25 de octubre de 2015

SOCIEDAD

SOCIEDAD. Frank Brown, señor payaso

[gallery ids="90489,90488"]


Por Eduardo Agüero Mielhuerry y Emiliano Tuinstra


Frank Brown nació el 6 de septiembre de 1858 en Brighton, una ciudad situada en la costa sur de Inglaterra.  Sus padres fueron Henry y Rose, quienes formaban parte de una compañía circense.

Su pueblo natal había emergido como centro turístico durante el siglo XVIII, convirtiéndose en un destino importante desde la llegada del Ferrocarril hacia 1840. En medio del crecimiento vertiginoso de Brighton, los Brown se desarrollaron en las artes circenses. Hijo y nieto de clowns, Frank fue creciendo en medio de aquel mundo nómade de acróbatas y payasos, de una inmensa cordialidad familiar.

Henry logró que el pequeño Frank se incorporara a los once años a un circo con el que recorrieron Gran Bretaña. Así comenzó a formar parte activamente de una vida ambulante, participando en las más diversas actividades del circo, desde limpiar jaulas hasta levantar la carpa.

La vocación y la herencia se mezclaron y el chico siguió los pasos de su padre, acróbata y payaso que se vestía a la manera de los bufones retratados por Shakespeare, generando un estilo de payaso denominado “Shakespeare jester” (bufón shakesperiano).

Recorriendo el mundo…    -----

Con apenas 19 años de edad y un talento innato, Frank debutó como acróbata en Moscú en 1877 en la compañía ítalo norteamericana de los hermanos Carlo. También en la Rusia de los zares se calzó por primera vez el traje de seda brillante cosido con lentejuelas como puntapié inicial de aquello que le daría fama mundial: se convirtió en clown.

Al año siguiente se presentó en las pistas de la ciudad de México y luego Haití, en el inicio de una extensa gira que lo llevaría a recorrer América. Por entonces su trabajo no estaba definido entre la acrobacia y la risa. Por igual sorprendía con su triple salto mortal o cabalgando, como arrancaba carcajadas con su cara “enharinada”.

Aquella prolongada gira y el destino lo llevaron a Buenos Aires donde debutó en 1879 en el flamante Teatro Politeama de Corrientes y Paraná, donde conoció a los hermanos Podestá y debutó en escena con José Juan Podestá.

Brown regresó en reiteradas oportunidades a la ciudad de Buenos Aires, hasta que en 1884 decidió quedarse definitivamente en el país, iniciando una brillante carrera de centenares de espectáculos que siempre se anunciaban con un cartelito que colocaba en la entrada sentenciando: “Aquí se aprende a reír”.

En marzo de aquel año se presentó la Gran Compañía Ecuestre Norteamericana bajo la dirección de los célebres hermanos Carlo, Jorge y Federico. En la misma actuaban los directores como acróbatas, sus familias en diversos roles y Frank como el clown protagonista. Se trataba de una gran compañía con múltiples atracciones. Los números que componían el espectáculo y la atracción principal iban modificándose permanentemente de acuerdo a las distintas funciones, así como contrataban a nuevos artistas -gran parte de ellos lugareños- según cada función, o también se fusionaban con otras compañías para poder ofrecer variedad al público a lo largo de tantos meses. Siempre se anunciaba algo nuevo, “El salto del Niágara”, “números de animales”, “Los cinco broncos” por Federico Carlo, “El Trapecio aéreo” por Miss Zilda, “Las pirámides humanas” por los hermanos Carlo, Frank Brown, Miss. Amelia y Mr. Austin, y “el sin rival Frank Brown, clown por Excellence”. Al mismo tiempo, esta compañía se caracterizó por presentar pantomimas que ofrecían un enorme despliegue escénico.

También por entonces Frank realizaba un número que despertaba la curiosidad y el asombro de todos. Lo llamaba “El salto de las bayonetas”, y el mismo consistía en unos soldados disparándole al unísono hacia sus pies, debiendo el payaso saltar a tiempo para esquivar los balazos.

El espectáculo del circo proporcionaba una gran cuota de exotismo, ya que los artistas provenían de países lejanos y poseían habilidades poco corrientes; además ofrecía una espectacularidad visual basada especialmente en la acción física, así como impactantes proezas realizadas por los artistas populares, quienes atravesaban peligros reales y desafiaban heroicamente a la muerte. El circo se constituía a partir de un conjunto de saberes fundamentalmente sustentados en las habilidades del cuerpo, y construía un mundo propio, en el que se elaboraban formas especiales de lenguaje.

Muchas veces eran espectáculos realizados por artistas analfabetos, en los que, sin embargo, existían ciertas formas de apropiación de la cultura letrada. Este es el caso de Frank al parodiar el texto teatral “Hamlet” de William Shakespeare, o de las representaciones de pantomimas que se elaboraban a partir de la transmisión oral o visual de la cultura escrita.

Su fama fue creciendo, al punto que iban a verlo notables personalidades de la ciudad como Domingo F. Sarmiento, Carlos Pellegrini, Roberto Payró y Rubén Darío.

El show debe continuar…   -----

El británico ya había cambiado su ropa colorida y amplia por un gran traje blanco con volados. Igual mantenía el rojo, negro y blanco en la pintura de su cara y algo que los chicos adoraban en el final de cada función: los chocolatines que sacaba de una gran canasta y repartía entre el entusiasta grito de “A mí ‘Fran Bron’; a mí ‘Fran Bron’”, que lanzaban los pibes que formaban su público, con una pronunciación poco ortodoxa de su nombre.

En 1886, Sarmiento estampó en su diario “El Censor”, su admiración por el artista inglés: “El talento de Frank Brown es de maravillosa extensión: es un clown enciclopédico, es saltarín, juglar, equilibrista, bailarín de cuerda. Es un Hércules con pies de mujer y manos de niño.”.

En esa misma función, Frank se burló finamente de los candidatos presidenciales de aquellas elecciones que ya tenían aseguradas, fraude mediante, el roquismo en la figura de Juárez Celman. El acto del notable Clown fue celebrado por el periódico “El Mosquito” con una caricatura del notable dibujante Henry Stein. Al año siguiente se inauguró el Teatro San Martín sobre la calle Esmeralda, en lo que era una antigua pista de patinaje.

Más tarde, Joaquín V. González expresó: “No dejaré de afirmar que el payaso artista cual Frank Brown es para los niños, viejos y adultos de los dos sexos y de todas las razas, una de las cosas más amables inventadas por el ingenio del hombre”.

En 1888 Frank dejó el circo de los Carlo y se unió a los hermanos Podestá, trabajando con el reconocido “Pepino el 88” encarnado por el pionero José Juan Podestá.

La diferencia entre Frank Brown y “Pepino el 88”, radicó fundamentalmente en que éste último incluyó múltiples elementos y temas de la cultura rioplatense en sus shows, convirtiéndolo en un payaso con un estilo particular. Sin embargo, el inmediato vínculo que Frank lograba con los niños equiparaba la balanza al momento de las comparaciones.

Durante la Revolución del ’90 visitó a los heridos de ambos bandos, matizando su convalecencia con sus chistes.

A pesar de ser el generador de miles de sonrisas y carcajadas, el destino lo golpeó duramente en 1891 cuando a la muerte de su hijo siguió la de su esposa Ketty, que cayó del caballo en medio de un acto ecuestre. Sumido en un profundo sufrimiento, Frank dejó entonces a los Podestá y se fue de gira por Sudáfrica y la India, de donde regresó con una jirafa, un elefante y otros animales, gira que en el fondo fue un fracaso ya que nunca mitigó el dolor que le produjo la pérdida de su familia.

En pleno entusiasmo por la Revolución Radical del ’93, la que el propio Hipólito Yrigoyen desencadenó desde Azul simultáneamente en toda la provincia de Buenos Aires, Frank repartió chocolates entre los milicianos de la boina blanca, aunque nunca se mostró plenamente identificado con algún partido político.

Nuevas ilusiones   -----

Repentinamente, el amor volvió a golpear su puerta, pues el británico se enamoró perdidamente de Rosalía Robba, a la que conoció casualmente en el Covent Garden de Londres. Ella, más conocida por el apelativo de “Rosita de la Plata”, era una famosa écuyère (caballista), nacida en Tapalqué, provincia de Buenos Aires. Tenía seis años cuando entró al mundo del circo vendiendo flores en el Arena, de Corrientes y Paraná. A los ocho había pasado a integrar la Compañía de Cotrelly, recorriendo el mundo durante unos diez años. Al regresar a Buenos Aires se había convertido en una notable artista, aportando a su destreza, mucha simpatía y una figura atractiva.

Frank le confesó la ferviente pasión que sentía, sin embargo, en 1899 ella se casó con Antonio Podestá. De esa manera Rosalía creyó que iba a transitar una vida absolutamente tranquila y feliz junto a su esposo. Sin embargo, tras algunos años de convivencia descubrió que aquél inglés le había robado el corazón y decidió separarse de su esposo para entregarse plenamente a quien verdaderamente la había conquistado. Ella y Frank, a pesar de los más de diez años de edad que los distanciaban, comenzaron a escribir juntos la más maravillosa historia de amor que jamás se hubieran imaginado.

La vida le dio a Frank una nueva oportunidad, una revancha. Y no la desaprovechó. Prácticamente al mismo tiempo consiguió el apoyo de un grupo de inversores para abrir su propia sala, el Coliseo Frank Brown, ubicado en la actual Marcelo T. de Alvear entre Cerrito y Libertad. El éxito fue total y Frank se lanzó a la aventura de llevar su compañía por los países del Pacífico.

Era uno de esos hombres sensibles que arriesgaba su vida por arrancarles una sonrisa a los chicos. Cierta vez, guiando las riendas de cuatro caballos mientras sostenía sobre sus hombros a su esposa, aquéllas se cortaron, cayendo el inglés a la arena, lastimándose lo suficiente para convencerse de que sólo debía continuar como payaso.

Multifacético, Frank era, además de clown y acróbata, malabarista y prestidigitador, por lo que nada le impedía mostrar otros aspectos de su talento como sus respetuosas y eruditas parodias de los más famosos monólogos shakesperianos.

Su generosidad era proverbial. Regalaba a manos llenas durante las funciones chocolates y caramelos y hacía muchas funciones a beneficio de niños enfermos y hospitales. Declararía alguna vez al diario “La Nación”: “Cuando me hallo ante los millares de ojitos encantados de los niños, con sus manos ansiosamente extendidas solicitándome los para ellos maravillosos chocolates y muñecos que les traigo en mi canasta, tiemblo de emoción, de alegría infinita. Y es porque si en ese instante ellos son felices, yo me considero el hombre más feliz de la Tierra”.

En 1910, la Comisión de Festejos del Centenario de la Revolución de Mayo le dio dinero para que levantara una carpa en las cercanías de las esquinas de las calles Florida y Córdoba. Llovieron entonces las críticas de la prensa y de señoras y señores que daban por sentado que la zona se llenaría de pobres, a sabiendas de la costumbre del payaso de no cobrarles a los chicos que no podían pagar. Fue cuando las movilizaciones programadas por el movimiento obrero para la semana de mayo, desencadenaron la reacción de bandas armadas de jóvenes conservadores que, al grito de “¡Viva la Patria!”, se lanzaron a la destrucción de imprentas, redacciones de periódicos y bibliotecas anarquistas y socialistas, sucumbiendo ante las llamas también la carpa de Frank Brown. La desgracia ocurrió en la tardecita del 4 de mayo. Los principales diarios de la ciudad apenas criticaron el suceso.

Duramente golpeado por la barbarie “patriótica”, Frank se embarcó en una nueva gira por Sudamérica que resultó breve.

Habiendo llegado a la Argentina en 1911, la portuguesa Peregrina Otero, una extraordinaria equilibrista y trapecista comenzó a trabajar en el por entonces alicaído y cuasi decadente circo de Frank Brown, adoptando el nombre artístico “Loretta Darthés”. Una noche, entre el público una famosa dupla artística presenció el show de Loretta con especial atención quedando. Ambos caballeros fueron hasta los camarines y prácticamente en ese instante la joven comenzó a sostener un affaire con Carlos Gardel, el joven que había conseguido que su amigo José Razzano entretuviese al director del circo, Frank  Brown, para darle tiempo a hablar con la exquisita muchacha que lo había cautivado.

Después de algunos años de ausencia, en 1917, Frank retornó a la Argentina y levantó en el lugar que hoy ocupa el Obelisco un circo similar al que le habían quemado, el “Hipodromme Circus”, en el que dio su primera función el día 5 de mayo.

Frank Brown en el Azul    -----

El 21 de noviembre de 1918, el matutino local “Diario del Pueblo” daba a conocer la inmediata visita del célebre payaso a Azul:

“Una noticia agradable daremos a nuestros lectores. Se trata de la próxima visita de Mr. Frank Brown, el ídolo de los niños porteños y el rey de la risa. Naturalmente que Mr. Frank Brown no vendrá solo sino con toda su compañía, la misma que actuó con marcado éxito en el Hippodrome Circus de Buenos Aires. La compañía actuará entre nosotros a fines del corriente año. Por lo tanto estarán de parabienes los amantes a las acrobacias y ‘tonynadas’, y muy especialmente el mundo infantil a quien el viejo payaso los obsequia en las matinées con chocolatines y otras golosinas.”.

Frank, que ya había estado en nuestra ciudad en otras oportunidades, recibió el cálido aplauso azuleño con la certeza de haber dejado el corazón en el escenario.

Una risa infinita…   -----

Hacia 1924, Frank y su esposa decidieron retirarse de las tablas simultáneamente. Poco después, el Circo fue demolido para dar lugar al desarrollo urbano de la Capital Federal.

El matrimonio se radicó en un modesto hogar ubicado en la calle Enrique Martínez N° 825 del barrio de Colegiales. Allí Frank se convirtió en un vecino más; simple, humilde, prácticamente un desconocido salvo para aquellos que añoraban sus años de infancia y lo recordaban repartiendo caramelos y chocolates de sus bolsillos colmados.

Enviudó el 25 de agosto de 1940.

A los 84 años de edad, en su hogar, Frank Brown falleció el 9 de abril de 1943. Fue sepultado en el Cementerio Británico, en Chacarita.

“Ser o no ser...” es la primera línea de un soliloquio (acto III, escena I) de la obra “Hamlet” -escrita alrededor de 1600-, en la que el protagonista creyéndose solo inicia su monólogo diciendo: “Ser o no ser: he ahí la cuestión. ¿Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, u oponer los brazos a este torrente de calamidades, y darles fin con atrevida resistencia?...”. Sin dudas Frank Brown, que tantas veces parodió con excelencia esta obra de la literatura universal, dio fin a cualquier calamidad con atrevida resistencia, enseñando a reír…

 

 

HASTA EL 19 DE JUNIO HASTA EL 19 DE JUNIO

HASTA EL 19 DE JUNIO. Se extendió la convocatoria para participar del Festival Cervantino

Se informa a los actores culturales que aún están a tiempo de inscribirse para formar parte de la 20° edición del Festival.

3 de junio de 2026

El CFL 401, con más de 1200 inscriptos
FORMACIÓN LABORAL EN TIEMPOS DE CRISIS

El CFL 401, con más de 1200 inscriptos

3 de junio de 2026

Todo lo que puede comprarse si  se tienen 4,4 millones de dólares
SEGÚN LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Todo lo que puede comprarse si se tienen 4,4 millones de dólares

3 de junio de 2026

"De La Libertad Avanza no me voy a correr"
SAÚL LUCERO

"De La Libertad Avanza no me voy a correr"

3 de junio de 2026


RADIOGRAFÍA DEL SISTEMA PENAL BONAERENSE. Entre las garantías constitucionales, la "puerta giratoria" y el rol de la víctima

mask