19 de agosto de 2018

. Martín Malharro, nuestro pintor


A 107 AÑOS DE SU FALLECIMIENTO

El pasado 17 de agosto se cumplió un nuevo aniversario del fallecimiento del azuleño que gracias a su talento y perseverancia se consagrara como el principal impulsor del Impresionismo en nuestro país. Sumamente reconocido y respetado en el mundo del arte, Malharro buscó y abrió con ahínco un nuevo sendero en el arte nacional.

Martín Malharro nació en Azul el 25 de agosto de 1865. Gracias a su talento innato y a su perseverancia al momento de aprender, fue uno de los artistas que introdujo con mayor fuerza al Impresionismo en la Argentina.

Por Eduardo Agüero Mielhuerry

Martín Arturo Mailharro nació en Azul el 25 de agosto de 1865. Fue el primer hijo de Pedro Mailharro y Juliana Yriburu, ambos de origen vascofrancés, unidos en

matrimonio en la Iglesia Parroquial de Azul, el 15 de septiembre de 1863. Sus hermanos fueron Pedro y Victorina.

El pueblo del Azul aún se hallaba azotado por los sucesivos malones, sin embargo, la actividad comercial había crecido vertiginosamente y eso había atraído a don Mailharro, quien por su ocupación contaba con un buen pasar económico, teniendo propiedades en la ciudad de Buenos Aires y otros pueblos bonaerenses.

Respaldado por su madre, la vocación artística de Martín se manifestó desde muy pequeño. Sin embargo, esto lo llevó a enfrentarse con su padre quien consideraba que la prosperidad no estaba entre los trazos que se pudieran hacer en un papel y los coloridos óleos, sino en el trabajo arduo del comercio y el campo.

Juliana buscó la manera de enviar a su hijo a la ciudad de Buenos Aires a donde llegó Martín con apenas 14 años de edad. Familiares le allanaron los primeros tiempos de vida, pero pronto el joven e intrépido comenzó a trazar por sí solo su propio camino. Para empezar, su apellido se convirtió en Malharro.

Diseñó rótulos para cigarrillos, tarjetas comerciales, membretes, etc. Asimismo, por dinero, se vio impulsado a ilustrar hechos policiales, lo cual no le agradaba demasiado. Durante 1882 asistió a las clases nocturnas de dibujo que dictaban los italianos Francesco Romero y Benito Panunzi en la Asociación Estímulo de Bellas Artes. De esta época son la acuarela Soldado y la carbonilla El espinario, que dan cuenta de sus pasos iniciales y de la enseñanza recibida.

Con apenas veinte años, agobiado económicamente, decidió cambiar de aires y empezó a viajar hacia Rosario y Córdoba donde plasmó sus paisajes urbanos con gran avidez. No tuvo la fortuna que esperaba, pero adquirió nuevas experiencias y así arremetió una vez más contra los cánones artísticos de la sociedad porteña.

A su regreso conoció al por entonces diputado nacional, doctor José María Ramos Mejía. Notando el talento de Martín y los pesares que lo perturbaban, el médico lo invitó a pasar un tiempo en su Chacra de “Los Tapiales” (cuyo casco actualmente está en torno al Mercado Central de Buenos Aires). Allí, el artista se vio protegido y hasta apadrinado por Ramos Mejía.

Hacia 1891 viajó a Tierra del Fuego y Punta Arenas, donde la luz y el ambiente marino lo incitaron a cambiar su paleta, y las sombras propias del claroscuro se tiñeron de color. En esa travesía insólita para la época, comenzó a trabajar una serie de paisajes en tinta china que luego fueron parte de las ilustraciones para el libro “El faro”. También pintó la acuarela Acorazado Huáscar y el acorazado francés El Bayard.

Al año siguiente, es decir en 1892, Martín se relacionó con Alfonso Bosco. Éste fue un destacado aguafuertista italiano, conocedor consumado de variadas técnicas, que había arribado a nuestro país en 1886. Autor de diversos trabajos destacados, fue un célebre litógrafo y grabador dedicándose al grabado en colores y a las puntas secas. Entre sus alumnos se destacaron Mario A. Canale y el propio Martín Malharro, de quien se conoce y preserva solo una punta seca, que representa un ombú.

Alentados por el talento innato de Martín, algunos de sus amigos trataron de conseguirle una pensión para estudiar en París y levantaron una suscripción, pero fracasaron.

Una familia y nuevas relaciones   

Martín Malharro contrajo matrimonio en la ciudad de Buenos Aires con María Luisa Laborit, con quien tuvo dos hijos: María Amalia y Martín.

En su viaje por el sur argentino, Martín había conocido al escritor mercedino Roberto J. Payró (quien publicara en 1898 su obra “La Australia Argentina: Excursión periodística a las costas patagónicas, Tierra del Fuego e Islas de los Estados”). De vuelta en la Capital, el periodista pronto supo valorar y apreciar la obra de Martín, poniéndolo entonces en contacto con Martiniano Leguizamón.

Asimismo, Payró presentó a Malharro en el diario La Nación, donde fue contratado como ilustrador colaborador. Allí se relacionó con otros intelectuales de la época, entre ellos Rubén Darío, Leopoldo Lugones, José Ingenieros, Carlos de Soussens y Estanislao Zeballos. Las posibilidades comenzaron a multiplicarse para Martín…

En 1894, Malharro realizó unas cincuenta litografías para el libro “El corsario La Argentina” de Filiberto de Oliveira Cézar, que relata la historia de Hipólito Bouchard. Con este tema pintó tres lienzos en diferentes momentos de su vida.

Ese mismo año, participó en el Segundo Salón del Ateneo con un paisaje titulado “Al caer la tarde” y con dos marinas: “El acorazado Huáscar y el corsario…” y “El corsario La Argentina”. Esta última obtuvo una segunda mención honorífica y fue destacada por los diarios de la Capital.

A pesar del malogrado  intento de obtener una beca para estudiar en Francia,  hacia fines de 1895, Martín persiguió con ahínco su objetivo y lo alcanzó. En el buque de carga Don Pedro, viajó a Europa, llevando consigo poco más que su piedra litográfica.

La capital del amor…

Llegó a París imbuido del romanticismo y el naturalismo que había internalizado en los talleres de Estímulo, coincidiendo con la obra de Jean François Millet y de los pintores de la Escuela de Barbizón. Sin embargo, su percepción artística cambiaría radicalmente...

Mientras tanto, en Buenos Aires en el año 1896, se editó “Recuerdos de la tierra” de Leguizamón, ilustrado por Malharro en colaboración con los artistas Del Nido y Fortuny.

En la capital francesa se instaló en Montmartre. En este barrio, a mediados del siglo XIX, se habían comenzado a instalar artistas como Johan Jongkind y Camille Pissarro, convirtiéndolo en cuna de los impresionistas, de la bohemia parisina del siglo. Montmartre y su contrapartida en la orilla izquierda del río Sena, Montparnasse, eran por entonces los principales centros artísticos de París.

Por poco tiempo asistió a una Academia y al taller de Fernand Cormon.

Polifacético, Martín estudió francés, inglés, italiano y alemán, al tiempo que se perfeccionó en grabado -especialmente en la técnica litográfica- y subsistía merced a dibujos, ilustraciones, figurines de modas y bonetería.

Conoció y frecuentó a Claude Monet, a quien solía visitar en su flamante atelier en Giverny, donde compartían largas tardes nutridas de colores e inspiración.

Parvas de 1900, se centra en un tema especialmente tratado en una larga serie por Monet. Trató nuevamente este motivo en 1911 –Las Parvas (foto) preservada en el Museo Nacional de Bellas Artes –, enfatizando los postulados impresionistas.

Su producción pictórica se hizo prolífica. Parvas de 1900, se centra en un tema especialmente tratado en una larga serie por Monet. Volverá a tratar este motivo en 1911 –Las Parvas (Museo Nacional de Bellas Artes) –, enfatizando los postulados impresionistas.

Las obras del por entonces recientemente fallecido Vincent van Gogh, de Paul Gauguin y especialmente de Pissarro, despertaron su admiración, profundizando su respeto ante el magnífico talento evidenciado.

En 1900, Martín presenció la Exposición Universal de París, inaugurada por el presidente de la República, Emile Loubet. Con esta feria mundial se afianzó el éxito del impresionismo ante el gran público. Dicha circunstancia determinó el alejamiento de Malharro del academicismo y poco después, en el pueblo Auvers-sur-Oise, pintó sus célebres “El arado” y “En plena naturaleza”. En esta última se hace evidente la incidencia de un artista que trascendió los imperativos impresionistas como Van Gogh.

Si bien no se conocen con certeza las andanzas de Malharro en Francia, los títulos de sus obras revelan en qué lugares de París y sus alrededores encontró sus motivaciones: Meudon, Auvers-sur-Oise, Montmartre, Chaponval, Genevilliers, Saint Denis, Bois de Boulogne, etc. A través de ellos también se pueden comprobar sus búsquedas y experimentaciones. Así es que Divisionismo, Sol de las 2 p.m. verano, Sol de las 5 p.m. verano o Impresión, dan cuenta de los elementos que lo unen al impresionismo. Sin embargo otros como Silencio, Noche en Auvers-sur-Oise, Melancolía, Crepúsculo o Tristeza y Paisaje de invierno, denotan el acercamiento a poéticas posimpresionistas y simbolistas.

Repentinamente, en 1901, Martín decidió regresar a la Argentina.

Con sueños e impresionismo en las valijas   

Al llegar a Buenos Aires con su familia, Martín estaba convencido y esperanzado en que lograría “conquistar” a los porteños con la mágica paleta cromática y el ímpetu del  impresionismo…

En abril de 1902, Martín Malharro inauguró la temporada de las Galerías Witcomb con un éxito considerable. Expuso más de sesenta pinturas de su producción francesa en la que se diferenciaban sus distintas fases como artista, desde el naturalismo hasta las búsquedas de vibraciones cromáticas.

Allí presentó desde sus primeras composiciones hasta las últimas obras de su etapa europea. Más allá de una gran repercusión en el público y en la prensa, también obtuvo un importante éxito de ventas. El Museo Nacional de Bellas Artes adquirió para su colección las obras “Mañana de Auvers” y “Tarde de otoño en Saint Cloud”.

El presidente Julio Argentino Roca adquirió la obra “La Argentina” y Joaquín V. González aprobó la compra para el Ministerio de Instrucción Pública de la obra “En plena naturaleza”.

Con fervor, Malharro inició una intensa batalla por el ideario estético que tanto había cautivado a Europa. Efectivamente, poco después, comenzó a publicar artículos (“El Diario”, “Ideas y Figuras”, “Athinae”, “Tribuna”) y a pronunciar conferencias dando a conocer su pensamiento y explicando su obra.

Ese año se editó en París el libro “El faro” de Alberto del Solar, con ilustraciones del artista. También colaboró, tanto con la palabra como con sus dibujos, en medios como “La Baskonia” y “Martín Fierro”.

Formó un grupo de discípulos que frecuentaban su taller en el barrio porteño de Belgrano, entre los que sobresalían Walter Navazio y Ramón Silva.

Desde 1903, Martín comenzó a dedicarse a la enseñanza junto a Eduardo Sívori en el Colegio Nacional Central. Al año siguiente ocupó el cargo de Inspector de Dibujo del Consejo Nacional de Educación, que ejerció hasta 1909. De hecho, fue uno de los impulsores de que en las escuelas primarias se dicte la materia dibujo.

También se desempeñó como Inspector Técnico de Dibujo de la provincia de Buenos Aires, Director de Cursos Temporarios en el Ministerio de Instrucción Pública; dictó cátedras en la Universidad Nacional de La Plata, en la Escuela Normal de Profesores y en la Escuela Normal de Maestros de Barracas. Finalmente, toda esta actividad tendrá como fruto, en 1911, la publicación de su libro “El dibujo en la escuela primaria”.

Por entonces dibujó las tapas de “El Nene”, libro de lectura primaria que alimentó los comienzos de la educación de varias generaciones de argentinos.

Últimas pinceladas…    

En junio de 1908 presentó su segunda exposición en Witcomb, compuesta por cincuentaiún acuarelas y dos pasteles. Entre los títulos que integran la muestra se encuentran: “La mazorca”, “Granadero de San Martín”, “Dolor”, “El arroyo”, “Sol de primavera”, “Palermo”, “Una chacra”, “Parvas”, “Efecto de tarde”, “Efecto de escarcha”, “Otoño”, “El rancho”, “Luz y sombra”, “Estudio de grises”, “Paisaje de Flores” y “Paisaje de Saavedra”.

La muestra no obtuvo el éxito de la anterior. Durante ese año y el siguiente pintó una serie de obras próximas al simbolismo. Ilustró el libro de Estanislao Zeballos “Reimu, Reina de los Pinares” y también ejerció la docencia en la Universidad de La Plata, en el Colegio Nacional de Buenos Aires y en la Academia de Bellas Artes.

La importancia de la obra pictórica de Malharro está dada por haber sido, si no el primero, uno de los pioneros en traer el impresionismo a nuestro país.

Martín Arturo Mailharro, o simplemente Martín Malharro, falleció repentinamente a los 45 años de edad, en Buenos Aires, el 17 de agosto de 1911. Estaba preparando una tercera exposición, que a la sazón sería póstuma y abriría sus puertas en el mes de octubre.

Casi inmediatamente, sus familiares y amigos se reunieron para concretar la muestra planeada. La misma se inauguró en las Galerías Witcomb, poniendo a consideración del público una selección de sus últimas obras además de un conjunto de las ya consagradas. En el catálogo figuraban: “Crepúsculo”, “En plena naturaleza”, “Mis amigos los árboles”, “Silencio nocturno”, “El ombú”, “Melancolía” (crepúsculo), “Angustia” (madrugada) y una serie de acuarelas como “El monte”, “El bosque”, “Tormenta”, “Noche”, “Después de la lluvia”, “Eucaliptus”, entre otras.

Malharro en Azul…  

En 1965 nuestra ciudad, a través de la Intendencia, le brindó un homenaje a Malharro, descubriendo un monolito en la Isla de los Poetas del Parque Municipal “Domingo F. Sarmiento”. En esa misma época, el Museo Etnográfico y Archivo Histórico “Enrique Squirru” adquirió un cuadro de Malharro, titulado “La casita”.

Malharro participó en el Segundo Salón del Ateneo con un paisaje titulado “Al caer la tarde” y con dos marinas: “El acorazado Huáscar y el corsario…” y “El corsario La Argentina”. Esta última obtuvo una segunda mención honorífica y fue destacada por los diarios de la Capital.

 

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