23 de mayo de 2022
(Por Walter Vargas).- Con sus más y sus menos, con sus altibajos, con sus frentes de tormenta y las cajas resonancias propias de un club poderoso si los hay, Boca dispuso del valor capital de las respuestas más adecuadas a las preguntas más exigentes de una Copa de la Liga Profesional en la que supo coronar sin dejar margen para apelaciones serias.
Sin dejar margen para otorgar más que lo que tiene la relativa vara del "mereciómetro" y ni hablar de Cabildo Abierto al que suelen llamar los propietarios del buen gusto.
Puede ser, se concederá, que en el punto de cocción de sus destrezas haya habido equipos con más gol que Boca (Estudiantes, por caso), equipos con pelota más redonda que Boca (Racing, y en cierta medida, Argentinos Juniors) y equipos con porte más arrollador, con ritmo, variantes y un no sé de buena formación europea, como River.
Todo eso puede ser, podría ser, incluso se hicieron acreedores de elogios que nadie les osará quitar
Pero a la hora de los bifes, ninguno, ninguno, demostró ser mejor que Boca.
O, dicho por la positiva, Boca demostró ser mejor que todos ellos y con ninguno de ellos perdió.
Nótese que el Xeneize sacó adelante sus cinco compromisos más exigentes.
Le ganó a Estudiantes en La Plata con una superioridad mayor que la de la chapa final de 1-0.
Le ganó a River en el Estadio Monumental sin el contrapeso de la maledicente de "injusticia".
Y en cuartos, semis y final, fue sólido con Defensa y Justicia, fue más experto que Racing en la legitima faceta reglamentaria de los penales y fue implacable, en juego y jerarquía, en el partido decisivo con Tigre.
Es decir: Boca supo crecer cada vez que fue llamado a dar un salto de calidad. Un examen que, a la vista está, desaprobaron absolutamente todos los otros postulantes al título.
Y lo hizo, ciertamente, por el camino y la impronta de la enorme mayoría de los más notorios Boca campeones: armado de atrás hacia adelante, afianzado en un arquero "de equipo grande" (como Agustín Rossi), un central con voz de mando (Marcos Rojo), dos laterales con herramientas y espaldas (Luis Advíncula y Frank Fabra), un joven-veterano centro medio que llegó a la hora señalada (Alan Varela) y mediocampistas ofensivos y delanteros que cada uno a su turno supieron sacar las papas del fuego.
Un equipo que recibe 11 goles en 17 partidos no necesita hacer 50 para coronar: con los 24 que hizo Boca, alcanzó y sobró.
Una curiosidad que atañe a los últimos aullidos de la moda.
El 21 de abril, después de un empate de 1-1 con Godoy Cruz en la Bombonera, el runrún periodístico dio por desahuciado a Sebastián Battaglia y el Consejo de Fútbol de Boca deliberó con el entrenador y al cabo de un rato se convino una nueva certificación de aval y confianza.
Exactamente un mes y un día después, Battaglia es el director técnico del campeón argentino y lo que antes se registraba como el lastre de la inexperiencia ahora se le atribuye la virtud de una juventud madura, promisoria, sabia cuando no.
El fútbol argentino y el periodismo especializado en la fútbol de la Argentina, padece de dos males que trascienden el mero juego de palabras: vedetismo y veletismo.
(Télam/DIB)
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