22 de abril de 1616, aunque en ese entonces era costumbre en España tomar como fecha de fallecimiento de una persona el día en que sus restos eran inhumados- cumplía fielmente con esos principios.

Azul tiene todavía hoy mucho para decir y para mostrar de Cervantes y de su obra literaria cumbre.

Todo eso se lo debe y se lo deberá para siempre a Bartolomé José Ronco.

Hasta su fallecimiento en esa ciudad del centro de la provincia de Buenos Aires, el abogado vivió para reunir una de las mayores colecciones que por variedad y cantidad existen en América sobre el Don Quijote.

A ese rico compilado sumó otras obras de Cervantes. Y junto a colecciones literarias de más autores -Ronco era también un devoto del "Martín Fierro" de José Hernández- y de valiosos objetos, entre los que se destacan piezas de platería mapuche y gauchesca, conformó el patrimonio cultural más importante de Azul, la comunidad a la que después se lo legó.

La casa donde el letrado porteño vivió con su esposa, María de las Nieves Clara Giménez, y la hija que ambos tuvieron -que falleció cuando tenía quince años- es hoy uno de los lugares donde esa colección cervantina todavía sigue estando, aunque albergada por lo que actualmente es un museo.

Además de esa casona ubicada en una de las esquinas de las calles Rivadavia y San Martín, el circuito cultural con el sello de "Bartolo" tiene otra escala obligada en el Museo Etnográfico y Archivo Histórico "Enrique Squirru".

Creado también por el abogado, está situado en una de las esquinas de San Martín y Ronco, calle esta última que en ese sector muta su tradicional nombre de Alvear en homenaje a este coleccionista y benefactor.

Bartolomé José Ronco había nacido en Buenos Aires el 7 de julio de 1881 y falleció el 6 de mayo de 1952, a los 70 años de edad.

Ese legado es un patrimonio cultural que la UNESCO reconoció, cuando el 23 de abril de 2007 le otorgó a Azul el título de "Ciudad Cervantina de la Argentina".

El Cantoncillo "Santa Margarita", un espacio público de estilo español elegido para colocar la placa ese día, llevaba también la marca de Ronco.

Aquella pequeña plaza la construyó en homenaje a su hija, Carlota Margarita, luego de que ella muriera. Y decidió cederla a la comunidad. Del mismo modo, Ronco lo hizo con esa casa que hoy es un museo y con toda su colección privada de libros y objetos.

En el corazón de la pampa bonaerense ese filántropo fue un verdadero Quijote, como el personaje al que le diera forma desde su universo creativo Miguel de Cervantes en el libro más editado y traducido de la historia después de la Biblia.

Ese día en que Azul se convertía en una "Ciudad Cervantina" de la mano del legado de Ronco, también era noticia por otro crimen.

Un comerciante que tenía 63 años de edad fue hallado con su cabeza y la cara destrozadas por los golpes que le dieron con un hierro, homicidio que se produjo durante un robo.

Juan Carlos Bulasio, tal la identidad de la víctima, vivía en el mismo inmueble donde atendió un polirrubro -que se llamaba "Papá Noel"- hasta que fue asesinado.

Con su deceso, la tasa de homicidios en aquella ciudad de Quijotes indicaba hasta ese momento que durante 2007, en promedio, una persona había fallecido casi cada 23 días.

Lo alarmante y llamativo era que aún el cuarto mes del año no estaba terminado. Y todavía en Azul faltaban dos crímenes más.


En el barrio cercano a las vías y a la estación de trenes donde Juan Carlos Bulasio vivía y poseía el negocio, a sus vecinos les preocupaban cosas más rutinarias que la declaración de Azul como "Ciudad Cervantina", la ceremonia que aquella mañana del 23 de abril de 2007 se estaba realizando cuando el homicidio se descubrió.

A un chapista, que tenía su taller a la vuelta de la esquina donde estaba el comercio de la víctima del quinto de "Los siete crímenes de 2007", hubo algo que le llamó especialmente la atención ese día, lo que hizo que convocara a la Policía.

Bulasio abría religiosamente su local a las nueve de la mañana. Pero aquel lunes eso no había pasado.

Una persiana de metal del polirrubro, situado en una de las ochavas de las calles Cáneva y Corrientes, permanecía levantada a unos cincuenta centímetros del suelo.

Detrás de esa cortina podía verse que una de las hojas de la puerta se encontraba abierta y la otra, cerrada. Y que uno de los tres pequeños vidrios, ubicados en la parte superior de esa abertura, estaba roto.

Instantes después a que el chapista avisó a la Policía sobre aquella insólita imagen que había visto, el inmueble donde el negocio funcionaba pasó a convertirse en la escena de otro crimen en Azul.

Al lugar llegaron familiares de Bulasio, que tenía siete hijos. También varios vecinos, quienes se iban acercando al enterarse de la noticia del deceso del comerciante.

Mientras tanto, para preservar la zona, la Policía colocaba en las inmediaciones del local una faja de nylon, de color blanco con vivos rojos y que en todo su largo tiene impresa varias veces la palabra "Peligro". Y Martín Céspedes, por entonces titular de la UFI 1 de Azul, comenzaba - acompañado por instructores de esa Fiscalía- con las primeras averiguaciones vinculadas con lo sucedido.


Cuando en diciembre de 2008 se hizo en los Tribunales de Azul el juicio por este caso, el capitán Julio César Cazaux -que estaba a cargo de la Policía Científica- aportó varios datos con relación a qué habían encontrado en el lugar donde Bulasio murió.

Según señaló el funcionario policial, poco antes de la hora diez de aquel lunes 23 de abril entraron al inmueble. Pero no lo hicieron por la puerta del polirrubro que había quedado abierta, un espacio de pequeñas dimensiones generado por esa persiana de metal levantada a pocos centímetros del piso.

Al principio, algunos efectivos de seguridad ingresaron por la calle Cáneva, luego de saltar un paredón lateral al que subieron utilizando una escalera.

Ese sector al que los investigadores accedieron conducía a todos los ambientes de la vivienda, desde un pasillo. Y por ese lugar, horas más tarde, el cadáver sería retirado para ser sometido a la autopsia.

Instantes después se pudo abrir un garaje, que estaba sobre esa misma calle ya mencionada.

Al llegar al polirrubro cuando se enteró de lo sucedido, uno de los hijos de la víctima volvió a su casa a buscar una llave que tenía para poder ingresar por aquel portón.

El inmueble donde Juan Carlos Bulasio vivía estaba conformado también por un patio, el negocio, una cocina dormitorio y un baño.

Los investigadores encontraron al hombre muerto en una cama. "En posición decúbito dorsal, destapado, vestido con un slip y una remera manga corta", se describiría en la sentencia del juicio sobre la base de la versión que diera el Director de la Policía Científica.

Mientras su brazo izquierdo "lo tenía ubicado paralelo al cuerpo", el derecho apuntaba hacia la pared que comunicaba con el patio.

El comerciante tenía la cabeza destrozada a golpes. Y a causa de esa brutal agresión, una gran mancha de sangre se prolongaba hasta debajo de la cama donde yacía el cuerpo.

Los peritos encontraron más manchas hemáticas sobre la pared y en el piso, algunas definidas como "de proyección" y otras como "estáticas y dinámicas".

La luz de aquella habitación y cocina permanecía encendida, un anafe había quedado prendido y la canilla del baño estaba abierta.

La escena del crimen se completaba, debajo de la cama, con una botella de vino tinto. También, con preservativos y colillas de cigarrillos.

Los policías incautaron en ese sector, con fines periciales, un martillo, un cuchillo y un manojo de tres o cuatro llaves que estaba debajo del colchón. Y observaron que el contenido de un cajón de una mesa de luz había sido vaciado sobre la cama.

Después, en el baño, los peritos hallaron un preservativo que estaba tirado en el inodoro, cabellos y tomaron una muestra de agua. Además, secuestraron una toalla que tenía manchas hemáticas y elementos que había en un tarro de residuos. Entre ellos, toallas de uso femenino.

Posteriormente, al ingresar al negocio, detectaron que la cortina de metal estaba trabada. Eso hizo que fuera imposible levantarla. Además, en la posición que quedó al descarrilarse, la persiana había provocado que se terminara rompiendo uno de los tres pequeños vidrios que estaban en su parte superior.

En el polirrubro, en medio de un gran desorden, se detectó el faltante de varios artículos y de dinero, una situación que terminó de darle forma a ese asesinato que, durante un robo, tuvo como víctima al comerciante.


Mientras adentro del inmueble se realizaban las primeras pericias, afuera de "Papá Noel" se encontraba uno de los varones que sería condenado por este hecho.

Montado en una pequeña bicicleta de color plateado, era uno más entre los curiosos que estaban en las inmediaciones del local.

Después se sabría que era un habitual concurrente al comercio. Y que tanto Bulasio como sus hijos -que ayudaban a su papá a atender el negocio- lo conocían desde hacía tiempo.

Ese hombre que desde afuera contemplaba la escena del crimen, el mismo día de ocurrido el hecho, luego se acercaría a los familiares de la víctima. Lo haría para solidarizarse con ellos y acompañarlos en el dolor.

Horas más tarde, cuando el cadáver del comerciante era velado, a sus hijos les llegaría un rumor: aquel sujeto con el que tenían un trato frecuente habría estado implicado en lo sucedido.

La versión se confirmaría definitivamente con el paso del tiempo, de la mano del avance de la investigación penal que se había iniciado.

Pero por aquel entonces ese azuleño era tan sólo un sospechado de haber sido uno de los autores del crimen y del robo.

Había cumplido 35 años de edad una semana antes a que la víctima fuera asesinada a golpes con un trozo de hierro que nunca pudo ser encontrado.

Solía pasar música en cumpleaños de 15 y en otros eventos sociales. Además, formaba parte de un grupo de la movida tropical de Azul y levantaba publicidad para un programa que se emitía en una FM de esa ciudad.

Uno de los auspiciantes de aquel ciclo radial era, desde su negocio, el propio Juan Carlos Bulasio.


A "Bulasio" lo llamaban así hasta sus propios hijos. También, en Azul lo conocían con los apodos de "Gringo" y "Bianchi".

El último de los sobrenombres mencionados obedecía a que el comerciante era físicamente muy parecido al goleador que luego fue un exitoso entrenador de fútbol en clubes como Vélez Sarsfield y Boca Juniors.

Después de que se casó y formó una familia había tenido siete hijos: cuatro varones y tres mujeres.

Oriundo de Chillar, una de las localidades que forman parte del Partido de Azul, antes de convertirse en comerciante fue fotógrafo, actividad esta última que continuaría desarrollando una de sus hijas.

Al mismo tiempo, otros de sus hijos lo ayudarían a atender el negocio que tenía.

En 2001 ya le había tocado atravesar una primera experiencia de victimización.

Se trató de un episodio de inseguridad que tuvo características extremadamente violentas. El hecho se produjo en ese inmueble donde vivía y en el que, seis años más tarde, sería brutalmente asesinado.

Durante las primeras horas del día jueves 8 de marzo se resistió a un asalto que quisieron llevar a cabo dos sujetos que portaban armas de fuego, uno de los cuales estaba encapuchado.

El comerciante llegó a su local instantes después a que los delincuentes habían ingresado a cometer el ilícito.

Con su accionar, aquella madrugada pudo evitar que le robaran, aunque durante el incidente uno de los ladrones le disparó en varias ocasiones y le provocó una lesión leve en su rostro.

Uno de sus hijos varones, que en ese entonces tenía 18 años de edad, se convirtió también en víctima del episodio delictivo.

Recibió dos disparos que le provocaron lesiones en la ingle y en uno de sus brazos. Y tuvo que ser trasladado al hospital, donde permaneció internado algunos días.

Los asaltantes se movilizaban en un automóvil Ford Falcon que después, aquella misma madrugada de ocurrido el hecho, la Policía encontró en el Barrio "Villa Piazza Norte".

Los dos autores de ese violento intento de robo pudieron ser identificados. Pero para la fecha en que Juan Carlos Bulasio fue asesinado, uno de aquellos sujetos todavía seguía prófugo. Según se decía, estaba radicado en otra provincia de la Argentina.

El episodio delictivo que sufriera junto a uno de sus hijos varones volvió al comerciante más desconfiado y precavido.

No llegó a portar armas, pero sus conocidos contaron que desde entonces comenzó a moverse en su propiedad teniendo siempre a su alcance un trozo de hierro, como un modo de defensa ante un eventual ataque.

Durante el día, mientras estaba atendiendo el local, a ese fierro lo tenía debajo del mostrador. Por la noche, cuando se acostaba a dormir, se lo llevaba con él. Y lo apoyaba en una pata de la cama donde después su cadáver sería hallado.

Con ese mismo trozo de hierro el comerciante fue golpeado por los agresores, durante las primeras horas del 23 de abril de 2007.

"Al menos en siete oportunidades en la cabeza y rostro y otra en el muslo de la pierna derecha", se mencionaría en la resolución del juicio realizado por el caso.

En ese debate serían condenados los dos varones y la mujer que cometieron este "homicidio en ocasión de robo".


Al día siguiente del asesinato de Juan Carlos Bulasio, la Policía ya tenía identificadas y demoradas a las tres personas que cometieron el hecho.

Mientras que los dos varones quedaron inmediatamente detenidos por lo sucedido, con la mujer no pasó lo mismo. Recién sería arrestada dos días antes de que se cumpliera el primer mes del crimen del comerciante.

El dato inicial con el que los investigadores contaron para llegar a los autores del violento suceso fue un auto: un Peugeot 504 de color blanco.

El día del hecho había sido visto estacionado debajo de una planta, sobre la calle Cáneva.

El rodado estaba parado en contramano en las inmediaciones del polirrubro, en la cuadra comprendida por las arterias Corrientes y Amado Diab.

Ese mismo vehículo, instantes más tarde, también fue observado cuando se rozó con un colectivo, en momentos que los autores de la muerte de Bulasio huían.

Luego, tras pasar por la casa donde los tres vivían, irían hacia Cacharí.

De esa localidad, perteneciente al Partido de Azul, regresarían en las primeras horas del 24 de abril. Y ese martes serían demorados, una medida que luego se traduciría en que los varones quedaran detenidos por lo sucedido.

Según datos que consiguieron policías que investigaban el caso, quienes vieron al Peugeot parado en cercanías al local de la víctima fueron dos obreros de la Cerámica San Lorenzo.

Cuando les tocaba trabajar de mañana, ambos caminaban habitualmente hasta la calle Cáneva para tomar el micro que llevaba -poco antes de la hora seis- a los empleados de esa planta, que está ubicada sobre la Avenida Mujica, en cercanías al hipódromo de Azul.

Uno de esos testigos contó en el juicio que, además del auto parado en el lugar ya mencionado, observó a un varón caminando en dirección hacia el vehículo, mientras llevaba una bolsa que introdujo en la parte trasera izquierda del rodado. Pero -agregó- no pudo ver hacia qué lugar luego esa persona regresó e ingresó, aunque después se demostraría que era el negocio de Bulasio.

El otro trabajador de San Lorenzo recordó en el debate que aquella mañana, en la previa a tomar el colectivo para ir a la fábrica, pasó por la puerta del polirrubro y escuchó ruidos que provenían del interior del local. "Ruidos bruscos, como que algo era golpeado, como si estuvieran intentando abrir algo. Ni voces ni gritos", afirmó ante los jueces.

También observó en la ochava la cortina metálica, que estaba "levantada unos treinta o cuarenta centímetros", y "vidrios rotos". Pero no se detuvo para ver si pasaba algo, por lo que después siguió caminando hasta la parada donde iba a tomar el micro que lo llevó a la fábrica.

En una circunstancia distinta a la indicada por esos dos testigos hubo un tercer hombre: el chofer del colectivo.

Llamado Germán Aníbal Bastos, se topó con el rodado en el que los autores del asesinato y el robo huyeron.

En el recorrido diario que realizaba para llevar a los obreros a la fábrica de porcelanatos, pisos y revestimientos cerámicos, el micro que manejaba se rozó con el auto.

El lunes 23 de abril, aquel incidente de tránsito se produjo en momentos que el Peugeot 504 circulaba en contramano -a gran velocidad y con las luces apagadas- por Cáneva y dobló hacia Sarmiento, cruce donde se encontró con el ómnibus.

La brusca y rápida acción que ambos conductores realizaron sirvió para evitar la colisión frontal, por lo que los dos vehículos sólo se rozaron y continuaron circulando.

El chofer contaría en el juicio que ante la repentina aparición del auto, doblando en contramano desde calle Cáneva hacia Sarmiento, lo primero que hizo fue pisar los frenos.

Eso sirvió para que el rodado menor esquivara al ómnibus y no lo chocara de frente, aunque lo rozó a la altura de su paragolpes delantero izquierdo, al pasar por el hueco que había quedado entre la vereda y el transporte de pasajeros.

La situación implicó que el colectivero pudiera observar a dos personas que iban en los asientos delanteros del automóvil, quienes en la maniobra -según dijo- "levantaron sus manos como intentando protegerse".

En el debate, también señaló que no había visto si iba algún otro ocupante en ese auto que se tocó con el micro que él conducía.

Además de que los tres sospechosos del crimen y del robo fueron demorados y llevados a la Seccional Primera de Policía aquel 24 de abril de 2007, ese martes el Peugeot 504 fue incautado y sometido a diferentes pericias.

Un análisis definido como "de cotejo" sirvió para determinar que era el mismo auto que se había rozado con el colectivo un día antes.

Así lo mencionó un especialista en Papiloscopía y Rastros que tuvo a su cargo realizar aquel estudio en los rodados.

"Las improntas halladas en ambos vehículos son compatibles (por su altura y ubicación) al posible roce que pueda haberse producido entre ellos", había concluido el perito en un informe que se incorporó a la investigación penal que por el asesinato llevaba adelante el fiscal Céspedes.


Después de que los dos trabajadores de San Lorenzo y el chofer del micro dieron a los policías detalles del auto que habían visto el día del hecho en inmediaciones del polirrubro, inmediatamente los investigadores se entrevistaron con familiares del comerciante asesinado.

Al enterarse de las características que tenía aquel Peugeot 504, los hijos de Bulasio mencionaron a un sujeto. No se trataba sólo del propietario del rodado. Era, también, uno de los presuntos implicados en el homicidio y el robo.

Así, el primer nombre que surgió fue el del azuleño Marcelo Javier Díaz. Natalia Salías, una nuera de la víctima, contaría en el juicio que ese hombre iba todas las tardes a "Papá Noel"; que hacía los mandados como si fuera un cadete del local y que por esos motivos "conocía todos los movimientos del negocio".

Norberto Gastón Bulasio, uno de los hijos del chillarense asesinado, diría también que lo conocía "porque durante cinco años le dieron la publicidad del negocio para la radio". Y afirmó en el debate que su padre "le daba ropa y comida"; que ese hombre "estaba siempre" en el comercio y que en su familia "se le daba mucha confianza".

Además de enterarse que aquella mañana en que su padre falleció había estado en las afueras del inmueble, sostuvo que sabía que tenía un Peugeot 504 blanco.

En el proceso que condenó a Díaz como uno de los autores del hecho, para el Tribunal que lo juzgó no sería un detalle menor ese vínculo que tenía con la víctima y con demás miembros de su familia.

"Conocía exactamente los movimientos, tanto de Juan Carlos Bulasio como del comercio 'Papá Noel', al mantener una relación amistosa y cotidiana con el mismo y su grupo familiar, participando además con la realización de mandados", escribiría el magistrado Joaquín Duba al respecto. Y ser "quien mantenía una relación estrecha con la víctima, concurriendo diariamente al comercio de su propiedad, donde se le brindaba un trato familiar, todo lo que es demostrativo de un mayor desprecio por el otro y su entorno", sería considerado como una circunstancia agravante de peso.

Por ese motivo, la pena que le dictaron fue superior a las impuestas a los demás coautores de este "homicidio en ocasión de robo".

De la mano de Marcelo Javier Díaz, aquel 24 de abril de 2007 en que la Policía incautó su auto también iban a ser demorados los demás implicados en el crimen del comerciante.

Según las averiguaciones que hicieron los efectivos del Gabinete de Investigaciones de la Seccional Primera de Azul, los tres ocupaban en esa época una misma casa en un barrio de aquella ciudad.

Una mujer que tenía 20 años de edad, era oriunda de la localidad de Cacharí y se llamaba Paola Vanesa Sánchez fue trasladada a sede policial no bien aquel día salió del inmueble que alquilaba con los demás autores de este hecho, lugar donde también vivía un travesti. Y lo mismo sucedió con Juan Marcelo Albornoz. En ese entonces de 19 años, había nacido en Las Flores y tenía un lejano parentesco con la joven coimputada.

Uno de los hijos de la víctima contaría a los investigadores que el domingo 22 de abril de 2007 Sánchez había ido al polirrubro por la tarde y que después, horas antes a que el negocio cerrara, regresó y se quedó con su papá.

Según versiones de testigos, la mujer solía prostituirse. Y ese día había concertado un encuentro íntimo con el comerciante.

Después se conocería que fue Díaz quien la llevó hasta "Papá Noel" en el Peugeot 504. Y que, durante las primeras horas del lunes 23 de abril, el hombre regresaría al local en el auto a buscarla. En ese entonces, acompañado por Albornoz.

Aquella noche en que estuvo con la joven, Bulasio encargó en una rotisería dos porciones de milanesas con papas fritas, comida que luego le acercó un cadete a su domicilio.

Esa sería su última cena, antes de que lo mataran a fierrazos para robarle, en medio de un violento suceso transcurrido cuando estaba "acostado en la cama e indefenso", se diría en el fallo del juicio.


Cuando el lunes 23 de abril a las 17 comenzó con la autopsia, el médico de Policía a cargo de esa intervención -Guillermo José Moreno- estimó que Juan Carlos Bulasio había sido asesinado, como mínimo, unas doce horas antes.

También diría en el juicio que de todas las lesiones que el comerciante sufrió al ser agredido con un trozo de hierro, la vital estaba localizada entre sus dos cejas, en la llamada zona interciliar.

Esa herida tenía unos seis centímetros y medio. Y era demostrativa, por sus características, de que el golpe que la provocó bastaba por sí solo para causarle la muerte.

Mientras estaba acostado, los fierrazos que recibió le generaron al comerciante "múltiples y graves traumatismos", se indicaría en la sentencia.

Además de que le produjeron la deformación completa del rostro, en la autopsia se encontraron heridas en diferentes huesos de la cara y del cráneo. Y lo que el médico a cargo de la necropsia definió como un "traumatismo encefálico directo" y una "hemorragia intercraneal masiva y generalizada" fueron las consecuencias del fallecimiento inmediato de Bulasio.

Otros peritos concluyeron que el hombre fue agredido en la cama. Y en la escena del crimen no encontraron signos que sirvieran para demostrar que se hubiese defendido.


En el juicio quedó probado que Paola Sánchez concertó el día antes del hecho, en horas de la tarde de aquel domingo, la "reunión íntima" con el propietario de "Papá Noel".

La cita había sido acordada para esa misma noche, ocasión en la cual Marcelo Díaz llevó en su Peugeot 504 a la joven hasta el inmueble donde la víctima esperaba.

Estando ella en el lugar, el hombre cerró el local y se quedaron solos.

En el debate, el cadete que le llevó milanesas con papas fritas afirmó que cuando Bulasio lo atendió desde la puerta no vio si había alguien más con el comerciante.

Después, cuando era alrededor de la hora 5.30 del lunes, Díaz y Albornoz fueron a buscar a la mujer.

Dejaron el auto estacionado en cercanías al negocio, por la calle Cáneva.

Instantes más tarde, en ese lugar el vehículo sería observado por los dos trabajadores que a esa hora iban a esperar el micro que los llevaba a San Lorenzo.

Una vez que Sánchez abrió la cortina de metal que se descarriló y quedó trabada, por ese pequeño hueco ambos varones ingresaron.

Del local, los tres se llevaron plata, tarjetas telefónicas, atados y cartones de cigarrillos, un bolsón plástico con dibujos infantiles, una mochila de bebé, discos compactos de música, películas en formato DVD, billetes y monedas de dinero antiguo, una mochila de hilo, al menos tres camisetas de fútbol, diez pantalones -tipo de gimnasia- y alguna otra mercadería. También, un sonajero musical que le pertenecía a uno de los nietos del comerciante.

La suma más importante de dinero que Juan Carlos Bulasio tenía en su casa no se la robaron. Eran aproximadamente mil ochocientos pesos que el hombre, teniendo en cuenta lo desconfiado que era, había guardado en una vieja heladera que estaba en el garaje del inmueble.

En esas mismas circunstancias, según quedó probado, se produjo el brutal asesinato del propietario del polirrubro.

Después, los dos varones y la mujer cargaron todo lo robado en el auto y salieron rápidamente en contramano por Cáneva, en dirección hacia Sarmiento.

Al doblar en la última de las calles mencionadas se produjo ese roce con el colectivo, aunque eso no impidió que continuaran huyendo.

Los agresores llevaban también en el auto el trozo de hierro utilizado para la comisión del homicidio.

Los magistrados que integraron el Tribunal Oral en lo Criminal número 1 de Azul para el juicio concluyeron que el accionar llevado adelante por Sánchez, Díaz y Albornoz estuvo enmarcado en un plan previo que, "de común acuerdo", implicaba cometer el robo en "Papá Noel".

Un propósito, por parte de quienes lo concretaron, al que también se agregó otra circunstancia mucho más grave: matar al comerciante.


Después de ocurrido el hecho, Paola Sánchez, Marcelo Díaz y Juan Albornoz pasaron por la casa donde vivían, que está situada en Avenida 25 de Mayo entre Tandil y Tapalqué.

En ese lugar la joven se cambió de ropas e instantes más tarde los tres salieron hacia Cacharí.

En el Peugeot 504 iban sentados de la misma manera en que se habían ubicado al salir del inmueble de Bulasio, luego de cometidos el crimen y el robo. Díaz manejaba, Sánchez iba al lado suyo y detrás de la joven lo hacía Albornoz.

En el vehículo llevaban los elementos robados en el polirrubro. También, el trozo de hierro usado para asesinar a la víctima.

Según se sabría después, ese elemento fue descartado en el camino. En el trayecto que une a Azul con Cacharí a través de la Ruta Nacional número 3.

A pocos kilómetros de aquella ciudad, Albornoz fue quien tiró el fierro a uno de los costados de la ruta, desde la ventanilla del asiento de atrás del auto.

El jueves 26 de abril de 2007 policías y bomberos hicieron uno de los rastrillajes para dar con el hierro, que -según se decía- tenía forma de pico.

Lo buscaron sobre uno de los márgenes de la ruta, entre los kilómetros 285 y 290. Pero no pudieron encontrarlo y jamás sería hallado.

Tres días antes de aquel rastrillaje, una vez que llegaron a Cacharí cuando era alrededor de la hora siete, los ocupantes del Peugeot 504 fueron a la casa de la madre de Albornoz.

Esa mujer, llamada Amanda Susana Freitas, vivía en la calle Mundet.

Mientras que Díaz se bajó y estuvo sólo unos minutos en la vivienda, Albornoz y Sánchez se quedaron hasta la medianoche de aquel lunes.

Esa mañana, lo primero que hizo Albornoz fue ir a ver a su ex pareja, una joven de la que se había separado meses antes y en ese entonces estaba esperando un hijo de él.

A Susana Noemí Parache -tal el nombre de su ex concubina- primero la había llamado por teléfono mientras estaba viajando desde Azul a Cacharí.

En esa comunicación le contó "que venía con un par de cosas de regalo para su hijo", según diría después la testigo en el juicio.

Ambos se encontraron en una plaza, lugar donde Albornoz le dio un bolso, un cambiador y un sonajero para ese bebé que estaba por nacer.

Era parte de lo robado en el negocio de Bulacio, aunque él eso jamás se lo dijo. Y como su ex pareja embarazada había ido a aquel encuentro acompañada por un sobrino suyo, al nene Albornoz le regaló una camiseta de fútbol que también formaba parte de lo sustraído en "Papá Noel".

Horas después de ese lunes, Parache volvería a encontrarse con su ex pareja en el domicilio de una amiga de ambos. Y más tarde, Juan Marcelo Albornoz iría también a la casa de su ex mujer, donde estuvo un rato charlando con el padre de la joven embarazada sobre ese hijo que esperaba.

Mientras tanto, al llegar a Cacharí Paola Vanesa Sánchez se acostó a dormir durante algunas horas en la casa de la madre de Albornoz, a quien la joven le decía tía, más allá de que realmente no lo eran.

Después de que se despertó, al mediodía vio el informativo del canal local junto con Freitas, que la conocía desde que era una nena.

Además de los actos relacionados con la declaración de Azul como "Ciudad Cervantina de la Argentina", otra de las noticias importantes de aquel lunes 23 de abril era el asesinato del comerciante.

Durante la crónica televisiva relacionada con el crimen, ambas mujeres escucharon que el periodista que contaba lo sucedido hacía alusión a que en el baño de la casa de la víctima los investigadores hallaron la canilla abierta.

Amanda Freitas diría en el juicio que cuando escuchó la noticia del homicidio y que la canilla del baño estaba abierta, esa misma situación ya se la había contado Paola Sánchez no bien entró a su casa.

Aquella mañana que llegó de Azul "temblaba y lloraba", dijo la mujer en el debate. Y al preguntarle qué le pasaba, Sánchez textualmente le respondió: "Maté a un hombre, pero ése no jode más a nadie".

En un principio Freitas admitió que no le creyó, que pensó que estaba

"mamada o drogada" por aquello que le confesaba, ya que mientras se lo contaba "se reía" y "estaba nerviosa".

En la casa de la madre de Albornoz, ya cuando su hijo y Díaz estaban detenidos por el homicidio, la Policía haría un allanamiento el 25 de abril. Durante ese procedimiento, algunas de las cosas robadas en el polirrubro iban a ser encontradas.

Las otras, aquel mismo miércoles, fueron halladas en el domicilio de Parache. Al enterarse de la procedencia que tenían, la joven las entregó inmediatamente a la Policía. Era todo lo que dos días antes su ex pareja le regaló para ese hijo que estaba esperando, cuando ambos se habían encontrado en una plaza de Cacharí.


Aquel lunes en que Bulasio fue asesinado, al regresar desde Cacharí a Azul Marcelo Díaz tuvo tiempo para hacer varias cosas.

Estuvo presente en la escena del crimen, formando parte de los curiosos que observaban lo sucedido en el interior de "Papá Noel". Y luego se acercó a los familiares de la víctima, para mostrarles su preocupación por lo que había pasado.

Además, se dedicó a cambiarle el aspecto al Peugeot 504 que manejaba y se había rozado con el micro, cuando junto con Sánchez y Albornoz huían del inmueble del comerciante.

Observado por testigos que después lo contaron en el juicio, el hombre repintó de color rojo partes de la carrocería de su vehículo. Concretamente, la trompa y los dos guardabarros delanteros.

Durante aquel lunes, también hubo varias comunicaciones telefónicas entre el azuleño y Albornoz.

Finalmente, después de esos muchos llamados entre ambos, Díaz regresó a Cacharí a buscar al joven y a Sánchez. Viajó acompañado por una amiga suya, a quien conocía de la FM en la que en ese entonces trabajaba cobrando las publicidades.

Llamada María Elena Moreno, también fue testigo en el juicio que por el caso se hizo.

Según contaría, aquella noche del lunes el hombre cenó con ella en su casa, ocasión en la que pudo observar que tenía sus manos manchadas con pintura roja.

Mientras comían -recordó- recibió un sinfín de comunicaciones telefónicas de un tal "Marcelo", según le respondió cuando le preguntó quién lo llamaba tan insistentemente.

Luego de uno de esos muchos llamados a su celular, Díaz le dijo que se tenía que ir a Cacharí a buscar a Sánchez y Albornoz, por lo que ella se ofreció a acompañarlo.

Aproximadamente a la hora 1 del martes 24 de abril llegaron a esa localidad en el Peugeot "repintado".

Moreno conocía a los dos jóvenes desde tiempo antes. Y cuando se subieron al auto para regresar a Azul, la mujer observó que ambos tenían sus cabellos teñidos.


Ese mismo martes en que volvieron a Azul, primero Díaz y después Albornoz y Sánchez iban a ser demorados por la Policía.

En ese entonces, los investigadores ya tenían las referencias del auto que había sido visto un día antes saliendo del polirrubro de Bulasio. También sabían quién era el propietario del rodado, dónde y con quiénes vivía. Y se contaba con el dato de que la joven había estado la noche del domingo con la víctima.

De esa manera, en horas del mediodía una comisión policial concurrió a la casa que los tres implicados en el hecho alquilaban.

De vista, uno de los policías que fue hasta ese domicilio conocía a Marcelo Díaz desde antes.

Al llegar a la vivienda no encontraron a nadie. Pero la casualidad hizo que, cuando estaban en el lugar, los oficiales observaran al hombre que estaban buscando. Lo vieron pasar por la avenida en el Peugeot 504, que a esa altura ya tenía repintado con rojo sus dos guardabarros delanteros y una parte de la trompa.

En la camioneta que circulaban, los dos efectivos del Gabinete de Investigaciones de la Seccional Primera interceptaron el auto en la calle.

En principio, el azuleño fue trasladado a la comisaría en carácter de demorado por dos cuestiones: "averiguación de identidad" y por no tener la documentación habilitante del rodado para circular. Entre esos papeles, le faltaba el del seguro.

-Este auto lo pintaste recién...- le comentó al dueño del Peugeot el policía que lo conocía desde antes, teniendo en cuenta el olor que emanaba de las partes de la carrocería que ahora eran de color rojo.

Pero Díaz negó que así hubiera sido. Y respondió que lo había pintado "hacía como una semana".

-No, esta pintura es nueva, no me podés mentir...- le dijo también el oficial, antes de llevárselo a la comisaría por la falta de los papeles del vehículo.

Pericia mediante, efectivamente se demostraría que el auto estaba recién pintado.

Además, hubo otros aspectos del rodado que -una vez trasladado a sede policial- llamaron la atención de los investigadores.

Una de las alfombras del asiento de atrás se encontraba húmeda, como que recién había sido lavada. Y en el vidrio de la ventanilla de la puerta trasera derecha y en un apoyabrazos, a simple vista podían observarse pequeñas manchas de color rojo.

Según se comprobaría después a través de una pericia química, esas manchas eran de sangre humana.

Cuando los homicidas se llevaron el hierro que usaron para consumar el crimen, los investigadores concluyeron que ese pedazo de metal aún tenía restos de sangre por los varios golpes que a la víctima le dieron en el rostro y la cabeza.

En esas condiciones aquel elemento fue colocado en el piso del auto, quedando también manchas hemáticas en esa alfombra que, al parecer, fue lavada y estaba húmeda para cuando los policías incautaron el Peugeot 504.

En tanto, la sangre humana encontrada en la parte trasera del habitáculo obedecía al momento en que Albornoz, rumbo a Cacharí, se había descartado del hierro, al arrojarlo a la banquina de la ruta.

Los resultados de esas pericias practicadas en el auto que el 24 de abril le fue incautado a Díaz se conocerían horas después de aquel mismo día. E iban a implicar que su situación procesal se agravara y quedara detenido, acusado de ser uno de los autores del asesinato de Bulasio y del robo en "Papá Noel".

Minutos más tarde a que el azuleño implicado en lo ocurrido fue trasladado a la comisaría ese martes, lo mismo ocurrió con los demás coautores de este hecho.

A Sánchez y Albornoz los demoraron cuando una comisión policial, que se había instalado en inmediaciones de la casa a la que instantes antes los investigadores fueron a buscar al dueño del auto, observó a los dos saliendo de la vivienda.

Para ambos, también se dispusieron sus traslados a la Seccional Primera por "averiguación de identidad".

Los policías tenían, como máximo, un plazo de doce horas para poder mantener retenidos a los tres en esas circunstancias.

Antes de que ese tiempo expirara se produjo una situación que desde aquel día convirtió en los primeros acusados del homicidio y del robo a los varones.

Versiones señalaban que, estando en la comisaría, Sánchez pidió hablar para contar lo que había pasado con el comerciante.

Eso hizo que aquel martes a la noche fuera llevada a Tribunales, para que desde la Fiscalía que instruía esta causa penal se escuchara lo que tenía para contar con relación a lo sucedido.

En aquel relato la joven señaló que Díaz y Albornoz habían sido los responsables del asesinato y del robo, situaciones ambas ocurridas en momentos que ella estaba con la víctima en el inmueble de Corrientes y Cáneva.

Esa primera declaración espontánea de la joven llevaría a los policías a la ruta, a realizar los rastrillajes en busca del elemento utilizado para cometer el brutal homicidio. Y también a que en Cacharí, el ya mencionado 25 de abril, en los domicilios de la madre y de la ex pareja de Albornoz se recuperara todo lo que había sido sustraído en el negocio, a excepción del dinero.

Sánchez, después de permanecer en carácter de demorada, recuperó la libertad. Pero los varones quedaron detenidos y formalmente acusados del delito de "homicidio en ocasión de robo".

El primero en ser indagado en sede judicial como uno de los coautores del hecho fue Albornoz, quien el miércoles 25 de abril se negó a declarar.

El jueves 26, a una indagatoria similar sería sometido Díaz, que tampoco habló.

Pero días más tarde el propietario del Peugeot 504 quiso declarar. Y a través de su testimonio intentó desligarse de la comisión del crimen, algo que no logró.

Cuando fue condenado por el hecho, aquella versión en la indagatoria sería considerada por los jueces como "una burda excusa exculpatoria", "increíble, inverosímil y carente de sentido".


Junto con los dos allanamientos que se hicieron en Cacharí el miércoles 25 de abril, que sirvieron para recuperar los elementos robados en el polirrubro de Bulasio, un procedimiento similar se realizó ese día en la casa de Azul donde vivían Sánchez y los varones que ya estaban detenidos.

El hallazgo y posterior secuestro de ropa húmeda en un lavarropas convirtió a la mujer en otra de las sospechadas.

Según se determinó después en la investigación penal, ella había tenido una participación muy diferente a la que dijo que tuvo cuando, mientras estaba demorada, habló en Tribunales sobre lo sucedido con el comerciante.

Si bien en un principio, a diferencia de lo ocurrido con Díaz y Albornoz, el fiscal Céspedes no había pedido la detención de la joven, las dudas que la ubicaban como otra coautora del crimen y del robo existieron desde siempre.

Una pericia química practicada a la ropa de Sánchez que fuera incautada en esa casa donde vivía, la terminaría colocando definitivamente como la tercera imputada por lo ocurrido aquella madrugada del 23 de abril de 2007.

Hay que recordar que después de cometido el hecho, los tres huyeron en el auto e hicieron una primera parada en la casa donde en ese entonces vivían. En ese domicilio, en la previa a que viajaran a Cacharí, la mujer se cambió de ropas.

Finalmente, el 21 de mayo de aquel año la joven sería detenida en un departamento del Barrio Pedro Burgos de Azul donde residía una hermana suya.

Para ese entonces ya se contaba con el resultado del análisis, que indicaba que había sangre humana en aquellas prendas de vestir incautadas en el lavarropas de su casa. Concretamente, en un pantalón de color blanco que tenía puesto la noche en que fue a encontrarse con la víctima.

Para condenarla, el Tribunal tendría en cuenta también tres versiones que ella misma había dado sobre el crimen.

Una fue la ya señalada por la madre de Albornoz, que la contó en el debate. Otra la refirió Díaz, en ocasión de que estando detenido declarara durante la instrucción de la causa penal. Y la tercera, también en el juicio, la había dicho Moreno, la mujer que acompañó al dueño del Peugeot a Cacharí -el lunes 23 de abril a la noche- a buscar a los dos jóvenes coautores del hecho.

Después de enterarse del crimen del comerciante y ya con su amigo preso, María Elena Moreno señaló que un día fue a verla a Paola Vanesa Sánchez a la casa donde seguía viviendo.

Según Díaz le decía en ese entonces, a él lo estaban culpando por algo que en realidad no había hecho.

La mujer relató que cuando le señaló eso a la joven, ella respondió: "Yo lo maté".

"Lo hice yo, pero no quiero que Marcelo quede detenido", afirmó que también le dijo, admitiendo -días antes a que fuera detenida- que ella "iba a hacer lo posible para sacarlo a Marcelo Díaz porque él no tenía nada que ver".

En su testimonio, Moreno recordó que "llorando Paola le manifestó que trataría de culparlo al primo para que ellos dos -en alusión a ella misma y a Marcelo Díaz- quedaran libres".

En otra tramo de su declaración, la mujer dio detalles de lo que Paola Sánchez le contó con relación a cómo había asesinado a Bulasio.

Según le dijo a los miembros del Tribunal, todo comenzó cuando aquella madrugada el comerciante escuchó un ruido y tomó un cuchillo. Como la joven pensó que la iba a apuñalar, con el fierro que el hombre tenía siempre al costado de su cama empezó a pegarle. Y así lo mató.

De acuerdo con la versión que Moreno ofreció en el debate, Sánchez le contó que después, cuando los dos varones habían ido en el auto a buscarla al polirrubro, "le dijo a Albornoz que agarrara el fierro porque se lo olvidaba y salieron corriendo".

La amiga de Díaz, ese día que declaró en el juicio, expresó también que la joven afirmó que ese trozo de hierro la Policía nunca iba a encontrarlo. Y que "iba a tener las huellas de Albornoz" en caso de que fuera hallado.

En tanto, Marcelo Javier Díaz declaró que Paola Vanesa Sánchez le narró cómo mató al comerciante cuando habían regresado de Cacharí y estaban acostados en esa casa donde vivían en Azul, que está ubicada al lado de una agencia de remises.

En aquella indagatoria sostuvo que la joven dijo -durante las primeras horas del martes 24 de abril- que Bulasio, después de que habían cenado, "la quería obligar a tener relaciones sexuales" y que ella "no quería".

Siempre de acuerdo con el testimonio que brindara -cuando pidió declarar durante la instrucción de la causa penal por la que estaba preso- la mujer le contó también que el comerciante no dejaba que se fuera, motivo por el que ella se paró a un costado de la cama, tomó el fierro y le pegó en la cabeza.

Sánchez siguió relatando al dueño del Peugeot que en ese momento el comerciante "pretendió agarrarla" y que "ahí le dio otro fierrazo", mientras la víctima la insultaba y ella seguía pegándole.


Además de lo que la joven le contó del crimen, aquella declaración que Díaz hizo cuando estaba detenido incluyó que aludiera a situaciones que no fueron creíbles en absoluto para los jueces.

Esos dichos y otras pruebas terminarían condenándolo a la pena más elevada de las tres que el Tribunal dictaría para la totalidad de los encausados.

Según dijo, para cuando el homicidio del comerciante ocurrió hacía poco que, por intermedio de Albornoz, había conocido a Sánchez.

En ese entonces, como él se había separado, pernoctaba en la casa donde ambos jóvenes vivían.

También señaló que en esas circunstancias solía trasladar en su auto a la mujer para que ejerciera la prostitución en el Cristo que, sobre la Ruta 3, está en uno de los ingresos a Azul.

Con relación al hecho, afirmó que el domingo por la noche llevó a la joven a lo de Bulasio, que después regresó al domicilio de Avenida 25 de Mayo y que se acostó a dormir, cuando en el lugar estaba Albornoz.

Habló de que se despertó casualmente cuando era la hora cuatro y cuarto del lunes 23 de abril y que fue a buscarla, ocasión en la cual -al haberse levantado también- Albornoz "se ofreció a acompañarlo" en el auto.

Dijo que al vehículo lo detuvo en Cáneva entre Corrientes y Amado Diab, en cercanías a "Papá Noel".

Mencionó que mientras esperaba en el rodado junto con Albornoz escuchó el ruido de la persiana metálica y que a continuación la joven se asomó por el hueco que había quedado al trabarse esa cortina.

En esas circunstancias, Sánchez hizo señas a ambos para que se bajaran del auto y en la esquina del polirrubro les dio "tres bolsas de nylon como las utilizadas para la basura".

-Tomen chicos- señaló que en ese entonces la mujer les dijo.

Esas cosas que la joven les alcanzó a Albornoz y a él -consideró- eran regalos que los clientes le hacían a ella a cambio de sexo.

En ese entonces, como Paola no había logrado sacar por completo las bolsas a través de la abertura, ambos ingresaron al local.

Una vez adentro, los dos fueron tras los pasos de la mujer, que les dijo que se había olvidado algo en la pieza.

Según dijo, Sánchez tomó el fierro del piso, secuencia en la que Díaz afirmó que sólo pudo ver dos piernas que sobresalían de la cama, algo que a él "lo asustó", por lo que decidió salir rápidamente del lugar. Pero "sin darse cuenta", lo hizo llevando en cada una de sus manos las bolsas que la mujer le diera.

De acuerdo con su relato, por ese hueco que había dejado la persiana de metal al trabarse, detrás de él salió Sánchez con el trozo de hierro y -en tercer lugar- Albornoz, también llevando una bolsa.

Después contó que se subió al auto mientras los demás aún no lo habían hecho y que se quiso alejar del lugar sin esperarlos, aunque no pudo porque el vehículo tenía "dificultades para arrancar".

Posteriormente, ya con los dos jóvenes en el rodado, logró poner en marcha el Peugeot, pero "por tener trabados los cambios con la marcha hacia atrás" provocó que con la puerta trasera del lado del acompañante "golpeara una planta existente en la vereda".

En ese momento hizo marcha atrás hasta Amado Diab, desde donde "retomó en contramano por calle Cáneva" y al llegar a Sarmiento se encontró de frente con el colectivo, aunque no pudo precisar si ambos rodados se habían rozado o no.

Yendo en el auto le preguntó a Sánchez qué había hecho, "mientras ella -declaró- se sacaba la ropa con sangre".

Volvió a interrogarla por lo sucedido cuando estaban los tres en la casa de Avenida 25 de Mayo. En esa ocasión, la joven le respondió que había matado a Bulasio "porque me quería pegar".

También le endilgó a la mujer haber sido quien, prácticamente, lo obligó a llevarla a Cacharí junto con Albornoz.

Siempre de acuerdo con sus dichos, yendo por la Ruta 3 hacia esa localidad en el auto, ella le ordenó al otro joven que tirara el fierro a la banquina.

Después diría que, al llegar a Cacharí, él escuchó cuando la mujer le dijo textualmente a la madre de Albornoz: "Maté un tipo en Azul".

Luego de que las tres bolsas sustraídas en "Papá Noel" fueron bajadas en esa vivienda, las cuales -declaró- él no sabía qué contenían, regresó a Azul, donde posteriormente se fue "a trabajar".

Reconoció que esa noche del lunes estuvo cenando con María Moreno, la mujer que después lo acompañó cuando él regresó a buscar a los demás implicados en el hecho.

De vuelta en Azul, en la casa donde vivían, la joven le contaría ese relato ya mencionado sobre cómo había matado a Bulasio.

El día en que Marcelo Díaz declaró en Tribunales lo hizo acompañado por Gustavo Torchia, su abogado en ese entonces y quien al año siguiente lo representaría en el juicio.

En aquella audiencia, que pidió el propio encausado, no quiso responder preguntas del fiscal Martín Céspedes.


Joaquín Duba era secretario del Tribunal Oral en lo Criminal número 1 de Azul hasta que en octubre del año 2008 asumió como juez en ese mismo cuerpo.

Dos meses después le tocaría intervenir por primera vez en un juicio por un asesinato.

En ese proceso, además, sería el primero en votar a todas las cuestiones que se plantearon en la resolución, que finalizaría con un veredicto condenatorio para los tres acusados del crimen de Juan Carlos Bulasio.

Generalmente, sufragar en primer término en un fallo implica para un magistrado convertirse en quien, con su opinión inicial, le da forma a la sentencia. No sólo con relación al hecho que es tratado, sino también con respecto al rol de quienes llegan a ese debate imputados de un delito.

A su postura inicial después adhieren, o no, los demás jueces que también integran el cuerpo colegiado para ese mismo proceso.

En el caso del homicidio del comerciante, Gustavo Borghi fue quien presidió el Tribunal 1 para el debate. Y aquella integración se completó con la intervención de Alejandra Raverta.

El veredicto condenatorio para los tres imputados se resolvió de manera unánime.

En el marco de una extensa sentencia, el juez Duba incluyó también varios párrafos dedicados a desvirtuar la declaración que Díaz hiciera cuando estaba detenido.

Una vez que los responsables de este "robo con homicidio" -así había definido Casación a los hechos cuando en segunda instancia se pronunció con relación al fallo- fueron procesados, el azuleño sería el único que hablaría durante la instrucción de la causa, ya que ni Albornoz ni Sánchez lo harían.

Además, en el debate que se hizo en diciembre de 2008 ninguno de los tres, amparados en el derecho que les asistía, optó por declarar.

De Paola Sánchez se conocerían tres versiones sobre cómo había asesinado a Bulasio. Primero, la que Díaz brindó en la indagatoria. Después, ya durante el juicio, las que contaron Moreno -la amiga del azuleño imputado- y Freitas, la madre de Albornoz.

Más allá de eso, el relato del dueño del auto sobre lo ocurrido fue para los jueces "una burda excusa exculpatoria, desprendida en todo lo que a su participación se refiere y por eso debe desecharse".

Aquel "evidente intento de desincriminarse" -escribió Duba en el fallo- el imputado no lo logró.

Tuvo un efecto completamente contrario al que perseguía, ya que al hombre no sólo lo colocó como uno de los responsables del hecho, sino que también le sirvió al Tribunal para definir las coautorías en lo sucedido de "los restantes consortes de causa".

La versión del azuleño fue calificada como "increíble, inverosímil y carente de sentido" por diferentes aspectos.

"Intenta desvincularse afectivamente de Paola Sánchez, pretendiendo un conocimiento vago y casual con la misma, basado en llevarla a la ruta donde aquella ejercía la prostitución, cuando mantenía una relación de pareja y de convivencia en una misma vivienda", señaló el juez que votó en primer término a las cuestiones planteadas.

El magistrado tildó de "infantil" al relato de Díaz cuando sostuvo que "Paola Sánchez había concurrido a una cita con Bulasio con el único fin de mantener relaciones sexuales y que las bolsas que sacaron del lugar contenían objetos entregados" por el comerciante, "como contraprestación por sus servicios". Y tampoco fue creíble que dijera que la joven "los llamó con medio cuerpo afuera de la abertura y les entregó las bolsas para que las cargasen, pero como no pasaban, ingresan al interior del comercio por ese mismo espacio y más tarde egresa -ahora sí- cargando una bolsa en cada mano sin dificultad".

Lo mismo sucedió cuando el acusado afirmó que Albornoz, "quien supuestamente se encontraba durmiendo, decidiera sin ninguna preocupación acompañarlo en medio de la madrugada" y que, una vez ambos adentro del negocio, "decidieran seguir a Sánchez hasta la habitación, con el solo argumento de que ésta se había olvidado algo, con todos los riesgos que eso les ocasionaba".

Menos le creyeron en el Tribunal cuando dijo que, estando en la habitación, "llamativamente lo único que ve fue que Paola Sánchez recogía del piso al lado de la cama un fierro y dos piernas que sobresalían de la cama hacia la izquierda, sin agregar absolutamente ningún detalle; cuando, si fuera así, no pudo dejar de observar que esos miembros inferiores no eran de otra persona que de Juan Carlos Bulasio, a quien conocía perfectamente".

Al respecto, se definió como "ridícula" a esa versión que diera, "consistente en que al ver las dos piernas sintió un temor tal que tomó dos bolsas sin darse cuenta de lo que hacía y se retiró".

"La situación de pretender que salió del lugar e intentó poner en marcha el vehículo para huir solo, dejando a Sánchez y Albornoz, pero el automóvil casual y puntualmente en esa ocasión no arrancó", no fue creíble tampoco.

Del mismo modo, que haya sostenido que hasta que los tres volvieron a la casa donde vivían "nada sabía y que recién se enteró allí" del robo y de que la víctima había sido asesinada.

"Lo irrisorio del relato -escribió Duba en la sentencia- en cuanto a que Paola Sánchez supuestamente le dice que lo había matado y él no tenía idea de a quién, por lo que tuvo que preguntarle y fue allí, ante la respuesta, que (Díaz) rompió en llantos".

Dotada de un descreimiento total fue también para los jueces aquella parte del relato sobre lo que después ocurrió, llevando él a la joven a Cacharí y Albornoz tirando el fierro a la banquina de la Ruta 3, como si los dos "respondieran a directivas impartidas por una Paola Sánchez manipuladora y que los doblegaba".

El hecho de haber estado todo el día en Azul, luego de haber trasladado a los jóvenes a Cacharí, y después -"con las evidentes mayores complicaciones que para su situación le traía"- regresar a esa localidad a buscarlos a la medianoche, fue otra circunstancia que al dueño del Peugeot terminó incriminándolo gravemente en lo sucedido.

"Lo expuesto me convence de que Marcelo Javier Díaz participó voluntaria y activamente en calidad de autor en todo el desarrollo del acontecer criminoso", concluyó el juez.

Además de conocer a la víctima, a su familia y los movimientos del negocio, el Tribunal coincidió en que Marcelo Díaz "fue quien llevó al lugar en su vehículo esa noche a Paola Vanesa Sánchez y en la madrugada a Albornoz, con el que ingresó al local comercial y a la habitación donde fuera ultimado Juan Carlos Bulasio".

También fue uno de los que "se apoderó ilegítimamente de parte de la mercadería y se retiró junto a los otros dos al domicilio donde vivían, huyendo en contramano por calle Cáneva", y luego viajó -"siempre acompañado por Sánchez y Albornoz"- a Cacharí "con los objetos sustraídos".

Mientras Díaz manejaba el Peugeot 504, "Albornoz arrojó el fierro" en la ruta. Y después de dejar a los demás coautores del homicidio y del robo en la casa de la madre del joven, al regresar a Azul "modificó el aspecto de su vehículo con evidente propósito de ocultar los rastros incriminantes, pintando el guardabarros delantero y el frente".


El martes 23 de diciembre de 2008 Marcelo Javier Díaz, Juan Marcelo Albornoz y Paola Vanesa Sánchez fueron condenados.

El Tribunal que los juzgó consideró a los tres coautores de un "homicidio en ocasión de robo".

Mientras que a Sánchez y Albornoz los jueces les impusieron respectivas penas de dieciocho años de prisión, a Díaz le dictaron una sanción más elevada: dieciocho años y seis meses de cárcel.

Lo hicieron, fundamentalmente, teniendo en cuenta lo ya señalado: esa relación que tenía con la víctima, que lo había convertido en un hombre de confianza de Bulasio y de su grupo familiar, además de ser una persona que habitualmente iba al negocio y conocía la totalidad de los movimientos de "Papá Noel".

De igual modo que los magistrados aludieron a cada una de las circunstancias que existieron para declarar a Díaz como uno de los autores del hecho, con los demás encausados hicieron lo mismo.

La participación en lo sucedido de Paola Vanesa Sánchez estuvo demostrada por "la concreta imputación que en la parte sustentable Marcelo Javier Díaz le dirige en su declaración, donde describe las acciones que la misma llevó a cabo. Es decir, encontrarse con Bulasio en su domicilio con el fin de mantener relaciones sexuales, previo haber concertado la cita (circunstancia que se ve reforzada por haber sido vista esa misma tarde, alrededor de las veinte o veinte y treinta horas, conversando en la vereda con Juan Carlos Bulasio)" y "permanecer con la víctima durante alrededor de cinco horas, tiempo que abarca la hora del fallecimiento", señaló Duba.

El juez mencionó también que la joven se encargó de "facilitar el ingreso de Díaz y Albornoz, levantando la cortina metálica del acceso principal al local" y participó "activamente" en el "apoderamiento ilegítimo de mercadería del comercio, la que en parte facilitó a sus compañeros para retirarse del lugar".

"Haber sido quien, conforme el relato que ella misma le hizo (a Díaz), dio muerte a Juan Carlos Bulasio golpeándolo violentamente con un trozo de hierro" quedó demostrado -además- con lo que la mujer "les confesara a Amanda Susana Freitas y a María Elena Moreno".

"Cambiarse las prendas que vestía, introducirlas en un bolso y llevarlas a Cacharí a la casa de la madre de Albornoz" fueron otras situaciones que la convirtieron en una de las autoras del hecho.

"Haber huido del lugar, pasar por su domicilio y continuar viaje a la localidad de Cacharí con las cosas sustraídas" y "haberse cambiado su aspecto físico, al teñirse de oscuro el cabello", constituyeron más pruebas. Y lo mismo sucedió con "haberse secuestrado en su domicilio de Avenida 25 de Mayo 031 de Azul ropa manchada con sangre humana, conforme los resultados de la pericia bioquímica; y en el domicilio de Mundet 512 de Cacharí, donde ella arribó junto a Albornoz y Díaz y permaneció durante toda la jornada, algunas de las cosas sustraídas".

En el caso de Juan Marcelo Albornoz, el Tribunal valoró varias pruebas que lo ubicaron como otro de los responsables a título penal por lo sucedido.

"La imputación que también le hace el nombrado Díaz en su declaración, de encontrarse en el lugar y momento de ocurrencia del suceso, tanto al haber ingresado al local comercial junto con él, dirigirse e ingresar a la cocina habitación donde se hallaba Juan Carlos Bulasio, participar activamente en el apoderamiento ilegítimo de las mercaderías, retirarse del lugar con una de las bolsas y el deshacerse del trozo de hierro -con el que fue asesinado el comerciante- en la banquina de la Ruta Nacional número 3, al trasladarse hacia Cacharí esa misma noche del suceso".

Que se hayan encontrado "en el asiento trasero derecho y en el apoyabrazos de ese lado del Peugeot 504 manchas de sangre del grupo y factor de la víctima, donde Albornoz se sentó al momento de retirarse del lugar, donde viajó a Cacharí y en cuyo trayecto arrojó el trozo de hierro" fueron más aspectos valorados por los jueces.

De igual modo, que haya intentando "cambiar su aspecto al teñirse los cabellos de rubio" y "haber dispuesto de las cosas sustraídas", que se las había dado a "su ex pareja y futura madre de su hijo, Susana Noemí Parache, como así también a un sobrino de ésta, elementos algunos que con posterioridad fueron secuestrados en el domicilio de su progenitora".

Para las penas dictadas a los tres se tuvieron en cuenta varias circunstancias agravantes: "La pluralidad de intervinientes en el hecho, que disminuye considerablemente las posibilidades de ejercer algún tipo de defensa o pedido de auxilio por parte de la víctima; el modo y momento de comisión en lo que hace a la muerte" -ya que Bulasio estaba "acostado en la cama" e "indefenso"- y "la nocturnidad, en cuanto factor favorecedor de un actuar con mayor impunidad".

Los jueces hicieron un encuadre totalizador de lo sucedido, durante un episodio donde el robo y el homicidio fueron dos hechos que no podían separarse uno del otro. Situaciones ambas surgidas de ese plan que habían ideado de común acuerdo los dos varones y la mujer, ubicando el Tribunal a los tres -más allá de quién fue el que específicamente mató a golpes a Bulasio- con la misma responsabilidad a título penal en ese "homicidio en ocasión de robo".

La calificación dada al hecho tuvo por parte de los magistrados una clara explicación en el fallo, citando para ello "la generalidad de la doctrina y jurisprudencia" existente en casos así.

Al respecto, hicieron alusión a lo sostenido en las diferentes salas del Tribunal de Casación Penal bonaerense para episodios como el que fuera materia de este proceso: "Ante la ausencia de prueba que acredite la preordenación de la muerte de la víctima en un hecho de robo, la conducta no podría superar los márgenes del homicidio en ocasión de robo".

"En el robo calificado del Artículo 165 del Código Penal la muerte puede ser tanto dolosa como culposa y, salvo caso fortuito, en el mismo quedan incursos todos los que hubiesen participado en el desapoderamiento violento aun cuando no hayan sido autores de la muerte", ya que "el grado de participación debe analizarse respecto del ilícito base y no con relación al resultado cualificante".

La decisión y planificación "de común acuerdo" del hecho llevado a cabo por los tres encausados tuvo también fundamento en lo que otro de los testigos que pasó por el juicio había contado.

Se trató de un joven que relató que mantenía con Díaz y Albornoz "una relación de amistad relativamente reciente", teniendo en cuenta para eso la fecha en que el comerciante fue asesinado.

Según dijo, el sábado 21 de abril de 2007 a la noche había estado con ambos varones y con la mujer en un cumpleaños de 15 que se realizaba en un club de la ciudad de Azul.

En ese evento Díaz estuvo pasando música y el joven escuchó cuando Albornoz le decía al dueño del Peugeot 504 que tenía intenciones de cometer un robo, aunque no aclaró dónde ni a quién.

El testigo recordó también que durante aquel cumpleaños Albornoz quería "afanar" una cámara digital que se encontraba dentro de un bolso, pero que finalmente no lo hizo, ocasión durante la cual, mientras Díaz seguía pasando música, Sánchez dormía en el auto que dos días después iba a ser repintado por su dueño.

Además de Gustavo Torchia, el defensor Particular de Marcelo Díaz, en el juicio intervinieron Adriana Hernández, defensora Oficial que representó a Juan Marcelo Albornoz, y María Fernanda Giménez, abogada que hizo lo propio con Paola Sánchez.

El abogado de Díaz y la Defensora Oficial de Albornoz buscaron, en el marco de sus estrategias, desligar del crimen a sus respectivos representados. Además, al igual que la Defensora Particular de la mujer, plantearon diferentes nulidades que no prosperaron con relación a los procedimientos llevados a cabo durante la instrucción de la causa penal.

En sus alegatos, los tres penalistas pidieron absoluciones para la mujer y los dos varones. En subsidio, condenas por delitos menores como "robo simple" o "encubrimiento".

El fallo de primera instancia del Tribunal Oral en lo Criminal número 1 de Azul prácticamente fue un calco de lo que la fiscal Neli Rosas había mencionado en su alegato. Para los tres encausados, por el mismo delito que resultaron condenados, había solicitado respectivas penas de dieciocho años de prisión.

Si bien en aquel tiempo era habitual que los mismos fiscales que instruían las investigaciones penales después fueran los que representaban al Ministerio Público en el juicio, en este caso no sucedió porque en ese entonces Martín Céspedes ya había sido nombrado adjunto en la Fiscalía General.

En la sala de debates que está en el primer piso de los Tribunales de Azul el juico por el asesinato del comerciante había comenzado el 9 de diciembre de 2008.

Aquella primera jornada del proceso se inició con una demora de alrededor de tres horas por una situación tan insólita como muy "made in Argentina": el móvil del Servicio Penitenciario Bonaerense que traía a uno de los varones imputados desde la cárcel donde estaba preso se quedó sin combustible a mitad de camino, varado en la ruta.


"La condena fue buena, estamos conformes", dirían días más tarde a conocido el fallo dos de los hijos del comerciante asesinado.

Durante una entrevista con el diario "El Tiempo" de Azul, Cristina y Nicolás Bulasio hablarían sobre el crimen y también de lo que había sido para ellos estar en el juicio cara a cara con quienes mataron a su papá.

"Lo que hicieron fue algo muy bajo. Y nosotros nunca esperábamos que lo hiciera alguien tan cercano a la familia como era Díaz", había dicho en un tramo de esa entrevista el joven, que en ese entonces tenía 18 años.

Según recordaría también, en la mañana del lunes 23 de abril de 2007 fue el primero en enterarse de lo sucedido con su padre.

"Estamos conformes porque son dieciocho años. Pero a Díaz, por conocerlo a mi papá, sólo le dieron seis meses más. Tal vez, hubiésemos querido que la Fiscal pida un poco más. Más que nada por eso. En el juicio no se tuvieron en cuenta algunas cosas. Por ejemplo, cuando el 23 de abril a la mañana lo encontraron a mi viejo asesinado, alrededor de las once de la mañana Díaz se presentó en el negocio, estuvo en el lugar. Fue en una bicicleta plateada chiquitita. Nos abrazó a todos. Pero de eso no se habló nada en el juicio. Entendemos que eso que hizo aquel día fue como una burla de parte de él hacia nosotros", declaró el menor de los siete hijos de Bulasio en aquella nota.

Cristina, la hija fotógrafa del comerciante, sobre esa misma cuestión afirmó: "Eso nosotros ya lo habíamos dicho en una primera entrevista que habíamos hecho acá en el Diario. Apuntábamos a que él era el que había, de alguna forma, planeado esto. El robo seguro, porque conocía todos los movimientos. No sé si también planeó el asesinato. A su vez, también él sabía que papá era una persona desconfiada que no le iba a abrir la puerta a cualquiera".

"Fue doloroso ir y verlos a ellos ahí, como si nada. A mí me hizo mal, pero era algo que yo ya me imaginaba e igual queríamos estar", sostuvo después la mujer, al ser consultada sobre cómo fueron viviendo las instancias del debate.

"Los jueces hicieron lo que tenían que hacer. Por eso, más que nada, lo que quiero es agradecer. Nosotros no habíamos ido nunca a un juicio y nos dimos cuenta que hay que ser muy fuertes para estar a metros de la persona que mató a tu papá. Por momentos yo tenía ganas de hacer cualquier cosa. Pero sabía que tenía que estar tranquila. Uno de mis hermanos no aguantó -lo tuvieron que sacar de la sala cuando intentó increpar a Díaz durante una de las audiencias- y otro, que lo tuvo que reconocer a papá una vez asesinado, nos decía que no entendía cómo nosotros podíamos ir al juicio y estar frente a ellos después de lo que hicieron".

"En mi caso, me mentalicé en estar tranquila, en esperar que los jueces hicieran lo que tenían que hacer. Es también la única forma de poder seguir adelante, porque si no uno termina perdiendo las esperanzas en todo", dijo Cristina Bulasio en aquella nota.

"Así como un día vinimos a pedir justicia por el asesinato de mi papá, hoy venimos a agradecer. La fiscal Rosas se portó muy bien con nosotros", agregó.

En esa misma entrevista, al preguntarle a la hija del comerciante qué pudo haber sucedido aquella madrugada para que el robo incluyera la comisión de un homicidio tan violento, respondió: "Mi papá no tuvo posibilidades de defenderse. Él, donde abriera los ojos y observara a alguien, iba a defenderse. Ya lo habían asaltado antes y se había defendido de gente armada".

Años después, un policía ligado a lo que fue la investigación de aquel crimen brindaría su hipótesis con relación a lo sucedido: "La mujer fue a esa cita con el comerciante con la idea de dormirlo. La idea era que después ingresaran a robar los varones. Pero cuando le había dado una sustancia para que se durmiera, Bulasio se dio cuenta".

"Nunca supimos bien si en ese momento, medio adormecido como estaba, tomó un cuchillo o algo para defenderse, por lo que ella agarró el fierro que el hombre tenía debajo de la cama y lo asesinó a golpes".

"Después llamó por teléfono a Díaz y Albornoz, que cuando llegaron entraron por esa persiana que se les trabó. Le robaron todo, salieron por ese mismo hueco donde estaba trabada la cortina de metal y se fueron".

"Siempre se pensó que la idea no era matarlo. Querían dormirlo para después robarle".


Apelación mediante de sus respectivas defensas, en septiembre de 2012 Casación redujo las penas para todos los responsables del quinto de "Los siete crímenes de 2007".

De esa manera, los jueces de la Sala III del Tribunal de Alzada condenaron a Marcelo Javier Díaz a diecisiete años y medio de prisión como uno de los tres coautores del delito de "robo con homicidio".

En tanto, para Paola Vanesa Sánchez y Juan Marcelo Albornoz ambas penas impuestas en esa segunda instancia fueron de diecisiete años de cárcel.

Tiempo después, esas tres condenas quedaron confirmadas.

Para octubre de 2018 los dos varones, aunque gozando de salidas transitorias, seguían presos y la Justicia había rechazado sendos pedidos para que quedaran en libertad condicional.

En ese entonces Albornoz permanecía en la Unidad 27, una de las cárceles del Servicio Penitenciario Bonaerense que está en Sierra Chica, la localidad del Partido de Olavarría. Díaz, en tanto, estaba preso en la Unidad 7 de Azul. La totalidad de su sanción por el crimen y el robo vence el 24 de octubre de 2024, mientras que la del otro varón coautor del hecho expira seis meses antes.

Distinta era la situación de Paola Vanesa Sánchez, ya que la Cámara Penal de Azul la había excarcelado el 10 de abril de 2018. Su pena, que caduca el 20 de mayo del año 2024, la estaba cumpliendo bajo un régimen de prisión domiciliaria. Y según información oficial, la mujer vivía en una casa ubicada en la calle Corrientes de Azul, en el barrio "Villa Piazza Norte". Estando en la cárcel quedó embarazada y el 22 de mayo de 2018 había tenido un hijo.

En el inmueble donde funcionaba "Papá Noel", el lugar donde Bulasio fue asesinado el mismo día en que Azul era declarada "Ciudad Cervantina de la Argentina", años después se instaló otro negocio: una pollería y carnicería.

"El estrivo", así se llamaba.


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